MI PRIMER CABALLO

Por J. David Guarín

 

A mi amigo Luis F. Uribe

Se aproximaba la época de los certámenes en la escuela del barrio de Las Nieves, en la cual estaba matriculado yo, pero a la que muy poco concurrí; me parecía más fá­cil correr al río Fucha o al del Arzobispo, que ir a que me mortificara el maestro Duque. Aquel maestro tan largo y tan delgado me producía crispatura nerviosa, sobre todo cuando se me acercaba con la férula en la mano. Pero, en fin, yo de todos modos debía concurrir a los certámenes, y por consiguiente habrían de hacerme vestido nuevo.

Dije ya por allá en alguno de mis recuerdos infantiles, que yo había quedado huérfano cuando apenas tentaba dar los primeros pasos asido de la falda de mi madre. Desde entonces quedé bajo el amparo de un tío, y es en casa de éste, mi segundo padre, que corren las escenas que voy a referir.

¡Qué ilusiones las que me formé! Ya no volvería a estrenar la ropa vieja de mi tío, y me comprarían un sombrero que reemplazaría la cachucha de vaqueta en forma de mesa redonda, y a la cual se le daba lustre los domingos, como se hacía con el calzado. ¡Tendría por fin vestido nuevo!

Notificado mi tío de tal desembolso, se acordó de los paños de los billares que tenía en la Calle Real, y los que por estar ya muy rotos y manchados de aceite, habían tenido que ser reemplazados por otros nuevos, y pensó en que nada mejor podía hacer que aprovechar aquellas telas en el vestido de su sobrino. Dicho y hecho, mandó llamar al maestro Moscoso, quien trabajaba cerca de nuestra casa, para que me tomase las medidas del pantalón, chaleco y chaqueta, y para completar la obra se convino en que me haría una cachucha del mismo paño. Cierto es que esté recurso fue empleado después, hasta cuando ya me estaba apuntando el bozo, pero eso sí, con notables diferencias; porque unas veces me hacían pan­talones, chaleco, chaqueta y cachucha del tal paño de San Fernando, y otras, para variar, me acomodaban ca­chucha, chaqueta, chaleco y pantalones. Y, ¡cómo son las cosas de este mundo!, esto ha decidido de muchos puntos de mi vida. Algunos facultativos hoy, que fueron condiscípulos míos o colegas, me han tomado como asunto serio de estudio y creen que mi color verdoso no es sino un reflejo solidificado del paño del billar.[1] ¿Pero hasta dónde habrá ejercido su influencia esta circunstancia en mi vida, cuando una vieja que me conoció desde niño y a quien le jugué una pillada, decía con gran formalidad, que no en balde tenía yo el alma verde? Y, ciertamente que, ¡en cuántos días la he sentido así ante los recuerdos de mi niñez!

Cuando vuelvo a mirar hacia atrás, cuando recuerdo la época de mi infancia, siento una impresión muy rara; es algo como susto gozoso mezclado de anhelosa curiosidad. Creo que si la fruta pudiera recordar la flor que le sirvió de cuna, por más que el sol la hubiera dorado con sus calientes rayos, por más que la savia la hubiera colmado de aromoso aliento y suaves carnes, y por más que su hermosura fuera la envidia de sus compañeras y la gala del árbol que la crió, desearía volverse a tan inocente estado. Y no se crea, que esto suceda por anhelo de prolongar la vida, no; es porque cuando se piensa en la niñez, la ima­ginación se complace en revestir ese recuerdo con el cen­dál de la inocencia, con el ropaje del candor; es porque la conciencia siente el goce inefable de un recuerdo sin remordimientos, y así como el sol al partir dora hasta las últimas colinas que ha dejado atrás, así nuestra alma al acercarse cada día al ocaso de esta vida, vuelve retrospec­tivamente toda su ternura hacia una edad de tranquilos goces que ya nunca volverá. Si los niños comprendieran a qué los conduce su ambición de ser hombres, no llora­rían y querrían volver más bien a refugiarse en el seno de la madre que les dio el ser.

