VI
Iban en el Municipal en la mitad de la segunda tanda, en el clásico momento de entrar el doctor Camarón con su formidable gabán, su barba de barboquejo y su gran pañuelo cocktail.
Alejandro, Velarde, Fernando y Pelusa, de guantes y flor en el ojal, se presentaron en un palco de segunda fila. La comida había estado muy animada, desde la presentación de don José Lasso al atónito Fernando, hasta las recitaciones de Velarde, versos de corte nuevo, intencionados y sensuales.
Colgaron los abrigos haciendo crujir la seda y lanzando ráfagas de perfume. Al irse a sentar, notó Pelusa que estaba todavía con el habano en los labios. Se salió asustado, entró de nuevo y cogiendo de manos de Alejandro los gemelos, le apuntó a Camarón como con una escopeta de dos cañones. El escenario había desaparecido: vio un circo inmenso, un gran peladero circundado de raíces blancas, en cuyo suelo rojizo y brillante se movía un monstruo negro, apocalíptico, de alas enormes y de muchas patas, como un pulpo.
Una mano gigantesca, de uñas enlutadas, caía luego sobre el monstruo, el cual levantaba el vuelo. Miró con terror por debajo del binóculo y vio que lo tenía enfocado sobre la calva de un viejo del palco siguiente, que se estaba espantando una mosca.
En el patio reían muchos con la aventura del cigarro de Pelusa, y se comentaba el regreso de Fernando al "highlife". Alejandro le refería a Velarde en voz baja la escena del almuerzo con Femando, y éste conversaba con Pelusa, a quien la risa hacía llorar.
-Allí está el enemigo -murmuró Velarde en el oído de Alejandro-, y le señaló un avant-scéne de tercera. Mírala: todavía con el traje rojo y el abanico de avestruz, últimos obsequios de Fernando. Esa que la acompaña es La Sanguiiuela de que te hablé, la de Pelusa en aquel baile.
-Que no se entere Fernando -respondió Alejandro, mirando de soslayo al palco.
-Es seguro que ya la vio.
Efectivamente, éste había visto a Diana y a su compañera desde que entró, lo mismo que a doña Celestina que sacaba la cabeza como una grulla por entre las dos mujeres, y detrás de éstas, de pie, el bull-dog y el personaje del solitario, con los sombreros encasquetados, los sobretodos puestos, los gemelos en bandolera y padeciendo arcadas de risa. Los atravesaba a todos con la mirada, sin atreverse a aplicarles el anteojo. Diana mascaba. galletas, y por encima de su tía, riendo a carcajadas, hablaba con el diputado a lo Sancho Panza.
-Si la vio -decía Alejandro- no hay que soltarlo un momento. Que no se vean esta noche.
Fernando trataba de coger la conversación, pero no lo dejaba Pelusa con sus carcajadas, una de las cuales degeneró en tan lamentable estornudo que tuvo que levantarse a coger el pañuelo, olvidado en el sobretodo. Todo el mundo volvió la cara y Diana vio entonces a Fernando de perfil, pálido, triste, sonriendo con languidez. Lo encontró interesante y muy superior a sus dos congresistas, que de las risas pasaban en ese momento a ponerse serios como dos asnos al oír que Camarón se desataba en improperios contra las notabilidades rurales.
-No ha venido Fernando, pero no tarda -dijo Diana en la oreja de la tía.
-Ojalá no se nos prenda -repuso la vieja, que ignoraba los planes de su sobrina y era sanchopancista furibunda.
Diana se quedó callada, y al caer el telón se metió al fondo del palco a fumar cigarrillo y a dialogar con su representante.
En las cantinas hervía la concurrencia. Se charlaba, se bebía, se fumaba; una gran fila se extendía a lo largo del mostrador y de los corrillos salían las frases, las toses y las risas entre capas de humo.
Los cuatro amigos se acercaron a tomar una copa. El bull-dog de los anteojos se metió por entre ellos y habló bajo con el cantinero.
- ¡Ayayay! -gruñó Pelusa al salir el bull-dog.
- ¡Dipense uté! -dijo éste sin fijarse en el pobre Pelusa, que se cogía con ambas manos el pie izquierdo, destripado Por un pisotón del excongresista. Tras éste siguió un mozo Con dos botellas de champaña, copas y cartuchos de dulces.
