CAPITULO XVII
EXPLICACIONES
Nadie daba razón del camino que hubiese tomado don Gaspar: fácil
es concebir la angustia de doña Mercedes en un día en que tan
inauditas peripecias habían sucedido, tales como el desgraciado
combate que había tenido lugar a tres o cuatro leguas de distancia
y de tan fatales resultados.
A las nueve llegó Margarita con el resto de la familia,
caminando a pie desde la estancia de La Cabrera, a donde se habían
trasladado con la familia de El Olivo, temiendo las
excursiones de las tropas beligerantes de Corena y Girón.
Se resolvió que no entrasen al cuarto de Fernando sino doña
Mercedes y Margarita; pero hubo dos compañeros y amigos que no
quisieron someterse a las órdenes, ni aún por el temor de los malos
tratamientos, Amante y Aquiles, que se metieron debajo de la cama,
para no salir sino muy raras veces a los contornos de la casa.
Hasta entrada la tarde no llegó Martín llevando el médico, que
fue reconocido por Margarita por medio del anteojo. Pero la
presencia de este sacerdote de la humanidad, buscado y conducido
con las diligencias más exquisitas, produjo una lamentable
confusión, imposible de describirse.
Don Canuto no pudo hallar en Bogotá ningún médico que fuese a
La Pradera, en aquellos calamitosos momentos de
expediciones y combates, sino al joven Euclides Zambrano,
practicante de cirugía, que tenía ya muy buena fama, aunque no era
doctor.
Al saludar a las señoras, notó el oficioso cirujano la clase de
angustia en que se hallaban; así fue que dejándolo sentado en la
sala, se salieron para el comedor a consultar lo que debía
hacerse.
Allí estaba doña Josefa, que había ido a ofrecer sus servicios
de buena vecina, como lo hacía siempre que había afanes de
cualquiera clase.
-¿Qué hacemos en este caso?, preguntaba doña Mercedes.
¿Introducimos a don Euclides?
-¿Y por qué no?, decía la matrona de El Olivo.
-Porque un rival no puede inspirar la confianza que cualquiera
otro para el enfermo.
-¿Rival?... ¿Qué es lo que usted dice?
-Serán muchachadas, mi señora, serán boberas, pero Fernando no
quiere a Zambrano.
-Yo no sabía que mi hija estuviese dando motivos... y extraño
que hasta ahora no se me diga una cosa de semejante naturaleza.
-No es eso, mi señora; Isabel es incapaz de dar motivos para que
se juzgue mal de su discreción y buen juicio; pero tiene toda la
hermosura suficiente para atraerse pretendientes. ¿No es verdad que
Zambrano se desvive por ella? ¿No se nos metió aquí en los rodeos?
¿No visita las haciendas cada ocho días con el pretexto de la
cacería con escopeta?
-Por acompañar al doctor Cataplasma, que está prendado de
Margarita.
-¿De mi hija?...
-De ella, mi señora Mercedes.
-¡No faltaba más!... Un decrépito que sostiene la figura a
fuerza de remiendos y afeites, como se sostienen algunas casas
antiguas, que se blanquean para cubrir sus innumerables grietas.
¿Es decir que Margarita no se merece un hombre que valga medio?...
Esos son juicios temerarios; y si no, ¿cómo es que yo no he visto
nada?
-Eso es porque no se ve tan claro lo que pasa en la casa propia
como lo que pasa en la ajena.
-¿Sátiras?...
-No, mi vecina; sino que hemos dejado nuestro objeto principal a
un lado.
-Cierto, mi señora Josefa. La cuestión es si Fernando recibirá
bien al médico.
-¿Y qué remedio? ¿Le diremos que ya no lo necesitamos?
¿Mandaremos buscar otro médico, que no vendrá sino dentro de seis o
siete horas y esto con caballos de remuda? ¿Dejaremos morir a
Fernando por un motivo de antipatía o simpatía?...
-¿Y qué hacemos?...