Tres días después de cortado el vestido en mi propia casa, mandó decir el maestro Moscoso que le mandaran al niño para probarle lo hilvanado ya. Efectivamente, lleno de esperanzas y henchida el alma de gozo, me fui al taller, y, ¿quién habrá de creerlo?, aquello me produjo la mor­tificación más grande que en mi vida de niño haya podido sentir.

En tanto que el maestro me puso la chaqueta hilvanada apenas, sin mangas aún y sin cuello, y que le daba tiron­citos por aquí, que sobaba por allí para sentarla, que fruncía los pliegues y que señalaba con tiza las partes que debía mermar; cuando, como a un figurín, me daba vuelta por aquí, me hacía volver por allá, acerté a fijarme en un racimo de caballos de los que habían sobrado desde el mes de San Juan, y que para tentar la codicia de los muchachos habían colgado en la puerta. ¡Qué combinación tan simpática de colores la que producía aquel conjunto de bustos ecuestres! Los había de telas y paños de lo más heterogéneos: blancos, negros, carmelitas, grises, rosados, verdes, azules; ¡qué más explicación!, el iris con todas sus combinaciones y degradaciones estaba representado allí.

Yo jamás había sido dueño de un caballo, y por enton­ces creí que toda mi ambición y felicidad quedarían col­madas al poseer un juguete de esos. Pregunté al maestro cuánto valía uno y me contestó que eso dependía de la calidad de ellos, que los había con boca abierta y colorada que valían un real, y otros que sólo valían medio. Casi con las lágrimas en las pupilas y con el aire suplicante de un niño, le dije que si me regalaba uno.

-No puedo, me contestó, porque cuesta mucho trabajo hacerlos.

¡Ah, maestro cruel! ¡Seguramente ese hombre aún no sabía lo que es ser padre! Y más me atrevo a decir: él no conservaba recuerdo alguno de su infancia. El golpe dado en mí fue terrible, casi decisivo. ¿De dónde podría yo obtener un real, cuando creo que no lo conocía y jamás había sido dueño sino de algún cuartillo regalado en día de pascuas?

Hubo en mi casa una criada que jamás conoció otro hogar, pues había nacido allí y por consiguiente formó parte integrante de la familia. Llamábase Josefa, pero nadie le decía sino Chepa, y yo, mamá Pepa. Era ella quien cuidaba de mí con tal cariño, con tal solicitud como si realmente hubiera sido mi madre. Nacida, como dije, en la casa, había sido nodriza lo menos de dos generacio­nes, de suerte que para ella, excepto mis tíos, todos, aun los casados ya, eran sus hijos a quienes regañaba cuando lo creía conveniente.

Yo había sido herido de muerte al ver la imposibilidad de poder conseguir un caballo de paño. El niño inquieto y travieso enmudeció amilanado como ave cogida en la red, y en esa noche, no se me sintió en la casa; a mí que no dejaba de gritar y saltar un momento. Cuando mamá Pepa fue a buscarme para llevarme a la cama, me encon­tró en un rincón dormido, pero con las lágrimas aún pen­dientes de los párpados. ¡Había llorado en mis sueños!

Averiguada la causa por mamá Pepa, le conté lo que me pasaba, y entonces la pobre vieja me dijo haciéndome cariños, que ella no tenía con qué comprarme el caballo, pero que le pidiera a mi tío que él me daría.

Dormí con inquietud y desperté temprano, pero apenas vi la luz se presentó delante de mí, la idea del caballo y la imposibilidad de adquirirlo. Necesité de emplear un grande esfuerzo para resolver dirigírmele a mi tío, pero al fin lo hice.

-Bien, me dijo él, te compro el caballo, pero con la condición de que me traigas dos premios de primera clase, ganados en la escuela. Yo no sabía cómo pudiera ganarlos, pero al menos había ya un camino.

El maestro Amarillo era el zapatero que calzaba a las señoras de mi casa. Sus babuchas, según decían, eran siempre de un cordobán, tan suave al mismo tiempo que resistente, que no había quien las superara. Era por con­siguiente el hombre del buen calzado y favorecido para todos, y allá me llevó mi tío para que me hiciera unos borceguíes. Con el objeto de que me duraran mucho tiem­po, se convino en que los haría de suela doble claveteada y de cuero llamado becerro; es decir de vaqueta poco más o menos.

