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FUNDACION DE BOGOTAPor José María Vergara y Vergara
... Ved la bella y extensa sabana poblada de castillejos indios, rodeados de nogales centenarios y llenos los castillejos y las anchas vías reales de un pueblo desconocido, vestido de telas blancas y listadas, llenas de oro y esmeraldas. Allá al pie de la sierra veréis cuatro pequeños ejércitos, que se han reunido para fundar la ciudad española que ha de ser capital del Nuevo Reino de Granada. Uno de ellos, desplegado hacia el oriente, por delante de una choza de verdes ramos que, andando el tiempo, ha de ser de labradas piedras y llamarse la catedral, viste ropa de indio y casco de hierro, y empuña alabardas y arcabuces. Está mandado por el licenciado Jiménez de Quesada, que, nacido en Córdoba y criado en la ciudad de Boabdil, conquistada por los católicos reyes, debe morir en este suelo, al cual dará el nombre de la patria de su niñez. Un clérigo y un religioso dominicano forman a la cabeza de la fila de este poderoso ejército de ciento sesenta hombres, que acababa de conquistar el imperio de los muiscas. Al sur, guardando los futuros cimientos del palacio de la Audiencia y el de los virreyes futuros está el extremeño Benalcázar, vestido ricamente, al frente de otros ciento sesenta hombres, con que ha venido desde el Perú hasta Bogotá, abriéndose paso con sus picas. Todos visten flamantes ropas de Castilla, y los acompañan también un clérigo y un religioso. Al norte, y defendiendo el sitio en que se ha de edificar el cuartel militar, se ha desplegado otro ejército de ciento sesenta hombres, precedidos por un compatriota de vuestro padre, por el aventurero Federman, que ha caminado desde Venezuela por inmensos y hostiles territorios, y ha salido a la aventura al mismo imperio que acaba de conquistar Quesada. Estas tropas, acompañadas igualmente de un clérigo y un religioso, visten pieles vistosas de tigres y leones, héroes que formaban la avanzada de sus desiertos nativos conquistados por el grupo de aventureros. Al occidente, en el punto donde después se había de alzar la cárcel de corte, están los aliados de Quesada, un millar de indios con sus pintorescos vestidos y sus ricas joyas; llevan en una mano la arrojadiza y temible flecha; en la espalda el valioso carcaj y en la cabeza corona de plumas bellísimas y desconocidas, que ondean como los trigales a la menor brisa que sople. Suenan las cajas españolas y los clarines de Carlos V, atemorizando los ecos sorprendidos, que jamás oyeron tal rumor. Los tres abanderados se adelantan al centro de la plaza, llevando las magníficas banderas en que están bordados en oro las almenas victoriosas y los fieros leones de Castilla. Los abanderados, de gentil porte y marcial rostro, se juntan y se paran en el mismo lugar donde está hoy la estatua de Bolívar. Continúan redoblando los tambores y salen de las filas y se adelantan hacia el mismo centro, del norte, del sur, y del oriente, tres religiosos y tres clérigos, imagen viva de esa santa milicia que la Iglesia manda a todos los puntos del horizonte a llevar la buena nueva de la redención a todos los hombres ya sea que la ignoren, ya sea que la hayan olvidado. Se adelantan en seguida los tres jefes. Quesada tiene el tipo andaluz: color negro, ojos negros, cerrada barba y perfilada nariz. Cabalga con la gentileza propia de su país un caballo de guerra, ágil y brioso. Lleva el ilustre jinete ceñida al cinto su espada toledana, en cuya hoja bien templada se lee el caballeresco precepto, código de los hijos del Cid:
Un sombrerillo adornado con una pluma entre sus negros y rizados cabellos; y de sus hombros cuelga el blanco y finísimo manto blanco tomado al Zipa, prendido con un broche de oro y esmeraldas de Muzo. Detrás viene Benalcázar sobre un castaño batallador. El héroe es blanco y robusto, y lleva sombrero español, jubón y pantalones de terciopelo negro con pasamanería de oro, botas y guantes velludos. En seguida va Federman, cabalgando el overo de un capitán de Quesada. El hijo de Alemania es blanco, de cabello y barba rubios, y azules ojos. Un casco bruñido cubre su cabeza; una piel de león arropa su vestido desgarrado y su larga espada golpea sobre su espuela de hierro y el ancho estribo. A una orden de los jefes, los tres grupos de caballería se reúnen en uno solo, al mando de Suárez de Mendoza, que ha de ser el fundador de Tunja; y los tres grupos de