JUNTA DE NOTABLES
 

(De «MANUELA»)
 

Los extraordinarios sucesos que habían tenido lugar en la parroquia, y el peligro en que se veían los encausados por don Tadeo, hicieron necesaria una junta de notables que fue convocada por don Blas, dando por lugar de la cita la casa de su hacienda. Esta junta tenía por objeto deliberar sobre la situación y adoptar el remedio conveniente. A la hora señalada fueron llegando

los diputados, e introducidos en la sala de la casa, empezó la sesión bajo la presidencia de don Blas.

Era aquel congreso verdaderamente notable, porque en él estaban representados no sólo los dos partidos de la parroquia, sino todos los matices políticos que existían en la Nueva Granada. Don Blas y el Cura eran conservadores netos, y don Manuel, conservador mixto. Don Cosme y don Eloy, liberales y don Demóstenes, radical. Asistió también convidado por el dueño de la casa, el maestro Francisco Novoa, herrero, que se había ido de Bogotá a la parroquia a consecuencia de sus compromisos políticos en la revolución del general Melo. En la parroquia era tadeísta; pero hombre de bien a carta cabal. Como los otros señores eran manuelistas, o sea el partido de las haciendas, se ve comprobado lo que dijimos al principio que no faltaba un solo matiz político en aquel memorable congreso del Retiro. Don Blas abrió la sesión pronunciando un mensaje o mejor dicho, un discurso de la corona, puesto que 1a mayoría era de señores feudales. En el discurso pintó la situación aflictiva en que se encontraban, encausados casi todos por el tinterillo, quien tenía probado por declaraciones falsas pero contestes, que habían cometido delitos que ni siquiera habían imaginado, como hurto, asesinato y resistencia a mano armada a la autoridad.

Concluído el discurso inaugural del presidente, tomó la palabra don Demóstenes. El fogoso orador recordó a los pueblos y a la humanidad entera la liberal constitución de 21 de mayo de 1853, santificada ya con la sangre de muchos mártires y consagrada por la victoria del 4 de diciembre De allí dedujo lógicamente que los crímenes de gamonalismo y falsificación cometidos por don Tadeo eran contra aquella santa constitución, y que en ella misma se debía buscar el remedio de tantos males. Hizo una viva pintura de los sufrimientos de los encausados y de los crímenes de don Tadeo. A pesar de que todo el auditorio apreciaba las cosas de diferente manera que el noble orador, es tal la magia de la juventud y del entusiasmo, que todos gritaron vivas al orador.

En seguida habló el señor Cura... Terminó su discurso proponiendo que se enviara una comisión de paz a los tadeístas para celebrar con ellos una esponsión. Esta misión debía estar compuesta de él, como párroco, interesado en la moral de sus feligreses, y del maestro Novoa, como adicto a la bandera que había enarbolado don Tadeo.

El maestro Novoa tomó la palabra para apoyar la proposición del señor cura, ampliándola. Propuso que se ofreciera al gamonal que se le arrendaría una estancia barata y se le daría prestada una suma de dinero a corto interés y con regular plazo, con tal que se retirara de la dirección de los negocios de la parroquia.

En apoyo de esta proposición hizo notar que la revolución del general Melo, cuyos principios seguían don Tadeo y el orador, había tenido por causa, que ni el gobierno ni los ricos protegían la industria.

-El remedio que indica el preopinante, dijo don Eloy, equivaldría a echar carne a un perro dañino. Sería premiar el crimen: sería fomentar los instintos viciosos de otros malvados en ciernes, haciéndoles notar que una vez que sean temibles en su oficio no habrá otro remedio que darles premios. Voto porque sigamos una causa al gamonal y lo echemos a presidio.