En aquel tiempo la nomenclatura del calzado era muy distinta de la de hoy: además de las botas, chinelas y botines se usaban las babuchas, los borceguíes, los suizos, los washingtones y las brecas que aún hoy tienen su uso en algún Estado. Las mujeres no calzaban sino babuchas de cordobán o zapatos de raso bordados de oro o plata; el tafilete también se usaba. No existían estos preciosos botincitos de resorte o botitas abrochadas, tentación de más de cuatro. Los tacones agudos y en la mitad de la planta del pie, ¿cómo habían de imaginarse entonces que pudieran usarse por las mujeres con tantas ventajas sobre los pobres hombres que las miramos?

Los borceguíes que me iban a fabricar eran de aquellos con los que el pobre muchacho tiene que estarse quieto o resolverse a las peladuras en los calcañares y las llagas en los dedos. ¡Qué prisión tan terrible es aquella!

Los premios que se repartían los sábados en la escuela eran de dos clases: los de primera y los de segunda; ocho de éstos equivalían a uno de primera, y se obtenían por buena conducta, correcciones a los condiscípulos en las sabatinas y cierto número de lecciones buenas. La dela­ción de malas acciones cometidas dentro o fuera de la escuela, también tenían su recompensa. Estos eran los medios legítimos de obtener premios; sin embargo, en el mercado extra-oficial se había establecido un agio que, merced a la vista gorda del maestro, produjo una fluctuación de precios en la bolsa que alzaba y abatía fortunas en pocos instantes.

He aquí los precios ad valorem a que se cotizaban los premios: por ocho botones de hueso se obtenía un premio de segunda; así pues, diez y seis botones o medio real en pura plata era el valor de uno de primera. El pan, las panelitas de leche y las cuajadas llegaron a tener tal cré­dito en el mercado, que superaron al de los bonos nacio­nales de aquella época.

El camino para mí estaba abierto, yo no tenía que ha­cer sino conseguir unos botones para comprar los premios que necesitaba. ¡Pero cómo!, cuando la previsión en mi casa había llegado hasta el extremo de no ponerle a mis vestidos sino botones forrados en género. No obstante, con multitud de dificultades arranqué, dándole vueltas, algunos, de los vestidos de mi tío y con esa base me fui para la escuela a probar suerte de otro modo.

El juego debía sacarme de apuros. ¿Quién no ha jugado en la vida? ¿Quién no ha librado a la suerte un porvenir entero? ¿No le deben las altas notabilidades políticas su posición a las jugadas sobre la carpeta que forman de los pueblos que componen el país? ¿Quién no ha jugado a los amores? ¿Quién entrega su mano y su porvenir en otras manos, qué otra cosa ejecuta sino hacer una jugada que decide de su suerte por toda la vida? Y si bien es cierto que el juego ha causado la ruina de tantas familias, tam­poco puede negarse que muchas posiciones notables le deben su origen al manejo de los dados o de las cartas. Pero ¿qué extraño ha de parecer todo esto cuando los partidos y las naciones libran su existencia a la suerte de una batalla?

Jugué en el zaguán de la escuela mientras llegaba el maestro, primero al pite, y luego al hoyuelo con buen su­ceso; pero la ambición de ganar me hizo aventurar lo adquirido ya en la rayuela, y ahí quedó toda mi esperanza. Volví, pues, a mi inquietud de siempre.

Me propuse entonces ahorrar el pan que me daban en casa, para comprar los premios; pero el maestro dio orden de recogerlos todos, con el objeto de hacer el cálculo definitivo de notas buenas y premiar el día del certamen a quien más lo mereciera. ¡Se me cerró esa puerta tam­bién!

Mariano fue un criado de mi casa, a quien conocí algo entrado en edad y que por su bonhomía y ninguna rapidez de concepciones ni movimientos era de esos que hoy lla­man bienaventurados: manso, pobre de espíritu, llorón, todo lo tenía para merecer tal título. Por supuesto que habría sido una calumnia atroz el haber pensado siquiera que él hubiera podido ser uno de los inventores de la pól­vora, ni el que hubiera podido convertir más tarde el aire en agua tan fácilmente como se habrá de hacer de él una piedra. El no era sino un cero en la humanidad, es decir, inventado para aumentar cifras sin que intrínsecamente valiera nada. Esta es una verdad. Y si no, dígaseme, ¿merecen el título de hombres capaces de formar en él ca­tastro humano tantos seres que no hacen más qué comer, dormir y oprimir la tierra en fuerza de la pesantez de sus masas?

