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EL DESIERTO DE LA
CANDELARIA
Por Felipe Pérez
El sol hería nuestras cabezas perpendicularmente, y reverberaba
en torno hasta fastidiarnos. Nosotros descendíamos por el espinazo
de una de las muchas colinas, pedregosas y áridas, que forman el
pequeño valle en donde está edificado el convento de la Candelaria,
conocido con el nombre del Desierto. Habíamos andado cuatro
horas por un país desolado, lleno de quiebras, pobre, y en el cual
sólo habíamos visto una que otra cabaña, triste como la suerte de
sus dueños, y alzada sobre una cumbre o escondida tras el talud de
una altura. Unas cuantas espigas de trigo fuera de sazón, dos o
tres surcos de papas y un escaso rebaño, servían de adorno a
aquellas habitaciones al parecer abandonadas.
Sin saber por qué, comparábamos aquella escena a los horizontes
de la Arabia Pétrea; y cada bulto fugitivo que descubríamos en los
lejanos senderos, nos parecía ser el cuerpo de un beduino que
fatigaba su caballo en aquellas asperezas sin término. Empero, la
verdad era que por allí no había alquiceles, ni turbantes pintados,
ni bridones espumosos, sino asnos pachorrudos y mujeres vestidas
de azul.
No soplaban las brisas de ningún lado; las aves no alegraban
con su presencia ni con sus cantos esos sitios muertos, en donde a
larguísimos trechos retozaban algunas cabras lustrosas,
pastoreadas por niños harapientos y sucios. En cambio el cielo se
ostentaba magnífico, revestido de un turquí brillante y con una
inmensidad de senos grandiosa.
Nuestro anhelo crecía por momentos, nuestra mente se halagaba
con la esperanza de ver el ansiado edificio detrás de cada
eminencia que se nos presentaba delante. Nada dispone tanto el
espíritu para las grandes impresiones como los lugares unidos a
las tradiciones religiosas; pues cada piedra, cada gruta, cada
árbol o torrente, nos parece que encierra algún misterio, y su área
se presenta a nuestra imaginación con los sagrados detalles de un
panorama santo. Nosotros íbamos a, visitar la casa, ya abandonada,
de unos hombres que se habían consagrado al silencio y a la
oración, lejos de todo trato humano, y de los cuales no quedaban ya
más que los huesos mezclados con las sobras de la arcilla con que
habían levantado un templo a la religión. Sabíamos que esos
hombres no saldrían a recibirnos a la puerta de su morada en el
desierto; que no oiríamos sus cantos ni recibiríamos sus
bendiciones, porque ellos no eran ya sino polvo, pero estábamos
llenos de su memoria; y esperábamos recibir junto a las cruces de
sus sepulcros la acogida celestial que dispensa la fe. Toda tumba
es un altar; y las tumbas de los hombres muertos en la vida
contemplativa; de aquellos seres excepcionales que han pasado la
fuerza de sus años junto a una calavera, un libro y un cilicio,
llenos del amor a Dios, sin otro ruido importuno que el de la
agitación de los follajes, el bramar de las aguas despeñadas, o el
canto de los pájaros a la tarde que expira en los brazos hermosos
de una noche ecuatorial; la tumba de esos hombres, repetimos,
tumba de maronita entre los cedros del Líbano, de nestoriano sobre
las márgenes del Tigris, de misionero entre las breñas de los
Andes, tiene algo de más sobre las otras tumbas, pues parece unir
las dos santidades posibles: ¡la del cielo y la de la tierra!
Contra la costumbre española, el templo de la Candelaria está
edificado, no sobre una eminencia, a estilo de torreón, sino en el
seno de un valle angosto, risueño, con un río que lo ciñe como una
cinta, y con sotos magníficos, cuyas sombras se extienden sobre el
césped de un verde igual, brillante y blando.
No había allí el palacio de un grande, ni el templo de un
monstruo: lo que había, lo que hay es una casa de oración dominando
el paisaje, como la cruz de su cúpula domina y extiende sus brazos
de paz a toda la dichosa comarca. La puerta de esa casa no está
nunca cerrada; y por ella caben lo grandes y los pequeños, por ser
la casa de la verdadera igualdad. Para entrar a ella no se
requieren vestiduras de grana u oro, perfumes ni joyas: no, todo el
que tenga esperanza puede pasar adelante; y si su corazón
está puro, habrá un ángel más en la casa de Dios; si no lo está, se
purificará y volverá a la vida regenerado por la oración.
Parados delante de la alta y maciza cruz de piedra que, bajo el
ramaje de los naranjos en flor, entre los poma-rosas y los granados
del patio principal del convento, parece elevarse a las nubes y
servir, cual otra escala de Jacob, de vía entre el cielo y la
tierra; en medio del silencio que nos rodeaba, respirando un
ambiente exquisito, iluminados por el sol de un bello día, nuestra
alma sensible a todas las grandes impresiones, pensaba en todo lo
que dice a la humanidad desde hace 2.000 años, ese símbolo, antes
de muerte y oprobio, y hoy de vida y gloria; terrible bajo las
fases de los Césares, sereno bajo el báculo de los pontífices;
¡ayer salpicado con la sangre de las víctimas, hoy cubierto con el
lino del gran sudario del Dios-Redentor! ¿Qué universo puede haber
más vasto ni más fecundo, más bello que el que se encierra en este
nombre tan conocido y misterioso: Jesucristo? Maestro,
profeta, institutor, es el verdadero creador del mundo moral, como
su Padre lo había sido del mundo físico. El puso a la humanidad
extraviada en el camino de la bienaventuranza en ambas vidas; y nos
enseñó a morir para merecer el premio de la resurrección.