El gólgota, especialmente ofendido por la revolución de Melo, evocada por el maestro Novoa, no pudo llevar en paciencia su proposición; y Novoa que, como miembro de aquella revolución, no podía tolerar el triunfo de los gólgotas el 4 de diciembre, no pudo soportar su discurso. La discusión se iba agriando; pero, por fortuna, fue cortada por el discurso que pronunció don Manuel, proponiendo una capitulación con el partido gamonalicio. Resultó con la intervención de este último diputado que los tres partidos representados en el cura (partido católico) en el herrero (liberal draconiano) y en don Manuel (conservador nacional) estaban de acuerdo en la esponsión. Si don Blas se les agregaba, triunfaba indudablemente la esponsión. Por fortuna de la minoría compuesta de don Eloy, don Cosme y don Demóstenes, don Blas se mantuvo firme en no transigir. Don Cosme propuso un contra-fómeque, y don Demóstenes pidió explicaciones sobre esta palabra, para poder votar en conciencia de lo que hacía. Don Cosme le hizo la siguiente explicación:

Había un tramposo, vago de profesión, que convidó a unos estudiantes de buenas costumbres a jugar, porque les vio algún dinerillo. Ellos no sabían ningún juego de azar; y el tramposo les dijo que podrían jugar al fómeque, que era un juego muy sencillo. Aceptaron ellos, casaron sus apuestas y el tramposo barajó y dio cartas. Una vez que estuvieron las cartas en mano, jugó el primer estudiante cualquiera carta, y otro tanto hicieron los otros tres; cuando llegó su turno al tramposo, botó un cuatro de oros, y pronunciando la palabra fómeque con mucha seriedad, recogió cartas y dinero. En la segunda mano se iba repitiendo la misma escena: el tramposo botando un siete de espadas dijo: fómeque, e iba a recoger cartas y apuestas, cuando el estudiante que le seguía a la derecha, que era mozo despabilado y había notado ya que para el fullero cualquiera carta era fómeque, contestó botando el cinco de copas: ¡contra-fómeque! y recogió el dinero de las dos apuestas. El tramposo no pudo negar que hubiera contra-fómeque, porque hubiera sido tanto como confesar que estaba inventando un juego para robarles. Tuvo que convenir en que efectivamente esa carta era el contra-fómeque y se retiró perdiendo el valor de dos apuestas. Desde entonces se llama contra-fómeque oponer a una picardía otra mayor. Don Tadeo nos tiene encausados por picardía, pues encausémosle a él aunque sea haciendo picardías.

Don Demóstenes protestó contra el sistema de discutir contando cachos. Un miembro del partido draconiano, dijo, tenía esa costumbre en el Congreso, costumbre que desde entonces me quema la sangre. No podíamos los gólgotas proponer ninguna de nuestras regeneradoras y humanitarias ideas, sin que el ciudadano draconiano contestara refiriendo un chascarrillo con pretensiones de apólogo. Además, en este caso no sólo rechazo el cuentecillo, sino el medio de moralidad que él encierra. Voto contra el fómeque.

Don Blas habló en seguida y dijo: ya sea para defendernos hoy de las asechanzas del tirano de la parroquia, ya para evitar que en lo sucesivo nos gobierne él u otro embozado por él, propongo que pongamos desde ahora el verdadero remedio a los males públicos. Hagámonos cargo del gobierno los interesados en que sea bueno. Atendamos las elecciones, y aceptemos los empleos de alcalde, jueces y cabildantes, si no queremos que tales funciones sean desempeñadas por pícaros de la misma escuela de los que hoy nos persiguen.

Don Eloy protestó contra tal medio. El trapichero, dijo, no puede muchos días comer a sus horas a causa de lo urgente del trabajo que tiene entre manos, porque la esclavitud del trapiche es mutua: el trapiche es esclavo de su dueño, quien lo hace moler de día y de noche; pero en cambio, el dueño es esclavo de su trapiche. Y siendo así, ¿de dónde sacaremos tiempo para atender a los negocios del gobierno de la parroquia? Por otra parte ¿cómo podríamos servir tantos destinos como tiene una parroquia, aunque quitáramos el tiempo para nuestros propios negocios? Los funcionarios son: un alcalde, dos jueces, cinco cabildantes, un tesorero y un inspector de caminos. Se necesitan diez personas y los que estamos aquí somos cinco deduciendo al señor cura que no puede tener empleo concejil, y al señor don Demóstenes que es transeúnte; y fuera de nosotros, no hay con quién contar. No hay otro medio, pues, que dejar a nuestros arrendatarios el cuidado de gobernarnos. Si ha de ser de otro modo, es con la condición de que algunos de ustedes me compre mi trapiche del Purgatorio.

