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IV Don Luis se fue derecho a su casa, y estaba tan confundido, que él mismo no se podía dar razón de lo que por él había pasado; tan repentino había sido el tránsito de la esperanza al temor, del temor a la dicha, y de la dicha otra vez a ser sumergido en más grandes temores y mayores desconfianzas todavía. No podía comprender el temple del alma de Clara Rosa; aquella sublime elevación de sentimientos lo confundía; lo mismo que su ternura le quemaba el corazón. ¿Lo amaba en efecto? No podía decirse que sí; porque ¿cómo le hubiera mandado que no la volviera a ver? ¿Lo aborrecía? No: porque entonces no hubiera desaprobado su resolución de volver a Europa; no hubiera permitido las licencias que el Oidor se había tomado; no se hubiera arrasado en llanto, como lo hizo a sus ojos. Aquel llanto quemaba su corazón; aquella memoria de tan dulce enajenamiento lo sacaba de sí; pero el recuerdo de sus palabras; aquel «arrepintámonos de nuestro delirio y no olvidemos nuestra presente situación», lo ponían como colgado entre el cielo y la tierra, sin saber a qué resolverse, sin acertar a tomar un camino. La imagen de su amada era una pintura eterna clavada en su pensamiento, y su voz era una melodía que sonaba continuamente en sus oídos. Don Salvador más tranquilo por su parte, aunque satisfecho de la conducta de su esposa, temía que no siempre hubiera bastantes fuerzas en aquel corazón, que tan débil al par de tan magnánimo se había manifestado. Resolvió, para quitar las ocasiones, tremendas por las circunstancias personales del Oidor, vender por mayor prontamente sus efectos de comercio, y trasladarse con Clara Rosa a una hacienda que compraría en una provincia lejana, para cortar así todo medio de verse comprometido a perderse o a perderla. Por otra parte, los celos no lo dejaban de martirizar, siendo en aquella edad el más despiadado suplicio. Comunicó su pensamiento a Clara Rosa una noche, mientras tomaban chocolate en un corredor interior que caía a un jardín. -Apruebo muchísimo la resolución de usted, contestó ella, y sólo le suplico que la verifique cuanto antes. Fue tan extremado el gozo que esta condescendencia causó al viejo, que le prodigó las más tiernas caricias. Ya casi estaban realizados todos los negocios; los vinos y los demás efectos, tratados con otro mercader, y no faltaba sino vender la casa, para lo que había quedado de verse por la noche con el que la quería comprar. Hacía un tiempo delicioso; los vientos estaban enteramente dormidos; la luna salía por el Boquerón, llena y sin nubes, en un fondo de azul turquí transparente y agradable, iluminando las torres y techados con una suave luz de perla. Clara Rosa tocaba el arpa, y don Salvador arreglaba unos papeles sobre un canapé junto a ella. Por ratos hablaban de lo que era necesario para el viaje; él apuntaba algunas cosas en un papel, y ponía muchas que sólo eran de ornato, más bien que de utilidad, para Clara Rosa. El reflejo de la luna entraba por la puerta de la sala, y de afuera venían los perfumes de unos rosales que estaban en el patio. De repente Clara Rosa, deshecha en lágrimas, se botó a los brazos de don Salvador sollozando. -¿Qué tienes, hija mía?, le dijo él, recibiéndola amorosamente; pero los suspiros no la dejaban responder. ¿Estas enferma? -No, señor. -¿Estás contenta?, ¿qué tienes?, si no quieres, no nos iremos. -Contenta, respondió, sí; pero yo no sé lo que tengo; yo lo quiero a usted, y no permita el cielo que yo vuelva jamás a faltar a usted en nada. Pero ahora súbitamente... he tenido... he pensado... un pensamiento... no sé qué... que usted se ha de morir pronto. ¿Qué será de mí ¡infeliz!, cuando usted falte? -¡Oh!, cuando yo falte, hija mía, ahí tienes un padre en el cielo que no te abandonará: confía en él, hija querida, y no te aflijas más. Con estas palabras logró enjugar sus lágrimas, que después ¡ay!, no se debían estancar jamás. Don Salvador salió después a una casa cerca de La Capuchina, donde vivía el sujeto con quien debía arreglar el trato, y se mantuvo allí hasta la