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La noche forma el encanto y el atractivo precioso de las fiestas. Lucen en la plaza millares de mesitas iluminadas, que se llaman rifas: en la una se vende aguardiente y bizcochos, en la otra empanadas y pollos; ésta aparece cubierta de loza, que se rifa plato por plato y pocillo por pocillo al naipe o a los dados; aquella es un juego de ruleta; más allá está la lotería en donde todas las mujeres, llenas de alegría, se apuntan y pierden contentas sus pesetas; porque el que la canta, haciendo de esto su habitual profesión, ejerce el arte con tal habilidad, que a cada ficha dice un nuevo verso, un chiste picante, o una alusión que las hace morir de risa. Imposible es recordar y mucho más referir los versos, pero como una muestra te pondré estos dos:
El cielo azul, brillante, despejado y cubierto de estrellas; la brisa tibia de la noche semejante al aliento perfumado de al mujer querida; y la languidez que reina en la naturaleza entera, convidan al amor, al placer y a la voluptuosidad. Grupos de amantes felices se ven por todas partes, exponiendo a la suerte en los juegos, el dinero que no es necesario para su ventura; añadiendo a la embriaguez del amor, los tragos de aguardiente que avivan las pasiones, o en el lenguaje picante del pueblo, dándose bromas, y excitando los sentidos. El aire está poblado de cantos y de música, y el bambuco entonado por voces armónicas, vibrantes y bellas, se escucha en todas partes. Pálida, triste es por fuerza la descripción de los sentimientos que despierta en el alma el bambuco, cantado en medio de la noche, por un pueblo ebrio de placer, en una plaza que rebosa de alegría, y que no obstante, es siempre melancólico y congojoso. ¿Por qué cantan triste? ¡Ah!, es porque el alma no tiene más ecos de armonía que los del dolor. Porque no hay poesía sino en la pena y el martirio; porque el corazón no vibra sino tocado por el infortunio; porque el pueblo no compone su música y sus cantares, sino en la soledad, donde el espíritu se alimenta de tristeza y de melancolía; y porque el pueblo canta lo que es bello a sus ojos, y él sólo encuentra el sentimiento y la belleza en el recuerdo de sus congojas y en el desencanto de sus ilusiones disipadas. El bambuco derrama en mi corazón torrentes de armonía; su música deleita mis sentidos, y los embriaga con suprema languidez, mientras que a mi alma vienen recuerdos lejanos de pasada dicha, de horas de gloria, de sueños de ambición, para hacerme sentir con doble pena la tristeza del presente y la duda del porvenir. Y encuentro encantos, cuando una de sus notas prolongadas y tristes, sirve de eco a mis ayes; y gozo escuchando esa melodía que imita tan bien el llanto de un corazón herido. -Usted está sonámbulo, me dijo el amigo que me servía de cicerone. Vamos a divertirnos. ¿A cuál baile quiere usted ir, al decente o al de cintureras? -El calificativo que usted da al primero, me hace creer que el segundo será una cosa non sancta, y por lo mismo allá no debemos ir. -No, señor, me contestó, se llama así, sólo porque el primero se compone de las personas decentes, es decir, de las más acomodadas, y el otro de las mujeres del campo. Nos fuimos al decente. Era un salón inmenso, mal alumbrado, y cuya puerta estaba cerrada por una muralla de curiosos, a quienes contenía en forma de barricada un escaño atravesado. No había una sola mesa, ni el menor adorno; y las mujeres sentadas alrededor, unas sobre silletas y las ancianas en el suelo, más parecía que asistían a un velorio que a un baile. Algunas muchachas bastante bien vestidas salieron a bailar una pieza, y luego un vals de Strauss. ¡Favor de Dios!, exclamé yo. Los bailes propios de la Laponia, los inventados para matar el frío de la Alemania son los que se bailan aquí, donde la sala es un horno en donde se suda a mares estándose quieto, y en donde la pereza que se apodera de los miembros no le permite a uno menear un pie sin pedirle licencia al otro; ¡tener que girar como un molinete y dar saltos y cabriolas! Esta no es conmigo: me voy al baile de las cintureras. En el patio de la casa de este baile, estaba haciendo sin duda los honores una lechona asada, puesta sobre una mesa y rodeada de botellas de aguardiente. Se notaba desde la entrada más animación que en el primero, y la puerta que estaba despejada, permitía ver la sala bien alumbrada con infinidad de arañas de cañabrava, y la multitud de hombres y mujeres que se agitaban en distintas direcciones. A pocos momentos después de nuestra llegada, principió la música, verdadera armonía infernal. La tambora, tocada con una rapidez extraordinaria y herida no sólo en el parche sino también en la madera, era lo único que se percibía al principio; pero después se notaba otro instrumento no menos ruidoso. Un palo negro lleno de protuberancias era recorrido de arriba a abajo con otro horizontal de donde salía un ruido más agudo que el de una matraca; varias panderetas agitadas por el diablo; y algunos muchachos dando