Creyendo el adalid que la voz era para animarlo, tuvo a bien disparar la segunda pistola; pero los gritos, que no cesaban, le advirtieron del verdadero peligro en que todos se hallaban.

-¡Fuego en el rincón!-decía la desdichada joven, a tiempo que la luz de una horrible candelada iluminaba ya toda la estancia. Es indecible la angustia y desesperación con que la gente se lanzaba a cortar los progresos del incendio, sabiendo lo veloz que corre en toda casa construída de hojas de palma. La vista de los ejecutores, por entre las llamas y el humo era de lo más pavoroso del mundo. El cosechero cortaba la palma con un machete; Ruperta y su hermana Carmen botaban agua: María y su desolada madre cargaban de un pozo cercano este elemento de salvación: y fue cosa de primor ver apagado en un minuto el fatal incendio, tanto, que Bonilla no alcanzó a ver sino el humo y las cenizas, y la palidez de todos los rostros, cuando llegó atraído por los lamentos y los gritos, después de la carga a los enemigos.

El fuego había terminado, y al recitar los vencedores el detalle, comprendió don Sixto que los derrotados habían sido los guardas del dueño de tierras, y que el fuego se había originado por los tacos de su primer tiro de pistola.

-¿Y cómo no me lo dijeron a tiempo?-preguntó el vencedor, mostrándose disgustado.

-Por un olvido-respondió el cosechero; pero así sean todas las equivocaciones de esta vida, señor.

-¿Y si la casa se hubiera ardido?

-Eso sí; pero Dios nos ha sacado con bien.

-¡Vaya, vaya!

-Pero ¡ah mosquita! . . . ¡Cómo les repartía zurriaga!

-Es un artesano, albañil, de Bogotá, que se me quiso agregar por no comprometerse en la revolución del 17 de abril.

-¡Vean!

-¿Usted no sabe lo que es esta gente?.... Pues entra cualquiera a una obra de Bogotá donde se encuentra un gran número de trabajadores, casi siempre solos, o con sobrestantes de entre ellos mismos (porque los maestros se confían en su honradez para recibir varias obras) y no dirigen a nadie burlas ni dicterios, sino por el contrario, responden con urbanidad, cuando son interpelados

-¡Vean!

-Por las calles no dan ejemplo de beodez ni de riñas escandalosas, habiendo tres mil de ellos repartidos por toda la ciudad; y el día de tomar el fusil, dice el artesano de Bogotá: «Un cobarde podrá matarme ; pero diez valientes no podrán hacerme volver la espalda».

-¡Vean! Y no parecía.

-Pues ya lo vio con sus propios ojos. Este joven es pariente del sargento Bonilla que murió en el campo de la Culebrera el año de 1840, después de hacer una retirada con cuatro artesanos, más gloriosa que la del regimiento de Valencey en Carabobo.

Sobre este mismo tema, que es una parte muy interesante de la historia de Nueva Granada, siguió conversando don Sixto, hasta llegar a entender que su auditorio estaba dormido. Era pasada la media noche. Había visto desde su hamaca las estrellas, y también las candelillas que volaban sobre los tabacales; oía el grito fúnebre del Currucú, y sus meditaciones sociales sobre el caney no le dejaban pegar los ojos, cuando advirtió un ruido nuevo hacia el lado del totumo. Sonaban espuelas y frenos, al mismo tiempo que oyó decir a Carmen: como arrebatada de alguna pesadilla infernal:

-¡Hole!....¡El dueño de tierras! ¿Y ahora?

Argüelles salió en el momento al alar, mientras que doña Mariana, tiritando, trataba de prender un fósforo, desperdiciando la mayor parte de la caja. Las muchachas se enderezaron, y en el acto salieron al salón a recibir la visita, con la vela encendida, sin atender a componerse. Don Sixto veía disimuladamente cuanto pasaba, sin moverse de su hamaca. El teatro era muy interesante, parecido en lo material a esos teatros provisionales que se suelen hacer en tiempos de fiestas en los pueblos, formando una ligera enramada. Las decoraciones eran: una pila de atados de tabaco seco, dos asientos de tijera, de cuero en pelo, un banco y una mesita; unas agujas, de a dos varas de largo, prendidas en el empalmado, una tasajera con carnes, y algunos otros objetos del mismo género; a la izquierda una barbacoa con dos cueros de res por colchones, y a la derecha sillas, maletones y una gran hamaca de algodón junto a otra pequeña de fique. En un rincón estaba una gran tinaja para el agua, y en el fondo se veía el horizonte, hasta donde podía ser visto según la escasa claridad de la noche, a los últimos reflejos de la luna en cuarto, ofuscada al entrarse por los vapores acumulados sobre la sierra de la gran cordillera.

