CAPITULO VIII

LOS RODEOS

Las grandes recogidas de animales en las haciendas se llaman rodeos; Pero se da más especialmente este nombre a las operaciones de herrar los terneros, los potricos y los muletos, lo cual se hace todos los años, por lo regular en los meses de junio o julio.

Había convidado don Isidro a la familia de La Pradera para los rodeos de El Olivo, que se debían hacer el lo. de enero de 1854; estaban invitados, además, varios otros vecinos de las haciendas y de la parroquia y dos caballeros de Bogotá, llamado uno de ellos don Euclides Zambrano, practicante de medicina y muy adicto a Isabel desde que la vio en el Coliseo; y don Canuto Sánchez Mora el otro, aficionado a Margarita, ya algo cascado, de talla que le daba un aire poco aceptable como novio, pero que contaba con los atractivos de su riqueza que, según se decía, consistía en una casa, una quinta y unas cuantas onzas de oro.

Después de reunidos los convidados el día citado, se presentaron dos caballeros, al guisa de cazadores de escopeta, a las corralejas de la hacienda y se pusieron a observar, porque, según lo dijeron, les gustaba mucho ver enlazar.

El teatro principal de la función era la corraleja y los balcones y las cercas servían de palcos.

La corraleja era un cuadro de cuarenta varas de ancho, cercado de cepos, esto es, de muy gruesos palos de tíbar, clavados perpendicularmente en la tierra, con varios agujeros entre los cuales estaban metidas algunas varas al través, capaces de contener el ímpetu de los toros más esforzados. Esta corraleja estaba anexa a otras dos, con las cuales se comunicaba por medio de puertas de golpe o de gruesas talanqueras y tenían salida todos estos corrales al llano inmediato, que era un potrero muy bien encerrado por cercas de piedra en algunas partes y por cepos o zanjas en otras. La corraleja principal tenía dos bramaderos de tuno, en los cuales se daba vuelta a los rejos para sujetar el animal enlazado. Por el lado de afuera de la corraleja se levantaba una delgada columna de humo de una hoguera de huesos de animales y de troncos de madera, en la cual se estaban calentando los fierros para marcar los nuevos productos de las crías.

El largo corredor exterior de El Olivo servía de palco. Allí estaban las familias de ambas haciendas y la de El Tunal. Las amas cuidaban de seis preciosos niños y se hallaban cerca de las señoras y con muy justa razón, porque los rodeos tienen situaciones azarosas para los chiquillos y sus directoras. Nada faltaba en aquel palco, que podría igualarse a uno de los mejores del teatro de Bogotá.

Justina, Isabel y Margarita habían ya dado golpe en el coliseo, y Elvira, la princesa de El Tunal, no desmerecía nada junto de sus amigas; sus trajes no eran lujosos pero sí de mucho gusto. Las señoras de El Olivo y La Pradera no eran orgullosas; los vestidos que usaban no desdecían en nada de los mejores que se ponen en Bogotá. Ocasiones había que usaban sombreros de palma, pañolones de algodón y camisones de muy ordinaria zaraza. Ellas se merecían más por su buen trato y por sus virtudes, que por el aparato de la riqueza: el balcón de El olivo era el Olimpo de la sabana.

Las bellezas de la clase descalza se habían subido a las cercas, o para ver mejor, o para ser mejor vistas, porque las muchachas descalzas como las calzadas no se componen para esconderse sino para que las vean. Fulgencia era la más visible, tanto por el puesto que había escogido junto de una puerta de golpe, como porque su hermosura la hacía brillar al través de su humilde traje de arrendataria de la sabana. Tenía un sombrero de palma, nuevo, con cinta negra, mantilla azul de bayeta de castilla, con la cual contrastaban sus blancos colores que publicaban su raza latina bastante pura; eran de frisa del país sus enaguas, un poco más esponjadas que otras veces, puesto que se hallaba con su traje mejor, diferenciándose del que usaba entre semana; tenía buen pañuelo de seda, cobijado sobre su camisa de arandelas bordadas de hilo colorado y negro.