Don Manuel, diputado por el trapiche de la Minerva, hizo presente que siendo los empleados de la parroquia arrendatarios de los diputados presentes, y siendo el código del dueño de tierras muy holgado, proponía que se hiciera uso de las facultades dictatoriales de que están investidos los dueños de tierras, para obligar a los jueces y alcaldes a que gobernaran de acuerdo con ellos, so pena de quitarles las estancias.

Don Demóstenes tomó la palabra y empezó así su discurso:

Me parece señores, que todo lo que acabo de oír es un ataque a la constitución del 21 de mayo, y por consiguiente a la libertad individual. .

En este punto del discurso entró Sildana, aquella joven a quien don Demóstenes saludó con el dictado de «mi señora» en su primera visita al Retiro. Sildana llevaba en un platillo tabacos para los concurrentes, y esta circunstancia cortó un discurso que acaso hubiera sido notable.

El tabaco es un calmante para las afecciones morales lo mismo que para algunas de las físicas. El tabaco quita, narcotizando dulce y suavemente el cerebro, el ardor de la lucha. Se oyen grandes disputas entre jugadores y bebedores; pero entre los que fuman se ve que a pocas vueltas se convienen en principios o que todos los principios se vuelven humo. Tal vez Clotilde, que estaba oyendo la discusión desde la alcoba inmediata, sin que nadie la viera, conocía la fisiología de las pasiones en su relación con el tabaco, y fue por esta razón que les mandó aquel calmante saludable en lo más encarnizado del combate.

Votadas las proposiciones que se habían discutido, se adoptaron combinándolas. Se determinó usar a medias del contra-fómeque y de la autoridad de dueños de tierras para corregir la política de la parroquia.

Una vez convenidos los próceres, se levantaron y se fueron a pasear a las huertas. Eran éstas dos fanegadas que quedaban a un lado y otro de la casa, y estaban cercadas con guadua picada. Había alamedas formadas por árboles de café, limoneros y naranjos, en cuyas copas cantaba alegremente un congreso de toches y cardenales. En una esquina había un bosquecillo de guayabos, y en otra unas matas de plátano. Una acequia cortaba las huertas por mitad, regocijando con su ruido infantil los viejos árboles que se inclinaban cariñosos sobre ella.

Llamaron a comer: la señorita Clotilde se lució aquel día; pero no quiso sentarse a la mesa, tal vez por el recuerdo de lo que le sucedió en la primera visita de don Demóstenes.

Después que se dispersaron los señores de la junta, perdiéndose en las oscuras selvas de los caminos, el patrón del Retiro empezó a poner en planta lo determinado en aquel congreso memorable. Mandó un recado al señor Juez 1.°, que era su arrendatario, rogándole que viniera al día siguiente muy temprano, trayéndole las causas que se estaban siguiendo en su juzgado.

Muy temprano llegó el señor Juez 1.° trayendo a la espalda una mochila, que descargó en el suelo a la vista de su patrón que estaba en la hamaca, y que desde allí recibió al primer magistrado de la parroquia. El señor Juez dijo, descargando la mochilla:

.-¿ Es que me menesta sumercé?

-Para echarte de la estancia, nada menos.

-¿Por qué, mi amo?

-Por pícaro.

-Serán cuentos, mi amo; alguno que le tendrá codicia a la estancita en que vivo.

-¿No me tienes encausado como ladrón y asesino?

-Es un nulo, mi amo; porque la gente que se mandó llamar al juzgado antier, fue para que firmara a ruego una solicitación para que nos rebajen a los probes del pago de la subvención provincial; pero con tal que sumercé no me despoje de las maticas, haré cuanto sumercé me mande.

-Bien. ¿Trajiste las causas?

-Si, mi amo. Todo lo creminal que estaba en una caja lo traje entre esta mochila.

-Desocúpala allí en un rincón y llévate tu mochila. Puedes quedarte en la estancia, con las siguientes condiciones: 1.º Me darás cuenta de toda causa que se inicie en tu juzgado; 2.° cuando no convenga que vayas a despachar, no irás. Yo te pagaré las multas que te echen. ¿Estás?

-Sí, mi amo.

-Pues véte, ¡y cuidado!

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