Un caballero respetable se presentó del lado del patio, y empezó con Argüelles un diálogo bastante animado, sin que éste se atreviese a levantar los ojos. Allí estaba Carmen, que aunque los levantaba, su aspecto mostraba otro género de humillación no menos abyecta. A sus miradas acompañaba una que otra sonrisa, como el relámpago en una noche de tempestad. Mas ¿quién podría asegurar que no fuese aquella sonrisa la de la esclava sacrificada violentamente a las circunstancias? ¿Quién podría asegurar que el tierno corazón de Carmen no pasase por una de las crueles pruebas de los ominosos tiempos del feudalismo?.... Y no busquen mis lectores el feudalismo por los nombres de los gobiernos, ni por los nombres de los siglos, sino por los grados de civilización, y más que todo, por el grado de comodidad de que disfrute el arrendatario. Las demás caseras escoltaban las espaldas de Carmen, porque en estos casos todo se confía a la mejor moza o a la más elocuente de la familia.

-Argüelles, me desocupa la estancia-decía el nuevo actor, con la fría tranquilidad de quien todo lo puede.

-¿Y mi trabajo?

-¿Y mi tierra?

-¡Señor! Mi familia....

-No hay remedio: la tierra es mía y el camino es suyo. ¡Qué! ¿Apalearme a mis celadores?.... Otro día me querrán apalear a mí también, como ya ha sucedido por otras partes.

-Pero, óiganos, mi amo.

-Yo no necesito de alegatos en estrados... ¿Apalearme a mis guardas?

-Fue una mosca, señor, una mosca.

-Qué moscas, ni qué pan caliente.... Ahora mismo se largan todos muy a la punta de un cerro.

-¿También yo?-exclamó Carmen con los ojos llorosos, y con esa voz dulce y comprometedora que le hemos conocido en el curso de esta historia.

A tan elocuente aunque lacónico rasgo de la bella interlocutora, no pudo quedarse don Sixto indiferente, y levantándose consternado, comenzó su papel de nuevo actor en el drama del Totumo.

-Yo-dijo el bogotano poniéndose la mano sobre el pecho, yo soy el único culpable, si es que hay alguno. Vi desde la hamaca unos vampiros que allanaban, contra un artículo expreso de la constitución, la casa del ciudadano, y las camas de las ciudadanas; los tuve por bandidos, de los más famosos, e hice fuego con mis pistolas; mi compañero trabó pelea con algunos de ellos, y parece que los maltrató: esto es lo sucedido en el caso; esto y nada más.

-Pues eran mis guardas-contesto el señor dueño de tierras.

-Dispense usted, caballero, que ha sido una equivocación y como yo no estoy impuesto en las leyes de los dueños de tierras, no conozco sus guarda-bosques tampoco.

-Pues siendo por equivocación-dijo el dueño de tierras, ¡qué se va a hacer!... ¿Conque teníamos huésped en el Caney del Totumo?

-Sixto Ricaurte, un servidor de usted.

-Soy quien debe servir. ¿Y que tal lo han tratado?

-¡Oh!.. perfectamente, y que además cargo lo necesario, porque exigir de nuestras posadas las gollerías de la Europa, es un solemne disparate, y exigir, como algunos, sin aflojar la bolsa, eso es combinar la miseria con el tono, por lo cual yo nunca pasaré, francamente hablando.

-¿Y qué le han parecido a usted mis cosecheritas, eh?

-Carmen es inmejorable, señor.

-Y si la viera usted espulgar, trasponer y coger, eso da gusto; hoja que coge Carmen tiene, de seguro, el casco morado

-¿Y cuánto paga el ciudadano Argüelles?

-Treinta pesos; pero cultiva más de un almud de tierra, y sin más obligación que venderme a dos pesos las cien arrobas de tabaco de cada cosecha (pero en mi romana) y de comprar en mi tienda todo lo que necesite. Y luégo vendo el tabaquito a siete pesos, a cualquier comerciante.

-¿Conque el amigo Argüelles paga treinta pesos de arriendo, y sin tener siquiera casa dónde vivir?

-¿Y si no, cómo le sacaba yo cincuenta mil pesos a mi hacienda? ¿Y cómo valdría hoy cien mil la tierra que me costó cinco mil?

-Pero con algunas condicioncillas, tal vez graves, si no me equivoco, como eso del allanamiento, etc., etc.

-Y si no fuera así, ¿cómo ponía yo en ejecución la ley del año 1849, sobre el libre cultivo?

-Pues eso de legislación poco lo he estudiado; pero lo que sí le puedo decir a usted es que la ley de libre cultivo sin la ley de libre venta, es lo mismo que la libertad de tener escopeta con la prohibición de tener pólvora, o la libertad de entrar con la prohibición de salir.

-¡Ah! usted es Benthamista; usted es proteccionista; usted es humanitarista!.. Eso es porque usted no tiene fincas raíces, seguramente; pero ya veremos, si Dios le llega a dar un mundito de tierras como las mías, ¡ya lo veremos!.. Mis ordenanzas y mis guardas son una consecuencia lógica de la ley del libre cultivo, como corre en estos tiempos; y ¡haberme apaleado a mis guardas!.. Pero eso se compone con esta ley adicional: «No se dará posada a gente de botas en el Caney del Totumo»... Argüelles, ¿lo oyes? No se dará posada en el Totumo a ninguno que tenga botas, ¿lo oyes, Carmen? (Con excepción del señor don Sixto). ¿Lo oyes? ¿Lo oyen las muchachas?

