CAPITULO XI
EL ANTEOJO
Estaba Margarita en el lustro glorioso de su carrera. Era linda,
a pedir de boca y su talento, cultivado en el colegio y sobre todo
por los cuidados de doña Mercedes, la cual no separaba sus ojos de
ninguno de los síntomas de su tierno corazón. Había adelantado
mucho en la música, recurso muy apropiado en el campo para explayar
la exquisita ternura de que estaba dotada. En lugar de inglés y
francés recibió lecciones completas de dibujo lineal y de paisaje,
con todas las reglas del oscuro y claro, de que tanto necesitan las
señoritas para que sus bordados no sean parches alegres, en vez de
formas perfectas de pintura. Mirándolo bien, el inglés y el francés
hubieran tenido en La Pradera el mismo resultado que las
balas de cañón que se compraron con parte del empréstito de los
tres millones, que no sirvieron para nada, porque no hubo en
Cartagena cañones de ese calibre.
No faltaban visitadores todas las semanas en El Olivo y
La Pradera. El que más repetía las visitas y más largas
las hacía, era don Canuto, llamado por esto el Doctor
Cataplasma, apodo puesto por las criadas; era uno de esos
pretendientes que se pasan de maduros, entretenidos en los placeres
del galanteo y cuando se acuerdan de casarse es cuando ya la pata
de gallo asoma en el ojo izquierdo. Este petimetre, aunque falto de
vista y oído y algún tanto afectado del reumatismo, se creía
excusado de sus defectos con la posesión de unas tiendas, una
quinta y algunas viejas oncitas, de que hacía alarde, unas veces de
haber perdido y otras de tenerlas demasiado seguras. La plata le
servía de salvoconducto para sus floreos y más que todo la sordera,
la cual le servía muy a tiempo para no darse por notificado de las
pullas salerosas de la muchachas de las dos haciendas; por ejemplo,
cuando decía Margarita que la nieve del Tolima se alcanzaba a ver,
no obstante las nubes pasajeras del horizonte y otras cosas por el
estilo.
Había un visitador de buenas prendas morales, de la misma
opinión política de Margarita, que no pasaba de veinticinco años;
tenía un capital suficiente para pasar su vida en estado de
matrimonio. Se llamaba don Eladio Benavidez y era muy apreciado
entre todos los sabaneros del Norte.
Pero a Margarita la oprimía una mano fatal: su grande
sensibilidad se estrellaba contra la frialdad de los sentimientos
de Carlos, a quien amaba sin poderlo evitar y de quien recibía
alternativamente pruebas de aprecio y de indiferencia, sufriendo en
silencio, porque tenía buen sentido, buena educación, y sobre todo,
mucha dignidad, para mostrarse apasionada por un hombre que no la
quería con todo el aprecio que se merecía; Margarita dominaba su
pasión con todo el heroísmo de una mártir, mientras que Carlos se
divertía, como los indios sabaneros en tiempo de inmigración de
patos, poniendo muchos lazos y curándose muy poco de los que
pudieran perderse; usaba de la chanza con mucho primor, de tal
naturaleza que salía siempre bien con toda la gente y en especial
con las mujeres, que gustan menos de las conversaciones de provecho
que de los equívocos y de las flores del enigma, tan comunes en
todas las sociedades.
Corría el mes de marzo de 1854, tiempo de riguroso invierno y
las vegas del río estaban cubiertas por las aguas de la corriente;
el puente del camino real tenía obstruidas sus dos entradas; los
alisos del lavadero se veían como sembrados en el agua. Con esta
novedad se habían alegrado los gansos, que sumergidos en la inmensa
laguna, victoreaban su independencia, con sus gritos acostumbrados
y se confundían con los patos libres de las inmigraciones
periódicas de abril, a tiempo que la orilla de la ribera estaba
cubierta de chorlos y caicas, sacando provecho de los insectos
ahogados, por aquello de a río revuelto ganancia de
pescador, que tantas aplicaciones tiene en la República de la
Nueva Granada; a tiempo que alguna cruzaba con su vuelo perezoso,
confundiendo su áspero sonido de cuar, cuar, cuar, con los gorjeos
de los chorlos, que se desplegaban en guerrilla, por las orillas de
la laguna, tan alegres los unos como los otros, agregándose a esto
los silbos y las voces imperativas de los criados, que metiéndose
hasta la rodilla en el agua trataban inútilmente de reducir los
gansos a sus deberes.
