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LA GUITARRAPor Manuel Pombo
La escena pasa en una sala con dos ventanas en el fondo hacia la calle, bastidor lateral que la comunica con la alcoba, puerta de entrada sobre el corredor. Cuatro mesas en los cuatro ángulos con sus correspondientes tocadores, perros sentados y leones dormidos de la fábrica de loza, floreros, candelabros con su vela y las despabiladeras en dos de ellas; canapés repartidos; silletas llenando los intermedios; mesa redonda en el centro con carpeta, florero y bandeja con cigarros. Láminas que representaban episodios de la Atala; retrato al óleo del dueño de casa con casaca de gran cuello, corbatín y sellos pendientes de uno de los bolsillos del chaleco; miniatura de la señora con peinetón, bucles y mangas abombadas. Grande aseo, flores frescas, atmósfera sahumada. Es de noche. A las ocho golpeamos nosotros en el portón. «¡Vaan!», nos gritó desde adentro la criada, e inmediatamente descorrió el pasador de madera que juntaba las dos hojas, y entramos. Estaban acabando de cenar, por lo que apenas hallamos en la sala a la señora Sinforosa (la madre), que encendía dos de las velas de las cuatro mesas. -Felices noches, doña Sinforosa. -¡Hola, caballeros!, ¿cómo están ustedes? -Bien, mi señora, mil gracias, ¿y el señor don Pedro Pascual? -El pobre, así... así... con su ahogo. Se presentó de descubierta Isabelita, la menor de las señoritas de la casa, fresca y púdica con sus quince abriles, como un botón de rosa, vestida de muselina y peinada de dos hermosas trenzas. La siguieron en ruidoso grupo Rosa y Dolores, sus guapas hermanas mayores, y Adelaida y Pepita Contreras; atrás, la señora madre de estas, doña Romualda, entre su consorte, coronel Contreras, y el casero, don Pedro Pascual; y cerraba la marcha Carlitos, el cuba de la familia, portador de las dos velas que faltaban en las mesas y habían servido en el comedor. A medida que fueron presentándose en la escena, nos saludaron, mas o menos así: Las de la casa con jovial franqueza: -Ya temíamos que no vinieran... ¡ah, ustedes! Las Contreras, más ceremoniosas: -Caballeros, buenas noches; ¿están ustedes sin novedad? Doña Romualda con desenfado: -A ustedes ya no se les ve la cara... por casa a lo menos. El coronel, entre risa y risa: -Aquí tenemos a los mozos de buen humor, siempre tras de las muchachas como mariposas tras de la llama. Don Pedro Pascual, apretándonos la mano con efusión: -Mis amigos, ¡siéntense ustedes!, ¡cuánto me alegro de verlos! Respondimos a todos congruentemente y tomamos primeras posiciones en los taburetes, formando corro con las personas graves que ocuparon el canapé; las muchachas entre tanto andaban revoloteando, dando tiempo para que pasase el prólogo con sus papás. Se conversó del aguacerón que había caído por la tarde; de ahí se pasó al frío de la noche; el coronel refirió los pormenores de su última visita a don Anacleto, de los que dedujo que la enfermedad de que adolecía era sumamente grave; doña Romualda pintó a lo vivo un caso idéntico al de don Anacleto, en que vio sanar a un su tío nada más que con las flores del melocotón, el nitro dulce y cierto parche cuya receta guarda como reliquia. Don Pedro Pascual aceptaba y ratificaba cuanto decían todos; y doña Sinforosa se sentaba y se levantaba para comunicar órdenes a sus hijas, avivar las luces o poner a raya al turbulento Carlitos. Llamaron de nuevo en el portón. Era un refuerzo que nos venía, formado por Rafael Ponce, Gabino Gutiérrez y Celestino París. Por de pronto con ellos se ensanchó la prosaica rueda, pero las muchachas, con su natural estrategia, comprendieron que era la ocasión de empezar a romper filas. Rosa, con una seña de sus lindos dedos y un «venga acá», de su argentina voz, me requirió que fuese a su lado. No me lo dejé repetir, y me instalé entre ella y Adelaida, en el canapé, que habían tomado por