Cartagena es la capital del Estado Federal de Bolívar, uno de los nueve en que recientemente se ha dividido Nueva Granada, con una población de 200.000 almas y una extensión aproximada de 40.000 kilómetros cuadra­dos, compuesta en su mayor parte de espléndidas llanuras y selvas, surcadas por hermosos ríos navegables; con un Clima general de 33 grados centígrados, en los veranos, yun desarrollo muy considerable de costas marítimas entre las bocas del Magdalena y las del Atrato. Si en otro tiempo Cartagena llegó a contener más de 20.000 habitantes, su población ha bajado a 7.000, diezmada desde 1811 por la guerra, las epidemias, la rivalidad de otras plazas comerciales y el lento desarrollo interior de la agricultura. Hoy Cartagena es un inmenso escombro, cuyo espectáculo aflige profundamente al viajero; pero la hermosura ro­mántica de la ciudad, la esplendidez de sus bahías, su admirable posición marítima, su importancia y sus facili­dades para el comercio interior, el carácter de su pobla­ción y los nobles recuerdos que le pertenecen, hacen de esa plaza un objeto tan interesante como simpático para el observador extraño.

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El viajero ve a Cartagena bella, melancólica, romántica, sentada entre dos bahías...

Nada más grande y variado que el panorama que se desarrolla a la vista del curioso que quiere contemplar la ciudad desde lo alto del cerro de La Popa, que la do­mina enteramente. Esta eminencia aislada es una alta colina pedregosa, rodeada de ciénagas y bahías, a une milla de la ciudad, y en cuya cima los españoles estable­cieron una fortaleza y un convento, las cosas más ca­racterísticas del sistema colonial que dominó en Hispano-Colombia; pero la República, que no quiere ni frailes ni cañones, ha dejado arruinar todo aquello, y hoy no queda sino un montón de escombros imponentes. Desde las pla­taformas de aquel edificio mixto y despedazado, el viajero contempla un espectáculo maravilloso, digno del pincel del artista y de la admiración del poeta, como del estudio del historiador y el arqueólogo.

Al norte de la ciudad, aislada por sus murallas, sus fosos, sus bahías y lagunas, se abre un estero que deter­mina una angosta lengua de tierra, poblada de cocoteros, quintas y rústicas chozas. Al sudoeste se dilata la hermosa bahía o entrada de Boca Grande, obstruída por los españo­les; después la isla de Tierra-Bomba, flanqueada por forta­lezas; mas al sur la entrada de Boca Chica; en fin la grande isla de Barú, separada del continente por el Dique. La inmensa y admirable bahía forma casi un círculo irregular; en su seno se ven anclados 20 o 30 bergantines, barcas y goletas con los pabellones extranjeros y el nacional; un enjambre de lanchas se cruza en todas direcciones, y varios fuertes construidos sobre islotes o ángulos salien­tes de la costa, ostentan entre cocoteros y parásitas su vieja y pesada mampostería convertida casi en escombros, o muy deteriorada, y sin baterías. Al frente, hacia el po­niente, se extiende el Atlántico, brillante, agitado, mugiente, inmenso y lleno de majestad y misterio... el mar con toda su fascinación, con sus reflejos inasibles, con su movilidad eterna, y sacudiendo su lomo de escamas lumi­nosas como un dragón enfurecido por la resistencia de las rocas que quisiera devorar o pulverizar.

En medio del océano, las bahías, la laguna y el cerro de La Popa, vegeta Cartagena, como un náufrago que vacila entre los abismos del mar y la soledad del desierto que limita un continente. ¡Qué de recuerdos allí!, ¡qué sublime pobreza!, ¡gloriosa mendicidad de una reina caída que se hace respetar por lo que fue, y admirar por la majestad de su dolor! El mar golpea por todos lados sus murallas; el cielo la cobija con un manto siempre límpido y azul; y los mil penachos flotantes de sus cocoteros ha­cen admirable juego con las altas torres de sus venerables templos medio arruinados, tristes y ennegrecidos por el tiempo. La parte principal de la ciudad, formando una isla, ligada por un puente colgante al barrio de Jimaní que toca al continente, es toda de mampostería pesada; una enorme muralla, llena de fortificaciones en otro tiempo formidables, la circuye, defendiéndola de las invasiones del mar. Imagínese el lector lo que serán o han sido esas fortifi­caciones, con sólo saber que ellas le hicieron consumir al gobierno español la estupenda suma de 250 millones de pe­sos, sin contar una gran parte de los armamentos. El viajero se pasma al considerar toda la suma de trabajo humano que debió concurrir a la creación de aquella magnífica ciudad de calicanto eterno. La República que quiere contar sólo con los recursos de la paz, ha vendido todos los cañones, como un elemento inútil para la civilización; y Cartagena no es hoy sino una plaza mercantil arruinada, que espera de la industria libre su resurrección.