El espectáculo no dejaba de tener sus encantos, más cuando toda
la familia de La Pradera se paseaba sobre las doradas
flores de la pacunga y achicoria, que son tan abundantes en la
sabana.
Margarita contemplaba este cuadro desde lejos, procurando tomar
el diseño desde el balcón de la casa y luego que hubo terminado su
dibujo, suspiró y tendió el anteojo de larga vista sobre las
llanuras del oriente, que era otro espectáculo asombroso, por la
soberbia fachada de la casa de El Olivo, que se levantaba
sobre la superficie del llano, como una isla pequeña que descuella
sobre los mares de verdura y por las lomas, que iban a terminar a
tres leguas de distancia, en las cuchillas amarillentas del páramo,
donde comenzaba el oscuro cielo.
El Olivo se veía solitario en apariencia; Isabel no
aparecía en los balcones; no había ganado en la corraleja, ni se
veía por allí jinete alguno que se pudiera parecer a ninguno de los
patrones.
Tornó el anteojo a las estancias, que por cierto presentaban
pinturas encantadoras, por el humilde contraste de los techos de
paja con los tejados relumbrantes y las paredes blanqueadas de la
hacienda. Se fijó por acaso en Los Arrayanes y sufrió una extraña
impresión al ver los piramidales arbolocos y las sombras de los
borracheros, alzándose sobre la llanura como un muro de nieve, con
la apariencia de los pueblos de la antigua provincia del Socorro,
cuando se ven a tres o cuatro leguas de distancia: era que Genara y
ñuá Saturnina habían extendido en la cerca toda la ropa de
La Pradera, que lavaban con primor.
Buscó en seguida la estancia de Los Alcaparros y vio en la cerca
de los contornos un caballo ensillado, parecido al cisne de su
hermano; en el recinto no se notaba movimiento ninguno, ni entraba
ni salía persona alguna. Al cabo de medio cuarto de hora salió un
hacendado por entre los alcaparros del patio y se dirigió hacia
donde estaba el caballo ensillado; Margarita creyó que iba a
montar, pero él no hizo otra cosa que golpear el asiento de la
silla y volver el cojinete al revés, lo que se hace en la sabana
para que no se caliente la montura con los rayos del sol; después
de esto se volvió a entrar el hacendado a la casa.
El anteojo no se apartaba de la choza, aunque a Margarita se le
caían las lágrimas del ojo izquierdo, por tenerlo enteramente
cerrado, cuando de repente aparecieron en la mitad del patio
Fulgencia y Carlos, ejecutan do las morisquetas de un bolero o de
un torbellino del país, a las cuales correspondía Fulgencia
agachándose y cambiando de puesto, tal como si ejecutasen una
ridícula pantomima en el teatro.
No pudo colegir lo que sería, aun cuando aumentó las
graduaciones del anteojo; únicamente se ratificó en la dolorosa
verdad de que los personajes eran Carlos y Fulgencia; más no
alcanzó a descubrir si peleaban, si bailaban o si jugaban de manos;
ni tampoco pudo asistir hasta el fin del espectáculo, porque se
sintió afectada de los nervios de que solía padecer. Puso el
anteojo sobre el canapé de la sala y se bajó a los corredores del
patio.
Allí estaba limpiando trigo ñua Juana María, la
estanciera de Las Manas, en una mesa baja y sentada en un costal de
trigo, de media vara de alto. La peona estaba sola, porque Marcela
y María Cogua estaban aventando trigo por fuera de la casa,
buscando la corriente de aire. La señorita se sentó junto de la
limpiadora de trigo y por distraerse le preguntó:
-¿Qué hay de noticias, ñuá Juana María? ¿Qué dicen de
la revolución?