-Es un caso muy apurado. No le quede a usted duda de que
Fernando se afecta al verse en la cama y al pensar que a su rival
le queda el campo libre para conversar con Isabel. Y una afección
de esta naturaleza, en el estado de debilidad en que se encuentra,
sería la muerte para él. ¿Usted conoce la enfermedad de los celos,
mi señora Josefa?
-¿Pero qué hacemos? El tiempo corre y se nos muere Fernando. ¡Y
no estar aquí Gaspar, que es lo que más siento yo! ¡Qué hago en
este caso!... ¿No ve usted? Por sostener una dictadura, en tiempos
de progreso y de libertad, como dicen, ¡Dios mío!
Margarita entró al comedor a saber por qué se detenía su mamá en
introducir al médico donde estaba el enfermo; y comprendiendo algo
de lo que pasaba, por algunas palabras que le dejaron entender, les
dijo con la viveza que acostumbraba:
-¿Hay que hacer más francés al médico?
-¿Cómo, niña?, le dijo doña Mercedes.
-Poniéndole los anteojos azules de mi papá, dejando muy poca luz
en la pieza y diciéndole que hable medio afrancesado.
-¿Y si lo conoce?, dijo doña-Josefa.
-No lo crean, contestó Margarita; y que en el caso presente
habrá más ilusiones de las necesarias, según el estado de debilidad
en que se encuentra el enfermo.
-Es cierto, contestó doña Mercedes; ¿pero cómo hacemos con el
cirujano?... ¿Qué le decimos?... ¿No creen ustedes que se
moleste?... Porque cuando alguno se cree necesario, entonces es
cuando le viene su tiempo.
-Esos serán los de tono, los de campanillas; ¡pero este
pobre!... Qué tono se va a dar todavía..., cuando apenas habrá
cortado media docena de piernas a los heridos en las acciones de
Tocaima y de Zipaquirá. Si les parece, yo lo hago francés o inglés,
o lo que ustedes quieran... ¿No lo vieron en El Olivo como
gallo en corral ajeno?, pero interesa la prontitud, porque ya lleva
Fernando catorce horas de estar herido. ¡Pobre de mi querido
hermano!
-Haz lo que te parezca, pero pronto, dijo doña Mercedes y se
dispuso a secundar el plan en todas sus partes.
Margarita le habló a don Euclides Zambrano con toda franqueza y
lo elevó a la investidura de un famoso médico francés; le puso los
anteojos y lo acompañaba hasta la puerta, cuando llegó don Gaspar,
con la barba teñida de blanco y con un traje muy raro.
Una vez impuesto don Gaspar de las desgraciadas aventuras de su
hijo Fernando, se asoció con el doctor Dupuy, que así tuvo
Margarita el capricho de llamar a Zambrano y se dio principio a la
curación, a merced de una sola vela, que muy escasamente
alumbraba.
Fue larga la operación y fuera de doña Mercedes, don Gaspar y
Martín, nadie más la presenció.
El corazón de las madres goza a veces de la mayor ternura y
también de la mayor fortaleza, según se presenten las felicidades o
desgracias de los hijos.
Lo primero que dijo el doctor fue que la herida no era mortal,
pero que sí era de gravedad. De manera que se puso toda la atención
en el enfermo y su dieta era extremada, quedando por completo
privado de comidas sustanciosas, de conversación y de emociones
causadas por la presencia de personas muy queridas o muy
aborrecidas, o por noticias adversas a su partido.
Después de la curación se habló de los acontecimientos bélicos
de los días anteriores. El doctor refirió lo sucedido en Bogotá y
doña Mercedes el encuentro con Fernando, recomendando
encarecidamente al doctor un absoluto silencio, porque así convenía
para escapar de las persecuciones del gobierno provisorio.