noche. Todo este tiempo lo había pasado el Oidor en la más extraordinaria inquietud. Solo, andando apresuradamente de la Catedral a Las Nieves, diez veces había pasado por debajo de las ventanas de Clara Rosa. Ni un acento, ni el ruido de un ratón se percibía en aquellos barrios desiertos. De cuando en cuando se oía el silbido de los soñolientos serenos, que advertían estar vigilantes contra los ataques nocturnos. Una vez, sin embargo, llegó a oír los ecos del arpa de Clara Rosa, acento que conmovió hasta la última fibra de su agitado corazón. Hay momentos en que el hombre se siente como abandonado del todo a su destino, y en los que, olvidados Dios, honor y patria, se puede lanzar en los mayores crímenes. Entonces puede entrar en una conspiración, asesinar a un viajero, profanar un templo. Roguemos a Dios que nos preserve de horas como ésta, para no caer en tales abismos. Había subido de punto la exaltación de los sentimientos del Oidor, de suerte que en ninguna otra cosa pensaba sino en Clara Rosa: el rayo de la luna le parecía pintar aéreamente sus facciones; creía oír su voz en el viento; el viento le traía el ruido de sus pasos: Clara Rosa, en una palabra, era el aspecto inocente y hermoso de que se valió el ángel tentador para perderle. Sintió luego venir a don Salvador para su casa, y entonces sí que se avivaron sus dolores. Contemplaba la felicidad de que aquel iba a disfrutar, felicidad que para él estaba absolutamente vedada, y su corazón se encendió en cólera como un volcán. Se hizo casualmente encontradizo, y aquel no pudo menos que saludarlo, invocando a la Virgen, porque se acordó de los presentimientos de Clara Rosa. A la vislumbre de la luna notó que el Oidor sacaba un puñal, cuyo reflejo le dio en la cara. Haciendo una exclamación, echó a correr por la calle del Arco; pero al llegar a aquel sitio fatal, sus fuerzas lo abandonaron. Ciego, frenético iba el asesino, y no veía ni oía nada; lo alcanza, le clava el puñal y se arrepiente. ¡Oh!, ¡tardío arrepentimiento! Don Salvador invoca a Dios, y se aferra de su agresor con la agonía de la muerte; lo aprieta fuertemente, y lo oprime por demás. El Oidor no sabe donde está, trata de separarlo y no puede, hace un esfuerzo y el cuerpo cae; cae revolcándose entre plumas de sangre con una convulsión horrible. El rayo de la luna alumbra un cadáver en el suelo, y un hombre, todo él manchado de sangre, en pie, y más inmóvil que el muerto. Cuando la fiebre ataca nuestra cabeza, nos parece que estamos deseando huír de algún peligro, y no podemos, o no sabemos que haya peligro donde ya casi divisamos la muerte: así el Oidor estaba fuera de sí, sin saber lo que había hecho, ni lo que debía hacer. Maquinalmente tentando, busca el puñal con una confusa idea de que allí estaba, y tal vez, aunque ha tocado muchas veces aquella arma fatal, no sabe lo que ha tentado. Esto no sirve más que para acabarlo de manchar de sangre. Por fin se apoya contra la pared debajo del arco fúnebre, se cubre la frente con ambas manos, apretándose la cabeza como para traer el pensamiento que se le escapa, y se mantiene así por largo rato. Cualquiera que hubiese visto tal escena, hubiera creído que era un amigo o un deudo que estaba llorando por la pérdida de su amigo; porque tal nos suelen pintar la imagen de la humanidad doliente. Por fin, el frío de la noche refrescó su frente, y como saliendo de un sueño se le presentó de repente toda la enormidad de su crimen con sus tremendas circunstancias, y exclamó huyendo: ¡yo he muerto a un hombre! Cubierto de sangre, sin sombrero, golpeó en su casa a las doce de la noche. Simón dormía cuando entró el Oidor, y lo llamó apresuradamente: «¡Simón! ¡Simón!, ¡mírame cómo estoy!, ¡yo he matado a un hombre!» Simón se levantó perezosamente refregándose los ojos, sin comprender nada de lo que su amo decía. -¿Qué tiene usted, señor?, fue su pregunta. -¡Mírame cómo estoy, Simón (le dijo tomando la lámpara para alumbrarse el cuerpo): ¿ves esta sangre?, ¡mira!, ¡pecho, brazos, manos, vestido! ¡Yo he matado a un hombre! Simón invocó a Santa Bárbara, lanzó un alarido