Estaba hilando un copo de lana color de púrpura, en el cual tenía metida la muñeca de la mano izquierda y con los dos dedos de la derecha hacía bailar el huso, alzando cada rato sus blancos y gordos brazos, con admiración de los dos bogotanos, que se gozaban en observar el huso muisca en manos de las ciudadanas de los contornos de la capital, cuando se vocifera tanto de las mejoras del siglo y de la República, a los trescientos años de haber heredado los colonos algunas de las artes de los chibchas. Debemos también advertir que Fulgencia teñía la lana con la cochinilla que ella misma recogía de los nopales silvestres.

Cerca de Genara estaba María Cogua, hija de ñor Marcelino Cogua, vecino de Engativá, indio puro, de unos sesenta y cinco años de edad, benemérito por sus servicios a la causa de la Independencia, pero tan pobre que ganaba la comida limpiando zanjas entre el lodo y las aguas detenidas, cuando se lo permitían sus enfermedades adquiridas por las heridas que había recibido en Junín, Pichincha y el Santuario. La mencionada María solía trabajar en La Pradera y en El Olivo en el tiempo de siegas y era muy estimada de Fernando, admirador entusiasta de las glorias de ñor Marcelino. No desmerecía en nada la hija del veterano al lado de las mejores arrendatarias de La Pradera. Estaba retocada su bronceada tez con los colores subidos de la salud y de la juventud y sus ojos, aunque no eran grandes, tenían toda la dulzura y toda la perspicacia de la raza muisca. Era mediana de estatura y los movimientos de su bien conformado talle le daban un aire muy capaz de poder llamar la atención, a pesar de su traje completo de frisa ordinaria y de un sombrero socorrano de la ínfima calidad.

Los viejos y los niños se hallaban por fuera de la cerca y toda la gente estaba aturdida con el continuo bramar de los terneros, el mugir de los toros y el relinchar de los caballos y yeguas. Todos tenían sus rejos de enlazar en la mano, los miraban y componían el lazo, cuando gritó el viejo Juan Bautista, que cuidaba de la hoguera, que los fierros estaban listos.

Al punto entraron al corral todos los enlazadores. Carlos les ofreció rejos a los dos bogotanos, pero ellos se excusaron, diciendo que no entendían la materia, ni aún para entrar en clase de colaboradores en la obra magna de los rodeos.

Ordenó don Isidro que todo el que enlazase una bestia quedaba obligado a derribarla, porque él sabía que en todas las profesiones hay zánganos que gustan más de chupar la miel que de trabajarla.

Se comenzaba por la recogida de las yeguas y luego que éstas fueron introducidas en la corraleja mayor, se dio la orden.

Caían los rejos como aguaceros sobre los pescuezos de los potricos y muletos. Las yeguas corrían como venados por escapar y la polvareda tenía oscurecida la corraleja. El muleto que era enlazado saltaba y relinchaba cuando se le sacaba a tirones a lo limpio para derribarlo: esto se hacía barbeándolo, enlazándolo de las patas y tirándolo del rabo. Para barbear un muleto se le van por el rejo, lo cogen de las orejas, no impunemente, porque el interesado se defiende tirando manotones y dando brincos estupendos; luego se pasa el vaquero cerca del pecho del muleto y le coge la quijada con la mano derecha y se la tira, torciéndole el pescuezo, hasta que se deja caer el animal; entonces su contrincante se le hace al cuadril para evitar las patadas, teniéndole siempre de las orejas.

Esto había hecho José María con un muleto y luego que le enlazaron las manos y las patas con los rejos gritó "fierro" y Fernando acudió en el instante, le puso la marca muy superficialmente, porque los vaqueros tienen una regla que expresan con este adagio: "la res al cuero y la bestia al pelo". Estaban listos otros potricos y muletos, y Carlos y Fernando corrían con el fierro en todas direcciones: unos enlazadores arrimaban ya su presa, otros enlazaban y esta maniobra le daba una animación a todo el espectáculo, difícil de describir.