-Casi nada, mi señora, contestó la peona, sin dejar de pasar la
mano por encima del trigo, como quien cuenta dinero, separando los
terroncitos y toda clase de basuras.
-¿Cómo?, ¿casi nada?, ¿es decir que sabe usted alguna cosa?
-La revolución de Lugencia. ¿No la vio sumerced con un
ojo negro el día de la cacería de los buitres?
-Dijo que se había dado un topón.
-Muy cierto, mi señora, contra los dedos de mascalanas de José
María, que por fin se animó a decirle cuantas son cinco.
-¿El novio?
-¡Qué novio ni que pan caliente! ¿No ve sumerced que ya no hace
caso de los pobres?
-¿Por qué? ñua Juanita.
-Porque tiene buena ropa y sortija de oro y una buena caja de
costura, que su merced vería en la casa el día de la cacería de los
buitres. Eso dicen, porque yo no llego a sus puertas, ni me gusta
averiguar lo que no me importa. Lo que me admira es que a
ñua Petronila apenas le alcanzaba la plata para echarle a
la hija unas naguas de frisa y ahora...
-Pero trabaja en la harneadura y en los trabajos de afuera.
-No creo, mi señora, que el mero real diario que se gana en las
haciendas les alcance para tanto: eso cuéntemelo sumerced a mí y
también a mi hija, que apenas tenemos para lienzo y frisa y con
mucho trabajo para un trapito fino. Es que ellas tienen quien les
haga favor.
-¿Cómo es eso de favor?
-Pues que tienen quien les preste, seguramente; pero renuncio de
esas fortunas, ¡Ave María, Jesús credo!
-¿Y quién es el que les hace favor?
-Dicen que el amo Carlos; aunque a mí no me consta, porque uno
dice lo que oye y nada más. Lo mismo que dicen del amo Fernando y
de Genara, pero eso yo no lo creo.
Se habían acercado las gallinas al trigo que se estaba secando
en el patio, extendido sobre los cueros de res y ñua Juana
María se levantó corriendo a espantarlas con estas voces de
alarma:
-¡Huisa! ¡Huisa!, ¡golosas de la trampa!
Se infiere cuál sería la inquietud de Margarita al oír esta
relación; pero ¿quién que ama como ella no tendrá la resignación
suficiente para seguir oyendo una delación que le tocaba tan cerca,
por odiosa que parezca ésta?
Cuando se volvió a sentar la harneadora, reparó que su señorita
dejaba pasar la tierra sin separarla, como era debido, porque la
pobre estaba sumamente distraída.
Continuó la harneadora su interrumpido trabajo al mismo tiempo
que su conversación:
-Engreída que está la china, porque piensa que mi amo Carlos la
quiere; pero ella no sabe que en Bogotá es donde tiene sus
amistades el amo.
-¿En Bogotá?, preguntó Margarita como distraída.
-Sí, mi señora; la cachaquita de la casa donde estuvo viviendo
el amito en el tiempo de los estudios. ¡Buenos estuvieron los
estudios!... Y esto lo sé como si lo estuviera viendo, porque la
novia de Pericón le trajo una cartica el día que llevó la carretada
de leña a don Eulogio y yo vi dicha carta, por la razón de que nos
echó Pericón en el carro, a la novia, a mí y a otra mocita de
Zipaquirá, hasta donde hay camino para carro y nos trajo todo
nuestro mercado y a mí me preguntó con mucho empeño la niña
Radical, la que vive en una tienda, debajo de los balcones de don
Eulogio, por mi amo Carlos y le mandó un abrazo por cuenta de ella
y otro por cuenta de una niña María Conserva, que. lo estaba
pensando mucho.
No quiso saber más noticias la hija de doña Mercedes y subió de
nuevo las escaleras y poniéndose en el balcón sin el anteojo, lo
primero que vio fue a Carlos, que venía a todo galope en dirección
a La Pradera.