Don Gaspar también hizo su relación de lo que le había pasado,
hablando en los términos siguientes:
-Viendo que tardaba Fernando en volver y sabiendo que Corena
había pasado por la hacienda, en donde se hallaba con motivo de
haber ido a apartar un poco de ganado, me fui a buscarlo y entonces
supe que se había incorporado en la columna constitucional con mi
vecino Carlos. Traté de hablar con él para rogarle que no se
metiese en la empresa arriesgada de Corena y sus compañeros; pero
los acontecimientos se complicaron de una manera inesperada. Los
provisorios sufrieron una derrota que de nada sirvió, porque acudió
doble número de gente y se tuvo que atrincherar la tropa en las
casas de Aposentos y en las cercas que las rodean. Yo tuve por
segura la pérdida de los constitucionales y en mi anhelo por ver a
mi hijo para salvarlo, si era posible, me disfracé en una estancia,
tomé el aspecto de un anciano demente y seguí a la tropa, a pie,
para ejecutar con menos peligros la misión que me ocupaba.
Vi el asalto de la hacienda de La Calera, continuó diciendo don
Gaspar. El número de los defensores era infinitamente menor; pero
mientras que tuvieron municiones no pudieron ser estrechados. Por
la noche desocuparon la casa fuerte y los asaltantes se hallaron
por la' mañana con los muertos únicamente y con el botín, que por
cierto no había pertenecido a los constitucionales, porque no era
otra cosa que la propiedad de los hacendados.
Recorrí toda la casa y las huertas y nada encontré que me
pudiese dar los indicios que yo buscaba. Entré al oratorio y lo
hallé despojado de sus adornos; reparé en unos letreros escritos
con lápiz que había en una de las paredes, a un lado de la puerta y
con asombro conocí la letra de mi hijo, por su forma y sus rasgos.
Leí, entre otras palabras, éstas: "Aquí estuvieron
Carlos y Fernando". ¡Ellos son! exclamé yo; ¡pero en
dónde se hallan al presente! Me postré ante el altar despojado de
sus decoraciones sagradas y levantando mi corazón a Dios, le pedía
con fervor que salvase a mi hijo y a su amigo y no sé cuántos
minutos llevaría de estar hincado de rodillas y puesto en cruz,
cuando se me acercó un desconocido y al ir a preguntarle por mi
hijo, salió corriendo, como asustado.
Yo me salí inmediatamente por un lugar poco visible, temeroso de
que me hiciesen algún mal y me hallé a distancia de dos o tres
cuadras con los indicios de un combate parcial en una cañada, hacia
el noroeste de las casas de La Calera.
Me dirigí hacia ese punto y allí encontré el caballo de
Fernando, atravesado de un balazo, pero aún no había expirado;
alcancé a ver un cadáver entre los arbustos, cerca de un chorro de
agua y me quedé frío y casi perdí los sentidos. Hice un esfuerzo
para llegar y me hallé con un infeliz que por las facciones y por
el traje me pareció fuese cucuteño. Noté que el encuentro de armas
había sido muy pasajero, porque los papeles de los cartuchos eran
sumamente pocos; vi sangre en otro lugar, trozos de madera y
algunas ramas; advertí, además, que había muchas pisadas y jirones
de ropa blanca, indicio seguro de que de allí habían sacado algún
herido; y siguiendo el rastro, que partía de ese punto para abajo,
encontré una espuela de Fernando, manchada de sangre.
-¡El herido es mi hijo!... exclamé yo, atravesado mi corazón del
más profundo dolor.
Seguí los rastros humanos y más abajo hallé en el polvo de la
estrecha senda por donde pasan los leñadores de a pie, los rastros
de Amante y Aquiles, que habían desaparecido de la casa y ya no me
quedó la menor duda. Seguía sin detenerme y como a eso de las tres
de la tarde llegué a La Cabrera y Marcelina me informó de todo lo
sucedido. ¡Oh! ¡y cuántos sucesos en un día y una noche! Mi hijo
herido y hecho prisionero por las tropas del gobierno provisorio y
rescatado en seguida por mi vecino don Isidro, que acababa de
pelear en contra de la constitución del 21 de mayo...
¡Ojalá que se restablezca mi hijo y no quede baldado! ¡Ojalá que
no nos persigan los dictatoriales, por estos comprometimientos!
Ojalá que salgamos con bien de la revolución, con la cual han
tenido a bien obsequiar a los pueblos los liberales netos!
El doctor Zambrano tomó el mayor interés en la curación del
joven Fernando, aunque era su adversario en opiniones políticas y
en pretensiones amorosas. Esa noche no tuvo para qué desnudarse y
le amaneció sentado en una silla en el mismo cuarto del
enfermo.