Suplico se tenga en cuenta a este sujeto, porque no tarda mucho en que me sirva de algo. Después de tantos años de muerto, cómo vino a servirme de otra cosa que no fuera de estorbo. ¡Dios le haya perdonado las que me hizo pasar!

Los días corrieron y llegó el del certamen. ¿Creerán ustedes que yo pudiera dormir la víspera? Ni una pesta­ñada: el gran pesar de no poder comprar el caballo y la idea de estrenar un vestido se apoderaron de mi espíritu para tenerlo en tensión.

¡Un vestido nuevo para un niño...! ¡Ayudadme todos, lectores míos, con lo más risueño de vuestros recuerdos. Días brillantes, imperecederos, de los jueves santos, días de Corpus y de certámenes, venid con toda vuestra luz; y ya que no habréis de volver en nuestra vida, al menos vol­ved en recuerdos a calentar nuestra alma tan llena ya de decepciones y frías amarguras!

Mi vestido, excepto los borceguíes, estaba colgado de­lante de mi cama como una ilusión tentadora; me parecía que no habría de llegar el nuevo día en que emperejilado (¡ah palabra la que salió de mi pluma!), con mi vestido verde hubiera de ser de lo más rozagante entre mis com­pañeros; así fue que apenas cantaron los pajaritos estuve en pie preparándome para ser el mas feliz de los seres de la tierra. ¡Quién hubiera tenido un caballo para que aun hoy no sintiera ese recuerdo sin algo que me lo amar­gara! ¿Cuándo dejará de estar la vida llena de contra­dicciones?

Al fin me vi con mi vestido nuevo, pero del cual no estrenaba realmente sino el hilo de las costuras, los forros y los botones. Sobre la tela de él, como sobre la túnica de Jesucristo, se habían jugado ya más suertes que los pelos que lo enlustraran cuando lo trajeron de España.

Hoy, cuando pienso seriamente en mi modo de ser, veo que aquello no fue sino una predicción. Al penetrar den­tro de mi alma, veo que ella jamás ha vestido de nuevo sino el afecto íntimo de los míos; por fuera, sólo la miseria andrajosa de los desengaños la han cubierto como a un mendigo.

Momento es de suprema emoción aquel en que, senta­dos los examinadores al frente de los cursantes, se oye el último golpe de la tambora de una música ruidosa y la campanilla del maestro que anuncia se va a decir la resunta.

Dejo al escolar más adelantado que discurra lo que el maestro había discurrido con meses de anticipación, para dar dos explicaciones previas, y sea la primera: que el maestro Amarillo no entregó los borceguíes y que por tanto hube de aparecerme con los rotos que tenía, lo cual me hacía estar allí buscando posiciones a los pies, para ocultar los dedos que se salían por todas partes; y la se­gunda, que el maestro dijo, para estimularnos, que a quien mejor respondiera en el certamen le daría un premio doble que sería convertible en dinero. Una rendija se había abierto para mi esperanza frustrada de conseguir caballo. ¿Qué tenía de raro que acertase con una respuesta, aunque yo no sabía sino la doctrina cristiana, y aun en esa mate­ria, no pasaba del persignar? Es de calcular que por mis alcances y por mi edad me colocaron de los últimos; así fue que mientras preguntaban a los de arriba, pasé mi tiempo en una oración mental en la cual suplicaba a la Virgen y a todos los santos me inspirasen algo bueno. Si he de decir verdad, en las grandes aflicciones de mi vida, en los grandes peligros jamás he levantado el corazón a Dios con tanto fervor, con tanta unción como en aquel día. ¿Podrá caber más pureza en el miserere de David arrepentido que en la súplica de un niño inocente?

Por aquellos tiempos el general Santander, Presidente de la República, concurría a los certámenes, desde los de las escuelas de los barrios hasta a los del Colegio del Rosario y la Universidad. Sí, señores; yo lo ví entrar con cachucha redonda y envuelto en su capa magna.