El barrio de Jimaní, compuesto de casas de paja, hermo­sas quintas y reductos, y que se extiende hacia el pie de La Popa, es más pintoresco y alegre, pero menos interesante por su estructura material. La ciudad tiene excelentes edificios públicos, y por una singular contradicción, mien­tras que todas las calles son sumamente estrechas y oscu­ras, las casas son como palacios, casi todas altas, alegres en su interior y con salones espaciosos y cómodos. Como la población es muy inferior a la localidad, muchísimas casas están desiertas, y el abandono las ha convertido en tristísimos escombros. ¡Y qué contraste el que se nota en las mujeres de Cartagena... ! Las señoras son en general muy bellas, espirituales, expansivas y alegres, y reunen a la elegancia o la gentileza de las formas una gracia en el decir, en la mirada y la sonrisa, verdaderamente encanta­dora. Al contrario, las pobres mujeres de la clase proleta­ria (quizás deteriorada la raza por la miseria y la inacción), son de una fealdad dolorosa: flacas, largas, sombrías, pálidas como espectros, lúgubres como las sombras erran­tes en medio de las tumbas ... ¿Cómo explicar esa con­tradicción o ese contraste? Yo podría determinar las causas, pero me contentaré con hacer una reflexión. Cartagena es una gran ruina, es una tumba inmensa, y entre las ruinas y las tumbas se encuentran siempre, lo mismo el hermoso lirio lleno de perfume y misterio y el blanco alelí de las murallas, que el lagarto feo y descarnado va­gando por entre los pedriscos y los escombros donde vegeta la hiedra ...

Por lo demás, la población de Cartagena tiene las más excelentes cualidades sociales: hospitalaria en alto grado, franca, generosa, jovial y siempre animada de un profundo sentimiento de patriotismo, que parece mantenido por el recuerdo mismo de las glorias de Cartagena. La política agita mucho a los vecinos; pero pasada la lucha transitoria, todos vuelven a una fraternidad que se revela en el trato social, en el sentimiento de caridad y en el espíritu de independencia política y de intimidad personal que los anima a todos.

Cartagena tiene muchos elementos de prosperidad, y puede ser grande por la agricultura interior y por el co­mercio de importación y exportación. Pero para preparar­se un porvenir digno de su posición, necesita abrir paso a los vapores entre su puerto y el río Magdalena, resta­bleciendo su canal casi obstruído, o bien fundar la comu­nicación terrestre por medio de un ferrocarril o una buena vía carretera. El mundo colombiano, en todas sus regiones tiene cuanta riqueza puede imaginarse: la naturaleza le ha dado la promesa del más venturoso porvenir, en la opulencia de su territorio y en la bravura heroica de sus hijos. Lo que ese hermoso mundo necesita es contacto con las demás sociedades, con todas las razas, con la civi­lización exterior en todo su desarrollo. Así, puede decirse que la obra compleja de civilizar a Colombia está resumida en esta frase: comunicarla con el mundo, lanzarla en el movimiento universal.

Bajo la impresión de esta idea, sentía que mi existencia iba a transformarse al dejar el suelo de la patria, confiar­me a la providencia del vapor, cruzar el inmenso piélago y descender sobre las costas de Europa, en busca de la luz, el movimiento, la vida intelectual y moral, los tesoros del arte, las maravillas de la industria y todo lo que constituye este caudal de las tradiciones y los triunfos de la humani­dad que se llama la civilización europea. ¡Quién me dijera entonces que al tocar la realidad y estudiarla atenta­mente, muchas de mis ilusiones se disiparían; que este viejo mundo me habría de parecer muy inferior a lo que los libros me lo habían hecho soñar; y que al comparar a la pobre y atrasada pero hermosa Colombia española con la opulenta y refinada Europa, mi espíritu, mejor esclarecido, acabaría por estimar infinitamente más al pueblo del Nuevo Mundo, a quien, a pesar de los defectos heredados, la democracia ha ennoblecido y adelantado, relativamente al tiempo, mucho más que las instituciones aristocráticas a las sociedades europeas.

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