CAPITULO VIII

SERENATA

Una guitarra y dos voces humanas hacían retumbar ecos de profundo dolor a lo lejos de una calle: cantaban El Suspiro con inflexiones tan tiernas, tan suplicantes, que daban ganas de llorar a grito herido. Don Ventura se acercó, solo, y oyó patentemente los siguientes versos:

Mas, ¡ay!, que cuando aspiro
a verla enternecida,
Yo encuentro a mi querida
Más firme en su crueldad.

En mí fue la locura
Creer en su juramento:
Feliz en mi contento
Yo amaba su beldad.

Como una sombra oscura
Que huyó en el mismo instante,
Así pagó mi amante
Mi amor y mi lealtad.


Y caminando con cautela, llegó el señor jefe de la policía hasta los músicos antes de ser advertido de nadie.

-¿Qué hacen ustedes?, les preguntó.

-Divirtiéndonos, señor.

-¿Ustedes solos?

-No más.

-Entonces ¿por qué no se divierten en sus casas?... Es un humor muy constante el de ustedes, por cierto, que ni el frío, ni la soledad, ni la dureza de las piedras los aterra... ¡y una diversión tan triste y sin relaciones con terceras! ¿No es eso?

-Tal vez nos oirán.

-Y suspirarán y se desvelarán, y los maridos o padres celosos rabiarán, y habrá inquietudes por causa de ustedes.

-De la armonía de la música, si es que tiene esa vir­tud, señor don Ventura.

-¡Y qué buscan ustedes! ¿Unas horas?...

-Pero esta libertad de la voz y de los dedos... y de no dormir, si se quiere...

-¿Serán ustedes filológicos, cuando menos, ¿no? ¡Pues cuidado, cuidado! Y no es malo que ustedes se retiren a sus camas, que el sereno puede ser dañoso, y las trasno­chadas también, para las imaginaciones exaltadas por la política y el amor.

Dio un silbo don Ventura, y en el acto lo alcanzaron sus gendarmes, y siguieron bajando sin más ocurrencia que la que pasaremos a referir, aun cuando ella no sea de importancia para nuestro asunto.

Dos cigarros que ardían, el uno en una ventana y el otro al pie, por el lado de la calle, se habían apagado al pasar la ronda; pero inmediatamente después resplande­cieron con fresco vigor, y se oyeron estas palabras:

-Es el Chicharrón, Juliana.

-¿A quién llevará preso? ¡Válgame Dios!

-Como que es un padre.

-¿En qué lo conoces, Miguel María?

-¡Eh!, por el caminado, pues, y por el pañuelo blanco en la cabeza. ¿No ves que camina como mujer disfrazada de hombre?

-¡Tal vez¡, porque el Chicharrón es el diablo, y sabe dónde duermen las tortolitas, como dicen los cachacos. Y que lo que él manda se hace con la pepita del alma. Ahora tiene mandado que la chicha no se venda sino a dos cuadras de distancia de la plaza mayor; y se hace respetar la providencia, o cabras han de dar leche; y en fin, tantas cosas buenas. ¡Ave María! Si el Chicharrón es buenísimo.

-Pero da sus descachadas contra la libertad.

-Contra la libertad de alborotar, de ensuciar y de de­gradar la ciudad. Convenido.

-¡Pero la tiranía!... ¿Por qué es, Juliana, que las mujeres se inclinan a los gobiernos fuertes?

-Porque somos débiles, tímidas e inofensivas. Los violentos, los jaquetones, los arbitrarios, los que llevan adelante sus goces a pesar del daño de terceros, esos se acomodan mucho con los gobiernos débiles, y mucho más con la anarquía. Por eso es que hay tantas mu­jeres bolivianas en Bogotá, Miguel María. Ya lo estás viendo. ¿A mí en qué me ofende la dictadura, ni la poli­cía, ni San Chicharrón?

-Pero la dictadura y el Chicharrón se tienen que ir abajo, si el palito no se quiebra.

-¿Revolución?... Algún día se arrepentirán, cuando conozcan a Bolívar y al país.

-¡Eres muy boliviana! ¿Quién te mete esos cuentos?