Por fin, por allá como a las once de la mañana empe­zó a preguntar un viejo apergaminado, calvo hasta la nuca, de cejas pobladas, ojos hundidos, nariz aguileña, adornado con antiparras de resorte que lo hacían ganguear y por consiguiente incomprensible; no se le entendía nada. No lo describo más porque llegué ya a mi punto objetivo.

Pues señores, este viejo empezó a hacer preguntas en la clase de doctrina, por los más adelantados. Las angus­tias que yo sentí son indescriptibles. El corazón me salta­ba entre el pecho como a pajarillo acabado de aprisionar por un muchacho, las lágrimas casi se me saltaban a causa del susto, y era tal mi desesperación, que no podía estar un momento quieto en mi asiento. Dependía de una res­puesta, de una sola, el colmar mi ambición.

Faltaban tan sólo dos o tres de mis compañeros que estaban antes, cuando en medio del zumbido de oídos y la cuasi ceguedad que me producía el llanto que ya inundaba mis pupilas, acerté a fijarme en una puerta que estaba delante de mí colmada de gente. Allá en medio de todos estaba Mariano alzando los botines por encima de todos y gritando tan recio como podía:

-«¡Niño Aví! ¡tome sus borceguíes!»

¡Aquel hombre me mató! Más valiera que me hubiera dado un balazo. No miré más para allá y esperé al réplica que ya casi, casi llegaba a donde mí. ¡Qué momento aquel! Quisiera borrarlo de entre los recuerdos de mi vida.

Por fin oí una voz gangosa que pareció decirme:

-Usted, niñito, el del vestido verde, dígame ¿cuáles son las virtudes teologales?

-Mundo, demonio y carne, contesté con arrogancia.

Una risa general colmó el salón y se repercutió en mis oídos como el rugido del oleaje en los oídos del náufrago.

-¡No! ¡Dígame, pues, cuántas son las bienaventuranzas!

Entonces contesté lo que el muchacho más cercano me dijo por detrás:

-La primera, lujuria; la segunda, pacien...

En medio de otra carcajada más estrepitosa sonó la cam­panilla del maestro y el acto terminó. Un bambuco tocado por la banda de músicos colmó los espacios, en tanto que yo, con las manos en la cara, quedé sumido en una pro­funda agonía.

En seguida, el maestro Duque, con la solemnidad del caso empezó a llamar uno por uno a sus discípulos, para entregarles el premio dado por la escuela y un libro do­nado por alguno de los examinadores. Cada nombre dicho era para mí una acusación a mi falta de estudio. ¡Cuántos arrepentimientos no tuve entonces! ¡Qué de propósitos no hice para ser en adelante estudioso y formal!

Las esperanzas que los niños conciben, puesto que están menos atormentados por las desilusiones, son más con­sistentes, tienen más apoyo en un quizá, que la del que lleva ya el alma hecha jirones a fuerza de sufrir. Yo no sé por qué concebí la idea de que el maestro Duque no me habría de olvidar, tanto más cuanto que yo oía que llamaban para premiar a otros que casi nunca concurrían a la escuela. ¡Qué necio!, yo no sabía que la mayor parte de los galardones que en la vida se dan, se deben a la posición, a la intriga y a la bajeza. Cuánto valor y méritos he visto yo, que no han merecido sino un olvido torpe y envidioso.

Llegó a los de mi clase y empezó a llamar, hasta que por fin ... sonó la campanilla y terminó la distribución, Un grito agudo que sobrepujó al instrumento más alta de la música, salió de mi garganta y caí casi sin sentido. Cuando me sentí alzar en los brazos y abrí los ojos, vi que era el bueno de Mariano que como podía me conso­laba ¡Y tuve la injusticia de decir que no servía para nada! Que su espíritu me perdone tal injusticia.

Averiguada la causa de tal llanto por algunos de los concurrentes, quise contestar, mas los sollozos me lo im­pidieron. Entonces uno de los niños que estaba cerca de mí dijo que estaba sentido porque no me habían dado un premio.

