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LOS COJINES DE TUNJAPor José Joaquín Vargas
Este título poco expresa, y aun es bastante desairado. Pero los cojines son bien conocidos en Tunja, y fuera de la vieja ciudad, por alguno que otro de los curiosos que saben algo de las tradiciones del país. Los cojines nos relacionan con su más remota edad, y aun con los mayores misterios de esa edad. Pesados y todo como se ostentan, son un problema no resuelto, un enigma no descifrado, y que por tanto se presta a la dulce vaguedad de las conjeturas de la imaginación. En mitad de la falda del alto de San Lázaro, falda árida, de verde desmayado y que parece constantemente nivelada por el soplo del huracán, casi a la vera del camino que de la ciudad va a la capilla edificada en la cima, se ve una estrecha laja que sale de debajo del cesped y corre a ocultarse bajo el cesped. Parece ella haber sido emparejada a cincel y frotada hasta darle un brillo rojizo, que la hace semejar a una inmensa piedra de chispa, esa esponja del fuego. A la más ligera lluvia brilla como un espejo colgado sobre la ciudad. En un extremo de esta laja, como se dice en el país, y cual si para hacerlos resaltar, se hubiera trabajado toda la roca en un trabajo titánico, se levantan dos macisos círculos de piedra, iguales, a las misma altura, uno al lado del otro. Estos son los cojines, pues a la verdad haciendo abstracción de lo poco blandos que desde luego se anuncian, ese es el nombre que conviene más a lo que allí se ve. Desde su diámetro norte-sur, tienen ambos hacia el occidente un recorte inclinado y simétrico. Este pequeño monumento es por cierto muy diverso de las enormidades pelásgicas y de los dolmen célticos, pero es curioso. Algunos tunjanos dicen que son piedras de molino que se querían cortar allí para aprovechar la laja. Muy pequeños son para este fin, y además el recorte hecho en ellos destruye ese poético destino. Otro más alto deben tener. No ha faltado quien quiera levantarlos, pensando que están embutidos allí y que no son sino dos tapas del gran tesoro chibcha de que hablan juntas la tradición y la historia. Una vez solicitaron permiso para levantarlos, del que esto escribe, dueño del sitio en que están los cojines ubicados (y que por cierto nada le reditúan). El permiso se dio al instante, con la sola condición de que, después de sacado el tesoro, volvieran a colocar las tapas con el mayor cuidado. Los cojines son de una pieza con la roca de que se levantan y como si dijéramos uña y carne. Ellos son algo más que ruedas de molino y tapaderas de guaca. ¿Qué son, pues? ¡Quien sabe! Memoria ninguna de hombre vivo recuerda su origen, y de los muertos tampoco se sabe que hayan dicho nada sobre él. Inmóviles y mudos, como si fueran de piedra, dicen desde hace siglos: adivinad, conjeturad, descubrid qué somos, quién y para qué nos dio el ser. Con sólo saber lo que atañe a estos dos pobres y olvidados proyectos de ruedas de molino, sabríamos la misteriosa historia de nuestra antigüedad, de eso que queda más allá del diluvio de nuestra historia o sea la conquista. Hunza se extendía probablemente sobre el punto donde están los cojines. ¿Se hallaron alguna vez bajo techo, el techo de un palacio o de un templo? ¿Fueron rústico y salvaje mosaico de algún pavimento, o ara para los sacrificios? ¿Los bañaba el sol, como hoy, o los velaban sombras misteriosas? No se sabe si alcanzaron a llenar su destino, o si empezaba apenas a bosquejarse en ellos una obra profana o religiosa. El trabajo del hombre se ve aquí incuestionablemente: ¿para qué este trabajo? ¿Acaso conocieron los indios el hierro con que parecen estar tallados? Como soportes de columnas, el trabajo no se comprende. Y este par es único; no se ven otros equidistantes que marcaran la planta de un edificio. Sólo queda como probable la vulgar conjetura de que fueran un adoratorio al descubierto, bajo el cielo que era el templo, ante el sol que era el Dios. Dijérase que están hechos en realidad para hincar, en el recorte de que he hablado, la rodilla del que allí mirara al oriente, el mejor altar de la espléndida divinidad. Cuantos adoraron al sol, lo adoraron de preferencia al nacer. El nacer del sol es el nacer tipo. ¡Qué cuna!, ¡qué gasas!, ¡qué flores! Cada uno de sus rayos remata entonces en un diamante sobre la tierra; el espacio todo es prisma de su mar de luz; su calor levanta nubes de perfumes, como si toda la naturaleza lo incensara. El sol es el único que al nacer es más espléndido que al culminar. Si los cojines eran un adoratorio al descubierto, no digamos que no estaba bien escogida la localidad. Véase si no. Vueltos aquí de frente a la aurora, con el piadoso lector, tenemos la aurora a dos pasos no más sobre las colinas de Soratá. Faeton se ve y se desea para contener los viejos caballos del sol que asoma, pues pasando tan cerca de Tunja no pueden resistir a la tentación de preferirla al cielo; a la derecha queda el rincón de Runta y Pensilvania, melancólico siempre, aun con la aurora; a la izquierda, es decir al norte, está... lo inmenso. Un mágico resorte, al despuntar de un día hermoso, arroja la tierra allá contra el telón de oro y rosas, de carmín y ópalo del cielo, y no quedan de ella más que perfiles azules, bosquejo de un astro que desmayara de dicha en el espacio encantado. Son el Tibet de Belén y las cimas de los montes que miran a Sátiva y a Soracá... ¡Oh! ¡cuán grande y hermosa es la tierra! Dentro de ella no más se la puede ver tan lejos como si la mirara yo desde otro globo. El sol, que al fin se levanta, lo inunda todo, a todo hace lanzar una voz de alegría, aun a este reguero de polvo y ceniza que se llama Tunja la anciana, la venerable; ella une el inmenso cuadro actual con el cuadro inmenso del pasado y le da un alma, pues toda alma ha de venir de lejana y misteriosa fuente. Si se quiere ver la misma escena antes de la conquista, sólo se necesita figurarse el mismo sol, tal vez el mismo horizonte; pero al pie, otra ciudad, grande, de cien mil habitantes, esmaltado su mar de techumbres de espejos de oro, para retratar al sol al nacer y al morir; y aquí en este adoratorio, arrodillado con su respectiva favorita, para completar el par de cojines, bien el respetable Quimunchatocha, bien el feliz usurpador Garanchacha, o el tremendo cacique Rabon, si el lector lo permite. Es indispensable, a pesar de todo, un sí es no es de melancolía en el pensamiento del que, como el que esto escribe, ve diariamente, cuando se levanta el sol, dios de tantas naciones extinguidas, caer sus primeros rayos sobre este su adoratorio abandonado ... ¿Y si no fuera tal adoratorio? Siempre sería bueno, lector amigo, suponer que lo es. Lo más augusto de la historia antigua profana, tal vez no es más que un gran supuesto admitido con veneración por el ansia de creer que tiene la humanidad.
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