-Me voy a acostar, dijo la incógnita, que es tardecito. ¡Ave María!... Su canto y su guitarra tienen la culpa. ¡Como yo amanezca mañana trasnochada... eso sí!...

En medio de todo su rigor, don Ventura era un hom­bre accesible a los pobres y susceptible de discusión; era de los más compasivos del mundo, era amigo de la justi­cia; lo era, pues, de la igualdad; era caritativo; era, pues, amigo de la fraternidad. La suerte del padre Serafín lo llevaba pensativo, y por último se le dirigió de esta manera:

-Padrecito, usted puede haber hecho sus travesurillas; pero dice el refrán «que de los arrepentidos se sirve Dios»... ¿No me podría usted empeñar su palabra de enmendarse, si lo saco con bien de ésta?

-Con mucho gusto: si usted, señor, me quiere tener por ahijado...

-¿Y por qué suspira, padrecito?

-De considerar esas torres, esos muros y ventanas, señor don Ventura. Esa reja por donde se determina la luz de alguna vela acabándose, es de la celda de un corista muy amigo mío, que en el convento es mi consuelo. En esos claustros habré de terminar mis estériles días, porque lo he jurado delante de los altares.

-Estériles ¿por qué? Dondequiera puede el hombre llenar una misión gloriosa. Cenobitas ha habido en todos los tiempos. Ya usted ve: los sabios del Egipto se formaron en el encierro de mansiones muy parecidas a nuestros conventos; y ¡cuánto no deben las ciencias a sus ayunos y a su clausura! De los conventos salieron los Padillas, los Garay, los Vásquez y los Cameros, y tantas lumbreras de nuestros claustros: no hay sino enmendar la plana; y que si lo cojo en otra trampa, es de número cuatro. ¡Con­que métase a formal!

CAPITULO IX

EL CONVENTO

Tocó don Ventura en la portería del convento, y el vigilante padre portero, no dilató en abrir, y dar el aviso al prelado de que el señor jefe político le necesitaba.

Entonces la autoridad civil intervenía en el gobierno de la Iglesia: confirmaba los empleados-curas; elegía obis­pos y canónigos; colectaba diezmos, imponía obligaciones a los párrocos, prohibía funciones y suprimía ramos de rentas; suspendía predicadores; pero un ministerio hubo que renunció medio gobierno de la República, como los reyes tontos; y hoy la cosa es muy distinta... Salió el padre provincial acompañado de dos padres más, con su capilla calada, y sus manos honestamente cubiertas por las mangas del grueso sayal, y le preguntó a don Ventura:

-¿Qué novedad tenemos, señor don Ventura?

-Que vengo a ver al padre Serafín, que unos dicen que está en su convento, y otros en la calle; y yo quiero satisfacerme de la verdad, tanto más, cuanto que en mi despacho se encuentra una requisitoria de su convento.

-Es verdad, señor; pero su celda se encuentra fría como el nido de la ingrata paloma; por tratar de corregirle sus travesurillas a nuestro hermano Serafín, se nos ha fugado. ¡Dios tenga piedad de él!

-¿Y están ustedes seguros, mis reverendos padres?

-Si él estuviera aquí, ¿para qué lo íbamos a negar?

-Sin embargo, yo deseo buscarlo en su misma celda.

-No hay para qué, señor. Nosotros podemos jurar que no está en el convento.

-Tengo antecedentes de lo contrario, y este punto pasa a ser de alta policía, porque, a no ser tan honrados sus paternidades, hasta una violencia se pudiera sospechar, un atentado contra la libertad por lo menos.

-¿Violencia, señor? Esa es muy poca honra para nos­otros. Y no hay para qué entrar.

-Pues en nombre de la policía yo entro a este con­vento; y no hay más qué hacer.

Cuando esto dijo don Ventura ya tenía adentro el pie, y sus policías lo seguían con el farol, que acertadamente lo habían encendido en la expirante lámpara del hermano portero. Cuatro padres graves lo acompañaban, y pronto la bota herrada del jefe político hacía retumbar el aire, marcando los ladrillos del inmenso claustro, mientras que los monjes reposaban en sus tarimas, próximos a ser lla­mados a maitines por las tristes campanadas del alba. De paso reflejaban los cuadros de la vida del santo, y el retrato del diablo con sus alas de murciélago y su rabo de iguana, y su cornamenta de chivo; lo cual causó tal im­presión al antiguo granadero, que quiso santiguarse con la mano zurda, por llevar la derecha ocupada con la linterna.