Este joven no era ya, pues, el arrimado a los rodeos de El
Olivo, ni el cazador aventurero; era un personaje más atendido
que un ministro plenipotenciario: hasta Isabel lo trataba con más
amabilidad y cariño. A ésta le estaba prohibido entrar a la pieza
del enfermo y no hizo a la familia sino una corta visita, en
compañía de Carlos.
Al día siguiente le hizo temprano la curación el doctor a su
enfermo y después de almorzar se entretuvo por una hora entera
paseando por entre las flores de los huertos, haciéndoles cariños a
los perros y contemplando la inmensa sabana con el anteojo; pero
como don Gaspar se hubiese ido a la parroquia y las señoras se
hubiesen entregado a sus oficios de los quesos y la mantequilla y a
su pequeño amasijo, el joven se aburrió por falta de sociedad y le
dijo al mayordomo que le ensillase un caballo para dar un paseo por
los campos, pero éste le informó que los caballos estaban
escondidos para que no se los llevasen los melistas; y como este
hombre fuese de pocas palabras cuando había que hacer en la
hacienda, no le quiso hacer conversación al bogotano; y no tengamos
a mal este anglosajonismo, porque si a este mismo mayordomo se le
hubiese antojado conversar en la calle real o en los portales con
el doctor Zambrano, es seguro que éste le habría vuelto la
espalda.
Así fue que volvió a engolfarse mirando con el anteojo para la
casa de El Olivo y mientras más la veía más hermosa le
parecía, más linda, más pintoresca y no pudo contener sus deseos de
ir a verla de más cerca. La llanura era para él un dilatado océano
y la hacienda una bellísima isla, donde existía todo lo más valioso
del mundo. ¿Qué le podía detener para resolver el problema de las
distancias?
Vio el doctor una yegua que habían traído a la casa con una
carga de leña y creyó haber encontrado una famosa caballería y
habiéndose emperejilado, sin olvidar los guantes ni el látigo de
alambres, tomó de cabestro la yegua y la acercó a la piedra en que
las señoras se ponían para montar, sin reparar en la enjalma, que
era la peor de todas las de La Pradera y sin ver que la
yegua tenía una mano torcida y estaba sin rabo; no obstante esto,
se declaró en caballero caminante, por no decir andante y confiando
en que se había de desmontar donde no lo viesen, se lanzó a la
llanura con los ojos puestos en El Olivo y la mano sobre
el corazón.
El doctor conocía la casa del mayordomo de la hacienda y
queriendo hacer escala un poco lejos de las casas de El
Olivo, se acercó allí a desmontarse, a tiempo que la tía
Choma, Isabel y Rosalía salían de la sala y quedaron frente a
frente, como la aparición de las heroínas de un drama. Dos ideas a
cual más terribles se apoderaron del alma y el corazón del doctor:
la belleza celestial de la reina de El Olivo y los
aparejos y la figura de la yegua rosada.
Y a la verdad que la vista del médico, con su buena casaca y
magníficos guantes, montado en la yegua más patona y sobre la
enjalma más remendada y empuñando la rienda más tosca y anudada, no
era para quedarse muy serias las señoras, aunque estaban llenas de
penas por los sucesos pasados.
El doctor se desmontó y dejando la yegua en el patio de la casa
del mayordomo, se fue a pie con las señoras hasta la hacienda, en
donde fue muy obsequiado por toda la familia; y cómo no, cuando era
el médico de Fernando.
La política y el amor eran las dos ideas predominantes en el
doctor Zambrano; sin embargo, don Isidro y Carlos no dijeron una
palabra acerca del triunfo de los melistas, como don Euclides lo
estaba deseando. Estaban tristes y evitaban toda injerencia en la
política: Carlos había herido a don Isidro y éste a Fernando,
motivo por el cual no se hallaban muy contentos de los sucesos
pasados... Era menester no ser racionales.
Doña Josefa estuvo muy gustosa con la visita y aún Isabel. Se le
mandaron servir las onces y lo llevaron a que paseara las huertas.