Fernando encendió un cigarrillo y al rato se paseaba solo en el pasillo que daba al palco de Diana. Oía carcajadas, ruido de vasos y palabras sueltas: "Delicioso...". "Otra copa...". "Donde ustedes gusten...". Comprendió que se trataba de una cena. Estaba desesperado. Resuelto a entrar, llegó hasta la puerta varias veces y otras tantas retrocedió. Se paraba, volvía a pasearse, por fin se decidió a penetrar.
-¿Tomamos otro trago? -le dijo Velarde, que lo iba siguiendo, en el momento de tocar a la puerta.
Fernando se volvió contrariado y rehusó.
-Vamos, hombre, hay unos cocktais magistrales, y Alejandro nos espera. ¡Camina!
Se lo llevó del brazo. Apenas alcanzaron a tomar la copa y se metieron al palco.
Diana miraba a Femando con insistencia. Tenía miedo de que la presa se le escapara, y luego acababa de verle el alfiler de la corbata. Esas tres perlas lucían un oriente magnífico y sus irisaciones iban hasta ella como saetas. Las joyas tenían sobre aquella mujer poderosa influencia magnética. Cuando era pobre pasaba largas horas ante los anaqueles, bañándose en las aguas misteriosas de las piedras, soñando con los ojos abiertos, fascinada, borracha de color y de luz. Ya rica, permanecía días enteros ante sus tesoros mágicos tendidos sobre la colcha azul del lecho, viendo, maravillada, la carne viva de los rubíes, las hojas frescas de las esmeraldas, el cognac cristalino de los topacios y los diamantes que cintilaban sobre el azul como las estrellas en las noches de diciembre.
Apuntaba los gemelos sobre Alejandro y veía con deleite sus joyas: un anillo de esmalte negro rodeando un gran diamante que llameaba entre lo oscuro como un farol eléctrico y le quemaba los ojos; en la leontina un leoncillo de oro con ojos de zafiro parecido al Femando de otro tiempo, y en la corbata una perla como un globo de luz. Sentía necesidad de aquellos tesoros, que adquiriría a cualquier precio, sin perjuicio del solitario de su congresista y hasta de los espejuelos del bull-dog, que podrían servirle a doña Celestina. Velarde la derrotaba clavándole sus gafas insultantes, mientras Alejandro le decía al oído:
-Por fortuna esto ya concluye.
Fernando se quedó el último viendo salir al público por la estrecha puerta como un lago que se derrama.
Contemplaba el desfile carnavalesco y se reía a solas de aquel pedazo de sociedad, como un desquite que tomara de toda ella.
Millares de caras: sonrientes, pensativas, indiferentes, frías, unas redondas, cuadradas las otras, éstas llenas de gestos, aquéllas impasibles.
Cabelleras de todos los tamaños y todos los tintes, colecciones de chiveras, moscas, bigotes, patillas, peras y boulangers como el equipaje de un primer galán.
Calvas reverberantes de mil formas y dimensiones, como el monetario de un museo internacional.
Surtidos completos de pelucas, tapacalvas y casquetes de todas las formas: desde el pelo híspido de los indios hasta el azabache apretado de la raza negra, y de todos los colores: desde el rubio ámbar de las ladies de Albión hasta el blanco empolvado de las cortes antiguas.
Narices alegres, narices tristes, unas largas y otras cortas, éstas torcidas, aquéllas rectas; narices de garfio, narices de galápago, unas a modo de interrogantes, otras como admiraciones, todas con las ventanillas abiertas, semejantes a los dos puntos de la diéresis.
Bocas anchas como tajos de sable, profundas como estocadas, redondas y pequeñas como tomates, unas sin un mueble, otras de dientes para afuera.
Orejas descomunales, laberínticas; orejas de fraile, orejas de mercader, orejas de asno y de toro, voladas unas como Puertas abiertas, otras arrimadas al cráneo y otras perdidas entre bosques de pelo.
Una constelación de ojos, desde el ojo inmenso como el de los cíclopes hasta el imperceptible y contraído de los miopes: azules, negros y carmelitas. Se diría el depósito de un oculista. Ojos soñadores y mudos, dulces y agrios, fríos y calientes, secos y lacrimosos, todos bajo la ceja indómita o dócil, todos por parejas como cogidos de brazo Y muchos tras de las antiparras huyendo el polvo, la luz o el aire. Era Argos que salía del teatro.
