P S I C O L O G Í A S
Efe Gómez
I
Que Lorenzo había comprado su macho a un desconocido, era notorio.
Pero como en esos tiempos de revuelta se forjaban a tal suerte de animales, genealogías, para explicar su limpia procedencia, semejantes a las con que su apellido engalanaba en otras épocas un español venido a Indias, nada cierto se sabía sobre sus orígenes primeros.
Todo era posible.
Hasta sangre de reyes recorría las venas de ese hijo de burro.
Acrecentaba más esta sospecha, su ademán desdeñoso con respecto a los demás de su especie.
¡Ah, el buen macho!
Por las tardes, suelto ya en la posada, después de revolcarse en tres amagos, sin lograr jamás dar la vuelta, salía sacudiéndose; y luego de resoplar dos o tres veces, olía la yerba de los mogotes engramados, hasta elegir uno de que mordía con displicencia, sin mirar siquiera a las flacuchas mulas de los arrieros que lo veían pasar con la boca abierta, admiradas de su buen pelo; dejaba en seguida de comer, y parado en un altico, estribando sólidamente en los cuatro cabos, bajaba las orejas grandes y entornaba los párpados enormes.
Por supuesto que eso le acarreaba acerbas críticas. Pero en cambio -sobre todo entre las mulas- eran de oírse en esos momentos circular a flor de césped, entre mordisco y mordisco a la jugosa grama, historias misteriosas con respecto al Mayor -que a ese nombre respondía- mezcladas de cierto terror curioso, de cierta atracción malsana hacia el enigmático personaje.
Él, por su parte, dejaba decir.
Y hasta fomentaría, sin quererlo, los decires. Porque jamás trataba de los altos personajes de todos los órdenes sociales sino como de amigos íntimos, y hasta con cierta risita burlona muchas veces. Relataba otras, vagamente, grandes batallas, recepciones suntuosas, viajes lejanos, regios amores, especulaciones por cientos de miles de dólares.
Hasta llegó a decirse por La Capul, una mula puertera muy ladina, que podía muy bien ser, ese señor tan raro, el hijo de Luis XVI, el Delfín perdido.
Se habló mucho, mucho.
Y llegó a oídos del Garitero, un veterano en uso de licencia, que de resultas de una matadura, temperaba en la posada de La Tolda, adonde llegó esa tarde Lorenzo con su amigo y en donde a poco volvieron a alcanzarlos los arrieros.
Al rato, conversaba el Mayor con la mula de Lucas, el amigo y compañero de Lorenzo -con la Pisca- única persona con quien mantenía relaciones; y el Garitero, que no se tragaba las historias que venían contando sus colegas, resolvió examinar las cosas por sí mismo.
Fuese, pues, a ellos, mordiendo grama... mordiendo grama, como quien no quiere cosa. Cuando se les hubo acercado, pastaba... pastaba, y no les perdía palabra ni movimiento: era un observador formidable el tal Garitero. Cuando los examinó a su antojo volvióse a sus compañeros que lo esperaban reunidos. Al llegar a ellos rizaba su jeta con una sonrisa burlona.
-Ya vienes con las tuyas- dijo La Capul, que era muy agresiva y muy apegada a su parecer.
-Si no quieres, nada diré -contestó el Garitero.
-¿Habéis reparado -contestó entonces- en la majestad del Mayor para expresarse?
-Sí -dijeron todos.
-¿Y en el dogmatismo de sus opiniones? ¿Cómo es grande en todo: en las palabras, en los silencios, en las pequeñeces?
-Pues demás.
-¿Cómo hay en su rostro huellas de grandes sufrimientos, grabados en sus facciones repliegues que denuncian orgullos enormes?
-Si lo conocemos mejor que tú.
¿Cómo tiene de golpe ausencias y responde a su interlocutor dejando adivinar que no ha oído lo que se le dice? Pues bien...
-Lo que yo decía -interrumpió La Capul-: es un príncipe que viaja de incógnito.
-Nada de eso.
-¿Que no? Entonces un nihilista desterrado.
