CARTA SEGUNDA

Cara amiga: ¡Diez años han transcurrido, y que dife­rente se me presenta el mundo! ¡Cuántas ilusiones he visto desvanecerse! ¡Cuántos desengaños efectuarse! ¡Cuántos sufrimientos he experimentado! y en fin, ¡cuántas penas han torturado el corazón! ¡Oh, qué horrible es la desconfianza! ¡Qué triste es tener el corazón repleto con los más ardientes deseos, las aspiraciones más sublimes, los más férvidos sentimientos y la imaginación ardiendo con el extraño torbellino de esas ideas de ambición, so­berbia, gloria, vanidad y locura; y más que todo, haber trazado en nuestra infancia el cuadro más arrobador, el panorama más risueño, más seductor y placentero, y notar luego que la preciosa y fascinante esperanza va alejándose paulatinamente de nuestro lado borrando el brillante colorido de nuestras ilusiones, aglomerando nu­barrones en el horizonte de nuestra vida y dejándonos sumidas en ese espantoso caos de incertidumbre!

Mas este prólogo va demasiado largo, y aún no te he explicado la causa de mi tormento: bien, pues; cuando te escribí la anterior, gozaba enajenada con mis quince abriles, los 100.000 pesos de mi padre, y con la brillante posición a que me habían elevado mi rara belleza, el rango de mi familia y las necias adulaciones de mis aman­tes. Todo me parecía pequeño desde el pináculo de mi felicidad. En medio de mi gloria y excitada un tanto por el aguijón del amor, pues el corazón necesita siempre algún ídolo para adorar, soñé, mejor dicho, formé el ente que había de cautivar mi atención. ¡Oh, un ángel no hubiera sido tan perfecto como el objeto de mis ensueños! ¡Qué belleza, qué dignidad, qué poder, virtudes y riqueza no poseía el arcángel con quien había de unir mi suerte! A su lado todos los hombres me parecían pequeños, des­preciables, indignos de mi mano. A la mayor parte trataba y miraba con el desdén más altanero, mi mayor gloria consistía en tenerlos humillados y sirviendo de ridículo en la sociedad. Todas sus virtudes me parecían defectos y nunca contemplé sus cualidades sino por el reverso de la medalla. Bien pronto me convencí de que mi fantástico ídolo no venía, que este ser ideal trazado en mis ensueños no pertenecía al mundo, que era una quimera.. . Entonces retrocedí, busqué mi teatro en este mundo, pero demasiado tarde... Los salones de mi casa se hallaban ya casi desiertos. La mayor parte de mis pre­tendientes habían ido a representar su papel en otras par­tes donde se había reconocido su mérito y obteniendo una buena colocación.

¡Aquí principia la época más agitada de mi vida! Sí, Casimira, yo no encontré a mi derredor sino unos pocos a quienes no había querido despedir por burlarme abier­tamente de ellos. Varios de los otros se habían mantenido a cierta distancia. De orgullosa me convertí en la mujer más amable, a todos trataba de halagar. Cuando uno solo se hallaba a mi lado, me era fácil hacerle convencer de que él obtenía la preferencia; pero cuando eran muchos, variaba mi táctica, a cada uno daba una muestra de mi afecto y pretendía que todos quedaran satisfechos con mi amabilidad. ¡Ay!, ¡todo fue en vano!, pretendí jugar con los hombres y muy caro me costó esto. El hombre es el ser más susceptible, y en su despecho capaz de las venganzas más atroces.

Bien pronto principiaron a dejarme sentada en los bai­les; me saludaban proteccionalmente; ya no levantaban con frecuencia los binóculos a mi palco; no se apresura­ban a ofrecerme el brazo en el paseo; no me despertaban para extasiarme con las dulces y célicas armonías de una serenata.

¡Oh!, ¡necia de mí!, ¿por qué me burlé de tantos jó­venes interesantes, generosos en demasía, morales por excelencia y de modales tan finos y elegantes? Hoy con­curre un escaso número a casa. Sólo unos cinco novicios, que no carecen de mérito, y el estúpido provinciano, for­man mi cortejo de adoradores...

Después de tan cruenta lucha y de una serie de infor­tunios y desengaños, no me queda otro recurso que adop­tar por esposo al que mamá me mande.

Adiós, Casimira, ruega por tu desventurada amiga.

Margarita

 

 CARTA TERCERA

¡Todo ha concluído! 32 años señala ya el termómetro de mi vida, que es tanto como haber tocado el dintel de la senectud... ¡Cuán veloz corre el tiempo, cuán efíme­ros son los instantes de ventura que se gozan en la edad florida! La luz de la existencia brilla en nuestra infancia con un resplandor demasiado vivo; pero ¡ah!, ¡cuán pron­to va extinguiéndose su vigorosa llama, hasta que al fin nos deja sumidas en una incierta penumbra! La más seductora belleza desaparece precozmente, como los vívidos colores de una flor se extinguen al influjo del calor; y más tarde, nuestro cuerpo, que una vez ostentó la hermosura, esbeltez y gentileza, aparece seco y marchito por la edad.

He aquí, Casimira, el extremo a que he llegado. Mi corazón, antes tan apasionado, tan fogoso y animado, no palpita, no: el remordimiento y el despecho lo han prensado hasta arrancarle sus más suaves y deliciosas emociones. La vida me pesa demasiado. Todo lo odio. Miro a las mujeres felices como acérrimos enemigos y a los hombres como a mi mayor tormento. Las diversio­nes a que mi desgracia me lleva en calidad de tía, me llenan de fastidio y acaban de acibarar mi existencia.