Observaba Fernando la gran sala que se desocupaba; la sala, que un momento antes reía con su doble hilera de palcos cargados de color, y que, al vaciarse, semejaba una enorme boca sin dientes.
Al llamarlo Alejandro volvió de su ensueño y alcanzó a recoger con hambre una mirada que le botó Diana, una mirada llena de recuerdos y de lubricidad.
Velarde propuso rematar la noche cenando los cuatro, y se dirigieron a un café.
Decidido Alejandro a que Fernando partiera sin falta al otro día, los hizo levantarse de la mesa a la una. Durante la cena Velarde refirió lo prometido acerca de la dirección de los globos, y Pelusa, que estaba alegre de cascos, después de referir entre un mar de risas, la gran aventura del baile en que lo lavaron, conté la peripecia de la calva del viejo que tomó por un circo. Le puso azúcar y agua al vino blanco para volverlo limonada, se guardó los restos de los cigarrillos de sus compañeros, y en un rapto de elocuencia peripatética se metió en la boca el cigarro por la candela y cayó sentado sobre el sombrero de Velarde, escupiendo chispas como el Diablo.
Diana pasó la noche en una espantosa orgía. Se despertó muy tarde, sin saber en dónde estaba ni quién era, en la alcoba inundada de vapores calientes, echada en su lecho revuelto como el nido de una serpiente.
Tenía la cabeza hundida entre las almohadas sucias, y el cabello enredado y lleno de marrones parecía una rueda de triquitraques. La cicatriz, honda y violada, los ojos turbios, con un cerco rojizo, la cutis lustrosa, abiertos los poros y con las huellas del colorete y los polvos; anchas ojeras amarillosas, la punta de la nariz encendida y gruesa, y con la lengua blancuzca y papilosa se mojaba los labios resecos como pétalos marchitos, dejando ver los dientes ahumados por el cigarrillo. La papada le caía en un pliegue formando surcos en la garganta carnosa, más oscura que el rostro, una parte del seno descubierta subía y bajaba con la respiración anhelosa, y fuera del cobertor, a lo largo del cuerpo tendido de lado que se dibujaba como un cerro, tenía un brazo semejante a un pez gordo, con las marcas de la vacuna más blancas que el resto de la piel.
Después de un gran trago de elixir nacional de limón, tomó un desayuno de huevos tibios y café con leche y se levantó. Eran las dos de la tarde y todavía en desabillé, se paseaba fumando en los corredores, envuelta en una matinée desgarrada, blanca y roja, y arrastrando los pies metidos entre las pantuflas de paño gris y pieles.
Sentía cierto miedo que no acertaba a explicarse ni podía desechar. Le corrían temblores por la espalda como gotas heladas; en la boca un sabor repugnante a cobre; la saliva estaba pegajosa; las manos húmedas; las piernas débiles, y los oídos le zumbaban como oyendo un tren a lo lejos.
Todo lo veía opaco, tenía los tendones tirantes, y se sentía sedienta, sobreexcitada, de mal humor, muerta al mismo tiempo de pereza, odiando la luz y con ganas de huir, de no ver a nadie ni ser vista, de eliminarse, de no existir mientras llegaba la noche, su noche amada.
Por momentos se acordaba de que Fernando no iba desde el sábado... ¡y ya era lunes! ¿Qué podía ser aquello? Algo raro sucedía; sin duda, Alejandro y Velarde lo tenían cogido. Peor para él. Le cruzaban ante los ojos, haciéndoselos cerrar, el alfiler de perlas y las joyas de Alejandro y seguía soñando con las maravillas que éste debió traer de Europa y que a ella se le antojaban tan valiosas como los tesoros del Abate Farías. Collares de rubíes que la harían parecer degollada, pulseras de perlas como huevos de paloma, pendientes, anillos y estrellas de brillantes, esmeraldas, ópalos y topacios enormes.., todos los estantes de las joyerías entre un inmenso cofre de oro.
Doña Celestina, de chinelas y pañolón desteñido, pasó por el patio sin mirarla. Diana tiró el cigarrillo, lo apagó de un zapatazo, y le gritó:
-¿Qué será que no viene?
-¿No quedó de venir a las seis? Eso dijo el señor de anteojos.