-Ni príncipe, ni nihilista, ni nada... Es un enfermo.
-¿Un qué?
-Un pobre diablo atacado del delirio de grandezas, una enfermedad muy común en las democracias pobres.
-¿De suerte que quieres decirnos que es un loco? Pero si a él no le ha dado por ser Papa, ni rey, ni aún general. Si ni siquiera ha tratado de resolver el problema del papel moneda.
-Todavía no. Está en el período de gestación. Pero lo veréis: lo digo yo, el Garitero; él por fin estalla.
II
En fin de fines: tantas así era la Gómez que le tenía metida el Mayor a la buena. Pisca, una criatura candorosa que se había venido voluntaria de su dehesa nativa, de allá de la Altiplanicie, en la brigada de un Estado Mayor. La cual Pisca iba esa tarde de mal modo, tascando el freno y guiñando la oreja derecha.
-¿Conque muy enamorada? -le dijo el Mayor, con esa sonrisa de compasión dulcísima con que a los pequeños nos sonríen los que están seguros de todo lo que valen.
-¡Ay, señor! Y qué cosa tan amarga es amor de mula -contestó dando un suspiro.
-Amor sin esperanza, nada menos. ¡Pobrecita! Cuando te vi tan prendada de ese caballo blanco por quien ahora suspiras, que encontramos allá en la manga del hotel, pensé aconsejarte que no pusieras amor en ese tunante; pero temí que lo tomaras en mala parte y creyeras que yo tenía intereses en ti. ¡Es una alhaja el objeto de tu amor! Y al tal le viene de raza lo embaucador y enamorado, pues según informes, viene siendo nada menos que nieto del caballo aquél de Ña Teresona. Al cual, viejo ya y achacoso, cuando veía pasar una potranca se le brotaban los lagrimones.
-Esa sí es gente.
-¡Hombre Pisca! Después de las que te hizo, salir con esos elogios, no tiene perdón, francamente.
-El amor sí que es sinvergüenza, de veras, ¿no? A veces creo que me voy a morir de tanto pensar y pensar. Me propongo olvidarlo, aborrecerlo... ¡y no puedo, no puedo!
-¿Pero qué le viste a ese holgazán, que así te puso?
-¡Yo qué sé! Es tan hermoso, tan querido. Y mientras más me hace sufrir, más lo quiero. ¡Ay! ¡Y cómo me ha hecho padecer! Hacía cuatro días que nos habíamos conocido -¡los días más felices de mi vida!- cuando una mañana en que estábamos los dos solitos mordiendo carretón tierno al borde de una corriente de agua fresca y dulce, oímos chirriar la puerta de la manga y vimos entrar a un muchacho con una yegua negra que soltó a pastar. La miré y me brincó con violencia el corazón: era una hembra soberbia. Sentí miedo de ella, comprendí que me iba a robar mi ventura. Torné a mirar a mi compañero, y vi que la miraba y se me emparamó el corazón. Observé un estremecimiento involuntario recorrer su piel; se le avivó el ojo, la dilatada nariz se ensanchó más aún, y un relincho poderoso, retumbante, apasionado, reclamo irresistible de amor auténtico y fecundo, atronó los ecos. La hembra contestó al llamamiento con otro relincho, femenil, de modulaciones cadenciosas. Y partieron con gallardo trote el uno para el otro. Llegados cerca, enarcaron las crinadas nucas, confundieron sus alientos tibios y se mordieron con delicia. Yo estaba desolada. Y cosa rara: no sentía rabia; sentía una tristeza... porque, ¿qué era, qué podía hacer yo ante esa criatura llena de gracia, cuyos ijares fecundos se estremecían deliciosamente, con estremecimientos de flor recién abierta que aspira la bocanada de aire tibio que le trae en su seno el polen fecundante, yo, criatura estéril, yo, la hija de un pollino? Llena de humillación y de vergüenza me escondí en un matorral, baja la cabeza y desmayadas las orejas. Y en esa posición, pensando en lo triste de mi suerte, me sentía morirme. A poco, pasaron por allí, en tropel bullicioso, los dos enamorados, me descubrieron, se hablaron al oído y se alejaron riéndose de mí.
