LOS ENTREACTOS DE LUCIA

Por Juan José Molina

 

I

Se representaba por primera vez la Lucía de Lamermoor, en esta ciudad, en la noche del 23 de abril de 1865.

Acabado el primer acto, y descendiendo yo del cielo de la armonía, de donde me venían aún como un eco misterioso las dulcísimas cadencias y la suave melodía del regnava nel silenzio y los patéticos murmurios de los esponsales de Edgardo y de Lucía, se me acercó un amigo que me trataba con afable familiaridad y después de ha­blarme con entusiasmo de Assunta, de Enrico, ¡el malo­grado Enrico!, y del inmortal Donizetti, quiso sacarme de mi honda preocupación desplegando todo el lujo de su inimitable agudeza y de su galano decir.

Ese amigo, a quien llamaré Emilio, y que es bien cono­cido entre nosotros, está dotado de la poderosa facultad de vibración y posée un espíritu infatigable, pronto siem­pre a la réplica, respondiendo a cada incidente de la vida pública o a cada episodio de la vida literaria con una página, una línea o una palabra; pero se entiende que es la palabra justa, la línea picante o la página verdadera, siendo su talento tanto más seductor cuanto que se anima en su movilidad con todos los colores de la fantasía. Decir otro rasgo más sería señalarlo con su nombre y apellido.

Emilio, decía, quiso arrancarme del éxtasis en que me hallaba y volverme al diapasón normal con suaves y deli­cadas transiciones.

Y he usado la palabra éxtasis, de significación elevada, porque expresa perfectamente bien mi pensamiento.

Era la primera vez que yo, músico aficionadísimo, veía y oía una ópera: esa ópera era Lucía y Lucía se encarnaba en Assunta Mazetti.

Desenvolveré mejor mi pensamiento.

Assunta no sería tal vez una artista consumada; pero a mí me parecía que lo era en esa noche de inefables recuerdos; yo la creía igual a la Malibran o a la Grisi, que apenas conocía por la fama y que no me era dado calificar de una manera conveniente. A Assunta faltaría mucho, seguramente por lo que hace al fuego escénico; pero poseía una admirable vocalización, una voz fresca y argentina que se desataba en cadenciosos trinos con una facilidad indescriptible.

Asistí a la representación de Lucía, es decir, de la obra maestra del más tierno e inspirado de los maestros italia­nos, y por último conocía ya lo que era ópera, la recopi­lación más hermosa del sentimiento musical que da vida y movimiento, luz y perfumes, gracia y donosura a las más bellas creaciones del poeta; la ópera, de la cual no me había formado antes una idea cabal, porque a esta ciudad, escondida entre abruptas montañas, no habían llegado otras melodías que las estruendosas de la natura­leza, cuya melopea, como la del canto gregoriano, se desarrolla en notas prolongadas y sonoras.

Emilio me sacudió el brazo amistosamente y me dijo:

-¡Vaya!, deje usted de ser artista por un momento, y sea hombre: o más bien, sea artista en otro sentido, y admire las bellezas que se agrupan en los palcos como constelaciones en el cielo de la belleza ideal.

-Es verdad, le contesté, se halla aquí lo más selecto de la sociedad medellinense, y el espectáculo es hermoso.

-Ahora, continuó Emilio, si ustd quiere que yo le re­fiera alguna historia palpitante, de esas que yo invento, esdecir, descubro, en mi calidad de antiguo cronista de pe­riódicos, no tiene más que escoger, dando una revista a los palcos que tenemos a nuestro frente.

Más por condescendencia que por curiosidad; recorrí ligeramente la galería del medio, de un vistazo, y me de­tuve en el palco del señor don N. N. en donde se hallaba una joven que me era completamente desconocida.

Era estrella de otro cielo, pero era estrella de primera magnitud.

Era de una blancura sorprendente y que resaltaba del fondo oscuro de su traje, como resalta la nieve de los negros pedruscos del Soratá. Si yo hubiera sido poeta, habría comparado esa blancura a la piel del armiño, al plumón del cisne, al mármol de Paros, o al lirio que entreabre su caliz de plata al beso matinal.

