EL PASEO CAMPESTRE

(CUADRO DE COSTUMBRES DE RAMON TORRES)

Por León Hinestrosa

 

Los bosques en la América meridional tienen la grandio­sidad y hermosura con que se ostenta casi siempre la naturaleza primitiva, esa naturaleza a donde la mano del hombre no ha alcanzado todavía para imprimir el sello de su civilización, del refinamiento de sus gustos, de su exquisita sensualidad. Los jardines de las Tullerías y de Luxemburgo, por ejemplo, exhiben la naturaleza traba­jada por el hombre, notándose al primer golpe de vista la regularidad, la simetría, el artificio de las fuentes, la artística belleza de las estatuas ostentando la blancura del mármol, los estanques hechos cuidadosamente en for­ma de círculo, de elipsis o de cualquiera otra cosa, pero siempre en una forma esmerada, siempre con las preten­siones de la civilización y el refinamiento. Los árboles y los arbustos no crecen a su antojo llenándose de vástagos y de frondosidad con esa franca libertad con que lo hi­cieran en los bosques; no se levantan aquí y allí forman­do grupos caprichosos y enmarañados, de imposible aná­lisis, de belleza inimitable. No, señor, los árboles y los arbustos de los jardines, esclavizados y oprimidos, nacen sólo donde el hombre quiere, y, ¡ay del inocente retoñito que se levante tímido y escondido en otra parte!: la hoz o el cuchillo de jardinero cortará su débil existencia. Y las ramas que han crecido con el beneplácito de su amo, no seguirán la dirección que bien les plazca, sino que se encorvarán, se doblarán, se inclinarán, se desnudarán o morirán según la voluntad de su señor. He aquí la natura­leza vegetal civilizada, la naturaleza esclava.

Pero la naturaleza libre de los Andes crece majestuosa y llena de vigor: el árbol orgulloso pretende ocultar su copa entre las nubes, extiende sus brazos como para abar­car el horizonte, se llena de frondosidad y de verdura, matiza sus colores a su antojo, engalana sus ramas con cándidas flores y éstas exhalan perfumes deliciosos. El arbusto nace y crece débil pero también orgullosito con su adorada libertad: ni el roble ni la corpulenta ceiba, ni árbol alguno pretende embarazar su desarrollo, ni arrancarle una hojita, ni una flor; el árbol no abusa de su majestad ni de su fuerza para oprimir a las débiles criaturillas que se apiñan a sus pies, pues él se levanta de la tierra, se eleva en el espacio y no baja jamás su frente para extinguir la vida del arbusto, ni de sus ramas, ni tampoco de sus hojas ni de sus flores. Tolerado así por el soberano de las selvas, el arbusto crece cuanto quiere, abre sus bracitos cuanto puede, se perfuna, se en­galana, se mece alegre al soplo de la brisa, se presenta bello y apacible. A sus pies la enredadera silvestre se arrastra y juguetea; más tarde trepa por su tronco, lo abraza, lo acaricia, lo penetra, lo enmaraña, lo pone de punto de apoyo para trepar también en el árbol, lo ador­na con sus propias flores, lo cubre y lo hace suyo. Todo lo consiente el amoroso arbusto engreído con el apoyo que le presta a la tierna y juguetona enredadera.

Sin embargo, no todo es paz y ambrosía en ese mundo vegetante. El huracán que suele romper las cadenas con que lo tiene aprisionado el dios de los vientos, corre bramando, llega a la cumbre rocallosa de la montaña, se precipita por la rápida vertiente, penetra en el valle, en­tra mugiendo en las hendiduras de las rocas, se extiende y retumba en las concavidades subterráneas, sube veloz la vertiente opuesta, se apodera de nuevo de las cumbres y de nuevo desciende hasta los valles sin detenerse jamás, si la mano de un dios no pone fin a su carrera. El hura­cán desencadenado atierra el cedro del Líbano, encorva  y parte el pino de los Alpes, y con terrible esfuerzo des­cuaja la ceiba secular que habita en los valles de los Andes.

