NAVEGACION POR EL CHOCO

Por Santiago Pérez

 

Hácese la navegación por los ríos del Chocó en canoas de mayor o menor capacidad, según la cantidad de sus aguas y la naturaleza de su curso, las cuales se cubren en sus dos extremos, o bien en su parte media con lo que se llama rancho. Consiste la armazón de éste en algunos bejucos enarcados que se apoyan en los bordes dé la em­barcación, y por entre los cuales se entreteje la red a que se sujetan por encima las hojas del bihao, quedando así formado una especie de techo parcial en la canoa, debajo del cual se acomoda el viajero para guarecerse en un tanto de los ardientes rayos del sol, cuando no de la lluvia, no poco frecuente en aquellas regiones.

El rancho no tiene de altura en su parte media, que es la más elevada, arriba de un metro; como al mismo tiempo la anchura de la embarcación es poco más o menos igual, el individuo apenas sabe cómo distribuir, y qué tantas veces doblar su parte material dentro de aquella bóveda ambulante, sin que esto sea su mayor calamidad; puesto que, componiéndose el pavimento sólo de algunas palmas extendidas sobre travesaños en el fondo convexo de la embarcación, como el agua penetra siempre en ésta, en mayor o menor cantidad, sucede que va corriendo de proa a popa, según que el movimiento, la dirección o el peso, la llevan de uno a otro lado; lo que viene a ser un flujo y reflujo que continuamente amenaza con empapar al embovedado viajero. Gruesos árboles que se destacan de la orilla, y que a corta elevación sobre ella dilatan sus copas enredadas o se extienden a uno u otro ramo que se encorva sobre el río, forman algunos atolladeros en que se atracan las canoas, cuyos ranchos tropiezan con los troncos o las ramas; siendo estos los agachaderos en los ríos, no menos comunes y estorbosos que los que men­cionamos antes de los caminos por tierra. En otras ocasio­nes el ataque se hace por la parte inferior, encontrándose de repente en la canoa como balanceándose sobre un puente importuno, tendido de orilla a orilla, y que consiste en el tronco robusto de algún árbol de la tupida fila que crece en las márgenes del río, al que alguna borrasca des­plomó sobre el uno u otro lado del cauce. En este caso se corre inmenso riesgo de que se parta la embarcación, de donde nace la dificultad de navegar por algunos ríos o quebradas, cuando no tienen el agua suficiente para poder pasar sobre esos obstáculos que, una vez pasados, nadie se cura de destruir en favor de otros viajeros.

Cuando la canoa es de alguna capacidad va servida por tres bogas. Estos andan desnudos, sin otra cosa en su cuerpo que el pañuelo que hace indispensable la decencia; sírvense en su tarea de la palanca y del canalete. Remon­tan a viva fuerza los ríos, para lo cual siempre buscan las orillas en donde la corriente es menos impetuosa, y apoyan la palanca en las barrancas laterales, o en el fondo mismo, si el río es somero. El extremo superior de palo o de guadua que les sirve de palanca está armado de un gancho, del que se valen para asirse de los troncos o de las ramas, y lograr por este medio hacer avanzar la em­barcación en aquellos puntos en que la hondura no les permite hacer fuerza en el lecho de la corriente, a tiempo mismo que las aguas ruedan con violencia mayor.

En la navegación siempre se va costeando cuando se lleva dirección opuesta a la del río, bastando muchas ve­ces dejarse llevar por este cuando se sigue la misma. Las travesías de uno a otro bordo del río, al acercarse a los lugares en donde se conocen escollos y remolinos, o pe­queñas vorágines peligrosas, se efectúan corriendo una larga diagonal, y trabajando con el canalete, para no opo­nerse de frente a las aguas en el medio, o en el punto en que éstas corren con una fuerza más grande.

La desigual anchura de la corriente que se sigue o que se remonta, y el diverso color de sus aguas, son las únicas cosas en que puede variar, o varía la perspectiva, durante las largas jornadas por esos caminos, los sólo conocidos en el Chocó. Siempre en la una y en la otra margen se dilatan intrincadas y espesas selvas donde apenas cabe ya la vegetación, y por las cuales atraviesan hacia el río, en un curso desconocido sin nombre y sin historia, multitud de quebradas más o menos caudalosas, que vienen a morir al juntarse en la corriente en que todas se confunden.

La vista no alcanza otro objeto que la faja de aguas escurriendo por entre un monte no interrumpido, donde los árboles, los arbustos, las flores y las plantas se entre­tejen formando como una sola masa de verdura, de troncos, de ramas y colores que la naturaleza ha amontonado allí, siglo tras de siglo, en toda la libertad del desierto y con todo el lujo de una riqueza tropical.

Las voces y los cantos desapacibles de las aves de la selva, el rumor de la corriente, cuando más rápida resbala sobre las piedras de su lecho, y el grito destemplado y monótono con que acompasa el boga los golpes de su palanca, son el ruido constante y discorde que se percibe por horas seguidas en aquellos desiertos.

El boga del Chocó no tiene gracia en la voz, ni hay en su canto, si tal pueden llamarse los gritos con que va vo­ciferando, aquel gusto libre y saleroso de la letra y aquella cadencia sencilla, pero expresiva en la tonada, que carac­teriza a los rústicos trovadores, sobre todo a los de las tierras cálidas. El boga del Chocó, en vez de entonar, grita; en vez de cantar, brama; toma cada día un nombre de que casualmente se acuerda, o una voz cualquiera que se le ocurre, y, encorvado sobre la corriente, con el canalete o la palanca en la mano, acompaña cada esfuerzo que hace, cada murmurio del río, cada paso que avanza con un ¡San Agustín! ¡San Agustín!, que al fin sofoca y en­sordece al infeliz que va debajo del rancho, y que forma todo su auditorio. Mas no se crea que escoge siempre una palabra sonora; todavía escuchamos nosotros la voz destemplada del boga que desde la quebrada Santa Helena hasta el Atrato, nos fue atolondrando con el grito de ¡Antioquía! ¡Antioquía!

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