-¡Los sinvergüenzas!
-No los llame usted así, Mayor. Que aun cuando a veces excedan los límites del decoro, ellos tienen derecho: su amor enriquece el mundo de nuevos seres, bellos y felices. ¡Cuánto los envidio!, yo, criatura infecunda que no llegaré a ver jamás, con amoroso sombro, un ser retozón y adorable, nacido de mis flancos, hollar el césped con sus cascos diminutos.
-Poesía, pura poesía. Uno a tu edad es muy poeta. Pero cuando se ha visto tanto mundo como yo he visto, yo que he rodado más que una mala noticia; cuando hemos palpado lo fugaz de los placeres de los sentidos, entonces -por mis blasones te juro- todas nuestras pasiones se resumen en una sola: la ambición del mando. Reinar sobre los demás, obligarlos a tener nuestro nombre en la memoria, no importa que sea como símbolo de odio y de desprecio; eso nos resarce de nuestros días de oscuridad, de los desaires devorados, de las humillaciones tascadas en silencio, de la insolencia del orgullo ajeno que nos hería con solo pasar junto a nosotros sin mirarnos. Toda la hiel secretada en la carrera larga de nuestras luchas en la vida, se trueca en miel dulcísima cuando nos hacemos hombres grandes... Pero tú no puedes no comprendes esto, pobre Pisquita; tu alma inocente...
El Mayor cortó de repente el hilo de su peroración, paróse un instante, levantó las orejas, en seguida bajó casi a flor de tierra la nariz y olió el sendero dando un soplo: llegaban a un punto difícil del camino. La Pisca, que iba un poco adelante, empezó a vacilar antes de aventurarse al difícil paso: una pendiente vivísima y estrecha que iba a morir en un fangal profundo y sembrado de hoyos. El Mayor que la vio vacilar pensó que debía ensayar para el porvenir su vis diplomática y le gritó:
-Ea, pues, Pisquita. Ahí se te presenta ocasión de concluir con la pesada carga de tu infeliz y enamorada existencia. Lánzate y acaba de una vez.
Y viendo que la Pisca continuaba vacilando:
-Tírate, tírate, sin pensarlo siquiera, como dicen que habla y escribe un muisca paisano tuyo.
Aún no había terminado el Mayor su indirecta y ya la Pisca se había arrojado valientemente. Y allá cayeron el jinete en su asiento y la Pisca en el barro. Revolvióse ésta con esfuerzo, dio cinco o seis botes, zarandeando al jinete, siempre firme, hasta salir a campo seco, temblorosa y jadeante.
-Es bueno que se baje -gritó a Lorenzo su amigo, puesto ya en salvo-: el macho se cae, lo conozco mucho, es demasiado sublime. Y por pasar con las piernas estiradas y la cabeza en posición es muy capaz de darse una embarrada. Siguió aquél la advertencia y echó pie a tierra.
-¡Dizque me caigo! -dijo el Mayor a su compañera saliendo junto a ella con el hocico untado de barro- ¡caerme yo que he visto, sin pestañar, desplomarse el Tequendama desde la misma roca donde lo admiró Bolívar!
-Nadie está libre, Mayor, de una caída.
-Pero yo sí: primero se cae un dado falso. Y tú también eres fina, eres una muchacha de esperanza.
-Poco más, Mayor -contestó la Pisca ruborizándose.
En esas se le fueron al Mayor las manos en un hoyo, y por más que batalló y mordió el freno, no pudo tenerse y besó al fin el suelo con la jeta. Hincháronsele a Pisca de risa los carrillos, no por mal corazón, sino porque es un movimiento natural, al ver caer al otro, el reír, cosa que, entre otras muchas, prueba nuestro origen altísimo. Alzóse el Mayor y volviéndose a la Pisca que, al fin mujer, cambió su risa en seriedad, exclamó:
-Cómo se hunde el terreno bajo mis pies. ¡Ya no puede la tierra conmigo!
