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EL LAZARINORELACION HISTORICA Por José de la Cruz Restrepo
En una de las poblaciones de Antioquia había un elefanciaco de no humilde sangre, pero sí de una pobreza y desamparo sumos. Mientras que la enfermedad recorría sus primeros períodos, el enfermo pasaba sus penosos días y horribles noches en hogares ajenos, pero hospitalarios. Cuando los síntomas del último período comenzaron a manifestarse, la sociedad comenzó también a evitar todo contacto con el enfermo. Si este infeliz hasta entonces había extinguido en sus ojos los raudales de la amargura, al verse rechazado por la sociedad, sus lágrimas eran ya de sangre. La idea de la soledad es espantosa, especialmente para morir. La felicidad es imposible en el aislamiento. El Ser Eterno no fue solo antes de la creación, porque en la unidad del Ser estaba la Trinidad de las personas. Cuando nuestro pobre enfermo comprendió que sus últimos dolorosos días tendría que pasarlos abrazado de la soledad, sintió que su razón quería también alejarse de él. El fantasma infernal del suicidio se presentó sonriendo a su trastornada imaginación, y le mostró en el sepulcro los engañosos umbrales del perpetuo descanso. Una lucha terrible se trabó en torno de su abatida razón, entre el ángel custodio del hombre y el ángel de las tinieblas. Todos los dolores físicos y morales, capitaneados por la desesperación, vinieron en auxilio del segundo. La Virgen María vino a reforzar al primero y salvó a su devoto. Las ideas de desesperación y de suicidio fueron reemplazadas por las de resignación a la voluntad de Dios. Una mujer libre, modesta y virtuosa se le presentó y le dijo: «Dios ha querido que usted acabe su vida en el monte, lejos de la humanidad. Alabe su soberana voluntad, yo no puedo acompañarlo a la soledad, porque el mundo siempre juzga por lo que siente en su corrompido corazón; pero hay un medio de salvar este inconveniente: recíbame por esposa, y bendecida nuestra unión por el cielo, iremos juntos a morir bajo su pabellón en las grutas de los bosques; yo aliviaré sus dolores; a la luz del sol, como al resplandor de las estrellas, mis ojos buscarán a Dios que se pasea en las maravillas de la creación, y le mostraré nuestra situación; un rayo de su mirada misericordiosa caerá sobre nuestros corazones y dulcificará la hiel que en ellos se haya congelado. «En vez de la voz humana, tendremos el concierto de la naturaleza. El canto de las aves, el ruido de los raudales y las melodías de los vientos son muy superiores a las forzadas modulaciones de los hombres y a las notas acompasadas de sus instrumentos». El enfermo oía, llorando, abrazando y besando aquella mano, generosa hasta el heroísmo. Pocos días después recibieron la bendición nupcial, sin que nadie, excepto el sacerdote, supiera la causa de aquella extravagante locura, que así fue calificada por el mundo la acción de esa sublime mujer. Hechos los preparativos necesarios, se trasladaron los dos esposos solos a una montaña lejana. Allí construyeron una choza con sus propias manos y se consagraron a una vida directamente en relación con el cielo. Las oraciones que se levantan del tumulto del mundo, suben mezcladas aunque no confundidas, al trono de Dios, con las imprecaciones del delincuente y con las blasfemias del impío. La plegaria del solitario asciende perfumada por el aroma de la selva, purificada por las aguas vírgenes de la montaña y cantada por los trinos armoniosos de la naturaleza que no ha ofendido a Dios. La pareja solitaria se ocupaba en la oración, la lectura, la preparación de su alimento y el aseo de sus vestidos. Dos efigies habían llevado consigo, una de Jesús Nazareno, otra de su purísima Madre. Una corteza de árbol cubierta de musgo y llena de frescas flores del bosque, servía de altar. A nadie veían, con excepción del buen sacerdote que de tiempo en tiempo iba a visitarlos y a llevarles los consuelos de la religión También veían de lejos y frecuentemente a una piadosa mujer que les llevaba a un punto cercano las limosnas de que vivían. El enfermo tocaba ya al término de su vida. Su esposa lo asistía y consolaba día y noche con amabilidad de ángel. El buen sacerdote lo confesó y le anunció para el día siguiente la llevada del viático. A la mañana siguiente todas las flores del desierto, las hojas amarillas de los árboles, los musgos y las enredaderas silvestres cubrieron aquel suelo inculto, que iba a ser santificado con la presencia de Jesucristo y la muerte de un cristiano. Apenas comenzaban los rayos del sol a derramarse por los valles como una lava de oro, cuando el Creador de la naturaleza, conducido por un hombre, penetró en aquellas soledades. La hostia inmaculada se presentó a servir de compañera en el viaje de la eternidad a aquel hombre de dolores. Divino Rafael, venía a conducir a Tobías, no a los valles de la Media, al través de las ondas del Tígris, sino a los atrios de la inmortalidad, por las ondas lóbregas y amargas de la muerte. Esta no parecía estar aún cercana. El sacerdote no podía abandonar la grey que cuidaba, y ofreció volveral siguiente día. Cuando la estrella de la mañana derramó su luz sobre la cumbre de la montaña, el enfermo expiró en medio de las imágenes de Jesús y de María y en presencia de su esposa. Al volver el sacerdote al día siguiente, encontró un cadáver sobre unas palmas de helechos, y una mujer arrodillada a su lado orando fervorosamente. En una colina inmediata sepultaron el cadáver, y plantaron encima una cruz. La mujer guardó las dos imágenes, se arrodilló sobre el sepulcro, arrancó de su pecho una gran voz de dolor, y dijo: ¡adiós, esposo mío!, ¡hasta el valle de Josafat! Y marchó con el sacerdote. |