Al subir la escalera, la vista dio de frente con cuadros más sobresalientes aún, por agregarse a la luz pasajera de la linterna la de un farol que daba vueltas, por causa del aire que soplaba impetuoso. ¡Qué contrastes los que se le presentan a un jefe de policía, Dios eterno! Recuér­dense por un momento todas las variaciones que pasaron por los ojos de don Ventura en esta sola noche: calles, claustros, cerezos, juegos, rellenas, músicos, un fraile en un costalón, coqueteos de política por la ventana, portería, padres venerables, cuadros de santos y de diablos, etc. Es un cosmorama completo la ronda de un jefe de policía, sin que nos quede un ápice de duda. Si don Ventura hubiera tenido la manía de escribir, habría dejado materiales para formar de a doce tomos por año para el que tuviese genio, plata y colaboradores. Una obra con el título de los misterios del costalón o de los chicharrones, habría dado celebridad al escritor que la hubiese emprendido, compaginada con el salero y chiste, y con las reflexiones del genio de don Ventura. Pero habíamos dejado la ronda en la escalera, y es fuerza el acompañarla hasta el último rincón del apacible convento.

Después de concluída la escalera, continuaron los via­jeros por el corredor alto de un segundo patio, tan solitario y oscuro como el primero, y cuando menos se esperaba, se paró el reverendo padre Prior, y dijo: aquí vivía nuestro hermano Serafín; y lo dijo con un tono tan lastimoso, como el viajero que dijese en las playas de Santa Marta: «En este sepulcro estaba el cadáver del Libertador Simón Bolívar; pero hoy está vacío».

-Sin embargo, dijo don Ventura, yo tengo esperanzas: mi bastón a ratos hace milagros; y tocó a la puerta con él.

-¡Deo gratias!, respondió por allá en el fondo, una voz sumisa, como la de todos los monjes.

-¡Traduzca!, le dijo don Ventura al cachifo prisionero.

-Gratias, gracias, Deo, a Dios. No es más.

-Ahora, explíqueme usted, padre provincial, el quid pro quo del asunto.

-Que es el diablo el que nos ha respondido, señor don Ventura.

-¿Y si es el padrecito?...

-Me dejo emplumar, señor, porque estoy tan seguro...

CAPITULO X

LA CELDA VERDADERA

A este tiempo, abriendo la puerta un monje, saludó con reverencia al prelado, sin descruzar sus brazos de sobre su pecho.

-¿Lo conoce?, le dijo don Ventura al prelado.

-Es el diablo en forma de Serafín, dijo el prelado san­tiguándose él mismo, y tendiéndole el cinto bendito sobre la cabeza.

¿Quién nos entiende?, dijo don Ventura.

-De parte de Dios, te digo que nos expliques quién eres y de dónde sales, continuó diciéndole el reverendo padre al diabólico espectro.

-Soy el hermano Serafín; y salgo de mi celda, res­pondió el aparecido.

-Y ahora ¿qué dice su paternidad?, preguntó don Ventura.

-Que sí es el padre; pero que en esto hay algún terrible misterio.

-Pues yo lo que puedo decir es, continuó don Ventura, que los reverendos padres han quedado más deslucidos. El padre Serafín es a mis ojos el hijo pródigo, vuelto por sus pasos contados a la casa de su padre: está arrepentido...

-¿No es así, padrecito?, le dijo al aparecido, con dulce voz... ¿No es usted hombre de cumplir con sus pro­mesas?...

-Sí, señor, contestó el padre Serafín, sin alzar a mirar siquiera.

-Pues dele un abrazo, mi reverendo padre.

-Ego te absolvo, le dijo el prelado al padrecito, echán­dole una solemne bendición por encima, y el penitente le respondió:

-Amén.

-¡Pero el abrazo!, ¿no me comprenden?... ¡el abrazo!, dijo don Ventura: todos los padres han de abrazar ahora al padre Serafín, en señal de fraternidad; y que toquen a comunidad para que lo abracen todos los que ignoraban que estaba en su celda.