-¡Mil gracias!-dijo el forastero, accionando con una ligera venia.

-No será malo que el amo apunte la nueva ley en el papel en que está escrita la ley antigua, que me la dejó no hace mucho un pasajero para mi uso, dijo Argüelles, y alcanzó la recopilación que don Sixto le había codificado hacía dos horas.

El dueño de tierras desdobló el papel y leyó con algún recelo, porque era malicioso como los chicoras:

DECÁLOGO DEL TOTUMO

Y con un gesto burlón preguntó si dirigirse a ninguno:

-¿Y quién será el Moisés?

Se quedó pensativo el lector, y a otro rato continuó:

«Y descendió Moisés al pueblo, y le refirió todas estas cosas sobre la tierra.

1.º «Yo soy el Señor, tu Dios, no adorarás más Dios sobre mi tierra y sobre la tierra ajena 2.º «No jurarás ni votarás sin previo consentimiento.

3.º «Santificarás todas las fiestas en la tienda del dueño de tierras, y no en las tiendas de los amorreos ni de los filisteos.

4.º «Honrarás a tus padres, imitándolos en la paciencia para despulgar la labranza.

5.° «No matarás res cebada en el potrero ajeno».

Botó el papel el lector, y dijo:

-Se me pone que estas son vagamunderías de algún proteccionista.

-Yo entiendo que es una biblia, un poco adulterada; pero la entenderá cada uno como quiera según la preciosa garantía del libre examen, dijo don Sixto muy disimulado.

-Eso de libre examen no entra con mis arrendatarios y lo que haré será prohibir esta biblia adulterada.

-¿Prohibición, censura? Siendo entre nosotros la imprenta tan libre como los letreros de las paredes y como los pasquines, ¿no serán libres también los manuscritos?... Nada: léanos otro poquito de biblia, es lo que ha de hacer.

-Pues oigan boberías que a nada conducen, dijo el caballero, tomando de nuevo el papel y leyendo lo que sigue:

6º «No cometerás contrabando.

7.º «No venderás tabaco del caney.

8.° «No mentirás delante de mis guardas.

9.° «No desearás la cosechera de tu prójimo.

10.º «No codiciarás los bienes del tabaco libre».

-Siguen todavía más -dijo el caballero, oigan ustedes simplezas:

«Levítico del cosechero

«Esto dice el señor vuestro Dios:

«Toda res de potrero ajeno será execrable, aunque rumié y aunque tenga a pezuña hendida.

«Toda carne, bien sea de cecina o de tasajo, siendo de tienda ajena, es abominable; y si la comiereis, quedaréis inmundos.

«Todo licor de tierra ajena es abominable.

«Toda mercancía de tienda ajena es inmunda.

«La fula de tienda ajena es execrable».

-Dejaremos la lectura-dijo el dueño de tierras, porque esto no conduce a nada, ni sirve para nada: ¿no les parece a ustedes?

-A nada me parece-contestó don Sixto, con un tono malicioso

-Y que si es sátira que no valga, porque yo no le puse el puñal en el pecho a Cenón para obligarlo a ser mi cosechero. En fin, nos iremos, que ya pronto es de día. Adiós, señor don Sixto, adiós, Cenón, adiós, Carmen adiós, todos.... Muchachas, adiós ¿Dónde están las muchachas, que no se vienen a despedir de su dueño de tierras?...

¡Adiós, muchachas y cuidado con el contrabando ¡eh!

Después de la partida del dueño de tierras se quedó profundamente dormido don Sixto, sin despertar hasta las ocho de la mañana, y cuando se levantó se halló solo como en un desierto: porque el cosechero estaba despulgando con su gente, y Bonilla se había ido por las bestias. Carmen fue la única persona viviente que respondió a su voz, y ésa se hallaba muy ocupada en los quehaceres del almuerzo.

-No se vaya a ir sin almorzar, que le mate pollo y le estoy haciendo una arepa-le dijo con el dulce halago de una madre tierna.

-Mil gracias, Carmen le acepto a usted si me pasa la cuenta; y si no, no.

Estuvo el almuerzo muy agradable, y sobre todo muy a tiempo. La arepa tembladora estaba exquisita y tan blanca como el maná del desierto.

Antes de montar preguntó el viajero cuánto valía todo, y a fuerza de fuerzas se animó Carmen a pedir el valor del pollo solamente, valorándolo por real y medio. Don Sixto dio dos reales, y le dejó al cosechero una navaja que tenía en el bolsillo. Don Sixto clamaba por comodidades en las posadas, pero no de limosna, y donde no encontraba lo que deseaba se conformaba fácilmente acordándose de haber leído la escasez de los caminos del Asia y de algunos de Europa. Sus manifestaciones de gratitud fueron inmensas y pronto desapareció de sus ojos el memorable Caney del Totumo.

Comentarios (0) | Comente | Comparta