«Eso es muy digno de ser premiado», dijo aquel hom­bre de cabello alisado sobre las sienes, mostacho fino y vuelto hacia arriba, a quien se le ha levantado una estatua en una de las plazas de esta ciudad. Tome para sus dul­ces, me dijo, abriéndome una mano y dándome una pal­madita en una mejilla. ¡Yo era dueño de un peso! ¡Cuán­tos caballos podía comprar ya! «El hombre de las leyes», el vencedor en Boyacá, me había hecho más feliz que lo hiciera con su valor y su ciencia a la antigua Colombia!

«Desde luego que yo no me esperé a romper la férula ni a enterrar la disciplina, como entonces se acostumbraba, función a la cual concurría el maestro; sino que me fui directamente a donde el maestro Moscoso a escoger mi tan deseado caballo.

__________

En aquellos tiempos las casas de Bogotá solían pasar en fiesta continua el mes de diciembre. La novena de Santa Bárbara abría la era, venía la de La Concepción, seguíale el octavario y por último la del Niño, con su respectivo pesebre o nacimiento, de tan grata recordación para los niños y viejos. Por la mañana se concurría a las bochincheras y aun tumultuosas misas de aguinaldo, y por la noche las mujeres hacían la novena delante del pesebre en tanto que los hombres arrojaban cohetes, los mucha­chos quemaban triquitraques y los cantores acompañados de los músicos entonaban los responsorios de los versos. Venía en. seguida el baile con todas sus consecuencias de horchatas, alojas, mistelas, agiaco y tamales. ¡Esos sí eran tiempos!

Es excusado decir que cuando me metí en dar la noti­cia anterior, fue para contar que en casa se hacía pesebre todos los años.

Recuerdo que un día, doce de diciembre, tal como hoy, y día de mi certamen, se resolvió que al siguiente harían los de mi casa un paseo al Boquerón, con el laudable objeto de darnos un baño y de coger los líquenes o lamas de piedra como los han llamado; itera más, el laurel, flores silvestres, pajas, piedrezuelas y caracoles.

Se me olvidaba decir lo principal de este mi cuento y es que apenas salí de la escuela me puse mis botines y corrí a comprar mi caballo donde el maestro Moscoso. Después de una reñida pendencia con la china barrendera de casa, me hice dueño del escobero y heme ahí caballero en un palo, dando brincos y echando carreras por todas partes. Ni Olmedo, ni Saavedra, ni Arboleda, ni Vergara, ni nin­guno de los que han escrito sobre los caballos me ganaría hoy en la descripción del mío si yo me propusiera hacerla. Era de paño color de ceniza; tenía crin de calamaco des­hilachado, orejas pequeñas y vueltas hacia adelante; el jaquimón de trenzas rojas tenía florecillas de trapos de distintos colores; las riendas de orillos de paño eran tan largas que muy bien podía azotarme con ellas, y por lo que hace al cuerpo mal haría en describirlo, porque ¿quién no conoce un palo de escoba? Y si alguno quisiere saber cómo eran las patas no tiene más que fijarse en las de cualquiera de mis lectores (perdonándome la expresión), y haga de cuenta que ya las vio.

Mucho di que hacer en aquel día; por la noche, rendido de fatiga por una parte, y por otra sintiendo los pies he­chos una miseria por causa de mis botines nuevos, resolví ir a descansar de alma y cuerpo; pues como se ha visto, pocas veces sufre un niño tantas y tan fuertes emociones como las que pasaron por mí el día de mi primer certamen.

Como era natural, antes de descansar llevé mi caballo a la alberca, acompañado de mamá Pepa, con el objeto de darle de beber; luego lo dejé en la pesebrera, al lado del caballo de mi tío, para que comiera, y en seguida fui a mi cama a dormir. Pero mi sueño fue intranquilo: la idea de mi vestido nuevo, el ser poseedor de tanto dinero, ser dueño de un caballo, el paseo del día siguiente y el pesebre en perspectiva era mucho para el cerebro de un niño. Luego se me metió en la cabeza que el caballo de mi tío se comía de un mordisco al mío y empecé a llorar, hasta que la pobre de mamá Pepa fue a traérmelo para dormir con él. Entonces sí quedé profundamente dormido hasta que me despertaron al día siguiente.

