REVISTA DE UN ÁLBUM

Por Francisco García Rico

 

He aquí una moda que, acogida por ambos sexos y difundida hoy por todo el mundo, constituye una verda­dera inundación, de la cual nadie puede escapar.

No se crea que voy a ocuparme de esos libros destinados a conservar afectuosos recuerdos, y que debiendo ser siempre los depositarios de la sinceridad y del cariño, llegan a profanarse con frecuencia convirtiéndolos en el archivo de la adulación y la mentira. Me refiero a esos graciosos libros de todas dimensiones y relieves, adornados con el mayor gusto y que se hallan en casi todas las casas: especie de museos manuales, que se han derramado por el mundo desde que el genio del hombre poniendo a su servicio la luz, roba a la naturaleza todas sus bellezas por medio de la fotografía. ¿No conoces esos libros, benévolo lector? ¿No posées ninguna de esas urnas consagradas a hacer más duraderos los recuerdos de la amistad? Estoy seguro de que ya tienes un álbum, y que por lo menos has mandado copiar tu imagen más de una vez, para satisfacer exigencias irresistibles o para usar de alguna represalia afectuosa. De otro modo, sería preciso declararte persona de mal gusto, o lo que es lo mismo, que no estás a la moda.

En días pasados me hallaba en casa de mi amigo Enri­que haciendo lo que se llama matar el tiempo, no como muchos que no saben hacerlo sin darle vida a algún vicio, sino alimentando nuestro espíritu con lecturas amenas e instructivas. Estando en esto se apareció una muchacha con un álbum para mi amigo, acompañado de este recado

-«Dice mi señora Eufracia que su libro está muy bonito y que ahí viene su retrato para que usted le mande tam­bién el de la señora».

-Muy bien, contestó Enrique, dile que agradecemos mucho su afectuoso recuerdo, y que cuando la señora se haga retratar, serán satisfechos sus deseos.

El libro venía descuadernado, con las hojas en completa anarquía y la pasta en un estado lamentable.

-¿Este es tu álbum?, le pregunté a mi amigo.

-Sí, este es el mismo que tú viste nuevo ahora dos meses. Los frecuentes viajes que hace a donde me lo man­dan pedir, lo tienen de ese modo.

-¿Y tan pronto lo has llenado?

-Sí, muy pronto lo he visto lleno de retratos que no han sido solicitados por ninguno.

-Eso prueba que tienes muchos amigos, o por lo me­nos muchos apreciadores que han querido ocupar un lugar en tu álbum.

-Amigos... ¿crees tú que en el mundo y en estos tiempos llega uno a tener muchos amigos? En un siglo en que el egoísmo es el móvil de la mayor parte de las acciones humanas ¿piensas que abundan las personas a quienes pueda darse con entera confianza el dulce título de amigo? Te repito que casi todos estos retratos han sido colocados aquí por gusto ajeno y en cambio de los míos pues has de saber que ya he sido víctima de la moda, te niendo que mandar hacer multitud de retratos de mi señora. y míos, y obsequiarlos contra mi voluntad en cambio de otros que no habíamos solicitado. Esto ha dado motivo a que yo haya hecho más de una vez algunas reflexiones sobre esta galería tan heterogénea que se ve uno obligado a con­servar. En ella es donde se puede estudiar la sociedad en algunas de sus caprichosas fases: aquí hay materia para una revista bastante curiosa por cierto. Si a muchos les gusta ver desde su ventana la figura del mundo que pasa, a mí no me es desagradable poder contemplar cada vez que quiero, con sólo desplegar las hojas de este libro, esos variados relieves que destacándose visiblemente en el cuerpo social, exhiben caracteres antipáticos que sirven de tema a los escépticos y a los pesimistas para lanzar sus dardos envenenados contra el corazón de la sociedad.

 -De veras que será muy curiosa una revista de esa especie. ¿Tendrías inconveniente en hacer ahora ese aná­lisis que considero ventajoso para los que como yo no de­sean conocer únicamente el exterior de la sociedad en que viven?

-Lo haré con mucho gusto por complacerte, me dijo Enrique; pero que no pase de los dos, porque de otro modo, todos estos originales tendrían derecho a sublevarse contra mí y a protestar por tanta indiscreción.

Enrique abrió el álbum y me hizo ver en su primera pá­gina el retrato de una señorita que llamó mi atención por su hermosura y la elegancia de sus adornos.