su cuenta. -Ya casi sé el vals; pero la cejuela me cuesta trabajo y me hace perder el compás; repasémoslo... Y me dio la guitarra para que la transportase. Pero estaba muy alta; y mientras la bajaba y aseguraba las clavijas para que no se volviesen, y templaba, registraba, etc., mi compañero se había acomodado en el canapé del frente y reía con Dolores y Pepita. Los tres recién llegados estaban pasando entonces por su exordio. De nuevo llamaron a la puerta, y se presentaron las Polancos; tres pimpollos entre los diez y siete y los veintitrés, convoyadas por Héctor, su hermano, enamorado novicio de Adelaida; por el negro Rovira y por un rapazuelo adicional que nos emancipó de Carlitos. Como había ya quórum de mamás, entre ellas se trabó la conversación, y las muchachas y los tres prisioneros desertaron, y buscó cada cual su centro natural. La tertulia se dividió en secciones o grupos, cuyo conjunto empezó a tomar la fisonomía franca y festiva de las reuniones de su clase. Aquí Rosa repasaba su vals, acompañada por una segunda guitarra, con intermedios de diálogos picantes; allá, en bulliciosa contienda, Dolores y dos de las Polancos, competían en chistes y agudezas con sus acompañantes. El atortolado Héctor por un lado representaba cerca de Adelaida el papel de amante corto de genio; mientras que por otro, Pepita, con dos adláteres aprendía pruebas en la baraja. El casero y el coronel fumaban, y leían El Día en el cuarto de estudio, y las mamás moralizaban a sus anchas sobre la crónica de la ciudad. Nos faltaba un personaje obligado, que a poco ingresó en la sala, retocado y aliñado y perfumado como una novia. Era el añoso y acaudalado solterón don Gualberto Clavijo, que había acertado a fijar sus ojos y sus anhelos matrimoniales en la tierna e inofensiva Isabelita. Los padres de ésta le dejaban correr los azares de la descabellada pretensión, seducidos por el porvenir de oro, alhajas y casas propias que podía tener su hija. Nosotros guardábamos aparente neutralidad y sacábamos del consocio varias ventajas. Amén de hacerlo interlocutor de oficio de los dueños de casa y de ser de su cargo el palco en el teatro y el tablado y las banderillas en los toros, y sin perjuicio de una que otra tertulia de cumpleaños con que le hacíamos sorprender agradablemente a sus futuros suegros, nos resignábamos a ganarle buenas pesetas apostando ambos y ternos con su pichona, cuando Bernardo Pardo, con la sal del mundo y en connivencia con nosotros, cantaba la lotería. En cuanto a las cenas con que el muy zorro estimulaba nuestra neutralidad, eran golpes de estrategia suyos, en los que no debíamos dejar deslucidas sus combinaciones. Los caseros desplegaron toda su obsequiosidad con el Narciso cincuentón: no sabían colocarlo para que quedase cómodamente; prodigaban los elogios más entusiastas a la cadena de su reloj, a la abotonadura de su camisa, y, sobre todo, al solitario que brillaba como ascua en su dedo. Y para obrar sobre la pobre Isabelita y ponerla al alcance del vejancón, le hicieron traer el ramo que para él estaba dibujando, y sentarse a su lado con pretexto de explicárselo. Nosotros hacíamos de la vista gorda a tan grotesco sainete y seguíamos en lo que estábamos con las muchachas. El discorde bullicio de los diferentes grupos formaba un conjunto animado: don Gualberto había aislado a su indefensa palomita, llevándola a la mesa redonda para cortejarla con el soporífero oficio de consultar el oráculo, cuando de improviso apareció en la escena y se interpuso entre las cabezas de los dos la burlona del chato Pepe Matiz, el chusco de la partida, que acababa de llegar, y con voz gutural requintada soltó su chiste de entrada: -¿Qué indica mi sueño, es de bueno o mal agüero? -Indica que tienes ganas de dormir. Carcajada general. El chato continuó, y dirigiéndose a todos nos apostrofó con aire de formalidad: -Ustedes aquí muy tranquilos, y