-No hablo de los muérganos de anoche. Hablo de Fernando.
-A las horas que te viniste a acordar del mugre...
-No es eso. Es que lo necesito.
- ¿Y para qué, al arrastrao ese?
-Usté cállese. ¡Nada le importa!
La vieja salió refunfuñando, con una botella en la mano, sin atreverse a contestar. Todos en la casa le tenían miedo a Diana en esas mañanas negras que seguían a sus bacanales, y la dejaban sola, lamiéndose los labios y paseándose al sol, con su traje de manchas rojas como una pantera cubierta de sangre después de un festín.
Manolo asomó por el pasadizo:
-Mamá, deme un cuartillo.
- ¡Quita de aquí, mugroso!
Gritó a la criada:
- ¡Gregoria!
Se presentó una india chata, regordeta y cobriza, de unos cuarenta años, ojos de zorra, dientes paletones color de sebo, manos redondas de dedos porrudos casi sin uñas, de pelo como carbón agarrado con un hiladillo, pecho bajo y caído, con un delantal mugroso que bajaba hasta los anchos pies, descalzos y embarrados.
-Llévate este mocoso y volvé mudada.
Gregoria cogió al chico de la mano y se lo llevó. Era una máquina. Había hecho de la obediencia una segunda naturaleza. Después de largos años de hambres, de enfermedades, de alzas y bajas bruscas, durmiendo hoy en una tienda, mañana en un palacio, al otro día en un portal, errante siempre, sin un ser que viera por ella, cansada de la lucha estéril en medio de la sombra, había acabado por refugiarse en aquella casa, bajo las impertinencias, de doña Celestina y las iras de Diana.
Era de Tuta y llevaba veinte., años en Bogotá. No tenía historia mencionable, como no fuera los malos tratamientos que sufrió en la niñez y que la obligaron a huir; las peripecias amorosas de todas las de su calaña, tristes reclutas del vicio: idilios fugitivos, un haz de desengaños y el duro abandono, cuando no viene la perdición, de la que salvó a Gregoria su figura de tunjo. Por último, al rodar de casa en casa, hasta caer en alguna de donde, con la última enfermedad, las recogen en una camilla y las llevan al hospital a cumplir la cita con la muerte.
Cuando no estaba en la calle llevando cartas o recados de Diana, o tras ésta, cuando iba de compras, conduciendo los artículos, o en los mercados que visitaba todas las mañanas, pasaba el día en la cocina con los ojos llorosos,
envuelta en humo como en una batalla, oyendo el chisporroteo de la leña, tarareando aires melancólicos de su tierra, adormecida por el cantar de las marmitas.
De noche, Gregoria dormía a Manolo con historias inverosímiles o con el canto gregoriano de su mísero repertorio; y luego, a medio vestir, se tumbaba como un animal y con la cabeza sobre una almohada tísica, entre un junco y dos mantas burdas, y con la boca abierta, que sonreía como un clavicordio, roncaba hasta el amanecer.
Sobre quienes la rodeaban llevaba Gregoria una ventaja inmensa: no sabía leer. Aislada así de las corrientes sociales, se mantenía, según ciertas escuelas, a un paso de la felicidad suprema, la felicidad de las piedras y de los muertos.
Era un poste humano que tenía en la cabeza el aislador poderoso de la ignorancia.
Muchas veces con la inconsciencia de un cañón que lanza un explosivo, aquella paloma mensajera con plumaje de frisa, condujo papeles que produjeron estallidos violentos.
Canasto al brazo pasaba en calma por las esquinas negras de gentes, enloquecidas ante cuatro signos que contenían todo el veneno vertido por los hombres en sus luchas dolorosas.
¡No sabía leer! De cuántas desazones escapó en su vida, qué de desengaños le evitó su ignorancia, cuánta desilusión, qué de lágrimas, cuánta prosa hueca, cuántos malos versos...
Era sumisa, reservada, astuta y conocía a Bogotá como un cartero, lo que la había convertido en el brazo derecho de sus señoras, único ser en el mundo para quien lo fueron doña Celestina y Diana.
Esta, ya en su cuarto, se acercó al armario de espejo y Contempló un instante su traje sangriento y amplio que Suprimía todas las curvas del cuerpo, la frente coronada de ganchos y papeles, los ojos apagados en que dormía la concupiscencia, la faz desteñida y abotagada, la nariz ancha, los labios muertos y la garganta pletórica. Se pasó Con fuerza la mano por la cicatriz, como si quisiera borrarla, Y abrió la puerta que se quejó débilmente y que, al girar, reprodujo con rapidez toda la habitación.