Se siguió la arriesgada operación de tonsurar o atusar las yeguas. arriesgada, digo, porque no siempre se ejecuta sin que haya una o dos muertas o lastimadas y porque están seguros los peones o vaqueros de salir heridos o contusos al cogerles la oreja a la fuerza de su brazo, porque son soberbias, indómitas y delicadas. Se dice que los árabes no les quitan jamás la crin a las yeguas y en esto tienen mucha razón, porque se afean y por otra parte, la muerte de una sola no recompensa el valor de las crines de toda la recogida.

Fernando y Carlos cedieron el fierro de herrar a don Isidro y a don Gaspar y ellos tomaron sus rejos, porque la enlazadura de yeguas ariscas es mucho más difícil y delicada que la del ganado bravo. Carlos mostró a todos la yegua que iba a enlazar: era la más arisca, la más ligera y la más hermosa; una alazana de muy buena cría. Iba corriendo entre otras por una orilla del corral y le tiró Carlos un chambuque con la mitad del rejo, que la dejó enlazada del pescuezo. La hizo pasar por cerca del bramadero y dio la vuelta con el resto del rejo, el que, al fuerte tirón de la yegua, produjo una especie de humareda, pero el animal no sufrió daño ninguno, porque Carlos aflojó un poco, lo que se llama soguear o dar cuerda. Fernando enlazó esa misma yegua de una pata y sostuvo el rejo metiendo cintura. Se le fue de frente José María y la asió de las orejas con sumo trabajo, porque ella se defendía hasta donde le era posible. Martín la cogió del rabo y en el acto cayeron dos cuchillos bien afilados sobre las crines de la cola y del pescuezo y en menos de dos minutos estuvo esquilada. Al retirarse la alazana del lugar que le sirvió de tocador, salió trotando, con el brazo alzado, haciendo una mala figura, probablemente, porque se rió toda la gente de verla.

De esta manera se procedió con todas las matronas, no saliendo sino una sola lastimada de un brazo entre sesenta o setenta que se esquilaron en poco más de un cuarto de hora.

Después se herraron cien terneros mansos del hato de ordeñar, en lo cual no se gastó sino una media hora, porque no oponían sino muy poca resistencia.

Hubo un entreacto para descansar y para tomar algún refrigerio.

Los peones estaban cubiertos de polvo y con excepción de los trajes, cualquiera los hubiera tenido por un grupo de cazadores de Suiza. Eran blancos y colorados casi todos, forzudos y muy robustos.

Tocaba en seguida la herranza de los terneros de los hatajos del ganado arisco, que se mantenía en las lomas y matorrales del oriente de la hacienda y los vaqueros tenían que habérselas con terneros que jamás habían sentido el rejo de enlazar en torno de sus pescuezos. Los terneros que pudieron ser cogidos bramaban y saltaban y algunos acometían a los vaqueros, de lo cual resultaba la confusión más espantosa, levantándose la polvareda como una nube, pero los terneros fueron cayendo todos al suelo, ya barbeados, ya enlazados. Carlos y su amigo Fernando corrían a ponerles el fierro. El olor de la quemadura como los berridos de los terneros, indicaban ya el término de la obra y luego se repetía en otros terneros que ya estaban listos. El mayordomo les rajaba las dos orejas y con esto quedaban completas las marcas.

Estos animales, sedientos de venganza, atacaban a los vaqueros que estaban sujetando a sus compañeros de infancia, lo que producía el alboroto indispensable; sucediendo que unos vaqueros caían por tierra, otros soltaban la presa y los más se enredaban con los rejos; los silbos, la risa y los gritos eran consiguientes a la escena, entretanto que los bramidos del ganado aturdían los oídos del numeroso público.