no saben lo que está pasando por el puente de San Francisco. -¡Qué, hombre! -Pues... no es precisamente por el puente por donde pasa, sino por debajo de él... -¡El río!, ¡el río!, se apresuró a decir Héctor candorosamente. -¿Lo oyeron ustedes?... ¡Qué adivino!. . . no me cabe duda de que este chico es brujo. Hilaridad. El chato siguió en su cuerda unas veces con chiste y no pocas sin él, pero contribuyendo con su contingente a revolver y animar la reunión. -No desairen el vals de Rosa, prorrumpió su acompañante; báilenlo, que está que provoca. -¡A bailar! ¡A bailar!, apoyaron galantemente otros. La mesa redonda se relegó al hueco de una ventana, desembarazóse la sala de tapetes y esteras de chingalé y la llenaron de parejas bailando a estilo de confianza, sin dejar de dialogar y de reír. Se ditinguía entre todos, por sus cabriolas desacompasadas, el traído don Gualberto, quien después de distribuír pisotones por todos lados, consignó su pareja en un canapé, mareada, como si hubiera atravesado el Canal de la Mancha. Como el acompañante de la tañedora estaba al corriente de los diálogos íntimos y demás ventajas a que se prestaba el vals para los danzantes, lo prolongó cuanto juzgó oportuno. En cuanto al efecto higiénico y diaforético del largo ejercicio, fácil era notarlo por los pañuelos que se echaron al aire cuando terminó el vals, para enjugar los rostros abrillantados por el sudor. La coronela Contreras dejó transcurrir el tiempo preciso para que los pechos tornasen a su respiración normal, y, abandonando sus posiciones de mera espectadora, tomó la ofensiva exigiendo que se hiciese cantar a sus niñas para que se ejercitasen y se desencogiesen. Ellas se excusaron, los concurrentes les suplicaron, la mamá las acosó, hasta que al fin cedieron con la condición de que Ponce las acompañase. Obtuvo la preferencia la canción del «Sí», que estaba en boga, y después de ensayada en falsete para tomarle el aire y hallarle en la guitarra el tono, que ni fuera muy alto ni tuviera la transición trabajosa, las dos cantoras prorrumpieron con voz pura y rica, y en bien concertado dúo:
¡Bien! ... ¡Muy bien!... ¡Sigan! ... ¡Adelante! ... -Si es que estoy medio ronca... -Con razón que yo oyera una cosa como tambora. (Chiste del chato Matiz). -Qué más tambora que su cabeza. (Réplica de Adelaida). Las dos hermanas siguieron y terminaron su canción con el sincero aplauso de los oyentes. Héctor tenía preparado su piropo y, haciendo un esfuerzo, cumplimentó a Adelaida tartamudeando: -Señorita, puedo aplicar a usted lo que dijo Bretón:
-Gracias, Héctor, le replicó Adelaida con zalamería, bastante para postrar hasta al Héctor troyano, es usted tan galante... -Ya nosotras hicimos lo que pudimos, continuó ésta; toca ahora ser complacientes a Ponce y a Gutiérrez. -Con mucho gusto lo seremos, contestaron ellos, pero antes le debemos un vals a Rosa, que es justo pagárselo. -Por supuesto, exclamó Rosa: mi compañero y yo tenemos los pies dormidos de estar sentados. Un vals a dos guitarras, llevada la una por Rafael Ponce con todos los adornos y arabescos, con todos los trinados, apoyaturas y trémolos, con toda la expresión cachaca peculiar del vals redondo bogotano, y la otra por Gabino Gutiérrez, en caprichosos arpegios o en saleroso rasgueo, era capaz de hacer salir de sus casillas no a nosotros, que estábamos en la época venturosa en que la maga de la alegría era nuestra compañera, sino hasta los caracteres refractarios, a los oídos sordos, a los corazones endurecidos por el desengaño o el hastío. La guitarra, desdeñada hoy como todo lo que no es ostentoso, era el alma de las tertulias de entonces; y aquí en agradecido recuerdo de ella, cederé la palabra al señor José Caicedo Rojas, autoridad irrecusable, porque la tañía a las mil maravillas. ¿Por qué se está acabando el uso de la guitarra? ¿Ni con qué se reemplazará ese instrumento apacible