-¿Quién es aquella joven, de blancura mate, que conversa actualmente con un anciano, en el palco de don N. N.?, pregunté yo.

-Allá lo aguardaba, me respondió: esa joven está casada con ese anciano, y es un ave de paso; viene de Bogotá y seguirá para Popayán.

Hice un gesto de duda: no me parecía natural que ese anciano, que podría ser su padre, fuese su esposo.

-Es así como se lo digo, con el item que ella lo ama entrañablemente; mire usted qué dulce sonrisa le dirige en este momento.

Esa es una historia palpitante que tengo inédita, y cuyo carácter conservaremos por ahora. Pero sentémonos que el entreacto será largo y ya volverá sobre las tablas la novia escocesa que ha robado su atención.

Nos sentamos, y yo procuré en vano rechazar dos o tres motivos de la cavatina del primer acto, que mi memoria retenía aunque con vaga incertidumbre.

Pues señor (y la historia irá en compendio y sin apellidos, que es como si dijéramos el non plus ultra de la discreción de un cronista), había en Bogotá, en el puente de Lesmes, una casita de pobre apariencia y de un interior muy triste, en donde residían dos jóvenes huérfanas, conocidas gene­ralmente con el nombre de las dos hermanas. Habían per­dido a su madre en la infancia y a su padre poco tiempo después, en una de esas guerras fratricidas que ya no volverán, Dios mediante. La mayor se llamaba Clara y la otra Elvira, y era aquella la que hacía las veces de madre y llevaba sobre sus hombros, como el peso de Atlante, la dirección y el cuidado del hogar.

Las niñas se sostenían merced a una pensión alimenticia que el gobierno les suministraba y al constante trabajo que algunas buenas vecinas les conseguían.

Elvira era de constitución débil y enfermiza, por lo cual el rudo trabajo recaía sobre Clara; pero ambas lleva­ban una vida tranquila y serena hasta donde lo permitían sus escasos recursos.

Clara era por ese tiempo una joven como la que tene­mos a la vista y al estudio, blanca y pura como la blanca luz de la reina de la noche, tenía largos cabellos rubios como el oro de las espigas, ojos azules tras de los cuales se veía el azul de su alma, mejillas de rosa... y en fin, su espíritu se había pulido con la desgracia, como el dia­mante al fuerte roce de su propio polvo.

-Me supongo, le dije sonriendo, que usted no la cono­cería, y que ese boceto será de pura fantasía.

-Ese boceto es exacto, me replicó, aunque queda pá­lido ante el cuadro original; yo no conocí a Clara, pero sí conozco a su hija, que tenemos a la vista, y la semejanza de las dos ha sido sorprendente; dentro de poco me apo­yaré en los hechos.

Continúo el relato. Merced a los recursos de que he hablado, Clara y Elvira podían llevar una vida sencilla, pero sin cuidados, y descansando felices sobre el porvenir, fiadas en la inocencia de su corazón y en la ignorancia de los peligros de la vida.

En el año de 1848, que cumplía Clara los quince años y que ya se desarrolló en todo su esplendor su belleza virginal, causó esta una honda impresión en dos jóvenes de distinta posición social y de encontrados caracteres.

Se llamaba el uno Ricardo y el otro Alejandro; éste era de la alta aristocracia, de vida relajada y que no buscaba sino el placer, persiguiéndolo con rara tenacidad; aquel, era un modesto teniente del ejército de línea que estaba acuartelado en la ciudad y era al contrario, sencillo, mo­derado y de sanas costumbres; sin afición a la carrera mi­litar, había entrado de conscripto por la provincia de Tunja y había adquirido sus grados a fuerza de merecimientos y de una conducta ejemplarísima: sus superiores le tenían un cariño entrañable, y se hacía acreedor a él a despecho de sus gratuitos malquerientes.

