PANORAMA DE LAS LLANURAS DE SAN MARTIN

Por Nicolás Pardo

 

Al señor Adriano Páez

I

A la mañana siguiente de nuestro arribo a Villavicencio, en diciembre de 1874, se me presentó el honrado y labo­rioso ciudadano señor Sergio Convers, y sin más preám­bulo, como hombre positivo que es, me dijo:

-Usted me hará el honor de ir hoy a almorzar conmigo a mi hacienda, y al efecto aquí le presento una mula, que lo llevará a usted con bastante comodidad.

-El honor de estar en su casa, señor Convers, le res­pondí, es para mí, y acepto con placer la amable invitación que usted tiene la fineza de hacerme.

A las once del día nos encaminamos a la hacienda, que se extiende al sur de Villavicencio, y desde el mismo punto donde termina el caserío de la población.

Lo primero que me enseñó fue un magnífico potrero de crías, y después penetramos en una vasta plantación de café, la segunda de Villavicencio, que cuenta, por lo menos, con cincuenta mil matas.

El camino sigue luego por una calle ancha y recta, que termina en las casas de la hacienda, adornada del lado izquierdo por una hilera de frondosos naranjos, que os­tentaban sus blancas flores y sus dorados racimos, que se mueven voluptuosos al más ligero impulso del viento.

Así que hubimos entrado a la sala principal, nos hizo sentar a la mesa del almuerzo, que estaba preparada entre ramilletes de jazmín y de hermosas y fragantes rosas.

La conversación recayó, como era natural, sobre el estado actual de la hacienda.

-Hace diez años, me dijo, antes de venir yo aquí, estos terrenos no eran otra cosa que un bosque salvaje e inculto, y desde aquella época, con un trabajo incesante, y sin desmayar jamás, he logrado ponerlos en el estado en que hoy usted los contempla. Eso demuestra, agregó, que la naturaleza recompensa con lujo al hombre activo y tra­bajador.

Luego siguió demostrándome, que si tantos hombres que permanecen ociosos y miserables en algunas de nues­tras ciudades y poblaciones, viniesen aquí a trabajar, en pocos años se harían a una fortuna que los alejaría del crimen que engendra la miseria, y del vicio que sigue a la inacción, asegurándose al mismo tiempo un porvenir de paz, de prosperidad y bienestar.

-Convénzase usted, agregó, con ese aire de certidum­bre que da la experiencia, de que si los jóvenes que salen de los colegios, en vez de volver sus ojos sobre el palacio presidencial para ver qué destino pueden obtener, dirigie­sen la vista sobre este gran palacio de la naturaleza, sobre esta magnífica y rica región del oriente, estoy seguro de que, con menos trabajos y molestias, labrarían en pocos años su propia felicidad, lo mismo que la de la patria; la naturaleza no es madrastra, sino madre amorosa, para el que la honra con el trabajo y la riega con el fecundo sudor de su frente.

Terminado el almuerzo, en que se sirvieron, además de manjares bien preparados, vinos exquisitos importados por el Meta, me llevó a recorrer el jardín, donde cultiva be­llísimas flores y árboles frutales, como mangos, pomarro­sos, cañafístolos, madroños, vadeas y mereyes.

Siguiendo adelante llegamos a un pabellón artificial, formado todo de bejucos de un florido jazmín.

El señor Convers me indicó con profunda emoción, que allí reposaban los restos de un niño que había perdido en la hacienda.

Estando nosotros mirando en el suelo el sitio que señala la sepultura, sopló el viento, y una lluvia de blancas flores desprendidas del jazmín entapizó el sepulcro, como si la naturaleza hubiera querido honrar en nuestra presencia, con sus más preciosas galas, el sagrado lugar donde reposa la inocencia y la pureza ...

Sí; ¡porque un niño que muere es un ángel que se des­prende de su frágil vestidura de barro, para levantar su vuelo a la mansión de los querubines!...

Quise preguntar a mi amable conductor dónde repo­saban las cenizas de su interesante consorte, la señora Ara-Celi Codazzi; pero su significativo silencio puso tér­mino a mi curiosidad. A pesar de todo, no podía dejar de recordar que, estando yo muy joven, había conocido a aquella encantadora ciratura a la edad de quince años, que se hacía notable entre las vírgenes bogotanas por su trato dulce, amable y comunicativo, por la delicadeza y esbeltez de su talle gentil, por sus maneras distinguidas y aristocráticas, y por la gracia y la virtud que se habían encarnado en su ser.

Luego que se hubo casado, abandonó sin la menor resistencia las delicias de la culta sociedad bogotana, para seguir el camino que le señalaba el deber, yendo a esta­blecerse con su esposo en las espléndidas llanuras orientales bañadas por el Meta.

La insalubridad de aquellos climas segó bien pronto la savia de la vida que alimentaba aquella tierna y delicada flor, que con tan suavísimos y celestiales aromas había embalsamado el santuario de su afortunado dueño.

La tumba del niño, que tenía a la vista, me hizo com­prender que no debía estar lejos la de su amorosa madre que un día lo alimentó con el néctar de su casto seno, lo iluminó con la luz de sus ojos, lo acarició con sus son­risas y sus cantos, y lo cubrió con sus ardientes besos.