-¿Comunidad?... No es uno de los casos de la cons­titución, señor don Ventura.

-Pues a nombre del patronato que ejerce el gobierno civil. Yo quiero que se toque.

La sonora y muy triste campanada que vibra en los conventos y en toda la ciudad a las tres de la mañana, vino en transacción de esta difícil competencia. Los claus­tros resonaron con el tañido melancólico, y a poco tiempo crujían las puertas de las celdas, para encaminarse sus pacíficos moradores, con pisadas graves y recatadas, a ocupar sus asientos en los escaños del coro.

-Ahora es tiempo de que los hermanos reciban al hermano en el recinto sagrado, que nosotros llamamos coro, dijo el prelado, sin violentar nuestra santa cons­titución.

Marchó don Ventura por los claustros, en medio de tres padres graves y de su ahijado, y del cachifo prisionero, y cuando ya estuvo en la puerta se verificó la reinscripción del hermano Serafín. Don Ventura se quedó absorto de ver en el extremo del silencioso templo a los padres hin­cados de rodillas, delante de un atril gigantesco, con los ojos fijos sobre unos libros monstruos, con caracteres como los de algunos avisos de talleres, pero claros, sin dibujos que desvirtúan el fin de ser leídos de pronto...

CAPITULO XI

EL CORO

El rezo de los coristas se comenzó por la sagrada de­precación Domine ad adjuvandum me festina, y la iglesia a tan devotos acentos resonaba con una armonía tan edificante que los dos veteranos del Rifles y Granaderos se pusieron de rodillas tocados de una emoción que nunca habían experimentado en su vida.

Don Ventura quiso dar la última mirada sobre su ahi­jado, y lo vio arrodillado con los brazos cruzados, y con aire enteramente penitencial. Para don Ventura era un hecho que el padrecito era el que a las doce ocupaba el cuarto de ropilla, o más claro, el cuarto de dado, en la casa de los chicharrones, y ahora, a las tres, ocupaba en el coro su antiguo puesto. El jefe de policía era un hombre de mundo, de sufrimientos y de dichas, y él no podía pasar desapercibido este contraste de la vida humana, de la ale­gría y de la piedad, del vilipendio y del deber: un mismo individuo en el coro y en el garito, en menos de cuatro horas, forma una antítesis que los retóricos se pueden apropiar para sus textos, como cuando uno de ellos hizo mención de un sepulcro a un lado de un cuadro, y al otro una zagala de la Arcadia embebecida en la dicha de sus danzas.

Al retirarse, le iba diciendo don Ventura al prelado:

-He visto la comunidad muy grande en las procesiones de la semana santa, y ahora me parece reducido el cuadro: noto muchas sillas vacantes. ¿Ha habido peste en el con­vento?

-No, señor: es porque por nuestra constitución tam­bién hay retiros y jubilaciones.

-Pues mis reverendos padres -continuó don Ventu­ra- dispensen el mal rato, y adiós, adiós; que no vayan a tener algún resfriado por mi causa.

-No tenga usted, señor, cuidado por eso -dijo el prior- y vea en qué podemos servir.

Don Ventura se fue a su casa, y los guarantes se fueron a depositar al cachifo al principal, para entregárselo por la mañana al catedrático, para los efectos del caso.

Después que se fue don Ventura llamó el prelado al padre Serafín, y le dijo:

-Ahora le mando a usted que bajo de santa obediencia, me diga cómo ha venido usted al convento.

-Pues, señor, sucedió, que cuando estábamos parados en la portería del convento, con la linterna un poco oscura y los ánimos no muy claros, se me acercó el señor jefe político con mucho disimulo, y mostrándome la puerta de adentro, al tiempo de hacerme una castañeta con los dedos, me hizo una indicación con los ojos, y yo, adivi­nándole sus deseos, corrí por estos claustros de Dios, como el zorro que en la madrugada se regresa a su cueva, sin dejar sentir sus ligeros pasos; y para eso que yo venía calzado con sandalias de fique. Y así que estuve en mi celda, desplegué mis hábitos de entre el pañuelo en que los traía, y sin la menor detención me los puse, haciéndome otra vez monje, para siempre jamás. Amén.

 

 
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