Alejandro vio a Clara y se encendió en él una de esas pasiones ardientes que queman un corazón y tiznan las reputaciones más inmaculadas; Ricardo la vio con frecuen­cia y la amó en lo más callado de su alma y sin esperanza de retorno: conocerla y amarla fue para él lo que un rayo de sol para un paisaje dormido en las tinieblas, a quien da vida y animación, luz y colores y despierta los callados ecos de las eternas armonías. Sería en vano pintar las mu­das adoraciones y misterios inefables que llenaron su corazón a las primeras revelaciones del amor; basta decir que amaba por la primera vez y con esa intensidad y absoluta consagración de que sólo disponen los que no han entregado su juventud a las disipaciones miserables, escollos demasiado frecuentes en los cuarteles, en donde la libertad de las maneras cambia de nombre y es la fuente de la más desvergonzada corrupción. El amaba ardientemente, porque las naturalezas castas, son también las naturalezas apasio­nadas; puesto que la pasión crece cuando se la contiene, y en fin, porque está en la naturaleza humana que todo corazón se abra al sol de la vida, siquiera sea una sola vez, como toda planta reverdece o florece en el mes encantador consagrado a la reina de los cielos.

Clara, lo diré de una vez, no fue insensible al amor de Ricardo: en vano luchaba interiormente con ese senti­miento que se alzaba en su corazón para rivalizar con el amor a Elvira; en vano se ocultaba aquella alma a la sombra, como la violeta oculta su corola y derrama su perfume; llegó un día en que ese amor irradió sobre su semblante y brotó de su corazón, como se abre la azucena a los rayos del sol de la mañana.

Y era imposible que no se amaran; puesto que mil cir­cunstancias sociales los ponían en contacto y hacían notar la similitud de existencias, de caracteres y de virtudes que había entre ellos.

Una circunstancia precipitó los sucesos y permitió que los dos jóvenes se entendieran sin hablarse.

Alejandro, prevalido de su posición, y cansado de aguar­dar el resultado de otra maquinación que sus compañeros de placeres le ayudaron a formar, se presentó en la casa de Clara cuando se encontraba sola, encorvada bajo el rudo trabajo a que estaba sometida su existencia, y después de dirigirle algunos cumplimientos que formaban la mo­neda menuda de su gasto, dejó caer sobre ella una de esas miradas que tienen por objeto empañar la aureola de la inocencia y del pudor.

La sangre acudió a las mejillas de Clara, en reflejos de púrpura, y sin poder articular palabra alguna se deshizo en llanto. Ricardo entraba en ese momento y compren­diendo lo que pasaba, tuvo el valor bastante para conte­nerse intimando al Lovelaci, saliese de esa casa, pues esa joven estaba, si no bajo la protección de la ley, al menos bajo la égida del más puro y noble de los amores.

Alejandro se rió con desprecio, y salió a buscar a sus compañeros en solicitud de una pronta y enérgica venganza.

Ricardo se atrevió entonces a hablar a Clara de los peligros de su situación, y le ofreció con su mano toda la sangre de su cuerpo y todos los pensamientos de su alma.

Clara aceptó ese amor y esa mano, y se pensó que el matrimonio debía celebrarse a la mayor brevedad posible.

Alejandro, entretanto, prevalido de sus relaciones per­sonales, obtuvo de la camarilla que regía secretamente los destinos de la República, fuera enviado Ricardo a una provincia lejana, para asuntos del servicio militar; y a tiempo que él solicitaba sus licencias indefinidas o retiro de servicio, se le dijo que estaba en su honor no eludir el encargo que se le había confiado; en vano hizo conocer la causa de su petición; se le habló del honor y del deber, y tuvo que resignarse a partir, despedazado el corazón.

No le quedó siquiera el recurso de acudir al jefe que se había declarado su protector; éste había sido removido de su encargo, por sus opiniones políticas; de manera que de rechazo vino a sufrir Ricardo por ese suceso que hiciera tanto ruido en la República; todo se liga en este mundo, la caída de los palacios arrastra consigo los nidos de las golondrinas.