Don Canuto y su compañero miraban, subidos sobre la cerca, todas estas faenas, sin perjuicio de dirigir su vista hacia las divinidades de los balcones, entre las cuales Isabel y Margarita se distinguían desde lejos, más por su belleza que por sus trajes, que a la verdad eran sencillos. Si estas dos reinas de las haciendas ponían sus ojos sobre algunos sujetos, de preferencia, eso nadie lo comprendía. Si amaban, era un secreto de ellas solas, que su discreción, su modestia y su respeto al público tal vez les hacía mantener oculto dentro de su corazón. Quizás amaban, pero no con aquella violenta pasión que las más de las veces es funesta en sus resultados. Si Margarita y su amiga Isabel amaban, nadie lo sabía y por consiguiente ellas no eran el objeto de las conversaciones de las haciendas y de las estancias.

Aunque muy atentos a los luceros de los balcones, nuestros dos bogotanos no dejaron de extender sus miradas sobre las hijas del pueblo, comprendiendo muy fácilmente que las miradas de Genara y de María Cogua se fijaban de preferencia sobre Carlos y Fernando, y que las de Fulgencia se dirigían únicamente hacia los pasos y movimientos de José María, el concertado, muchacho o asistente de Fernando. Por poco que se haya estudiado la ciencia de los amores, se sabe que en una fiesta es en donde se conocen los que se quieren, llevando muchas veces los rodeos el carácter de fiestas. Personas hay a quienes les importan estos descubrimientos y son las que primero los advierten.

Cuando todos estaban entretenidos, unos enlazando, otros derribando, otros poniendo el fierro, un toro le dio un empellón a la puerta del corral donde estaba encerrado y la levantó del zócalo con los cuernos, haciendo caer desde encima de la cerca a Genara y a María, y se presentó furioso en el corral en que se funcionaba. Fernando se hallaba a caballo, los demás corrieron a prenderse de la cerca de cepos y el espanto reemplazó a la actividad que reinaba en las operaciones de la herranza. El toro corría en rededor de la cerca., bramaba y daba topes, queriendo acometer a las gentes que estaban por fuera. La historia de aquel monstruo era conocida y todo el mundo temblaba de miedo, no creyéndose seguras ni las mujeres que se hallaban sobre la última vara de la cerca, entre las cuales estaba Fulgencia, pálida como una azucena.

Este toro se llamaba el Colorarlo de los Desiertos. Hay aún entre los animales notabilidades que una mano invisible favorece para que sirvan de terror y espanto a la tímida humanidad.

Después de unas vueltas infructuosas por el corral le puso la vista el toro a la puerta que comunicaba a la sabana, la arrancó y se fue con ella en los cuernos por más de media cuadra, desapareciendo pronto de la vista de todos los espectadores.

Se subsanaron los daños y se calmaron los espíritus después de una catástrofe tan alarmante y los vaqueros continuaron hasta concluir con la herranza de todo el ganado de cría.

Llegó el tiempo de comer: los ciudadanos de la clase calzada fueron invitados a la mesa; dejaron los rejos en un escaño del corredor bajo, se lavaron las manos y se limpiaron el polvo. Los vaqueros se quitaron las espuelas y los zamarros para entrar. Don Isidro convidó a comer a los dos bogotanos, los cuales fueron recibidos con la hospitalidad de los antiguos sabaneros que ha sido hereditaria y tradicional hasta nuestros tiempos.

Se sentaron veinte personas a la mesa, en la cual sirvieron Martín y José María, bien lavados, arremangados y muy placenteros, dando a conocer que estaban diestros en el servicio. Las señoras eran ocho, habiendo cinco en toda la plenitud de su tercer lustro, lustro que es el más halagüeño en las familias y en la sociedad entera. Los trajes de las señoritas no llamaban la atención sino por la sencillez y el buen gusto, como antes hemos dicho y en cuanto a sus cabezas parece que la iban a la par de sus corazones, porque nada tenían de exagerado ni en flores, ni en cintas, ni en bultos artificiales. Isabel tenía una rosa blanca sobre su pelo de ébano y Margarita una zulia.