Parece siento deslizarse los instantes que van grabando sobre mi rostro indelebles huellas que se burlan del cos­mético y del carmín.

¡Qué tortura! Ayer era la reina, el encanto, la gala; ¿y hoy? Hoy soy la burla, el ludibrio y la irrisión de la sociedad. Ayer insultaba, me reía y humillaba a las más afortunadas muchachas, y, en mi orgullo, desdeñaba al­taneramente a los más lucidos jóvenes, y hoy sirvo de blanco al sarcasmo de todos ellos.

Hasta aquel taimado del provinciano que no parecía tener sentimiento propio, tuvo la ocurrencia de retirarse de mi lado, llevando su osadía hasta remitirme una tar­jeta perfumada y bien plegada anunciandome su nuevo estado... ¡Y vivo aún!...

No tengo una ocupación seria a que dedicarme para librarme de este infernal fastidio. ¡Ah!, en medio de los goces que me prodigaba mi falsa posición, nunca creí que el trabajo sirviera para algo. Alimenté mi ardiente imaginación con las lecturas más superficiales, más no­civas y novelescas cuyo letal veneno iba arrancando de mi corazón la pureza, el candor, la inocencia y otros sentimientos que mi madre había querido inculcarme. Los estudios serios me parecían indigestos, y algunas de las artes que forman el bello adorno de la mujer las juzgaba ridículas y desdorosas... Como si hubiera algo de desdoros en cumplir con la ley del Eterno, en dilatar el horizonte de los conocimientos y estar al corriente de los quehaceres domésticos para convertirnos en el ángel tutelar de la casa, ser buenas esposas y dignas madres.

No tengo vocación para el monasterio, para visitar diariamente las iglesias y atormentar a los padres con frecuentes confesiones so pretexto de devoción. No, no vestiré el sayal de la gazmoñería para ocultar al mundo la violenta pasión y el despecho que despedazan mis entrañas.

¡A donde me han conducido el orgullo, la vanidad y la desidia! ... ¡Qué diferente fuera mi existencia, si yo me hubiera dejado guiar por los sentimientos que arran­qué de mi corazón, si no me hubiera deslumbrado la fascinante luz de la vanidad que me arrebató de la cima del placer para lanzarme en la sima del dolor! ¡Si en lugar de haber cultivado con tanto esmero el arte de la ostentación, me hubiera dedicado con entusiasmo al apren­dizaje de aquellas ciencias y artes que enriquecen nuestro ser y nos hacen dichosas en toda edad!

¡Qué diferente es tu suerte, Casimira! Cuentas diez años más que yo, y, sin embargo, la sombra del pesar no se ha grabado sobre tu frente, ni agitado tu noble corazón. Mas, en verdad, tu educación fue bien diferente a la mía, la vejez no te ha sorprendido con el perfume de la lisonja y de la ostentación. Con la pintura, el bor­dado, la gramática y la historia, diste un perfecto desarro­llo a tu imaginación, pusiste en juego la inteligencia y percibiste el porvenir, comprendiendo el término de la vida humana.

¡El Eterno, en su justicia, nos presenta hoy como el más palpable e instructivo ejemplo a nuestro sexo!

Se feliz. Tu amiga,

Margarita

 

EPILOGO

Concluída la lectura de la última carta, noté que Ma­nuel se hallaba agobiado por una profunda tristeza, lo que me llamó seriamente la atención, por ser esto una aberración en su carácter naturalmente alegre y jocoso.

-¿Cómo es eso?, le grité, no ha muchos instantes sal­tabas como un payaso, y ahora te noto sumamente pen­sativo.

-La razón es muy sencilla, me contestó; pues los sainetes no agradan cuando los principales actores son nuestros amigos y los chasqueados las personas más que­ridas.

-Ya comprendo: uno de los chasqueados fuiste tú; pero te has vengado a merveille, como dicen los franceses.

Todo eso es cierto: pero, a la verdad, yo he sido muy cruel; me dejé guiar por el resentimiento, y durante cua­tro años no evité medio alguno para hacer conocer a Margarita el odio que me inspiraba; y llegó mi cobardía hasta burlarme de ella cuando ya se hallaba vencida por la edad... Hoy puede más la compasión que el despe­cho... Y créeme que si la volviera a ver...

-Le ofrecerías tu mano por esposo, ¿no es así?

-Cabalmente; ¡pero ha tanto tiempo que no la veo!

-Hoy mismo sabremos donde vive, y mientras inda­gamos por su residencia, libemos unas copas de cham­paña a la salud de Margarita y del bello sexo en general.

Dicho lo cual, me apresuré a hacer saltar el corcho de una botella, y dos copas se repletaron con el más blanco y hervoroso champaña; a estas siguieron otras, y ya íbamos a libar la tercera, cuando se presentó en la pieza el repartidor de periódicos, colocó sobre la mesa El Tiempo, y entonces en lugar de consumir el licor, recorrimos con la vista los motes de la página visible. Por una casualidad nos fijamos a la vez en una necro­logía, las copas se desprendieron de nuestras manos y un grito de estupor lanzamos al instante...

¡Margarita había muerto el día antes!, y su nombre resaltaba en gruesos caracteres en medio de una sentida y patética necrología.

Dos gruesas lágrimas bañaron las mejillas de Manuel. Yo traté de consolar al que antes me había librado del spleen con sus chistes y graciosos ademanes.

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