y simpático, que tan bien expresa los sentimientos del alma, ya de alegría, ya de dolor, ya de ternura; que llora, o ríe, o se queja, que no fastidia con su ruido, y que es dócil y acomodado a todas las situaciones; dulce compañera en las penas como en los placeres, que jamás hace estorbo; que tan bien suena en manos varoniles como entre los sedosos dedos de una mujer? Hay guitarras comunes que sólo sirven para acompañar cantos vulgares; instrumentos de baja condición, alma de la parranda y de la orgía; pero la guitarra aristocrática, educada en los salones y gabinetes, la guitarra artística, que posee los misterios de la música hasta donde lo permite su modesta capacidad que se presta a las melodías más delicadas y a las modulaciones más gratas, sin el estruendo del piano ni el chirrido del violín; esa guitarra distinguida que recuerda los tiempos poéticos de los trovadores y las frescas veladas del caballero amartelado que exhalaba su amor y sus recelos debajo de las ventanas de su dama, a la luz de la luna o al resplandor de las estrellas; la guitarra de Sor, de Aguado, de Huerta, de Londoño, de González, de Franco, de Padilla y otros varios; esa guitarra que mereció los elogios de poetas como Thomas y Chateaubriand, y que privó con honra en la corte de Luis XIV, no tendrá, dentro de poco, reemplazo en la buena sociedad. Valsábamos Rosa y yo: los dos éramos amigos y nada más que buenos amigos, por más que parezca paradoja. Mujer enérgica y perspicaz, ella había dominado su propio corazón, y en vez de un amante buscaba un marido; sin deslumbrarse con los fuegos fatuos del presente, su mirada escrutadora sondeaba el porvenir. Entre sus adoradores descubrió un buen partido, y en él se fijó resuelta y honradamente. Era un joven mediano de figura y de alcances, pero verdadero en sus sentimientos y laborioso, aconductado en sus obras, y a quien esperaba en su provincia un holgado patrimonio. Amábale él con la intensidad y la timidez, con los vértigos y desfallecimientos de los primeros y exclusivos amores, cuando se cree a la mujer una deidad, mercedes solemnes sus favores, y consecuencia de la inferioridad del que la ama sus desvíos. Alguien dijo, y si no lo aventuraré yo, que hay tres primeros que no tienen segundo en la vida: el cielo de los primeros amores, el purgatorio de los primeros celos y el infierno del primer desengaño. A la sazón de nuestro vals, el escogido de Rosa se hallaba en una de sus lunaciones de desfallecimiento: hacerlo salir de ella, mantenerlo en el buen camino, fue el tema principal a que dedicó mi amiga el aparte que la ocasión nos franqueaba. Felizmente me era fácil secundarla: con dar noticia a aquél del interés que le manifestaba su deidad y con ponerle bajo las baterías de sus hermosos ojos, el asunto quedaría arreglado. Sea dicho en homenaje de Rosa, homenaje que quizá llegue a su conocimiento algún día: era una mujer superior, que ha colmado de honra y dicha al hombre de quien entonces tratábamos y que fue después su afortunado dueño. Tocó el turno a Ponce y a Gutiérrez de cumplir su promesa. Nada más amable, más simpático que Rafael Ponce. La naturaleza con él generosa, a la belleza de las formas había añadido atractivos que por sí solos harían afortunado al que los poseyese. Su estatura mediana y bien proporcionada, al alto pecho, a la estrecha cintura, a la pierna bien contorneada, le permitía unir soltura en los movimientos y gracia en los modales. Cabellos castaños, abundantes y naturalmente rizados coronaban su erguida cabeza; sus grandes ojos giraban expresivos bajo los arcos apenas delineados de sus cejas; tras de labios húmedos y sobre encías de coral, su fino bigote sombreaba una dentadura de perlas; y la barba ondeada y sedosa circuía sus mejillas frescas y sonrosadas como las de un adolescente. Atraía su mirada dulce, su sonrisa acariciaba; y su voz, su incomparable voz, que