Se puso pálida la inocente Margarita. Quiso evitar la visita,
yéndose a encontrar con toda su familia, pero estaba recomendada
del cuidado de la casa, para que las harneadoras, las criadas y las
gallinas no se quedasen en estado de Asamblea, como los gansos. Se
preparó, pues, a recibirlo y cogió el tambor de bordar, para tener
los ojos ocupados. Pronto oyó los aullidos de Amante y Aquiles y de
los otros perros de cacería, que saludaban a un jefe veterano como
los antiguos camaradas y al ruido de las espuelas de fierro conoció
que ya venía por las gradas de las escaleras.
Se presentó Carlos en la sala con la dulzura en los labios y la
confianza de una antigua amistad y le dirigió a su vecina las
siguientes palabras:
-¡Qué dicha es vivir a un cuarto de legua de una vecina tan
apreciable y tan hermosa!
-¡Y qué desgracia es tener que oír el sarcasmo y la ironía!,
contestó Margarita, sin alzar los ojos del bordado en que
trabajaba.
-¡Ironía, dice usted, cuando para mí es usted un ángel, por la
gracia y las virtudes que la adornan!
-¿Y a qué vienen esas boberías?, ¿las mismas que usted acabará
de decir a las peonas de su hacienda, a las que visita usted con
tanta frecuencia?
-¿A las peonas? ¡Imposible! ¡Ellas no merecen las visitas de un
hacendado!...
-Yo soy la que no merezco que se me trate bien.
-¿Usted?... Usted merece todas las consideraciones del alto
tono, por no decir de la aristocracia, porque la palabra no me
gusta.
-¡Cierto! Usted hace consistir la esencia de las cosas en el
juego de las palabras.
-Lo que me parece es que mi preciosa vecina está de mal humor.
Estos días de creciente de los ríos y de lluvia, y de nubes que se
suceden a la furia de un sol abrasador, son enteramente nocivos
para los nervios... ¿Y cómo es eso de mis visitas a las peonas?
¿Tenemos aquí chismes de las arrendatarias?
-Tengo ojos: lo he visto a usted en Los Alcaparros.
-¡Son encantadores!, pero creo que no alcancen a ver a más de
media legua de distancia.
-¿Y el anteojo?
-¡Oh!... ¡es muy posible!... Pero el hacendado tiene que parar
al frente de las estancias por una infinidad de cosas que se
ocurren en el gobierno complicado de las haciendas.
-No solamente parar, sino entrar a las casitas y retozar con las
arrendatarias, ¿no es verdad?...
-¿Retozar?... Margarita...
-O bailar... o que sé yo...
-Que malo debe ser el anteojo de La Pradera, o que
excitado debe estar el nervio óptico de su vista, Margarita.
-¡Así nos sucede a las mujeres! Todo lo que vemos son ilusiones,
v sólo el hombre, inteligente, ilustrado y soberano tiene la razón
en todas las cosas. Tal vez estoy equivocada; lo mejor es que
hablemos de otra cosa, o que no hablemos de nada.
-¡Eso no! porque quedaría en mal concepto.
-¿Por qué? ¿Siendo usted, como es, partidario de la igualdad y
enemigo del alto tono? ¿Acaso es malo retozar o bailar con una hija
del pueblo, a las once del día, en su cabaña, sin más público que
el ganado del llano y el caballo ensillado? Y como Fulgencia está
tan ponderada de buena moza y como tiene caja de costura y buena
ropa y sortija de oro...
-Pues oiga usted, Margarita, para que no se crea de cuentos, ni
del anteojo, ni de sospechas infundadas. Usted sabe que yo tengo
una pasión por los gallos que raya en furor, seguramente porque
tengo muy pronunciado el órgano de la guerra, como lo dijo el
frenologista; usted debe saber que al dejar mis estudios en Bogotá
me vine, trayendo un famoso giro negro, de la raza de los perijaes,
que en esa ciudad me ganó una pelea en la gallera pública y otra en
una privada, por el lado de Las Cruces viejas. Ahora es menester
que usted sepa que yo he puesto a cuidar el giro negro en la
estancia de Los Alcaparros y que hará unas dos horas que fui a
carear un gallo nuevo con el viejo veterano y Fulgencia dirigía la
pelea por la parte del veterano y yo por la del pollo novicio; y
los movimientos, las mudanzas, las entradas y salidas de la
escaramuza de esta especie de guerrillas; es lo que a usted le ha
parecido retozo, o baile, o que sé yo qué cosa. Vea, pues, para lo
que sirve el anteojo; y a Isabel le voy a decir que se deje de esa
diversión. ¿Qué se suplen con ver ilusiones?