Filósofo, la moral de Sócrates es apenas una débil intuición
de su doctrina: legislador, nada son ante él Minos y
Licurgo; apóstol, su paso es una huella de perenne luz;
rey, cabalgó en una pollina, y su cetro fue la palma de la
paz y de los amigos; poderoso, fue mensajero y no
dueño;súbdito, se postró delante del pretorio;
doctrinario, separó los intereses del César de los del
cielo; creyente, enseñó a los hombres la sublime oración del
Pater noster; salvador, sublimó sus enseñanzas con su
muerte.. . ¡Dios, volvió al seno de la eternidad, de donde había
venido! ¿Cómo pues, no reverenciarlo? En él todas las situaciones
son magníficas y todos los caracteres completos. Niño, su vida es
una sonrisa inmaculada; mancebo, fue el pastor dulce que
dejó el rebaño íntegro por buscar la oveja perdida; hombre,
las pasiones no alcanzaron hasta él; sacerdote, es el
celebrador de la última pascua, y el repartidor del pan bendito
entre amigos y enemigos; mártir, hizo del Gólgota la
estupenda escena de los siglos.
Su palabra fue siempre un bálsamo para el dolor y una luz para
el entendimiento.
Mil ochocientos años hace ya que Jesús abandonó la tierra, y de
entonces acá, más de cuatrocientos millones de hombres están
postrados al pie de la cruz; ¡y todos los días vienen a ella, como
las aves necesitadas a la era opulenta, los pueblos de todas las
latitudes del globo! ¡Tal es el poder maravilloso de la verdad!
Todas estas y otras ideas ponía en movimiento en nuestra cabeza
la elegante cruz de aquel convento, que visitábamos por segunda
vez, atraídos por la amenidad dei sitio. La cruz era a nuestros
ojos más grande que toda aquella fábrica, pues constituía el
todo, mientras que el edificio no era más que un incidente
en el gran poema, en el poema universal.
Paseando por aquellos claustros solitarios, deteniéndonos en
sus graderías de piedra, perturbando en las celdas abandonadas el
sosiego de los murciélagos, recorriendo sus jardines enmalezados y
sus huertos destruídos, hincándonos bajo el arco estupendo de su
iglesia, contemplando el retrato del fundador del convento (obra
de pobre pincel), muerto a la edad de 105 años, pensamos en esas
gentes de otros tiempos dadas a la vida de la oración, capaces de
fundar o de habitar por toda su vida aquellos santuarios
melancólicos... y recordamos el siguiente pasaje del vizconde de
Chateaubriand: «El profeta Elías, huyendo de la corrupción de
Israel, se retiró a lo largo del Jordán, en donde con algunos
discípulos se mantenía con yerbas y raíces... nos parece bastante
maravilloso este orígen de las órdenes religiosas. Desde Elías
desciende la vida monástica a Eliseo por herencia admirable, y a
los provetas y San Juan Bautista, hasta Jesucristo, quien huyendo
frecuentemente del mundo, iba a hacer oración sobre las montañas.
Los terapeutas, alcanzando muy poco tiempo después la perfección en
el retiro, dieron cerca del lago de Moeris, en Egipto, los primeros
modelos de los monasterios cristianos. En fin, bajo San Pablo, San
Antonio y San Pacomio, aparecieron aquellos famosos solitarios de
la Tebaida que llenaron el Carmelo y el Líbano con todos los
ejemplares de la penitencia. Levantóse una voz de gloria y de
admiración en las más espantosas soledades; mezclábanse músicas
divinas con el ruido de las cascadas y de las corrientes; los
Serafines visitaban al ermitaño de la caverna, donde arrobaban su
alma resplandeciente sobre las nubes; los leones les servían de
mensajeros, y los cuervos les llevaban el celestial maná». Vinieron
después los trapistas, sublimadores del sistema; los
cartujos, los misioneros, intrépidos peregrinos de la
fe en las selvas americanas y entre los bárbaros del Africa; y los
frailes guerreros, heroicos, batalladores en Malta y Jerusalén.
El sol empezó a declinar en el horizonte, el valle se apagó un
tanto, el río dominó con su voz todos los ruidos de la tarde;
volvimos, pues a tomar nuestras cabalgaduras, montamos, dijimos
adiós al convento, y cogiendo el amarilloso sendero que habíamos
traído, pronto no quedó nada a nuestras espaldas. Varias veces
volvimos atrás los ojos y no vimos sino un hacinamiento de cerros
desnudos. Así pasa todo en la vida; así había pasado también el
convento, construído en 1611 y guardado hoy por un sacerdote que en
vez del severo ropaje talar y del fajón de cuero, lleva una ruana
parda, un sombrero suaza y unos botines de soche.
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