La comida era una boda. Nada faltaba de lo que pudiera presentarse en un convite de la capital y fuera de eso doña Josefa, un poco amiga de las antiguas tradiciones de sus mayores, había agregado una famosa fuente de papas con queso, la mazamorra hereditaria y los bollos de mazorca, que no fueron mal mirados ni aun por los dos bogotanos, que serían los menos adictos a los hábitos de la colonia. Los vinos que se sirvieron eran exquisitos y don Canuto no tardó en dirigir un brindis a las señoras, en el que dijo:

-La hacienda de El Olivo es el Edén de la sabana; dichoso el corazón que palpita al lado de uno inocente, nutrido con las influencias de la vida patriarcal de las haciendas. ¡Brindo por la paz, la abundancia y la quietud de esta deliciosa hacienda!

El bogotano joven tomó la copa en seguida:

-Brindo, dijo, porque todos los dones del progreso y de la civilización del siglo XIX se aglomeren sobre los horizontes de El Olivo!

-¡Brindo, dijo don Gaspar, porque nos dé Dios un buen gobierno, para que no haya revoluciones en la Nueva Granada, que son las que se oponen a la civilización, dicha y prosperidad de los pueblos y de las haciendas!

-¡Brindo, dijo Fernando, porque veamos triplicadas las crías de la hacienda de El Olivo en los rodeos del año que viene!

-¡Brindo, dijo Carlos, por el rejo de enlazar, que es la dicha de los vaqueros!

Las frutas, postres y dulces de la comida correspondieron a la grandeza de todo el banquete, el que terminó entre los aplausos de los brindis y peroratas.

La gente de la clase descalza comió en el corredor bajo, que daba vista a la gran corraleja. Los potajes principales fueron la mazamorra y las papas cocidas, y su vino, la chicha que corría a par del huso y la piedra de moler y a despecho de los buenos discursos de los apóstoles del progreso de la Nueva Granada.

En las gradas de piedra estaba el grupo de las bonitas concertadas de las haciendas. Susana, una de las criadas de más categoría, vino a buscarlas con una fuente de los potajes más exquisitos y con una botella de Oporto. Aquello mostraba, o mucha amistad de las arrendatarias con las criadas, o mucha deferencia de los patrones por las proletarias de sus haciendas.

A un rato de terminada la comida mandó don Isidro soltar un ternero al corral para que lo toreasen los aficionados. Las señoras volvieron a ocupar su palco en compañía de Fernando y Carlos y de los dos bogotanos, ocupando todos las sillas y canapés que estaban cerca de la baranda.

El corral era una plaza de fiestas. Los grupos hormigueaban adentro y los espectadores reposaban al pie de las cercas o encima de ellas. Los vaqueros más veteranos sacaban sus lances con destreza y recibían aplausos; los muchachos corrían o caían en el polvo, y los gritos, las palmadas y los silbos atronaban la plaza. El ternero se llevaba alguna ruana en los cuernos, o batía a alguno de los chinos y se iba a reposar en uno de los rincones, a donde lo seguía la chusma con horrible algazara.

Entretanto los bogotanos se insinuaban lo mejor que podían con las señoras de los palcos.

-Usted es muy amable y digna de ser amada, le decía don Euclides a Isabel.

-Allá cayó uno, gritó doña Josefa. Vean cómo se ha levantado lleno de polvo.

-Yo me asusto de ver torear, dijo Isabel.

-Con mucha razón, señorita; un corazón humanitario, nacido para amar y ser amado, no puede menos de rechazar esta barbarie.

-¿No le gustan a usted las corridas de toros?, preguntó Fernando al bogotano.

-Poco, contestó don Euclides, y en esto la voy con los escritores de Bogotá, que han criticado de bárbara esta costumbre de torear.