-¿Y las fincas que tiene Fulgencia son también ilusiones del
anteojo? ¿Y la pelea de ésta con José María?...
-Todo eso consiste en mi pasión por los gallos; Fulgencia gasta
el maíz y el arroz de su despensa por cuidar al giro, y es
necesario que yo le recompense con alguna cosa. Esto no lo ha
comprendido ese tonto de José María, y parece que le ha puesto la
mano: eso es todo.
-¿Y eso de la cartica de Carmelina, y los recados de la Conserva
y la Gólgota?...
-¡Caramba con el anteojo! Es de nueva invención seguramente,
cuando traspasa las casas y las inmensas distancias... Es un
anteojo magnético admirable. Esto lo que me causa es risa.
-Pues no se ría usted del medio por el cual haya yo descubierto
sus amores democráticos y aristocráticos de Bogotá; eso poco
importa: lo que importa es saber si es cierto que usted recibe
cartas y recados de Bogotá, y nada más.
-Esto tiene también sus explicaciones, parte en los gallos y
parte en la circunstancia de haber vivido juntos en una misma casa
con Carmelina, con la confianza de hermanos. María Conserva me
cuidaba el giro y la Radical me tuvo en su tienda una gallina fina,
porque don Eulogio no quería tener alboroto en su casa. Ahí tiene
usted por el suelo una visión de tantas que se forjan las mujeres
de cuenta de que quieren tener dolores de cabeza.
En la extremada sensibilidad de Margarita no era posible
aguantar por más tiempo la discusión. En efecto, se levantó
dirigiéndose hacia el balcón, en donde se puso a mirar para las
vegas del río; a poco rato vio que entraban en la calzada del
puente dos bestias de mala figura, cargadas cada una con cuatro
haces o atados de leña y que detrás venía una pobre estanciera con
su ruana puesta y remangada lo suficiente para no mojarse; arreó
sus bestias para que pasasen el espacio de unas veinte varas de
trecho, que el agua de la creciente cubría perfectamente; más
habiendo errado el camino de la calzada o camellón una de las
bestias, rodó, empujada por la fuerza del agua, hacia la madre del
río; y la infeliz mujer; sin poder hallar recurso en lo humano,
comenzó a lamentarse en alta voz y a llamar a todos los santos del
cielo.
Doña Mercedes, Justina, los niños y una criada corrieron, pero,
detenidos por la creciente de las aguas, ninguno podía socorrer la
bestia, que en vano luchaba contra las ondas, y a cada paso se
engolfaba más y más en la corriente del río.
Ya era infalible su pérdida, cuando salió de una casita, situada
junto del río, una estanciera haciendo el chambuque en el rejo de
enlazar y del primer tiro dejó enlazado el caballito, y lo haló,
ayudada por la mujer, hasta la propia orilla, a donde habían
acudido algunas personas atraídas por los gritos, y lo sacaron en
peso.
Es muy fácil de figurarse la alegría de la pobre leñadora, de
doña Mercedes y de todos los espectadores. Carlos había llegado,
aunque tarde, y todos a la vez le daban las gracias a la joven
enlazadora, a la cual premió doña Mercedes con algunas monedas;
mandó en seguida llevar de la casa una muda de ropa para la
leñadora, que con los afanes no se cuidó de sostener sus vestidos
arregazados y se mojó hasta la cintura.
La familia volvió a la casa, con la esperanza de que los gansos
saldrían con la noche a buscar su corral. Se le sirvió vino a don
Carlos con algunos bizcochos, y se despidió a poco rato, llevando
un surtido de memorias para Isabel, doña Josefa, Rosalía y toda la
familia.