Apenas acabaron de vestirme, tomé las riendas del ca­ballo, eché encima con mucho garbo la pierna y le di una sofrenada, porque lo sentí con tanto brío como si no tuviera los pies con una peladura en cada calcañar.

Después de un almuerzo ligero y de mil órdenes y vuel­tas, tropiezos y encontrones, partió la caravana, siendo yo, puesto que estaba a caballo, el que iba tan presto adelante como atrás para enredarle la falda a una criada, para darle un golpe al perro que me seguía, para pasar de un salto la chamba, para salvar de un vuelo el obstáculo y aun para contener el bucéfalo en los momentos en que encabritado daba corcovos a más no poder. Llegamos al fin a un llano alfombrado de carretón, y allí sentamos reales para hacer la comida y formar punto céntrico de operaciones. Pero faltaba contar lo principal: apenas lle­gamos fue tanto lo que brincó aquel caballo, que me botó en la parte más mullida y allí quedé rendido. ¿Acaso había sido tan corta la tarea?

¿Cómo olvidar aquel cielo de diciembre, tan azul, tan claro, tan profundo, tan sin nubes; aquellas brisas que pa­recían salir por su sutileza y frescura de entre las aguas; aquel río que aquí se convertía en blancas espumas al saltar entre las amarillentas piedras, que allá se ponía azul al formar un remanso, y sobre todo que con su eterno y ronco rumor parecía arrullar la imaginación para que durmiera? ¿Cómo pasar en silencio el baño bullicioso de los hombres aquí y lleno de gritos agudos de las mujeres allá; la ascensión trabajosa a los cerros, de donde muchas veces rodábamos para emprender la subida nuevamente; los trabajos y peligros pasados al coger algunas pajillas blancas para hacerle el lecho al Niño Dios, y luego la co­mida en el llano, los saltos, los volantines, las carreras y los sustos de mis tías al verme saltar de piedra en piedra? ¡Ah!, imposible olvidar esto; esos recuerdos viven con el alma para sólo extinguirse cuando ya bajemos a la tumba. ¿No nos seguirán más allá?

Por la tarde, cuando ya todo estaba preparado para emprender marcha de nuevo a la ciudad, pasé el río por sobre unos pedregones para traer mi caballo que había dejado pastando en un pequeño llanito. A la vuelta empe­cé a brincar nuevamente, pero en uno de esos saltos se me resbalaron las suelas de los borceguíes y por allá fue­ron a dar jinete y caballo. Arrastrado por la corriente habría ido a dar a un pozo profundo, si mamá Pepa no se hubiera botado inmediatamente a salvarme. Mas la po­bre vieja no estaba buena ya para gracias y al alzarme resbaló también y caímos juntos. Entonces el peligro fue mayor y hubiéramos sido arrastrados, si en medio de los gritos y la desesperación de todos no se hubiera lanzado Mariano a contenernos. ¡Y sin embargo, cometí la injus­ticia de decir que no servía para nada!

La lavada no podía ser más completa; pero de todo, lo que sentí yo más fue que al salir a la orilla vi que mi caballo se había ido corriente abajo.

¿Cómo no empecé yo a aprender desde entonces lo que es la inestabilidad de las dichas humanas? ¡Tanto sufrir para comprar el placer de un momento!

Con mi vestido hecho sopa, los borceguíes llenos de agua, y sin mi encantador caballo, me volví para nuestra casa, no ya con el bullicio de la mañana, pues todo había cambiado de aspecto para nosotros.

Mamá Pepa tuvo fiebre aquella noche y al segundo día se le declaró una pulmonía violenta. A los siete días había perdido el conocimiento y murió al octavo, sin siquiera decirle adiós a quien había cuidado como a hijo después de la orfandad y quien le había causado la muerte.

Vestido, caballo, paseo, pesebre y mamá Pepa, mi se­gunda madre, todo se perdió en un momento, como se ha ido perdiendo poco a poco el brío que en la juventud me animaba para contrarrestar los golpes de la aciaga fortuna.

 

 

[1]
Cito entre otros a los doctores Buendía, Rocha, Medina, Osorio, Zerda, y  a mi pasante en el colegio del Rosario, doctor Bayón.
 
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