infantería se reúnen también y estrechan sus filas, a la voz del capitán Olaya Herrera. La caballería hace una graciosa evolución y se tiende ocupando la acera del norte, y mientras tanto, la infantería reunida, por una hábil maniobra se despliega al sur. El ejército aliado, poco diestro todavía en las evoluciones militares se despliega sin orden en derredor de la plaza, encerrando el ejército español. En las vecinas colinas se ve inmensa muchedumbre de muiscas que presencian aquel espectáculo. En ese momento, Jiménez de Quesada ocupa el centro, y en el nombre del Emperador toma posesión del nuevo reino. Saca su espada con marcial ademán y desafía a singular combate al que le contradiga. Redoblan los tambores, suenan las cornetas y agudos clarines: los caballeros sacan sus espadas como mantenedores del campo; los infantes presentan sus picas; los arcabuceros disparan y el ejército de indios lanza al aire sus mil flechas que se encuentran en el espacio, y caen sobre el águila del César que corona el pendón de Quesada, entre el humo de la pólvora. En seguida se dirigen todos a la catedral, donde un tosco altar cubierto de flores de los Andes está coronado por el Cristo de la Conquista, que hoy se venera en el mismo lugar en que estuvo ese día. ¡El padre Las Casas capellán del ejército de Quesada, reviste toscos ornamentos hechos de telas muiscas, y rodeado de cinco sacerdotes, ofrece al cielo la hostia sin mancha y la sangre del Cordero, en un caliz de plomo! La religión y la gloria han tomado posesión del suelo y del pueblo. Reunidos después de la función los tres capitanes, pregunta Benalcázar a Quesada que nombre piensa dar a su conquista y a la ciudad que acababa de fundar. Todo este territorio, le contesta Quesada, desde la costa de Veragua, que descubrió el almirante don Cristóbal, hasta las de Venezuela de donde vinimos, Federman, ha de llamarse el Nuevo Reino de Granada. Este sitio ha de perder su nombre de Teusaquillo; y así como doy al territorio el nombre de mi patria, ha de llamarse esta ciudad Santafé, por la gran semejanza que advierto en estos lugares con los de la vega de Granada. Mirad esa Serrezuela que queda al noroeste, y es el principado de nuestro buen amigo, el cacique de Suba, el primer cristiano que ha habido en esta tierra, y a quien hemos llamado don Alonso de Aguilar. ¿No se os figura Benalcázar, a la sierra de Elvira? ¿Ese pueblecito que nos queda al frente y que los naturales llaman Fontibón, no ocupa exactamente el mismo lugar que nuestra Santafé en la vega del Genil? Esas colinas llamadas de Soacha que nos quedan al sur, ¿no se asemejan a las del Suspiro del Moro, donde Boabdil se despidió de su patria con una lágrima? Aquí quedará Santafé al pie de esos dos cerros, como Granada al pie de sus collados; y esos dos cerros los llamaremos al uno Monserrate, y al otro Guadalupe, y edificaremos en esa cumbre dos capillas. -¡Sea en buena hora, contestó Benalcázar, y Dios os ampare y conserve en el señorío de esta tierra!, que lo que es por mí, tengo de volver a conquistar las costas del Pacífico, donde hay tanto oro, que se pueden herrar los caballos con este metal. -Y por lo que a mí toca, contestó Federman, con lo que me dáis vos, don Gonzalo, me vuelvo a Alemania; que tengo ya en buen oro y en esmeraldas, con que eclipsar a un príncipe. Dicho esto, se despidieron los tres jefes, llenos de ilusiones y viendo por delante cerros de oro, y oyendo al mundo proclamar sus nombres gloriosos. Ninguno de los tres adivinaba su porvenir; porque ni Quesada contaba con morir de lepra y debiendo más de cien mil ducados; ni Benalcázar preveía que había de morir en Cartagena, de tristeza por su juzgamiento y prisión; ni Federman que había de acabar oscuramente y con poca fortuna. El único de los triunfadores de aquel día, que había de ver su gloria creciendo día por día, era el humilde Cristo de la Conquista, que los oia desde su nicho de ramas, y los bendice hoy desde su altar de blancas columnas y dorados capiteles. He aquí, querido Fernán, la escena que podéis ver si queréis evocarla. Luego, si queréis ver la ciudad actual, abrid los ojos y mirad. Donde estuvo la choza de ramas, se levanta hoy una soberbia catedral con altas torres. La ciudad ha cambiado hace cuarenta años su nombre de Santafé por el de Bogotá: pero conserva sus treinta templos edificados por Quesada y sus descendientes...
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