CUEVA DE TULUNI

Por Rómulo Valenzuela

 

Entre las maravillas de la naturaleza habrá pocas que produzcan en el viajero tanta admiración como la Cueva de Tuluní, que está situada a tres leguas al sur de Cha­parral, Estado del Tolima. Poco antes de llegar, es preciso echar pie a tierra, pues hay una pendiente tan escarpada que, para que bajen señoras, hay necesidad de poner esca­leras en algunos puntos.

Al terminar el descenso, que es de poco más de dos­cientos metros, se llega a la puerta de la Cueva, que es una abertura de la roca, base de la pendiente por donde se ha bajado; esta abertura tiene cuatro metros de altura y poco menos de anchura, formando un arco bastante irregular. A unos pasos más adelante de este arco, el plano formado por la falda de la cordillera termina en una quiebra profunda, por donde llega la quebrada que da su nombre a la Cueva; el álveo de ella tendrá unos cuarenta metros de profundidad respecto de la menor altura del cerro que se le opone; por consiguiente, para que la corriente siguiera su curso, necesitaría antes formar un lago profundo que llenara todas las hoyas de los cerros circunvecinos; pero la mano que mantiene el caudal de sus aguas le abrió paso por la base marmórea del cerro, ven­ciendo así una dificultad mayor, más digna de su omni­potencia.

La Cueva es, pues, un verdadero túnel. La quebrada penetra en las entrañas del cerro por un arco distante del primero unos veinte metros, y que tiene como doce de altosobre seis de ancho: este arco se forma en la quiebra que ya indicamos.

Al avanzar veinte pasos por el arco de entrada, y tor­ciendo un poco a la izquierda, en un plano ligeramente inclinado, llega uno al borde de un peñón tajado por cuyo pie corre la quebrada en dirección de occidente a oriente. La altura del piso sobre el nivel de la quebrada será de ocho metros; el techo tiene otro tanto; y piso, techo y los espacios que quedan entre los arcos, todo es de roca, aunque de varias clases. Este primer cuerpo de la Cueva llamado la Sacristía, tiene cinco grandes arcos, que son: los dos ya dichos, el que queda sobre el peñón menciona­do, el que da paso a la quebrada al tercer cuerpo llamado la Iglesia, y el que conduce de la Sacristia a la Escalera, nombre del designado cuerpo. La escalera es el descenso que hay de la Sacristia a la Iglesia, en un desnivel del ochenta por ciento, aunque en el corto espacio de unos veinte metros, y es formada por la aglomeración de gran­des rocas marmóreas de color negro y veteadas de blanco, que parecen haber sido desprendidas de los costados y cúpula de esta parte de la Cueva, y por otros de piedra búchica, de la cual es todo el piso de la Cueva, como tam­bién el cauce y playas de la quebrada; esta piedra es de color gris claro amarillento, de poca finura, pero muy no­table por su formación exterior, pues su superficie presenta el aspecto interior de una cáscara de granada. Terminado el descenso de la escalera, se llega a orillas de la quebrada en el centro de la Iglesia.

Si no hemos manifestado la sorpresa que la grandiosidad de los primeros cuerpos nos causara, es por reservar toda nuestra admiración para este último, aunque es casi im­posible que por una descripción se pueda formar idea de su grandeza majestuosa. Al contemplarlo, se halla uno po­seído del asombro que sobrecogiera al viajero que de im­proviso se encontrase al frente de las ruinas del Coliseo romano o de los templos de Balbek. Apenas habrá en la naturaleza algo más imponente, más sublime que esta parte de la Cueva; tendrá sesenta metros de largo, diez y seis de ancho y veinticinco de alto. Millares de piedras de diversas clases y de varios colores forman por todas partes y como en ruinas, altares, nichos, estatuas, columnas, fragmentos de arquitectura, y mil cosas más de formas caprichosas y fantásticas; pero todas de una belleza imponderable. Una multitud de pájaros, que llaman por onomatopeya guapacó, buscan allí un asilo para precaverse de la luz, y asustados con la presencia del viajero, vuelan de una a otra grieta de las rocas, exhalando su lúgubre grito, al que se agrega la greguería de grandes bandadas de pericos que pasan las horas más calurosas del día en la cueva. Sin embargo, esos ruidos no bastan a turbar la inmensa calma que la llena y que baña el corazón como si fuera la morada del olvido.

Entre las figuras más notables que se ven en la Cueva están la campana, que es una piedra simbólica delgada que sobresale del cuarto arco de los mencionados; el púlpito, gran piedra redonda, que al principiar el descenso de la Escalera queda a la derecha; el pabellón, en el mismo cos­tado, algo más adelante, de forma cónica; pero la más no­table de todas es el cordero, colgado de la cúpula de la Escalera; es extraordinaria la semejanza que tiene con uno de estos animales suspendido de un poco atrás de la mitad. La naturaleza ha imitado perfectamente la cabeza, sin cuernos, los brazos con las manos cortadas, y la lana, todo de acuerdo con la postura indicada que es de la mayor na­turalidad. Al estar colgado de la mitad, sería un colosal toisón como el que adorna las armas de España. A estas figuras agregaremos otra desconocida de los viajeros, y que por casualidad descubrimos en nuestra visita a la Cueva; es una piedra que está enclavada en uno de los rincones a media vara de altura del suelo, y que semeja asombrosa­mente un cráneo humano, de tamaño poco mayor del na­tural; para verle se necesita de la luz artificial, que hace que la ilusión sea más completa y terrífica.

La quebrada es bastante caudalosa y abundante en pes­cados bocachico y pataló; y después de correr estrechada contra el costado izquierdo, a causa del alto nivel de la Sacristía, sale a la Iglesia, pasando por el arco para salir de ella al cielo libre por otro de extraordinaria perfección y del más atrevido rasgo que se pueda imaginar, pues ten­drá de elevación diez y seis metros sobre ocho de ancho. Por este arco, que mira al oriente, entra la luz del sol de la mañana, hora la más a propósito para ver todas las figuras y colores de que son las rocas que forman las cúpulas, costados y suelo de la Cueva. Las principales de aquellas son el verde, el rosado, el negro y el gris amari­llento que es el que predomina.

Como se ve, esta descripción es muy imperfecta, por carecer de la parte científica, punto donde no alcanzan nuestras fuerzas, pues sólo las hemos tenido para presen­tarla tal cual en nuestro rústico examen que nos apareció...

 

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