CAPITULO Xl
EL CORO
El rezo de los coristas se comenzó por la sagrada deprecación Domine ad adjuvandum me festina, y la iglesia a tan devotos acentos resonaba con una armonía tan edificante que los dos veteranos de Rifles y Granaderos se pusieron de rodillas tocados de una emoción que nunca habían experimentado en su vida.
Don Ventura quiso dar la última mirada sobre su ahijado, y lo vio arrodillado con los brazos cruzados y con aire enteramente penitencial. Para don Ventura era un hecho que el padrecito era el que a las doce ocupaba el cuarto de ropilla, o más claro, el cuarto de dado, en la casa de los chicharrones, y ahora, a las tres, ocupaba en el coro su antiguo puesto. El jefe de policía era un hombre de mundo, de sufrimientos y de dichas, y él no podía pasar desapercibido este contraste de la vida humana, de la alegría y de la piedad, del vilipendio y del deber: un mismo individuo en el coro y en el garito, en menos de cuatro horas, forma una antítesis que los retóricos se pueden apropiar para sus textos, como cuando uno de ellos hizo mención de un sepulcro a un lado de un cuadro, y al otro una zagala de la Arcadia embebecida en la dicha de sus danzas.
Al retirarse, le iba diciendo don Ventura al prelado:
-He visto la comunidad muy grande en las procesiones de la semana santa, y ahora me parece reducido el cuadro: noto muchas sillas vacantes. ¿Ha habido peste en el convento?
-No, señor: es porque por nuestra constitución también hay retiros y jubilaciones.
-Pues mis reverendos padres-continuó don Ventura- dispensen el mal rato, y adiós, adiós que no vayan a tener algún resfriado por mi causa.
-No tenga usted, señor, cuidado por eso-dijo el prior- y vea en qué podemos servir.
Don Ventura se fue a su casa, y los guarantes se fueron a depositar al cachifo al principal, para entregárselo por la mañana al catedrático, para los efectos de! caso.
Después que se fue don Ventura llamó el prelado al padre Serafín, y le dijo:
-Ahora le mando a usted que bajo de santa obediencia, me diga cómo ha venido usted al convento.
-Pues, señor, sucedió, que cuando estábamos parados en la portería del convento, con la linterna un poco oscura y los ánimos no muy claros, se me acercó el señor jefe político con mucho disimulo, y mostrándome la puerta de adentro, al tiempo de hacerme una castañeta con los dedos, me hizo una indicación con los ojos, y yo, adivinándole sus deseos, corrí por estos claustros de Dios, como el zorro que en la madrugada se regresa a su cueva, sin dejar sentir sus ligeros pasos; y para eso que yo venía calzado con sandalias de fique. Y así que estuve en mi celda, desplegué mis hábitos de entre el pañuelo en que los traía, y sin la menor detención me los puse, haciéndome otra vez monje, para siempre jamás. Amén.