De una cajilla de sándalo sacó una tarjeta que decía simplemente Diana, y con lápiz mojado en los labios, apoyándola en la pared, escribió a Fernando cuatro palabras secas en que lo reconvenía y lo llamaba. Metió el cartón en una cubierta olorosa que humedeció haciendo chasquear la lengua, lo cerró y puso encima: Señor Fernando A costa, y debajo, en letras torcidas: Presente.
Gregoria entré de mantellina negra por el pescuezo, el pelo asentado y lustroso, la cara brillante, de zarcillos azules, y alpargatas níveas que se movían bajo la enagua de zaraza dura y crujiente.
-Esto para Femando -dijo Diana sin mirarla.
-Sí, mi señora -repuso la criada cogiendo el papel y encaminándose a la puerta con andar de gallina gorda.
-Si no está, se lo dejas; pero volvé pronto a arreglar esto y a darme el almuerzo.
-Bueno, mi señora.
Diana cerré la puerta dejando abierto un canto por el que penetraba un chorro de luz que amasada con la sombra envolvía el cuarto en mediatinta suave. Había allí un completo desorden; el traje en el suelo; una chipa de enaguas blancas bostezaba al pie del lecho; por un lado el corset descansando de sus esfuerzos; por otro las calcinaguas infladas como un globo; una bota en un rincón, otra sobre un baúl; en un candelero de níquel la bujía intacta, pues Diana se acostó con el día; sobre la mesa de noche las joyas, revueltas con horquillas de carey y de çobre, con cintas, alfileres y encajes, formando todo una pequeña pirámide luminosa; y en la barandilla las anchas medias color de carne, que parecían las piernas de un maromero colgado de las corvas.
Se desnudó lentamente el busto y empezó a bañarse levantando remolinos de agua y espuma. Al rato sacó por la puerta medio cuerpo mojado y cubierto de sol, como el de una sirena.
- ¡Venga alguno! -gritó con fuerza.
- ¿Qué se te ofrece? -respondió doña Celestina desde el otro patio.
- ¡Agua! -volvió a gritar Diana, entrándose.
La vieja llegó con una vasija desportillada y vertió un torrente de agua pura en la jarra de porcelana pintada de oro.
Tiritando aún, metida entre un jubón blanco y transparente que le ceñía las altas redondeces, con un pie sobre la cama, dejando ver la pantorrilla torneada y gruesa, cubierta con una media negra que cogía arriba de la rodilla una liga rosada, se abrochaba Diana una bota enorme cuando sintió entrar una persona. Se volvió con calma y vio a la criada con la tarjeta en la mano.
-¿Qué fue?
-Que no estaba el Señor.
- ¿Y no te dije que la dejaras, so animal?
Gregoria explicó. Se había cansado de golpear; por fin salió un muchacho y le dijo que el señor Fernando no estaba; cuando ella quiso dejarle la carta, él le manifestó que era inútil porque don Fernando no volvería esa tarde:
había salido en traje de campo.
-El joven -continuó Gregoria- no quería decirme al principio paronde se había ido el señor, pero después dijo que cogería el ferrocarril de la Sabana.
-Está bien. Ahora dame algo de almorzar, pero pronto.
Se peinó a la ligera, se echó una saya de seda, se puso unos topos de brillantes que ardían como candiles sobre los lóbulos de las orejas, y sacando del armario la mantilla de crespón de la China se la prendió a la cabeza con un alfiler de espada.
En seguida almorzó caldo, un poco de carne, pan y cerveza. De paso cogió unos guantes negros y la sombrilla gris, y fue a salir.
-¿Y si vienen? -le gritó con angustia doña Celestina.
- ¿Quiénes?
-Los caballeros de anoche.
-Ah... ¡los mugres esos! Si vienen.., que vengan. Hasta luego.
-Que me esperen. Antes de las seis vuelvo.
Al salir vio la hora en su pequeño reloj esmaltado, con Un conejo en la tapa. Iban a ser las cuatro.