El médico es un semidiós cuando hay enfermos en la casa.
Don Isidro tenía sus caballos en servicio, porque era del
partido reinante y no había riesgo de que se los pudieran
expropiar, así fue que le dio uno al doctor para que se volviese a
La Pradera.
A los pocos días declaró éste que el enfermo estaba fuera de
peligro y el contento volvió a renacer en toda la familia. Por
consiguiente, a Fernando ya le era concedido tener unos cortos
ratos de conversación con doña Mercedes y don Gaspar; extrañó mucho
la ausencia de Isabel, pero se le dijo que estaba enferma e
imposibilitada por este motivo para venir a verlo.
Doña Mercedes le dijo a don Gaspar que los melistas le habían
cogido a Fulgencia un papelito dirigido a Corena, el cual había
traído ella por recomendación de una señora de Bogotá.
Conoció don Isidro toda la gravedad del peligro que corría esa
pobre muchacha, por un mal entendido entusiasmo, tan común en las
señoras de la capital, en los tiempos de revolución, pero no la
quiso afligir con inútiles discursos. Por fortuna este negocio
quedó terminado con las explicaciones de José María, que se
presentó a las once de la noche, dando la plausible noticia de que
Fulgencia se había fugado e hizo del modo siguiente su
relación:
-Desde que marchó el piquete de la estancia de ñuá Marcelina, yo
me hice asistente de mi capitán Velásquez. Al bajar a la sabana le
eché un chambuque a un caballo muy gordo y andón, por encima de una
cerca de palos; rompí la cerca, lo saqué y lo ensillé, porque el
rango que llevaba ya estaba muy fatigado.
En Usaquén enlacé un marrano, que salía de una huerta y con eso
no más hubo para racionar a todos mis compañeros.
En el río del Arzobispo le puse el freno al caballo de un
oficial, que no había podido ponérselo ninguno de los soldados,
sólo con meterle el dedo gordo entre la boca y el oficial me regaló
una peseta.
Al entrar a la alameda hicimos alto y concedió licencia mi
capitán para que los soldados mandasen comprar lo que quisiesen:
fui yo el elegido para mandadero, en compañía de otro soldado
viejo: llevamos pan, chicha, tabacos, panela y algunos bizcochos.
El capitán cuidó mucho a Fulgencia, manifestándole mucho cariño y
yo le hice señas de que se dejase cuidar: entendí por dónde iban
tablas.
En el puente de San Victorino encontramos a María Cogua, que '
llevaba una carga de yerba en un caballo patón; el cabo se la
embargó, la trató mal y aún le quería quitar el caballo. Hablé con
María y le dije que yo le pagaría la yerba por el doble de su
valor, que siguiese al cuartel en achaques de cobrarme y que esa
noche no se fuese a su casa, para que me ayudase a sacar a Lugencia
y que dijese que ésta era su prima hermana.
A las seis llegamos al cuartel y yo fui a la Rosa Blanca a
llevarle de refrescar a mi capitán y no me tardé ni medio cuarto de
hora.
A las siete estaba María en la puerta del cuartel, esperando el
momento en que saliese mi capitán para que me obligase a pagarle la
yerba, porque así habíamos convenido y luego que salió le suplicó
que no mandase a su prima Lugencia al Divorcio1, sino que más bien la
tuviese presa en su casa; y tanto le suplicó y le lloró, que al fin
condescendió el capitán Velásquez; en efecto, a las ocho mandó a su
casa para que le llevase a Lugencia en calidad de presa y mandó un
soldado sabanero para que me mostrase la casa.
Yo saqué mi fusil y mi fornitura con dos paquetes: a dos cuadras
de distancia le di suficiente campo al soldado para que se
desertase y lo auxilié con dos pesos para su camino, y yo me fui
con Lugencia y María Cogua a una casita, arriba de la alameda
vieja, de un sabanero Claudio Estévez, amigo mío, que mata corderos
en Bogotá.
Al día siguiente se fue María para Engativá, contenta porque me
había vendido su yerba por el doble de lo que valía, pues que yo
tenía plata de qué disponer.