Terminado el paseo por el jardín, montamos en nues­tras mulas y nos fuimos a recorrer la hacienda, que se extiende desde las montañas de «Buena-Vista» hasta el camino nacional que de Villavicencio va para San Martín. Atravesamos por entre las cincuenta mil matas de café, que en surcos bien trazados tiene plantadas allí el laborio­so hacendado. Pasamos luego a los potreros de pastos artificiales que ha plantado y que está plantando aún, y después nos internamos en un umbroso y fresco bosque de platanares, cuyos vástagos caen al suelo, no pudiendo so­portar el enorme peso de los racimos que producen.

Volviendo de nuevo a las casas de la hacienda, nos hizo observar un hermoso árbol seco, pero de madera incorrup­tible de unos treinta metros de altura cuando menos, que a la hora de las tempestades atrae todos los rayos que caen sobre aquella comarca. Su robusto tronco está surcado de anchas hendiduras de alto a abajo; y a pesar de esta circunstancia se mantiene en pie, firme y esbelto, y su copa desafía la cólera del cielo en los días de las tempestades.

Cerca de la casa, crecen desde remotos tiempos, dos árboles de una altura prodigiosa, y en sus ramas, que entrelazan su copa, se ven distintamente estas dos letras W N, o sean las iniciales de los nombres de dos de los más esclarecidos guerreros que han visto los siglos: Washington y Napoleón.

La hacienda del señor Convers está provista de un buen molino para pelar café, construído por él, y de las estufas necesarias y aparadores para segar el grano luego que se ha hecho la gran colecta.

Ocho mil pesos de renta anual le produce hoy al pro­pietario la hacienda del «Buque», que describo a grandes rasgos, y ella es un testimonio de lo que puede el hombre activo y laborioso en estas regiones fecundas.

A las dos de la tarde regresé, junto con el estimable señor Convers, al pueblo de Villavicencio, y un momento después recibí de sus manos un largo bastón de finísima madera, labrado en la parte superior por los indios erran­tes del Meta, de una manera ingeniosa, y en la parte in­ferior cubierto de un tejido de plumas de diversos colores, que le dan un aspecto y colorido seductor. Guardaré siem­pre este presente como una de las más bellas curiosidades de nuestras tribus salvajes.

II

Deseando contemplar uno de los más grandiosos es­pectáculos que presenta la creación, y de que sólo se puede disfrutar en estas espaciosas llanuras, me levanté el 10 de diciembre a las cinco de la mañana, y llamando a Cirilo, que así se llamaba mi compañero de viaje, ambos tomamos una estrecha senda que conduce a la cima de la colina que domina a Villavicencio.

Allí nos sentamos al pie de un árbol espeso y exten­dimos libre la vista sobre el límpido cielo y sobre la inmensa llanura.

Un oriente de fuego, que semejaba un incendio al confín del horizonte, fue lo primero que descubrimos. Al «Guatiquía», que tiene su origen en una laguna que queda en las alturas del páramo de «Chingaza», lo veíamos correr rumoroso hacia el oriente, semejando una ancha faja de plata, por entre bosques de palmeras, como si pretendiera apagar con sus frescas y cristalinas aguas aquel incendio devorador; del lado norte, y sobre los lejanos montes que dominan a Cumaral, se mecían en la atmósfera ligeros copos de blancas nubes, y del lado sur, en la dirección de San Martín, se descubría un bosque sombrío, limitado por las brumas de un lejano horizonte.

Los ganaderos calentaban al fuego de una hoguera el fierro con que marcaban sus reses; los negociantes al trote de sus bestias tomaban el camino de sus negocios; la suave brisa de la mañana meciendo las copas de los árboles, hacía descender de sus hojas una lluvia de perlas, y un magnífico concierto de aves de toda especie, se elevaba grandioso y sublime para saludar al astro radiante que fecunda el universo.

Pero en aquella hora en que al parecer todo sonríe, no todo era alegría entre los alados hijos del bosque; pues no lejos de nosotros se oían los agudos y lastimeros ge­midos de una paloma, cerca de un nido que se hallaba solitario: probablemente lloraba la pérdida de sus peque­ñuelos, que fueron arrebatados por el carnívoro gavilán, en tanto que ella se hallaba distante y quizá gozosa bus­cando el grano con que había de alimentar a su armoniosa posteridad.

Las tintas del oriente se cambiaron rápidas por las del magnífico iris, y el incendio llenó con sus resplandores hasta la mitad del cielo; viéndose sucesivamente en las nubes montañas de oro, ríos de sangre y un océano de fuego.

A las seis en punto se dejó ver una línea encarnada, después un segmento de círculo, y lentamente un globo de fuego, que sin herir la vista, se dejaba contemplar en toda su esplendidez.

Por fin se desprendió de la tierra, y levantándose pe­rezosamente presentó su hermoso disco, coronado de una gloria inmensa, como dice Milton, dejando caer sobre el universo sus ardientes miradas, desde lo alto de su soli­tario dominio.

Atravesó magnífico por entre una ligera nube horizon­tal, que parecía arrojada allí por la mano de una hada, y siguiendo su majestuoso curso, empezó a arrojar sus hirientes y deslumbrantes fulgores, que impidieron el que siguiéramos contemplando por más tiempo aquella sor­prendente majestad.

¡Diez minutos apenas duró el espectáculo, el más sor­prendente, el más poético, el más sublime, el más gran­dioso que puede desarrollarse ante el ojo del hombre, y que sólo ha podido tener superior en la transfiguración del Hombre-Dios sobre las alturas del Tabor!

¡A las seis y media descendimos de la colina que nos sirvió de pedestal para adorar a Dios en una de sus más sorprendentes maravillas!

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