Los congresistas le interesaban mucho, sobre todo el vejete y su solitario, esa joya preciosa que faltaba en su colección y que pensaba transformar en pulsera. Pero en esos momentos no estaba para congresistas: herida en su orgullo, no Podía pensar sino en Fernando, cuya fuga la llenaba de Soberbia. No lo quería, ni lo habla querido nunca, ni en la primera época de sus amores, cuando él la cubría de oro. La caída del muchacho le inspiré lástima los primeros días, más tarde le volvió desprecios por cariño, luego lo cubrió de escarnio con sus sarcasmos brutales, y últimamente le causaba un asco invencible aquel esqueleto ambulante, de manos sudosas, de piel enjuta, de ojos tristes y respiración infecta y ardorosa. La víspera lo hubiera arrojado de su casa como a un mendigo; ahora no se le antojaba soportar que se lo arrebataran sin arrancarle la última de sus ilusiones, sin ser la causa de su postrer dolor y la dueña de su último real. Se sentía atenaceada por la ira, rabiosa como un perro cuando le quitan el hueso que roe después de comerse la carne.
Soñaba con Fernando, lo deseaba, lo quería tener cerca para humillarlo, para verlo de rodillas, aunque tuviera que botarlo en seguida. Arrebatada como una histérica, iba azotándose por la calle presa de raros estremecimientos lúbricos, y en medio de su fiebre no veía al adolescente enfermizo sino al joven nervioso y sensual de otro tiempo que la dominaba con sus caricias, que le infundía el calor de su cuerpo, que la embriagaba con sus besos largos, quemantes abiertos...
Le hubiera dejado unos días su alhaja de perlas, y hubiera diferido el asalto a la fortuna de Alejandro, con tal de no verse vencida por éste, con tal de sacar triunfante su orgullo y retener a Femando, que era suyo y de nadie más...
A la media cuadra tuvo que regresar: había olvidado el dinero. Entró precipitadamente, tiró un cajón del armario y tomó un ridículo bolso de cuero negro, pendiente de una cadena plateada que se envolvió dentro diez billetes de a peso y uno nuevo de a cinco en la muñeca, después de cerciorarse de que había duros.
Al salir de prisa sonaron las cuatro y oyó claramente el pito del tren de la Sabana.
-Si se había de ir hoy, ya se fue -pensó-. No importa. Ese va a dar fijamente a la hacienda del hermano. La cuestión está en que el tal Alejandro no haya ido a sacarlo o el sinvergüenza del Antonio Velarde, siempre metiendo el hocico.
Echó hacia la casa de Alejandro, situada por la calle de San Miguel, a ver qué podía averiguar para no errar el golpe que meditaba. No fue necesario en una esquina encontró a Pelusa y lo extrajo de un corrillo.
-Señor Pelusa, ¿me permite una palabra?
- ¡Mi señora! ¿Cómo está usted? ¿Qué tal por allá?
-respondió Pelusa separándose del grupo, hecho un arco, el sombrero en el suelo y la mano extendida.
Diana le dio dos pases y lo puso en el terreno. En ese instante acababa de llegar a la Estación de Occidente con Alejandro y Velarde, después de embarcar a Fernando. El viaje, resuelto la víspera en una comida en casa de los dos hermanos, era cosa larga. Tomando la vía de Girardot a salir a Honda, Fernando iría a Lima, luego a Chile y regresaría por...
-Por... no me acuerdo -concluyó Pelusa-. Es una correría matroz, cosa de más de un año. El día lo hemos pasado consiguiendo los pasaportes, arreglándolo todo para no demorar el viaje. Yo estoy bestialmente cansado.
Los transeúntes miraban con asombro a Pelusa tan fresco, entretenido en plena calle con Diana, que estaba encendida de cólera. A Fernando le quedaba dinero y se lo estaba ocultando; tenía con qué viajar....
- ¡Miserable! -dijo en alta voz, sin cuidarse de su repórter-. ¡Conque sí! Conque se va sin avisarme el gran canalla... ¡Ese me las paga!
- ¡No friegue, hombre, mi señora! -exclamó Pelusa aterrado.
-Hasta luego, señor Pelusa. Mil gracias.
-No hay de qué, mi señora. Que lo pase muy bien, saludes por allá.
Diana no quería saber más. Caminó un poco, subió por la calle 12, se detuvo un momento en la esquina de la Academia y doblé hacia el norte...