lastimosísimo y se revolcó en su cama con muestras de desesperación. -¿Qué ha sido esto, señor?, decía sollozando, ¿por qué? -¡Calla, Simón!, respondió el Oidor. Peligroso hubiera sido hablar, porque en aquella hora reinaba el príncipe de las tinieblas. Clara Rosa, viendo que era tarde, y que don Salvador no llegaba, empezó a angustiarse. Dieron las doce en San Francisco, y entonces, ya no dudó de su desgracia. ¿Qué hacer?, ¿irlo a buscar?, ¿pero dónde?, ¿era posible que en aquella casa hubiera permanecido tanto tiempo?, ¿cómo podía ella ir, sola o con Cecilia? En la mayor aflicción se pasó aquella noche eterna; sus ojos no tenían ya lágrimas, y el sueño vino por fin a la madrugada a suavizar sus penas. ¡Pero que sueños tan tristes! La muerte representada bajo todos sus aspectos, el veneno, el puñal, el cordel... se ofrecía a sus ojos; todo lo temía por su esposo, porque los presentimientos de su corazón no eran menos verdaderos. ¿Era ella culpable realmente? Si un momento de debilidad, al que supo oponer diques prontamente; si una tentación tan fuerte por la edad del seductor, su rango, su elocuencia, su mismo amor frenético que se comunicaba como la luz; si tantas cosas guerreando contra un corazón débil e indefenso son culpas, Clara Rosa no estaba inocente. Ella se acusaba de la muerte de su esposo; pero ¿sabía ella que don Luis era su matador?, ¿sabía tampoco que había muerto?
Ruego a mis lectores que examinen su corazón calladamente y me respondan si sus movimientos engañan; y si los sueños no son tal vez avisos de Dios. ¿Cuál será su suerte cuando por la mañana sepa toda la enormidad de su desventura, cuando abrace aquel cuerpo desangrado, y agote la fuente de sus lágrimas por una pérdida sin remedio? Tal fue su desgracia; la supo: este inmenso dolor marchitó su hermosura, y como una paloma perseguida por la tempestad se refugia al hueco de una torre solitaria, ella se acogió al monasterio de Santa Clara, para llorar al pie de los altares del Señor su culpa involuntaria. V Difícil sería describir los sentimientos que agitaban al orgulloso Oidor don Luis, después que por su pasión había descendido a la clase de los criminales. Sus primeras ideas fueron matarse; pero Simón, llorando, le quitó las armas; luego pensó en huír; y por fin, sin resolverse a nada, se propuso dejarse llevar del río de la desgracia hasta tener el fin que la suerte decretara. Simón, sin embargo, se opuso a tal determinación, y abogó tan valientemente por la fuga, que su amo cedió a todo lo que aquel quisiera disponer. Indiferente cosa le era ya vivir o morir, después de que se veía tan degradado por su crimen, cuyo remordimiento, como un barreno puesto al corazón, no lo dejaba respirar. A las seis de la mañana ya se sabía en todas partes la muerte del honrado chapetón, y la gente formaba mil novelas, perdiéndose en el vasto campo de las conjeturas. Quién afirmaba que habían sido ladrones; quién, que unos extranjeros que le debían gruesas cantidades; pero ninguno daba en el hilo preciso de las causas, ni con la persona del reo. El alcalde de oficio empezó el sumario, con el reconocimiento del cadáver hecho por dos médicos y un cirujano, que afirmaron bajo juramento, que la herida única del cadáver había sido hecha con el puñal que se encontró allí junto, y que tenía cuatro pulgadas cinco líneas de largo sobre siete pulgadas de profundidad, y que era la que había causado la muerte. Raro conocimiento ciertamente si lo hubieran encontrado sin herida alguna, y hubieran dado en el hilo de la causa, ¡vaya! Entre la boca le hallaron un dedo, que era el que faltaba a don Luis, y que éste no echó de menos hasta que estuvo en sí. El puñal tenía estas letras D. L. C. M., iniciales del nombre del Oidor; y el sombrero, que fue depositado junto con el arma, daba mucho en qué entender a las gentes. Algunos murmuraban en voz baja el nombre del asesino; pero como sucede siempre que el criminal es un poderoso, no se atrevían a decirlo. Descubierto, como estaba, no había recurso para el Oidor sino la huída. A las nueve de la noche montó en un buen