ES MAL QUE ANDA

Por Ulpiano González

 

Aquí me tiene usted otra vez, señor redactor, con otra pamplina como la de ahora días. Cansado estoy de oir a las viejas aquello de que no hay piacito de tierra como el de Bogotá; sin que pueda yo saber si tal es la costumbre en las viejas de todas partes, que las haga decir que nada hay mejor de lo que conocen relativamente al país en que viven o nacieron. Por desgracia, no me hallo yo en el caso de admitir la frase en toda su extensión; pues no dejo de tener motivos para rechazarla como falsa en muchos puntos. ¿Habrá a quien agraden poco o mucho las llo­viznas de San Juan, que tontamente llamamos páramos? ¿Gustará alguien de ver llover día y noche desde marzo hasta mayo y desde octubre hasta noviembre, como su­cede muchos años? ¿Habrá quien se regocije con los vien­tos de agosto y con los hielos de diciembre? A buen seguro que no; o por lo menos, si algunos hay, no seré yo de ese número. Cierto, ciertísimo es que no experimentamos aquí las brisas de Santa Marta, las tempestades de Honda, Guadalupe y Mogotes, las fiebres de Chagres ni los fríos de Guanacas y Sumapaz, ni los mosquitos del Magdalena, ni las niguas de Popayán, ni los cotos de mi tierra y Ma­riquita (sea esto dicho con perdón de algunos reverendos que aquí conozco, aunque no lo sean tanto que necesiten de ir envueltos en paños de manos), ni el carate de Neiva y Tocaima, ni las hinchazones de Cartagena y . . . Aunque mejor me está el callar, que dirán que con tales chismes contribuyo a dificultar la inmigración, dando malas no­ticias de mi patria; pero como por acá a la capital no habrá de llegar en muchos años sino gente de mico y organito, o de cuerda tesa y columpio, o de Melpómene y Talía, o cubileteros (¡que a Bogotá venga de eso tam­bién!), o equitadores o farsantes con disfraz de literatos, gentes todas de a ciento en carga, como decirse suele, y no sin razón; o bien, personajes a sueldo, como químicos, arquitectos, matemáticos; ninguno de estos se ahuyentará o dejará de llegar, porque diga yo que abundamos en piojos y pulgas, en ratones chicos y grandes, en gozques, mastines y galgos (de estos últimos hay muchos, y si no que lo digan los tenderos y fonderos), en romadizos, constipados, toses, dolores de muela y de cabeza, disen­terías, cuando comemos turma verde, y pobreza y vagabundería y pies hinchados y erisipelatosos. Nada de esto arredrará a quien tenga ya en las mientes el venirse para acá.

Pero no es esto lo principal de mi artículo. Salía yo de la iglesia de San Carlos, a donde tengo costumbre de asistir cuando se celebran las cuarenta horas, y después de haber rezado y oído a la gente que en el templo había, no sólo rezar la estación, sino estornudar, toser, sonarse y regoldar, me paré en la puerta a esperar a un mi com­padre con quien suelo acompañarme, y noté que casi la totalidad de estas que los libertinos llaman beatas vaga­bundas, salían unas con bayeta en el pecho, otras con pañuelo en la cara o en la cabeza, éstas santiguándose, aquellas suspirando, etc.; reparé después que se saludaban, diciendo unas a otras:

-¿Qué tiene usted, hermanita?

-La reuma, que me desespera; ¿y usted siempre con su tosecita, no?

-¡Puf!, no sólo eso sino que estoy rabiando de la garganta.

-¡Ah!, ese es mal que anda. ¿No sabe que el Pe Fulano se rompió una pierna?

-¡Mire!, lo mismo sucedió a Juana, yo creo que es mal que anda también.

Por otro lado se oia igualmente que alguna lamentaba el robo hecho a una sobrina, y que le respondía con el mismo estribillo de que era mal que andaba; y no pude menos de ponerme a pensar si estaría yo soñando, o si consistiría lo que oia en que siendo las enfermedades de cada uno el tema principal de las conversaciones en país tan favorable a afecciones reumáticas, catarrales y nerviosas, el tal propósito de es mal que anda se había encarnado de tal modo en el lenguaje familiar, que no era extraño el que a cada momento se escapara de los labios.

Respóndanme ahora si serán males que andan también los atrasos de sueldos, la mordacidad de los escritores, no sólo de un bando sino de ambos, los organitos ambulantes, la maroma, las fiestas (¡así las llaman!), el mercado de San Franciso, la falta de venta, la macadamización de calles, el ansia de empleos, aun en los que por tener plata, casas y hacienda, no los necesitan, los retratos de daguerrotipo, los petardos, las congojas del Ecuador, la revolución de Venezuela, los apuros de nuestro gobierno, la danza, en una palabra, en que anda todo el mundo, y la en que nos meteremos nosotros si no seguimos el con­sejo de tener juicio. Y pasándome esto como episodio, volvamos a mi tema.

El es mal que anda, repetido a cada momento, nos manifiesta que este nuestro clima no es de los más sanos, aunque, sí de los más agradables que se conocen. Y no puede ser lo primero, porque es en el que más vicisitudes atmosféricas se experimentan: después que el sol ha ca­lentado como en Tocaima y que está uno tal vez sudando, cógele un viento fresco o una lloviznita que lo matan y que cuando menos le causan un dolor de cabeza o una coriza. El cielo varía a cada paso como los pensamientos de sus habitantes, según el dicho de ellos mismos; y esto no puede verificarse sin que alguna influencia ejerza sobre la tierra y sus moradores.

Desearía, para contento de todos, que llegara el tiempo en que pudiéramos decir cuando oyésemos hablar de lo bien que alguno iba en sus negocios, que ese era bien que andaba, que lo era también la paz y salud de que disfrutábamos; que era bien que andaba el estado prós­pero del tesoro, el floreciente de las ciencias y las artes, el aumento de población, de caminos, puentes y canales, y la ausencia de males nerviosos, reumas, toses y calen­turas catarrales. ¡Pero ay, Dios de los cielos!, ¡que de esto no habrá ni un asomo en nuestros días! Tomaremos ya aqueste mundito como nos lo han entregado, y el que venga atrás...

No soltaré la pluma sin dar algún consejo. Desde que he dejado de serenarme y de acostarme tarde; desde que uso camisa de franela, y ni bebo, ni juego, ni entro a donde entrar no debo; desde que ni se me humedece el calzado ni ceno; desde que no como frutas verdes ni tomo agua de pozo; desde que prefiero el pan sin aliño al de manteca; desde que cambié la vida ociosa por la activa; desde que no me ocupo en saber cómo viven los demás; desde que, como usted, señor redactor, no pienso en partidos ni hago cuenta de sus vergonzosos extravíos; en una palabra, desde que soy lo que soy, esto es, desde que leí los Misterios de París para formar mi corazón, y las cartas de Chesterfield para formar mi cabeza, desde en­tonces y desde que me conformé con estar en mi lugar, valiendo tan solamente tanto como creo valer, desde ese momento, y desde que eché a un lado la envidia que me devoraba, las intrigas que me quitaban el tiempo, la male­dicencia que me hacía aborrecible, la intolerancia y la pedantería que me volvían despreciable, desde ese dichoso tiempo, digo, no padezco ya muchos de los males que andan.

 

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