A un amigo mío le rogué que se informase en qué potreros estaba
la brigada y si las cercas eran muy fuertes y cuánta guardia había;
en efecto, me informó de todo, porque era hombre que servía para
esas cosas.
A la noche siguiente, como a las once, me fui al potrero, me
entré por el lado contrario a donde estaba la guardia, enlacé el
morito de mi señora Mercedes y el bayo de mi señora Margarita, que
por casualidad allí estaban, los hice saltar el vallado, porque
ellos saben mucho de eso y me fui con ellos a la casa del amigo
Claudio, hice montar a Lugencia el moro, porque es muy mansito y de
montar en pelo, y yo monté en el bayo y nos fuimos por caminos
excusados.
Al amanecer llegamos a Los Alcaparros y le entregué su hija a
ñuá Petronila, que me lo agradeció como si yo se la hubiera
regalado. Aquí está ya, pues, la niña Lugencia, sin que le haya
sucedido nada, cuando yo pensaba que ese papelito que le cogieron
en las trenzas de su pelo le iba a costar sus buenos azotes y quién
sabe qué más desgracias.
-Muy bueno, José María; le agradezco mucho su actividad y sus
empeños; estoy muy contenta, pero mucho más de que el papelito no
hubiera tenido malos resultados. Ese papelito no me ha dejado
dormir dos noches consecutivas: dígale a Fulgencia que cuidado cómo
va a decir nada. ¡Pobre la china!, que se ha visto en peligros muy
gordos; tome, llévele esta sortija y dígale que venga a verme y que
la pienso muchísimo.
Carlos estaba muy triste por la ocurrencia del balazo que le
había dado a su padre y por la grave herida de su compañero de
campaña. Había hecho el propósito firme de no tomar armas por
ningún partido y a Margarita la estaba tratando con muchas
consideraciones y ya sin los ademanes burlescos de que había usado
en tiempos pasados. Pasaba una tarde por frente a Los Alcaparros y
habiéndolo llamado la madre de Fulgencia, se acercó hasta la puerta
de talanqueras y de allí no quiso pasar, por el justo temor a los
anteojos probablemente y ñuá Petronila le dijo:
-¿No ve sumerced en las que se ha visto la pobre de la
china?
-Por sostener la constitución del 21 de mayo. Pobre de
Fulgencia... y lo que ella sacará de todo eso...
-Y sumerced se ha visto también en trabajos, ¿no es verdad?
Mucho que lo hemos pensado la pobre de mi hija y yo; ya se ve, la
sangre tira... Pobre de mi hija. Es tanto lo que quiere a sumerced,
que lo ve en sueños, según me lo cuenta y cuando sumerced la mira
con menosprecio, llora hasta que se cansa. Y no se puede figurar
sumerced lo mucho que aprecia los regalitos que le hace o bien sea
porque le tiene cariño o por pagarle los cuidados del gallo que fe
estuvo cuidando. Y yo cada día le vivo más agradecida a sumerced,
porque me quiere a mi hija.
-Es verdad, ñuá Petronila, porque Fulgencia, me tiene hechizado.
Tengo por ella una clase de cariño que no es común.
-Con razón, mi amito. Sumerced debe querer a mi hija y mi hija
debe quererlo a sumerced por una razón muy poderosa.
-¿Cómo?...
-Es un secretico, mi amo Carlos, que solamente yo lo sé y que si
lo quiere saber sumerced, es menester que me haga un juramento de
no decírselo a nadie, porque sólo Lugencia lo sabe.
-¿Qué secreto?... Bien, lo juro...
-Pero hágame sumerced la señal de la cruz.
-Me bastaría mi palabra de caballero; pero lo hago gustoso... Lo
juro por la señal de la cruz.
-Es que Lugencia es hermanita de sumerced...
-¿La china?...
-Sí, mi amo; y sobre esto no me pregunte más, porque son unas
cosas que sólo el padre de la confesión las puede saber.