__________

El piano de Pietro se hizo oir en ese momento y los músicos corrieron a sus puestos; volvimos cara al escenario y el telón se levantó. ¡Volvimos a Lucía!

II

¡Cómo describir las dulces emociones y los encantadores arrobamientos que me produjeron las melífluas melodías y las piezas concertantes de que está lleno el segundo acto de Lucía! ¡Con qué lenguaje pudiera expresar dignamente los movimientos de alegría, de pesar, de temor y de honda tristeza en que oscilaba mi alma, en escalas cromáticas, y al unisón de la magnífica partitura de Donizetti!

No seré yo, ciertamente, quien pueda expresar un juicio acertado sobre esa obra tan acabada, mas juzgándola con el corazón no puedo menos de ratificar las opiniones del ilustre Scudo.

«Lucía, dice, es sin disputa la obra maestra de Donizetti: es la partitura mejor concebida y mejor escrita que nos ha dejado; aquella en que hay más unidad y que encierra las más felices inspiraciones de su corazón. Cada uno de sus trozos es encantador y perfectamente adecuado a la situación».

Todavía, a pesar del tiempo transcurrido, resuenan en mi alma todos los gritos de duelo, de reconvención, de estupor y de locura recogidos en su quinteto admirable; aún distingo, por encima de todas las voces armoniosas, la de Assunta, que se elevaba en cadencias adorables y se destacaba como la luna entre los astros de la noche, como la palmera entre los abrojos del desierto; todavía tiemblo de terror cuando recuerdo el maledetto sia l'instante que Edgardo... que Rossi dejaba caer como la más estridente de las amenazas que haya lanzado un amante engañado, desde Atalide hasta Ethelvood.

Assunta, bello pájaro del paraíso, cuyo gorjeo igualaba a su plumaje, sin llegar aun a la escena de la locura, que era su fuerte, desataba notas de una flexibilidad adorable y esparcía un perfume de gracia y juventud que encantaba todos los corazones. La orquesta, por su parte, repetía en sordina los acentos apasionados de Edgardo y de Lucía y aun la ronca voz del implacable Asthon.

Vueltos al mundo de la realidad Emilio y yo, después de cambiar nuestras notas de admiración, que vibraban aún en recuerdo de las inefables armonías, como vibra largo tiempo la hoja de cobre sacudida por el martillo, continua­mos nuestra conversación del primer entreacto.

__________

-Habíamos llegado al brutum fulmen elaborado por Alejandro, le dije.

-Es verdad, me contestó: esa tempestad que se había descargado sobre Ricardo no le prometía días felices, y por lo que hace a Clara, innecesario será decir que su corazón vino a sufrir de rechazo la más acerba de las penas.

Su situación vino a ser más angustiosa y difícil que antes; Elvira perdía gradualmente su salud, desarrollán­dose en ella una terrible enfermedad del corazón; la mó­dica renta que el gobierno les pagaba fue reducida, por la penuria del tesoro público, a proporciones tan insignifi­cantes, que ya no podía servirles de recurso alguno.

Lo que sucedió después, no sé cómo explicarlo: tal vez se considerará absurdo, por no poder desarrollar largamente una tesis sicológica y social que a ese desenlace se refiere.

Pasaron los meses y los años sin que se obtuviera la menor noticia de Ricardo, a pesar de la solemne promesa que hiciera de escribir semanalmente por los correos na­cionales, y de regresar apenas cumpliera debidamente su comisión. Alejandro, que maniobraba secretamente, del modo que ya hemos indicado, consiguió hacer desaparecer la correspondencia de su rival, e hizo correr la noticia fingida de su matrimonio con una payanesa, y del consi­guiente olvido de sus sagrados compromisos.

Gastó con ella, por otra parte, la conducta más fina y más cumplida; la visitaba de tiempo en tiempo y con las consideraciones más delicadas, suministrándole de una manera velada algunos recursos, mediante las labores que hacía ejecutar por ella.