-Permítame usted que le diga que esos señores escritores de Bogotá no son sino plagiarios de Jovellanos y de otros visionarios que escriben por escribir. Dígales usted que mientras que la Nueva Granada no esté tan poblada como la Francia y que mientras haya criaderos de ganados de mil y hasta de cinco mil reses en una sola hacienda, nosotros no podremos echarles la jáquima a los toros para llevarlos a los establos a darles heno cortado con la hoz y a cubrirlos con frazadas de merino. Así se conversa, se escribe y se legisla, sin conocer las costumbres de los pueblos ni las posiciones sociales y locales que ocupan las clases.

-Sin embargo, repuso don Euclides, no me parece razonable que en el siglo del telégrafo eléctrico y de los vapores, se conserven prácticas como la de hacer matar a los gallos, hacer que los proletarios se expongan a los cuernos de los toros y que se practiquen los ejercicios militares tan indignos de la humanidad.

-Pero habiendo necesidad de lidiar con ganados bravos, es mucho mejor estar prevenidos y ejercitados para que haya menos desgracias. Y esto es lo que sucede con estos juegos de los vaqueros. Y lo mismo le digo a usted con respecto a la milicia. Mientras que las grandes manadas de usurpadores no se dejen echar la jáquima, es mejor que los pueblos se adiestren en la defensa.

-Ya el ternero se está achucutando, dijo doña Mercedes. Un toro en la plaza es de lo más parecido a los presidentes de la Nueva Granada.

-¿Por qué?, dijo la tía Choma.

-¿No vieron éste? Estaba con ganas de salir del coso; amenazaba por entre la cerca a los que iban pasando y así que lo soltaron embestía con la cabeza muy levantada; la gente le tenía recelo; se atrevieron los más diestros a sacarle los primeros lances; otros se fueron animando después y cuando él se les iba, le hacían el lance y corrían a la barrera de talanqueras, y de ahí no pasaba; las talanqueras de la barrera son las garantías de la chusma. ¿Qué hace el toro si huyen a la barrera todos sus enemigos?

-Pero vea usted a José María cómo se dejó alcanzar del torete y parece que se ha reventado la boca; allá corre Fulgencia a la novedad.

-Un descuido, continuó doña Mercedes. El ternero está ya fatigado; los muchachos le ponen la ruana en los ojos; cayó Pericón más adelante; ¡qué alboroto, Dios mío! ¡qué algazara la que se ha levantado en el público!

-Es porque ese buchón nunca se había metido al corral. No obstante, ya conducen el ternero los vaqueros y los muchachos, cogido del rabo y de las orejas, y le abren la puerta para que se vaya... Sale otro: un pintado más grande, que brama y escarba como una fiera.

-No le durarán mucho los bríos.

-Sí; ¡pobre! Es imposible que resista. Que echen el Colorado a la plaza; aquel que se lleva las puertas en el cogote, aquel de que hablan prodigios los arrendatarios y al que le tiemblan todos como a un demonio del infierno.

-Entonces, entonces la cosa sería de otro modo.

A su vez el doctor Zambrano no había estado ocioso, pues que de vez en cuando le dirigía a Margarita sus galanteos en muy ingeniosas figuras. Se acabó la corrida de toros con el día y se dispersaron las gentes de la barrera.

De pronto se iluminaron los corredores y los salones, y cuando fue tiempo, se dio principio a un baile en el gran salón de la hacienda.

Carlos invitó a los dos bogotanos, y con los demás convidados y los de las dos haciendas hubo número para un baile muy regular, con música de bandolas, tiple, guitarra y pandereta.

A Isabel le gustaba el baile pero no con entusiasmo; y los bogotanos conocieron un conjunto de magníficas cualidades en las señoritas en los cortos ratos que pudieron conversar con ellas.

Fulgencia, Genara y María no dejaron de criticar las contradanzas y el valse, en cuyos bailes las señoras se dejaban estrechar más de lo que ellas permitían en sus bailes del torbellino y la manta.

A las doce terminó el baile, retirándose la familia de La Pradera, lo mismo que los demás vecinos y los bogotanos; pero éstos se fueron a quedar a la parroquia más cercana, porque la noche se puso sumamente oscura.

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