Se estremeció Carlos de la sorpresa y al movimiento que hizo
picó con las espuelas su caballo, el cual dio un salto de que
hubiera caído cualquiera otro que no hubiera sido un hacendado,
pero reducido el caballo a la obediencia, se volvió a acercar el
jinete a la puerta:
-Es extraña la clase de sensación que me ha causado la
explicación de usted... pero yo creo que es cierto lo que usted me
dice; y siento que usted no me lo hubiera dicho desde que le puse a
cuidar el gallo que se llevó el zorro... en fin, me voy, porque
tengo mucho que hacer.
Carlos siguió visitando a Fulgencia a mañana y tarde.
A los cuatro días se volvió el doctor a la ciudad y mandó tres
días después a un practicante para que le acabase de hacer algunas
curaciones al enfermo.
A los veinte días ya pudo salir Fernando por la casa y se corría
la noticia de que se había salvado de un espantoso tifo. Al mes
montó en un caballo muy manso y fue a El Olivo, en donde
tuvo con doña Josefa y la bella Isabel la conferencia
siguiente:
-Mucho me alegro, dijo Isabel, de que usted haya recuperado su
salud.
-Sí, dijo doña Josefa; el doctor tomó tanto esmero, que no se
quitó un momento de la cabecera las dos noches primeras.
-Sin embargo, yo no quisiera deberle tantos favores, repuso
Fernando. Mi rival ha tenido el campo libre para sus obsequios,
mientras que yo, enfermo, he tenido que estar obediente a todo lo
que éste ha querido; hasta prohibió que usted fuera a verme.
Después que me he repuesto algún tanto y que supe quién era el que
me había recetado, quisiera que no me hubiesen curado, si es que en
Bogotá no encontraron otro médico o practicante que don
Euclides.
-¿Con que al fin supo que él era el que lo había recetado?
-Por mi desgracia, señora, y estoy sentido con todos. -¿Conmigo
también?, dijo Isabel.
-No sé qué decir... Era menester que usted estuviera en mi
corazón.
-Celillos, dijo doña Pepa.
-Rabio con la suerte, que todo lo dispone así...
-En lo general tiene razón Fernando, dijo doña Josefa; un caso
muy reciente hemos tenido en Fulgencia, que fue arrebatada por el
capitán Velásquez, teniendo que salvarla José María a costa de su
libertad, si no le hubiesen salido bien sus artimañas. Pero en
cuanto a mi hija nada de nuevo ha habido, a pesar de los sucesos
pasados. Con Carlos y conmigo ha ido a La Pradera y en dos
veces que vino aquí don Euclides, no ha pronunciado palabras que no
hubieran podido ser proferidas delante de usted, Fernando.
-Por una mirada de don Euclides... Una sonrisa de Isabel... A
tiempo de estar postrado yo en el lecho del dolor, atravesado por
la bala de un partidario de la dictadura...
-Déjese de eso, Fernando, dijo doña Josefa; usted conoce a
Isabel, usted sabe que lo ama y usted sabe que ella no se excede
nunca de los límites de la modestia.
-Señora... No me haga usted hablar...
-Hable, Fernando, hable usted, porque su silencio me ofendería,
dijo doña Josefa con resolución.
-Sé que don Euclides ha dejado una carta para Isabel.
-Es la verdad; yo he sido la primera que la ha leído. Aquí la
tiene usted, puede imponerse de su contenido.
Recibió Fernando un papel escrito con lápiz y leyó:
"La Pradera, junio de 1854
"Señorita Isabel:
"Me retiro de usted, contento por haber prestado un
pequeño servicio al caballero Fernando y a su apreciable familia;
pero triste por ausentarme del lado de usted... Porque la presencia
del objeto amado es el templo sagrado del amor y yo no dejaré de
adorar a la deidad de El Olivo mientras que
exista...".
-¿Qué más?, exclamó Fernando: Amor, y amor eterno... Y luego
quieren ustedes...
-Pero acabe, dijo doña Josefa, y verá usted cómo se desengaña.
Por otra parte, él puede quererla; pero Isabel, que no ha concebido
más amor que por su compañero de la infancia y que no es una
coqueta, ¿podrá hacerle caso a otro que no sea su prometido?