El poeta puede inspirarse en esta naturaleza animada. Allí puede invocar el numen de Anacreonte, pulsar la lira de Orfeo, hacerle libaciones al amor y presentarle ofrendas a la más encantadora de las diosas. Si el poeta puede inspirarse en los prados y en los bosques, el pintor lo hará también hermoseando sus cuadros con una va­riada vegetación, con caprichosas perspectivas, con man­sos arroyos y cascadas bulliciosas. Y en efecto, el señor Ramón Torres ha escogido para exhibir la orgía de que vamos a hablar, una bellísima escena de la naturaleza rústica. Allí se han reunido hombres y mujeres a gozar de la sombra de los árboles, a respirar el ambiente de las flores, a escuchar el canto de los pájaros, el ruido de las fuentes, y en fin, a gozar de la naturaleza salvaje. Hay gran comilona, danzan, cantan y hacen libaciones en ho­nor de Baco, sin olvidarse del amor, de ese dios que está escondido en todas partes, pero que en todas partes se ve inquieto, travieso y juguetón, animando las tinieblas solitarias, el alumbrado y ruidoso festín, las silenciosas selvas, la madreselva, la inmortal, las piedras que baña el arroyuelo, la húmeda roca del altísimo picacho que se dibuja en el azul del cielo, la luna, las estrellas, y todo, todo lo que existe, hasta el dolor, hasta la muerte. ¿Qué será lo que no llena de vida y de ventura el amor? ... Pero no nos detengamos.

En estos paseos campestres se corre, se danza, se canta, se grita, se salta, se juega con el agua cristalina que eter­namente se desliza por entre piedras y matas; quién se trepa con esfuerzo hasta la copa de los árboles para perseguir al pájaro en su nido; quién se para en el picacho domina la cumbre para gritar de allí a sus compa­ñeros; quién desciende a la hondonada, quién al abismo; uno rueda por el declive de la colina, el otro se mece en un columpio que está pendiente de dos árboles; éste corre en un caballo cuyas crines se agitan en el aire; aquel juega con la inocente ternera destinada al sacrificio; aquí luchan dos jóvenes sin lastimarse en sus caídas; allí se oyen palabras de amor; más allá la tierna y enfadada voz de los celos... ¡Qué movimiento! ¡Qué alegría! ¡Qué dulces emociones! Y el alma, viéndose estrechada por las obras de la creación, de esa creación, que por decirlo así, aún no ha salido de la mano de Dios, se entusiasma, se eleva, se remonta, se lanza en la región etérea, quiere abarcar todos los mundos, y al fin, impotente y fatigada, se postra de rodillas para adorar al Eterno, a ese Ser que está llenando el espacio, que puede medir el infinito... ¡Oh!, ¡pero de nuevo me extravío y en lugar de permane­cer en la mísera tierra voy a perderme en las magnificen­cias celestiales! Volvamos a tierra.

La orgía, ese complicado cuadro de que vamos ha­blando, representa una perspectiva campestre, un paisaje. El bosque representa dos senos o alamedas: el que está a la izquierda se prolonga entre dos hileras de verdura y va a perderse a lo lejos detrás de los árboles y arbus­tos. Los ojos del espectador no ven el fin de aquella calle silvestre, pero el artificio del pintor ha sabido enseñorear­se de lá imaginación y la conduce por toda su invisible tortuosidad. El prado comprendido entre los dos muros de vegetación deja ver sus caprichosos surcos y sus yer­bas matizadas. El seno que se ve a la derecha no se es­quiva, por decirlo así, a la vista del observador y se deja medir en toda su extensión. En él se nota un grupo com­puesto de dos caballos y un hombre, cuya naturalidad sorprende; y más a lo lejos, en último término, como di­cen los pintores, se alcanza a percibir un hombre a quien la distancia no deja ver sino confusamente. Pero una de las figuras más notables es un hombre que se dirige con las manos ocupadas hacia la mesa del festín; se nota que camina con cuidado, y como se encuentra a larga distan­cia está rodeado de humo, sus formas son indecisas.