cuando conversaba imprimía a su palabra cariñosa la melodía de un arrullo, era deliciosa cuando cantaba. Y entonces, cuando su bella figura se desplegaba en todos sus pormenores, cuando la romancesca guitarra, pulsada por sus blancas manos acompañaba su cantiga, cuando la trova apasionada o la doliente endecha fluían empapadas de sentimiento de sus labios purpurinos, ¿quién podía no admirarle? ¿Quién prescindir de la fascinación de su ser privilegiado? Si él se hubiera dedicado al arte y apetecido los aplausos en el seno de sociedades más adelantadas, habría sido un trovador de los antiguos tiempos, u otro Mario en la escena lírica moderna. Un novelista al descubrir su héroe fantástico, decía de él: «Conjunto tan blando y tan varonilmente diseñado que, si se hubiese vestido con la ropilla negra del artista, se le hubiera tenido por Van Dyck, y si se hubiese cubierto con el encaje y el terciopelo del gentleman, se le hubiera tenido por Lord Byron». -¿En quién encuentras estas condiciones?, preguntaba yo al amigo con quien leía. -En Rafael Ponce; pero mejor le sienta su uniforme militar, me contestaba. Gabino Gutiérrez, era el tipo del soldado, de esos veteranos de ojos chispeantes, tez bronceada, negros bigotes y expresión de lealtad y franqueza, formados en los campamentos, endurecidos por las vicisitudes de las campañas y que, por rigurosa escala, de proeza en proeza, alcanzan una alta graduación. Acostumbrado al uniforme desde sus primeros años, lo llevaba con notable gallardía; pundonoroso, circunspecto, severo en la disciplina, era galante y pulido en su trato particular, ameno en la conversación e hidalgo y generoso en sus rasgos. Era el Athos de Los Tres Mosqueteros. Ponce y Gutiérrez, sentados a la par, en su belleza que hacía contraste, y en el ademán de la inspiración y el canto, formaban un grupo artístico e interesante. Siempre se les oía cantar con placer: llevaba el alto el primero con su voz limpia y sostenida, y el otro con la suya robusta y vibrante le hacía segundo. Cantaron esas canciones que entonces nos parecían tan expresivas, y que herían las fibras más sensibles de nuestro corazón predispuesto y exaltaban nuestra fantasía juvenil. Hoy su letra anticuada y su modesta música provocan el desdén de los que sólo hallan bueno lo que no pueden juzgar, la lengua extranjera y lasarias y cavatinas de los encumbrados maestros, extranjeros también. Hoy todo es teatro, exhibición y fórmulas, y las sabrosas cordialidades van desapareciendo. Primeramente cantaron la canción apasionada, de aire breve y fogoso, algunas de cuyas maltaratadas estrofas transcribiré fielmente por vía de muestra:
Luego, pasando a lo sentimental y patético, en notas lentas y graves y con transiciones de efecto, cantaron la Violeta de Enrique Gil, en boga entonces:
-Vámonos, niñas, que tengo que madrugar a la plaza, intimó la coronela Contreras. -¡Carambola!, añadió, coadyuvándola, su consorte: ya es media noche... Peor sería que fuese la noche entera, terció el chistoso Chato. ¡Muévanse!..., muévanse!..., insistió la coronela. Todos dejamos nuestros asientos: ellas buscaron sus pañolones y nosotros nuestras capas; y se siguió aquella justamente afamada despedida de las mujeres, que es tan larga, en la que dan tantas vueltas y se les ocurren tantas cosas. Nosotros aprovechábamos los intersticios que ellas dejaban para despedirnos también. -¡Ahora sí!... ¿Quién les vuelve a ver la cara?, nos decían Rosa y Dolores. -Vuelvan pronto, murmuraba dulcemente Isabelita: con ustedes se pasan las horas sin sentirlas. Nos dividimos para escoltar hasta sus domicilios a nuestras amables contertulias, obligando a Héctor a hacer la hombrada de llevar de brazo a la picante Adelaida. Nos marchamos todos. Todos no, que aún se quedó fastidiando a Isabelita y a sus trasnochados padres, el que llamábamos por lo bajo don Cataplasma, la posma de don Gualberto. |