Mas llegó un día en que el médico ordenó para Elvira el cambio de clima, y la sujeción a un régimen costoso en demasía. Hasta allí no había ahorrado Clara ni trabajo, ni vigilia, ni privaciones, ni sacrificio de sus propias joyas, recuerdos de su santa madre; mujer por la debilidad, era a la vez hermana y madre por el amor entrañable que tenía a Elvira; pero no pudiendo hacer más, se retorcía en mudas desesperaciones y le parecía que una voz secreta le gritaba al oído, que en sus facultades estaba salvar a su hermana aunque ella pereciera en el deshonor.

¡Pobreza, cuántos corazones has destrozado, cuántas almas has segado en flor con despiadada guadaña! ¡Diosa sombría, eres a veces el soplo y la mensajera de la muerte!

En fin, amante despechada y hermana abnegada hasta el sacrificio, llegó para ella una hora de duelo, una hora atea, como dijera Shakespeare, en que doblegada bajo la inmensa pesadumbre de su azarosa situación, cedió al se­ductor Alejandro que espiaba ¡hombre sin corazón!, ese momento cruel, y sin duda su ángel tutelar debió cubrirse de dolor y pena ante el sacrificio de esa pobre y desam­parada mujer.

Ya ve usted que no la disculpo, apenas señalo las cir­cunstancias atenuantes, separándome, y con mucho, de las extrañas teorías de Sue y Dumas, hijo, acerca de la mujer que cae conservando la virginidad de corazón. Apenas podré decir con Gregorio, interpretando a Víctor Hugo:

«¡Oh!, no insultéis a la mujer que cae,
No sabemos qué peso la agobió...»


Para mayor desgracia, el sacrificio fue infructuoso. El­vira se postró más y más, y antes de que fuera posible hacerla cambiar de clima, rindió su vida, dejando a Clara sumida en la más atroz desgracia.

La alegría, ese dulce sol de la vida, desapareció de esa pobre casa para siempre. Clara renunció al amor tirano de Alejandro, y ya no quiso sino morir; pero pasaron los días y tuvo que resignarse a los duros combates de la vida, porque conoció que iba a ser madre, sin haber sido esposa.

Lágrimas, penas, sufrimientos, mudas agonías... ese es el cortejo que dejan en pos de sí esos jóvenes sin corazón y sin honor que se entregan maniatados al terrible tirano de los sentidos y que buscan el placer como la suprema ley de la existencia.

Nunca será la sociedad demasiado severa para con ellos, ni las leyes suficientemente previsoras para contenerlos.

Esto que he referido pasaba en el año de 1851, en lo más crudo de la emergencia política de esa época azarosa.

Para no salvar los límites del entreacto, llegaré sin transición al año de 1854.

Es conocida generalmente la guerra que entonces in­cendiaba la República. Un soldado oscuro, aunque muy atrevido, quiso hacerse superior a las leyes y enarboló la bandera de la dictadura; más luego, y como por encanto, acudieron de todas partes los defensores de la patria y en recios combates pelearon las batallas de la justicia. La más sangrienta y la más reñida de ellas fue la del 4 de diciembre en Bogotá.

No entran en los límites de mi narración decir algo sobre ella; bástame seguir a un capitán del ejército del sur que, aunque herido en lo más crudo del combate, volaba, que no corría, hacia la calle de Lesmes, cuando hubo libre trán­sito merced a la victoria de las fuerzas constitucionales.

Era Ricardo. La más cruel de las maquinaciones lo ha­bía retenido en el último confín de la República; pero la revolución había desbaratado el secreto poder que labrara su desgracia. ¡Qué momentos aquellos!, el tiempo se arrastraba perezosamente para él y le parecieron siglos los minutos que tardaron en abrirle la puerta de la casita de las dos hermanas.

-¡Clara!, gritó Ricardo.