Carlos se encontró en el camino con Fernando, el cual le convidó
al potrero de ceba a coger el Huracán, que no había querido entrar
al corral y estaba arisco ese día. No se tardaron en ejecutar la
maniobra, porque habiendo reducido el caballo a un ángulo del
potrero, rompió carrera por en medio de los dos hacendados, y
Carlos le tiró un chambuque por debajo y lo dejó enlazado del
pescuezo. Remudó Fernando su caballo que estaba un poco estropeado
e invitó a su vecino para que lo acompañase al otro extremo del
potrero a revisar un trabajo de zanja o chamba que le estaban
haciendo a destajo.
El chambero era el sargento Cogua. Cuando lo vio Carlos sin
camisa, y con su pequeña ruana hecha guayuco, metido entre el agua
y el fango, con su pala cogida a dos manos, limpiando una pared de
la zanja del barbasquillo, los juncos y la cortadera, se enterneció
de ver la suerte de un héroe, por una parte y de un muisca por
otra, tal vez descendiente de algún cacique o jeque de la
antigüedad.
Fernando le hizo algunas observaciones relativas al trabajo al
soldado monumental, y le preguntó por su hija María, la que Carlos
había conocido en la siega del trigo y con la cual había hablado en
los rodeos pasados, tipo perfecto de la hermosura chibcha;
agraciada, a pesar de su poco aliño y aunque tratable, reservada y
maliciosa, según el carácter general de los antiguos indios, más
por necesidad que por raza, a causa de las vejaciones de los
españoles y criollos de la colonia y de los tiranos de la
república, pues de todos han sufrido desengaños, despojos y
violencias.
No contestó ñor Cogua a la última pregunta de Fernando, porque
vio a alguna distancia de la chamba, en la parte más seca, una
zorra, que caminaba fatigada por el peso de una ave que se llevaba.
El sargento gritó de lejos y la zorra se salió al llano,
abandonando su presa; Fernando sacó su rejo del arzón y muy pronto
la alcanzó en el Huracán, que era el mejor caballo de cacería y la
enlazó del pescuezo; Carlos acudió en el acto, le puso igualmente
su rejo y tirando para distintos lados los dos cazadores, la
ahorcaron; el sargento le soltó los rejos y muy en breve se puso a
quitarle el cuero.
Carlos se puso a observar la presa y con asombro, dolor y rabia
conoció al giro negro, muerto, arrastrado y ensangrentado. La zorra
había hecho el tiro en las gallinas de Los Alcaparros y cargó con
el sultán, sin la menor consideración por sus heridas ni por sus
glorias pasadas.
Carlos guardó el cadáver debajo de la ruana y se dirigió a Los
Alcaparros. Fernando lo siguió y cuando se acercó a la casita se
quedó en un lugar donde no podía ser visto de las haciendas, como a
veinte pasos de distancia de la puerta de talanqueras, porque ya le
había cogido miedo al anteojo.
-¡Fulgencia!, gritó el joven hacendado.
-¡Señor!, contestó la estanciera.
Al instante salió ésta al patio y Carlos le preguntó:
-¿Dónde está el giro negro?
-Por aquí, con las gallinas.
-¿Ese es el cuidado que tú tienes?
-¿No me dijo usted que lo dejara suelto con las gallinas para
sacar la cría? Pero si quiere lo cogeré, porque nada cuesta.
Fulgencia se volvió para el lado de la huertecita y tocó llamada
por este estilo:
-¡Piuuu, piu, piu, piu, piuuu!
Las gallinas aparecieron sin el esposo común y como se llenase
de afán la inquieta estanciera, descubrió Carlos el cadáver del
desdichado giro y se lo arrojó al patio.
-¡El zorro, seguramente!, exclamó la estanciera, poniéndose la
mano en el cachete.
-Para que veas el cuidado que has tenido, perra cochina.
-Poco a poco, don Carlos, que a mí no me debe tratar de esa
manera.
-¿Por qué no? ¿a una vil como tú?...
-Porque usted mismo me dijo que todos éramos iguales y me enseñó
a que no le dijera mi amo ni sumerced... ¿Y por la porquería de un
gallo viejo, que no vale ni un chicote, me viene a tratar poco más
o menos? Vaya usted muy lejos con sus igualdades y con sus
gallos.