-¿Quién es esa preciosa dama que ocupa el primer lugar en tu álbum? Debe valer mucho para ti.

-Sí vale, contestó Enrique, pero el lugar que ocupa es debido a la elección que ella misma hizo cuando me obsequió su retrato, dándome a entender el puesto que deseaba ocupar entre las personas de mi amistad. Ya ves que no puede darse más modestia ni mejor galantería.

-¿Y cómo se llama?

-Permíteme callar los nombres, porque a la verdad, ellos no te interesan; conténtate con ver el retrato físico y conocer el retrato moral que yo te haga de cada persona.

-¿Quién es esta señorita cuya fisonomía no me es desconocida?

-Tú la conoces, ciertamente; pero aquí no te es fácil saber quién es, porque está de copete, corbata y otros adornos que ella no acostumbra y que creyó indispensables para retratarse.

-Efectivamente, ya sé quién es. Es una señorita que fue célebre.

-Y esta vieja que parece una joven de la época, según está de peripuesta, ¿quién es?

-Es la abuela de la señorita anterior. Siempre está imponiéndose de las modas en los periódicos de París, y dice que ella no está porque ninguna persona se presente ridícula en la sociedad.

-¿Y este joven?, me parece extranjero.

-Tampoco lo conoces porque se propuso retratarse con la mayor elegancia, que es lo que menos tiene. Ya ves: lente, cadena, leontina, guantes, varita, vigote como hecho a pincel, y por complemento, peinado con la carre­ra en el medio, lo cual da a su cabeza un aspecto angelical y no poca semejanza con la de las mujeres.

-¡Ah!, ¡ya caigo! Es Cirilo, el hijo de don Pascasio.

-El mismo.

-Dé nada le sirve tanto aliño. Nombre, carácter, ma­neras: todo en él es mazorral.

-Pero tiene dinero, que es la panacea para todos los males y defectos de la humanidad.

-Eso sí.

-¿Quién es este de capa y al parecer meditabundo?

-Este es el tipo del verdadero necio. Estoy seguro de que antes de ir a retratarse consultó con el espejo todas las posiciones que pudieran darle un aspecto respetable. Re­cuerdo que al darme su retrato usó de la fineza de decirme que deseaba que yo tuviera el honor de poseer su fotogra­fía. Yo me le manifesté muy agradecido y sentí no tener a la mano un álbum zoológico para hacerle ocupar el puesto que merece.

-¿Quién es esa señora?

-Por qué no me preguntas más bien, ¿quién es esta cola?, pues aquí no hay más que una gran cola que ocupa casi todo el ancho de la tarjeta, y al fin, como por vía de apéndice, se deja ver el perfil de una mujer.

-Muy bien pudiera decirse, imitando a Quevedo, que es una mujer pegada a una cola.

-Yo más bien diría que es el retrato de un pabellón que tiene por asta el cuerpo de una mujer.

-Ciertamente que eso y no otra cosa es lo que parecen las mujeres que arrastran colas tan largas: pabellones con asta. ¿Quién es esta otra señora de mirada pensativa, con la cabeza románticamente apoyada en una mano y un libro entre-abierto en la otra?

-Ya lo dijiste, es una romántica.

-¡Qué casualidad!, y el joven que la sigue tiene la misma posición.

-Porque son cortados por la misma tijera: cabezas llenas y corazones vacíos. Parece que hubieran pacido el uno para el otro, según lo que manifiestan amarse, y, si no me equivoco, ya el joven ha solicitado la mano de la señorita.

-Eso es muy natural: los cuerpos semejantes se atraen. No hay duda que ese será un romántico matrimonio, que, como casi todos los de este género, tendrá consecuencias bien románticas o dramáticas, que es lo mismo.

-Ese otro joven parece de maneras un poco descui­dadas o desenvueltas, pues está con el cuello abierto y el pelo en desorden.

-Este también las echa de romántico, pero por otro estilo. Dice que así están los genios, y creyendo que estos se hacen, aspira a serlo: parece que en el modo como usa el cuello trata de imitar el retrato de Byron.

-¿Y este viejo tan aliñado?, me parece conocerlo.

-Es un sesentón, que ahora años se hacía arrancar las canas; después se las teñía, hasta que ha concluído por usar peluca, y para que nada esté en desacuerdo, tiene dentadura de repuesto. Se dice que ha escrito a Holloway y a Brístol, que tanto se han interesado por los inválidos, para ver si tienen algún cosmético que destruya la pata de gallo, que, según él cree, es lo que detiene a las jóvenes para tratarlo con menos desdén, pues has de saber que es un Adonis.