-Pero oír... Y oír por cuatro días...
-Lea, Fernando, no sea temerario, lea la carta y verá.
Con suma repugnancia volvió a tomarla Fernando para leer todo su
contenido.
"Cualquiera habría extrañado que yo, amándola como la
amo, hubiese hablado con usted únicamente de asuntos pasajeros,
como lo 'hubiera podido hacer con las otras señoras y debo hacer
una explicación formal de mi conducta al separarme de La
Pradera y El Olivo.
"Mi buena suerte me ha constituido en rival del joven
Fernando y no era un acto caballeroso que yo tratase de ganarme un
puesto mejor en el noble corazón de usted, estando él postrado en
una cama; lo que es más aún, estando bajo mis órdenes; yo habría
dejado de ser un caballero dirigiéndole a usted la más pequeña
palabra de amor; hubiera sido un aleve y esto no es mi
carácter.
"Tiempo más apropiado me concederá la suerte para
manifestar a usted todo lo que la amo... Adiós, mi adorada
Isabel...
Adiós... N".
Enmudeció Fernando, y no volvió a hablar sobre este asunto en
los días subsiguientes.
Este siguió reponiéndose y pocos días después ya gozaba de
completa salud. Las cuestiones políticas eran debatidas con más
ardor entre las familias de las dos haciendas. Don Isidro, Isabel,
Rosalía y la criada bogotana eran melistas; en La Pradera
todos eran decididos sostenedores de la constitución del 21 de mayo
o lo que es lo mismo, constitucionales; Carlos era el que no
hablaba una sola palabra de política y su genio había variado desde
el combate de La Calera.
Margarita estaba muy admirada de ver la mudanza de Carlos. Era
muy respetuoso con ella y ya no le contestaba sus buenas razones
con la eterna locución de la chanza.
Un día que la visitaba le dirigió estas palabras:
-Margarita: yo he variado de genio completamente: ya no me
gustan los gallos, ni la cacería ni mucho menos la política. He
conocido varios errores de que yo adolecía, entre ellos, no
dedicarme a merecer, como debía, toda la estimación de usted,
siendo así que no he dejado un momento de amarla. Me arrepiento del
tiempo que he gastado inútilmente en otras diversiones y le pido
perdón a usted de las faltas que haya cometido en su presencia; y
más cuando conozco lo que usted me ha querido.
-¿Que si le he querido a usted?, dijo Margarita, como adolorida
por un recuerdo terrible; oh, lo he amado a usted con un amor
infinito, con amor desgraciado, porque usted...
-No me haga cargos, Margarita; yo vengo resuelto a pedir a usted
la mano de esposa.
Se ruborizó Margarita, enmudeció por algunos instantes y al fin
dijo estas señaladas palabras:
-Nada puedo decirle sin hablar antes con mamá. Por otra parte,
usted debe pensarlo.
-Lo tengo muy pensado, hermosa Margarita y deseo que esto se
haga al día siguiente en que se termine esta maldita
revolución.
Carlos dio en visitar con más frecuencia a Margarita sin que se
le oyese nunca ni la más remota palabra sobre la política de la
Nueva Granada.
Fernando, por su parte, estaba cada día más entusiasta. El no
sabía hasta este tiempo que su herida la había recibido de manos de
don Isidro.
Algunos meses después de los sucesos que dejo narrados, las
casas de La Pradera y El Olivo presentaban un
aspecto de alegría y de fiesta, que dejaba conocer claramente que
las dos familias tenían entre manos un asunto de sumo interés. Ya
la revolución había concluido y Carlos cumplía la promesa que había
hecho a Margarita, a la par que Fernando cumplía los votos de su
corazón con Isabel.
Tal vez los cuadros que he escrito no merezcan el título de
novela que les he dado. He descrito con la mayor fidelidad que me
ha sido posible la vida de las haciendas. Mi lenguaje es sencillo
como el asunto de que trataba. Si he sido fiel en el relato lo
dirán los que habiendo vivido esa vida conocen todos sus secretos
goces y estiman los encantos de que está rodeada.
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Así se llamaba la cárcel de mujeres.
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