Aquella, pálida como la muerte, no pudo hablar y fue a apoyarse sollozando sobre la cama de su hija; la niña temblando, echó los brazos al cuello de su madre, prodi­gándole este santo nombre a tiempo que Ricardo, com­prendiendo la inmensidad de su desgracia, caía por tierra desmayado...

Ricardo perdió el juicio; no pudo resistir a esa herida moral, más honda y más cruel que la que le habían causado las balas enemigas. Fue recogido para un hospital de locos.

Clara no murió, tenía su hija y debía vivir para ella. ¡Amor de madre, dulce y abnegado amor, límpido y puro carbunclo que brilla en la alegría como en el dolor, de noche como de día!

Renuncio a pintar lo que ocurrió después en la vida de Clara. Cuando el egoísmo de las malas pasiones no ha petrificado el corazón, no puede haber una tortura más cruel que la de saber que hay una criatura noble y abne­gada que sufre las consecuencias de una situación que no fue propia.

Clara debió sufrir hondamente al saber que Ricardo había muerto para el mundo de la razón, a consecuencia de la herida moral que con sus propias manos le causara. Por eso su sol se fue apagando en la tristeza y en el aban­dono; fue ya una tierra sin rocío, un cielo sin estrellas, una agonía lenta que acabó al fin con su vida en el seno de la más santa resignación.

La huérfana fue recogida por una estimable señora viu­da, que había quedado sin hijos, y que gozaba de algunas comodidades. La hizo educar en uno de los mejores co­legios de la capital y acabó por adoptarla.

La niña creció en belleza y virtudes y alcanzó a ser una de las más puras bellezas de Bogotá.

En el año próximo pasado, siendo ya joven y sin cono­cer a fondo la historia de su madre visitaba la casa de locos, en compañía de su madre adoptiva.

Al visitar la celda de un loco melancólico, éste fue presa de la más extraña agitación. De improviso se tiende a los pies de la joven, diciéndole:

-¿Tú no eres muerta, Clara, llegas al fin?

Y su voz era tan dulce que parecía un suspiro de la noche.

Era Ricardo, anciano ya, más por el dolor que por los años.

Qué pasó en él en ese momento, nadie podrá decirlo; tal vez el enjambre confuso de recuerdos se levan­taría de repente en su alma cantando y batiendo alas, despertando los ecos dormidos de las alegrías desvanecidas del pasado.

La joven, que también se llamaba Clara, volvió a su casa hondamente preocupada, y fue entonces que se le refirió con detalles la historia de su madre.

Al día siguiente volvió al hospital y se repitió la misma escena; entonces ya no pudo dominarse, y se dirigió a la casa de un eminente médico a quien refirió la historia de lo sucedido y le suplicó se consagrara a la curación del loco.

El médico, ya por deber como por piedad, y para re­solver un problema de la ciencia médica, le ofreció con­sagrarse a esa curación, y se consagró de una manera decidida.

Durante seis meses la joven concurrió diariamente al hospital, siguiendo con puntualidad las prescripciones del doctor, y al fin, el buen resultado coronó la empresa.

Ricardo recobró la razón, pero no la dicha.

Clara que se había acostumbrado a ese amor del an­ciano, que no había amado aún y que quiso rehabilitar la memoria venerada de su madre, coronó su obra de ab­negación uniéndose a Ricardo. Su amor era puro y sereno como el lago rodeado de sauces que refleja hasta la última hoja seca del árbol que se inclina a sus orillas.

La madre adoptiva murió hace poco tiempo y ese es el luto que ve usted en Clara; y tanto para distrarse como para fijar la completa salud del anciano, han resuelto viajar por toda la República.

Esa es la historia de la joven que tenemos a la vista. Ya ve usted que tiene toda la serenidad de un hermoso cielo, toda la transparencia de un lago tranquilo y toda la virginidad de una rosa blanca.

__________

Poco después. Darío Achirdi empuñaba su batuta y toda la atención se dirigía al escenario. Volvíamos a Lucía.

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