caballo, acompañado de Simón, que quiso no separarse jamás de él. En una faja llevaba las onzas, y salieron con la oscuridad de la noche, tomando el camino de Cáqueza, para ir a los Llanos, de allí a Guayana, y de Guayana a donde lo dispusiera la suerte. VI Según todas las presunciones, don Luis Cortés de Mesa era el asesino de don Salvador. La justicia quiso prenderlo, pero ya él no parecía en la ciudad. Enviáronse requisitorias a todos los corregidores de los pueblos, y no dilató mucho en ser aprehendido el reo. Había pasado ya la cabuya de Cáqueza cuando fue sorprendido por un piquete de granaderos, a quien se dio aviso por uno que los vio pasar, y que sabiendo la muerte había oído el nombre del autor. Entonces no dormía tanto la policía como ahora; ahora que parece haber tomado gruesa cantidad de opio y no entreabre más que un ojo para mirar la parte opuesta a la en que se cometen los atentados. Lá tarde estaba sumamente despejada; eran los primeros días de abril, y el invierno anterior había cubierto de agua la Sabana: desde la parte oriental de la ciudad se descubría el más hermoso espectáculo; los montes lejanos, azules, coronados de nieve; el llano enteramente verde, y al fin de él un espejo de aguas que, heridas por el sol, reflejaban a los ojos con una luz deslumbradora. Nubes más y más encarnadas, como la púrpura y el oro mezclados, vagaban en un campo azul turquí transparente. A esta hora entraba la escolta que conducía al Oidor, por la parte que es hoy las Cruces nuevas, entonces la más deshabitada de la ciudad, a pasar por la Calle de la Carrera. El populacho, que se había reunido a la novedad, cuajaba las calles; por una parte la novelería, natural en las poblaciones en que se carece de espectáculos; y por otra, que el hecho atroz, la persona eminente del matador, y la del muerto, generalmente amado por la bondad de su corazón y por sus relaciones de amistad, habían atraído un gentío inmenso. Doce soldados y un cabo iban escoltando a don Luis y a Simón, que marchaban a caballo, uno en pos de otro y en mitad de la tropa. El Oidor iba agachado, sumamente pensativo, envuelto en una capa larga y con el sombrero calado hasta las orejas. Simón, con ruana y sombrero de paja, venía llorando a trapo tendido. Daba lástima ciertamente ver a este pobre viejo, encorvado sobre su silla y sollozando en silencio. El redoble del tambor se oia de cuando en cuando, alternando con el murmullo del pueblo y las pisadas acompasadas de los caballos. Hizo alto la escolta en la esquina de San Bartolomé, para esperar la orden de los oidores de la prisión del compañero. Durante esta breve suspensión, don Luis padeció más que si hubiera sufrido el suplicio. Todos hablaban de él; pero él no entendía casi en qué sentido. Un ganapán conversaba con un soldado y le dijo: « ¡vea!, ¿conque este es el Oidor?, está bien acobardado». «Pues cierto que no estaba así, respondió otro, la noche en que mató al caritativo don Salvador». «¡Pobre mi señora Clara!», añadió otra voz que se perdió en el concurso. El Oidor giró la vista a todos lados: hasta entonces se había sentido rabioso, avergonzado, lleno de remordimientos; pero no conmovido; sus entrañas se hablandaron con aquel nombre, y se tapó la cara con la capa para ocultar las lágrimas que se le escapaban. Entonces sonó el tambor haciendo punto, cuando llegaron a la cárcel. Dividieron a Simón de don Luis, y les pusieron centinelas de vista. ¡Cuánto ha variado tu situación, infeliz, en tan corto tiempo! Quince días hará que a esta hora ibas al convite, alegre, sin delito, amado y respetado por todos. ¡Hoy, sumido en un calabozo, el último rayo de esos que penetran por la reja, te anuncia que empiezas una noche bajo el hacha de la ley, culpado de un crimen, igual a esos, cuyos gritos y blasfemias oyes afuera! El presidente de la audiencia dio orden por la mañana de que lo pasaran a un cuarto más cómodo, y que lo trataran con todas las consideraciones que se merecía su rango, sin evitar la vigilancia que era indispensable. Muchos días y aun noches se pasaron así. El proceso aumentaba rápidamente. Simón