-Yo lo retrataría con un bordón y una camándula, que le sentarían mejor que todos esos atavíos. ¿Quién es esa joven tan sencillamente vestida?, le pregunté a Enrique.

-Esta joven no es de la época.

-Querrás decir que no está a la moda.

-Ni de moda. Esta joven revela a primera vista lo que es. ¿No observas en ella el aspecto humilde con que se pre­senta la modestia y el candor del alma en su mirada? Pues esos son sus principales atributos. Es una joven de mérito, pero de un mérito que, como he dicho, no está de moda.

-Explícame en qué consiste su mérito.

-Mira: esta joven tiene instrucciones suficientes para la esfera de acción que la naturaleza ha demarcado a la mujer, pues sabe con alguna regularidad gramática, arit­mética, geografía y tiene nociones de historia; cose muy bien, no esas difíciles y hermosas labores que suponen un largo y costoso aprendizaje sino todo aquello que puede ofrecerse en una familia pobre. Ahora, pon, como base de esos conocimientos, los más sólidos principios religiosos y morales que le han inculcado sus padres, no valiéndose de autores famosos, sino de la palabra y del ejemplo, que es la enseñanza más positiva, y por consiguiente, la más duradera.

-Pues siendo así esta joven, creo que no debieras te­nerle aqúí; porque el contraste que forma con las demás figuras de está galería no le favorece en manera alguna.

-Al contrario, pienso yo, amigo mío. La sociedad no es otra cosa que una caprichosa miscelánea, un contraste permanente del vicio con la virtud; y la colocación de este retrato aquí, lejos de perjudicar al original, creo que le favorece. La verdad, es decir, la virtud, nunca luce tanto como al lado de la mentira; de la mentira que es el vicio, 1a vanidad, la hipocresía; así como nunca es más espléndido el fulgor de una estrella como cuando se destaca en medio de un cielo tenebroso. Además, esta joven no es la única persona de mérito cuyo retrato tengo en mi álbum. ¿Ves esta señora?, es una de las primeras matro­nas de nuestra sociedad, y yo tuve a mucho honor el obte­ner su retrato porque es uno de los que dan gran valor a mi galería. Siguen los contrastes: esta es una señora que goza de gran aceptación en la sociedad; pero todo el que co­nozca la historia de su edad media, que bien pudiera formar un volumen, y las anécdotas con que ha enrique­cido ya la crónica moderna, será de otra opinión.

-¿Quién es ese individuo tan poco simpático?

-El retrato de este individuo está incompleto: han de­bido ponerle al lado la caja de hierro que tiene en su al­macén, porque ella hace parte de su persona.

-Es decir, que es comerciante.

-No prostituyas ese nombre con el cual debe designarse a aquellos hombres de negocios que trabajan para obtener una ganancia racional, propendiendo en cuanto puedan al adelanto del país, ya fomentando empresas útiles, ya facilitando o estrechando las relaciones de los pueblos. Este individuo no pertenece sino al gremio de los agiotistas o logreros que especulan con las necesidades del pobre. El corazón de semejantes hombres es una caja cuya llave está en manos de los más necesitados.

-¿Por qué?

-Porque aquel individuo que se ve más comprimido por la situación, es capaz de hacer cualquier sacrificio, por salir de ella, y sólo aumentando mucho el tanto por ciento de utilidad es como se consigue suavizar un poco la llave de semejantes corazones. Vamos adelante.

-Pero se más breve en tus comentarios, Enrique, para poder ver todo el álbum.

-Bien, pues: en pocas palabras te diré lo que caracteriza al original de cada retrato. He aquí un individuo que tiene un talento tan notable como sus vicios, pudiera decirse que la luz de su inteligencia corre riesgo de ser apagada por el soplo de sus desordenadas pasiones.

Este otro es un sencillo campesino, a quien no conoces, sin duda, porque frecuenta poco la ciudad; es la honradez personificada.

Esta es una mujer de gran talento.

-¡Pero qué fea!

-Si la trataras, te aseguro que el mágico atractivo de sus ideas y de sus sentimientos te haría olvidar sus defectos físicos, y tú que amas lo bueno y lo grande simpatizarías mucho con la elevación y la nobleza de su alma.

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