piedra contra piedra, apenas dejaban adivinar que un pobre flautín también figuraba en la banda. Quiso mi fortuna que algunos trovadores llegasen con bandolas cantando su bambuco, y habiendo cesado la música fui a ver bailar. ¡Qué lindo es nuestro bambuco! Una muchacha gentil y graciosa, y uno que sería su amante, estaban en el puesto. El se adelanta con propiedad y le hace una cortesía, ella le sigue como tímida y avergonzada, pero satisfecha y feliz, y así dan una vuelta: él quiere aproximársele y ella se retira; entonces la persigue y ella huye; ya la alcanza, y entonces cambiando de puesto, lo deja del otro lado. Vuelve como arrepentido a invitarla, y ella lo sigue como desconfiada; ya sólo viene hasta la mitad y retrocede; mientras que él, intentando cogerla, da una vuelta, y ella girando, lo deja chasqueado; y así en mil giros diversos, llenos de gracia y de nobleza, con pasos elegantes y artísticos, y al compás de una música que inspira, juegan un romance de amor, lleno de vivos e interesantes detalles. ¡Pan! ¡Plan! ¡Llueven garrotazos! A mi lado cae uno con la cabeza rota; el patio y la sala del baile se convierten de repente en el campo de Agramante; gritos, juramentos, blasfemias, ayes; y garrote va y viene a diestra y siniestra; es cuanto se oye. Mi amigo, como práctico en la materia, me lleva detrás de un árbol de totumo, y allí pudimos sin peligro presenciar el feroz combate. Unos, cogidos por la cintura, luchan para ponerse en tierra; otros se abofetean; el garrote brama y el cuchillo hace su oficio; las mujeres piden misericordia, los muchachos lloran. ¡No lo mate!, grita uno; ¡dale de frente!, grita el otro; ¡forajidos! ¡asesinos!, dice éste; ¡sonsacadores!, ¡ladrones! ¡Paz!, ¡paz!, grita un grupo que llega de la plaza, y habiéndolo logrado, y reconocido el campo, se encontraron tres con la cabeza rota, uno con la cara amoratada y dos cojos. -¿Cuál ha sido la causa de tan terrible riña?, pregunté a mi compañero. -Que un ambalemero sacó a una muchacha a tomar aguardiente, y reconvenido por el amante le amenazó con pistola. ¿No oyó usted entre los gritos, que decían: ¡hubo tiro!, ¡sonó un tiro!, como quien dice, hubo traición, alevosía y premeditación? Pues bien, aquí es de ley que una mujer puede abandonar a su amante por otro, si le gusta más, con tal de que éste último sepa roncar a la lucha o al garrote; y después de haberse batido, van los amantes y la infiel a tomar una copa en la mejor armonía. Pero hacer uso de la pistola es violar las leyes divinas y humanas; y con el que tal hace, no hay reconciliación posible. -¿Y qué de más tiene morir de un tiro o de una puñalada? -Un principio de caballerosidad y de hidalguía que usted no negará. Todo calentano sabe luchar y jugar el garrote y el cuchillo; así, pues, los combates son de igual a igual, mientras que pocos tienen pistolas u otras armas de fuego. Además, en combate singular e improvisado al garrote, no puede haber alevosía, y cada cual se defiende como puede, mientras que un tiro de pistola mata al que está desprevenido y no tiene medios de defensa. -Muy buenas me parecen sus razones, le contesté; pero mejor será que nos vamos de aquí, no sea que la chirinola continúe. -No tenga usted cuidado, oiga usted la tambora, señal de que el baile continúa pacífico, por lo menos por dos horas. Esos son incidentes que le dan colorido y encantos. No es la cama en tierra caliente un lecho que arrulle la sabrosa pereza de la mañana; y así, al rayar el día dejamos la flotante hamaca para ir al baño de Opía. ¡Qué cuadro tan miserable y degradado se presentó a mi vista! Tirados en las calles y en la plaza estaban hombres y mujeres; y los que no se habían rendido a la embriaguez se nos presentaban vacilantes, cayéndose, con la mirada extraviada, desgreñados y tartamudeando algunas palabras indecorosas. Las muchachas que el día anterior me habían parecido tan célebres, llevaban en el rostro las huellas de una noche de disolución; habían arrastrado sus vestidos y tenían un aspecto repugnante y odioso. Si la cama no tiene encantos en Piedras, el baño en el Opía los tiene a millares. Este río puro y cristalino, que rueda bulliciosamente entre elevadas peñas, forma de vez en cuando pozos profundos, sombreados por majestuosas ceibas o hermosos payandés; y allí, mientras la imaginación se deleita contemplando la belleza de una escena tropical suntuosa, va el pie avanzando poco a poco sobre una arena que cede a su peso, y que rodando le lleva a uno hasta el medio de las ondas, en donde es preciso nadar y gozar de un placer indecible y sin rival en los goces de la tierra fría. A poca distancia de nosotros, y en el mismo pozo, estaban bañándose unas señoritas, y su melena suelta, sus blancas espaldas, sus hombros torneados y la manera de llevar el traje de baño como túnica griega, me hicieron recordar las Ninfas de Calipso. Pero estas ninfas no quemaron mi nave; pronto estaré contigo y mientras tanto, quiero que leyendo esta carta me acompañes en las Fiestas de Piedras. |