había sido puesto en libertad, pues de las declaraciones aparecía sin culpa. El solicitó de la audiencia la gracia de acompañar a su amo, y le fue, concedida. En aquella prisión ningún consuelo se ofrecía al Oidor. Tenía algunos libros; pero cuando estaba más distraído, venían de golpe a derretirle el corazón los pensamientos más funestos; tocaba la guitarra y cantaba; sus cantos, aun expresando las notas del placer, dejaban oir las de un dolor amarguísimo. ¡Cosa funesta! Verse arrastrado por la fuerza del destino a la clase de los criminales; ¡y él, que se había elevado a la descollante fila de los hombres instruídos, y de los hombres buenos y magnánimos! Algunos amigos lo visitaban, y con su conversación, olvidando sus penas, se creía por momentos en su casa y en su antigua libertad. La consideración de su presente estado lo volvía a sumergir en el caos de sus tribulaciones. El presidente de la audiencia se interesaba, sobre todo, altamente en su suerte. Habíalo conocido joven en Sevilla, y luego su amistad, tomando nuevas fuerzas con el continuo trato en el tribunal, se había robustecido a par de la de dos hermanos. El genial buen humor del Oidor desventurado, sus selectos conocimientos, su gracia acostumbrada, y más que todo aquel temple de genio, aquel buen humor que daba a todas las cosas un aspecto risueño, encantaban al licenciado Juan Rodríguez de Mora, Oidor más antiguo de Panamá, de donde fue mudado a la Audiencia de Santafé. La noche misma de la prisión del Oidor, había ido a visitarlo; lo encontró tendido sobre una humilde camilla; a la otra esquina del calabozo relampagueaba el mecho de un candil de garabato; el centinela recostado sobre su carabina, cerraba los ojos en la puerta. La casi total oscuridad, la consideración de ser un amigo de tan altas prendas el prisionero, conmovieron sumamente el corazón del presidente. Lo llamó, pero el Oidor estaba dormido; y no queriendo turbar aquel sueño, se sentó sobre el banco de un cepo, esperando a que despertase. ¡Qué profundas meditaciones no despertaba aquella tremenda escena! Una hora larga se mantuvo allí, hasta que el Oidor, como en una terrible agonía, se removió entre el jergón, pronunciando confusamente el nombre de Clara Rosa. Para sacarlo de aquel penoso estado, el presidente se levantó y lo sacudió llamándolo. -¿Quién es, gritó el Oidor, el que interrumpe el sueño del preso? -Soy yo, Luis, le dijo aquél; un amigo que viene a ver a su amigo. El Oidor se incorporó lentamente, se refregó los ojos, y se mantuvo así un instante, mientras que lo reconoció. No bien hubo recobrado sus ideas, se bota a sus brazos y comienza a sollozar. El presidente hizo una señal al centinela, quien dando un golpe con el fusil en el suelo, lo terció al hombro y se fue. -¡Y bien! Luis, le dijo el anciano, luego que pudo recobrar la voz; vengo a verte, a saber tu desgracia, a consolarte, a salvarte si es posible. -¡Salvarme!, respondió el Oidor; mire vuesamerced, amigo, ve estas tinieblas... esta sala... esta... y comenzó a llorar de nuevo. Al fin, después de un rato, dijo: no seamos tan débiles, manifestémonos magnánimos y fuertes; no lloremos. Se sentó con el presidente, diciendo así, sobre el banco, y le contó por menor la historia de su desgracia. Cuando hubo acabado le dijo: -¿Y Clara Rosa? El presidente le respondió: -Está en un convento. -¡Oh!, ¡si pudiera yo, exclamó aquel, llorar como ella, con todo mi corazón por la enormidad de mi crimen; como ella, virtuosa y sin culpa, a quien yo he sumido en un mar de tribulaciones! Pero no: otro destino me aguarda... Calló con esto, y el presidente siguió: -Dios es grande, él es padre de la misericordia. Y se salió, despedazado el corazón por todos los más agudos pesares. VII El proceso había caminado rápidamente; hacía cinco meses desde la prisión del Oidor, y estaba ya en estado de sentencia. Al otro día iba a hacerse la relación de los autos, y el presidente entró al cuarto de don Luis. -No me han admitido la excusa de fallar en tu causa, dijo, apretando la mano del preso. ¡Dios quiera recibir este sacrificio en descuento