Hay en el cuadro cuarenta y siete figuras humanas y muchas de otros géneros, colocadas todas en diversas ac­titudes, entre las cuales hay muchas notables por su na­turalidad.

El sol está declinando en el ocaso y con sus débiles rayos ilumina las cumbres y las copas de los árboles; al­gunas de las brillantes emanaciones del astro se deslizan por entre las hojas y los troncos para dorar aquí y allí algunos de los objetos que están al pie de las colinas. El hogar ha sido encendido en una linda explanada, al pie de algunos árboles, y el humo que se desprende de la combustión se eleva en grupos que, suavemente agitados por el ambiente de la tarde, varían de formas, se disipan, se extienden a la manera de las nieblas y cubren los ob­jetos de un color a veces azulado, a veces blanquecino. Algunos grupos más felices han logrado elevarse hasta cubrir el disco del sol, y éste como enojado de semejante audacia les lanza sus amortecidos rayos; pero el humo, ene­migo a quien no pueden vencer aquellas armas, los ab­sorbe, los descompone y los convierte en escarlata, se­mejándose así a los magos del Egipto que convertían las vacas en serpientes. Sin embargo, algunos rayos se desli­zan a pesar de aquella magia, y atravesando grupos que empiezan apenas a elevarse, llegan en forma de dardos hasta el mismo pie de los árboles.

La caridad no fue olvidada, y allí en medio de la or­gía, en medio de los cantos de Baco y los delirios de to­das las pasiones, la Providencia aparece alargando su benéfica mano al desvalido. Un torrente de aguas cris­talinas y espumantes atraviesa bullicioso por aquellos lu­gares; ya corre gran trecho estrechado y silencioso, ya desciende con ruido por las pequeñas cascadas que las rocas le han formado, ya se extiende lento y sosegado, para lanzarse de nuevo en mil tortuosidades. Pues allí, a la orilla de ese torrente, se ve un anciano solo, desam­parado, desnudo; sus únicos compañeros son los árboles, las piedras y los brutos de las selvas, seres mudos para él, que no pueden aliviarlo en sus miserias, ni consolarlo en su dolor. ¡Qué contraste!, en la una margen del to­rrente, el mantel extendido sobre las yerbas, el hogar encendido y humeante, los apetitosos platos circulando, los vinos ostentando la variedad de sus colores, la ale­gría estallando en repetidas carcajadas, la dicha en fin, derramándose en las danzas y en los cantos; mientras que, en la otra margen, el hambre, la desnudez y todas las miserias de la vida, representadas en un anciano tré­mulo, aterido de frío, están conmoviendo el corazón. Así es la vida: ¡los espléndidos goces al lado de esa miseria que desgarra el alma...! ¡La estrepitosa alegría rozán­dose con el abatimiento del dolor... ! Pero en medio de estas dos voluntades del Eterno, se ve flotar casi siempre el cándido ropaje de la caridad, de esa virtud por exce­lencia, de esa virtud, la más querida del Señor y la más desconocida de los hombres. Torres ha pintado en su cuadro uno de los rasgos más característicos del mundo moral: ha pintado las dichas al lado de las miserias. El viejo detenido por el torrente, ve desde lejos cómo sacian su apetito los que están sentados a la mesa; es imposible pasar; pero de entre la alegre multitud sale una mujer llevando abundante provisión para el hambriento anciano, y se la ve atravesando las aguas del torrente. El infeliz, impaciente de la tardanza de la mujer, alarga su brazo derecho para alcanzar el plato que aún tarda en acercár­sele, manifestando en todo su semblante la vehemencia del deseo.

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