-Yo te enseñaré cómo se trata con un caballero, orejona
malcriada. Diciendo esto, se desmontó y subió hasta el patio con la
zurriaga en la mano; pero la estanciera, que conoció en el
hacendado otro aire muy distinto del que tenía cuando iba a ver sus
gallos, desapareció por entre los zanjones y las matas de
chilco.
Se quedó mirando Carlos, como diestro cazador, el punto de la
loma por donde había de asomar Fulgencia después de atravesar los
matorrales y los zanjones, y cuando la vio tomar una derrota
segura, se volvió a su vecino y le dijo:
-Es una venada que parece lidiada, y ¿sabes lo incierta
que es esta clase de cacería? ¡Pero si la cojo!... ¡Vive
Dios!...
-No habrá nada, porque tú no has de querer deslucirte con
ponerle las manos y fuera de eso el escándalo que habría en las dos
haciendas por semejante acto...
-¡Que digan lo que quieran! La sanción moral será buena donde
todos la respeten. ¿No te parece el colmo de la desigualdad
aguantar lavadas por los miramientos ajenos, mientras otros rompen
derecho?
-Déjate de teorías. Ya verás cómo vuelves a fraternizar con
Fulgencia. Y no sólo eso, sino que pronto vendrás a buscarla a su
casa para contentarla.
-¿A esa china tan presumida?... Ni lo pienses.
-No digas eso, vecino, porque tú la quieres.
-He sentido simpatías muy raras por Fulgencia; pero una clase de
simpatías que yo no puedo explicar.
-Amor, vecino, amor. Eso es lo que se llama amor.
-Pero, vecino, si esto es amor, es de una clase que yo no
comprendo.
-Es amor democrático. Fulgencia es por excelencia la hija del
pueblo.
-Hay un misterio en esto, seguramente. Yo te hablaré con más
detención sobre este asunto.
-No hay más misterio sino que tú la has vuelto gólgota con tanto
hablarle de la igualdad, de la libertad personal y de la autocracia
del yo. Monta y vámonos a comer a La Pradera.
-Gracias, vecino. Les dije a las muchachas que iba a comer
infaliblemente a casa. Lo que debes hacer es irte conmigo y comemos
allá juntos, ¿no te parece mejor?
-Iré mañana, sin falta.
-¡Corriente!, de las dos para adelante. ¡Adiós!
Se separaron los dos vecinos, yéndose cada uno a su respectiva
hacienda.
Ahora informaré a los lectores de algo más de lo que pasó en
La Pradera.
Después que volvió toda la familia de su paseo a las vegas del
río, se le antojó, a la bella Justina dar un vistazo con el
anteojo. Del camino real pasó la puntería a las casas de El
Olivo, tristes a la sazón por la lluvia densa que cubría todos
los cerros; de éstas pasó a las estancias y vio la segunda escena
que pasó en la estancia de Los Alcaparros, cuando Fulgencia huía
del patio y Carlos la perseguía. Lo cual referido sencillamente
delante de Margarita, fue causa de que ésta se fuese a la cama,
terriblemente afectada de los nervios, porque Justina no le dijo
que la seguía con una zurriaga.
La escandalosa insurrección de los gansos no fue sino un ensayo
político, como la independencia de Haití, porque, seguramente
aterrados por las nutrias del río, o sintiendo la falta del maíz y
de la cebada, que son un poco más jugosos que los saltones y
cucarachas, o echando menos su cuadra segura, abrigada y más cómoda
que la ribera de la laguna, se volvieron con la luz del crepúsculo
vespertino. Es de advertir que doña Mercedes no permitía que se
matasen los gansos.
Informaremos también al lector que los pronósticos de Fernando
fueron exactos con respecto a la enemistad originada por el gallo,
porque no se pasaron ni dos días sin que Carlos visitase a
Fulgencia.
A los dos días estuvo Carlos en La Pradera a despedirse
de la familia, porque se iba para Sogamoso a traer un poco de
ganado para la ceba y no logró despedirse de Margarita en
particular, porque estaba mala y en cama, pero le dejó recado con
Justina.
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