de mis pecados! Era este hombre un viejo de hasta sesenta años, robusto y colorado, de un mirar apacible, de genio bondadoso, y la rectitud personificada: su cabeza estaba blanca por los años, y daba esto a su figura mucha animación y majestad; su andar garboso, y cierto desenfado de expresión que le era peculiar, lo hacían sobremanera respetable. Se hubiera creído ver el busto de Platón, considerando su cara, en el cuerpo de un atleta, al ver el suyo. -¡Mejor!, dijo don Luis, tendremos un buen voto en la causa; quiero decir, añadió al momento, un voto justo. -No hablemos de eso, respondió el presidente; aquí no soy juez, soy un amigo; ¿qué desea usted, pues? -Yo, respondió el reo, desear... ¡ah!, ¡sí!, que venga usted mañana a almozar conmigo, trayéndome a Gil Pérez, que hace tanto tiempo que no lo veo. -Concedido, dijo el presidente. Y después de un rato de conversación se salió. A la hora convenida vinieron a tomar aquel desayuno que podía ser de los últimos. Gil Pérez, era un criollo muy amigo del Oidor, que no había estado en la cárcel sino una vez desde la prisión de éste. Simón había levantado una mesa perfectamente cubierta. Se sentaron el presidente, el Oidor y Gil Pérez. Don Luis instaba porfiadamente a Simón porque tomase asiento; pero éste se resistía con todas sus fuerzas. -Pues no hay remedio, mi buen Simón, no hay remedio, o usted se sienta, o esto es concluído. Contra su voluntad obedeció, y comenzóse el almuerzo. -Y bien, Gil Pérez, dijo el Oidor: tú pareces ave de primavera, que cuando se acercan las tempestades, huyes de las casas de los amigos. -Más bien di, respondió él, que soy como el árbol, que siento hasta la muerte las heridas que se hacen a mi tronco. -Sí, interrumpió el presidente, don Gil te ama y ha sentido... pero debemos consagrar estos momentos a la tranquilidad; suplico a vuesasmercedes que no hablemos de cosas tristes. -Bien, bien, reine la alegría, dijo el Oidor, en el momento de la tristeza. ¿Cómo está tu mujer, Gil? -Acaba de darme otro renuevo, don Luis, más lindo que Maruja. -No, donde está Maruja, no es posible, ¿y se ha acordado de mí? Algún tiempo hace que no la veo; estará ya muy grande, ¿no es esto? -Sí, crece como la espuma; ¡pero es tanto trabajo criar muchachos! -Es como criar pajarillos, observó el presidente, dicen que dan mil disgustos; ¡ya!... pero será tanto contento... -¿Y Paquilla?, preguntó el Oidor. -Paquilla está ya más grande que Emilia, pero descolorida como la nieve; muy gorda y llenándose de habilidades. -Es mucha chica aquella, añadió el Oidor. ¿No la conoce usted, don Juan?, es prima de Gil; muy linda y muy mona, mucho. -Es que se te pone. -No, tan graciosa, tan festiva, tan buena amiga... parece que he dicho su elogio. -¿Y Manuelito? -Estudiando su cachifa con su maleta al hombro, y marchando siempre al son del ram, plam, plam, ram. -Mucho lo he querido; brindemos por todos, dijo el Oidor; porque las muchachas de mis amigos sean felices, porque sus hijos no tengan un fin como el mío. -Sí, dijo el presidente interrumpiéndole, porque todos sean felices; pero no vuelva usted a hablar de eso. ¿Conque no ha de haber sino dale y siempre al cuento triste? -Bebamos por la impasibilidad del buen juez, por el rey, por Simón, concluyó el Oidor. Simón estaba sirviendo, y al poner un plato o quitar otro se levantaba para no estar sentado con su amo. Oyendo el brindis, agachó la cabeza y dio las gracias. -Brinda, le dijo don Luis, alargándole una copa. -¡Por la paz y concordia de la Iglesia y de los príncipes cristianos, dijo él, y por la libertad de vuesamerced! Las primeras palabras causaron risa, las segundas la atajaron súbitamente. Las nueve, que sonaron en aquel punto, llamaban al presidente a la audiencia, y excitaban mil cálculos sobre la resolución de aquel. Se despidieron el presidente y Gil Pérez, aquel para ir al tribunal, éste para morirse casi de angustia con la escena anterior, y con la perspectiva ominosa que se presentaba a su mente. -¿Me prometerás volver?, le dijo don Luis al despedirse. -Sí, aunque se me arranque el corazón; y se salió. |

