Entereza 

                                                              aJ. Mario Murillo 

Reconcíliate caminante con la ruta que resultó al andar.
Nada elegiste sino que te fue otorgado
nada te fue impuesto sino a la postre aceptado
y como no eres culpable es mejor seguir y cantar
Goza embriagado del presente y si sufres retoza
porque es breve el plazo y la noche te acosa.
En la eternidad, éste es tu milagroso instante
y debes tratar de alcanzar la plenitud constante. 

Desgasta en vano el masoquismo de la queja
pues del infinito te separa una invisible reja.
Todo lo que has vivido no pudo ser de otra manera
puesto que todo se entrelaza en la infinita carrera: 
la lágrima que el niño deja caer en su pena
termina por unirse al mar que de lejos la encadena
y el sufrimiento que parece irredimible y atroz
al cabo de los años acendrará tu turbia voz.
No arde amor sin la impaciente violencia del apremio
no hay dolor que no alcance el descanso como premio. 

Quienes te han hecho daño su tiempo derrocharon
porque con su mezquindad tu voluntad templaron
y en las noches de tormenta al final del insomnio
tu corazón fiel despertaba su indómito demonio.
Entonces -junto a todos- te aferrabas a la vida
te concentrabas en la luna que iluminaba la avenida
recordabas amables canciones ya diluidas en la niebla
y el sueño te rendía sumiéndote en dulce tiniebla. 

Del agónico vagar sin tregua, de calles vacías y el tedio
sólo queda, de los recuerdos calcinados el asedio
y aunque es imposible asimilar tanto golpe traidor
y la noche fue a menudo de luciferino esplendor
reconcíliate sin claudicar y con ruda nobleza
con el largo y sinuoso camino recorrido con entereza.
Después podrá raptarte la noche eterna y ávida
y aún tus huellas darán vida desde su entraña cálida. 



Faro de luna y sol  


Tu que en la inmensidad de las noches
tratas de preservar la luz del viejo faro,
-que aún guía hacia un puerto escondido-
estás demasiado solo y lejos de la ciudad
abandonado bajo un cielo de aves de rapiña
viendo a los tiburones rasgar las aguas mansas
y escuchando apenas la música celeste
amenazada siempre por estruendos de taberna. 

Ya es inútil implorar a dioses muertos
y esperar la palabra justa y fundadora
de aquellos que tiranizan la ciudad.
A este ruinoso puerto ya no vienen barcos 
y sólo algún amigo recuerda que no has muerto 
y te trae un libro (¡demasiadas palabras!)
o, vuelto hacia el pasado común, calla. 

Pero ellos, los "felices", buscan la oscuridad cómplice
sus risotadas profanan el silencio consagrado
y su salud brutal aplasta brotes entreabiertos 
amenaza, devorante, los nobles dones de la tierra
y trafica con libros de sabiduría inmemorial. 

No obstante, debes vivir entre ellos
y por ellos tu faro requiere de su pericia y su técnica
y tu debilidad soñadora de su astuta fuerza.
Todavía son tus hermanos de sangre
(aunque sus alas rotas estimulan su astucia
y su corazón trabaja como una bomba de tiempo
reseco y agrietado por la sal de ajenas lágrimas)
y con ellos habrás de recorrer el desierto y sus oasis,
pues los monólogos que indagan bajo una sola lámpara
excluyen el mensaje de multitudes laboriosas
entablan con la luna diálogos delirantes
y desean consolar hipotéticas glorias. 

Es necesario resguardar aquellos sueños
que nos invisten como oficiantes del seráfico vuelo
y como insurgentes de la ciudad tormentosa.
Tan sólo será posible compartir con solitarios
que saben anhelar la utopía de un futuro
porque han comprendido que todos -sin saberlo-
nacemos con un sol y una luna en el pecho
y el latente esplendor y la angustia de milenios.   



Profana oración a Goethe 


Padre Goethe que estás en los cielos
donde se canta al universo de los elegidos
y se comprende con amor el sufrimiento
de quienes con buena voluntad se esforzaron.
Venga a nos tu reino que exalta sibilino
las luchas del Hombre exigente y prometeico
y el esplendor de la naturaleza proteica;
que comprende los pecados de amor de Margarita
salvándola de la condena maniquea
y multiplica la potencia de Fausto y su obsesión
cuando enriquece su seca erudición con el dolor
y fecunda sus áridas búsquedas con la pasión. 

Redímenos del "espíritu de la pesadez"
con la gracia mefistofélica y el profundo candor
de quien sabe reír de las sublimes farsas
y es necesario al Todo como negación;
de quien es amigo de los dioses y su sencillez
y sabe templar con su ironía la ilusión.
Ayúdanos a aprender de nuestros enemigos,
a divinizar el instinto terrenal 
y a humanizar la arrogancia del espíritu celestial, 
a descubrir los dioses en los bosques y el mar 
y en las más creadoras potencias de la criatura mortal 
para que "lo inalcanzable sea acontecimiento" 
y "lo Eterno-Femenino nos impulse hacia arriba" 
exaltado por los coros de quienes saben amar.   



El trabajo cotidiano 


                  (A la universidad de Los Andes) 

Entro a la ciudad como a un laberinto
la atravieso en un taxi por entre calles sórdidas
que se abren descubriendo sus voraces entrañas
y voy a mi trabajo como el navegante en peligro
que no pierde de vista el faro en la distancia
que se yergue sobre rocas dominando la tormenta.
La universidad me llama enclavada en la altura
y subo entre el rumor de las jóvenes voces
que hablan de futuro y ríen de placer
por continuar vivas y poder amar y cantar.
Asciendo bajo pinares donde quizá moran búhos
veo las altas cumbres de la cordillera enigmática
y presiento la música y el aroma de los bosques.
Entonces soy palabra que desvela otros mundos
apertura y llamado a universos nuevos
y me uno a ese coro que resulta del conjunto
con acentos disonantes y moderada alegría
interrogando antiguas sombras de muertos tutelares
que viven en los libros en mensajes callados. 
¿Dónde y cómo de verdad pertenezco 

a esta entidad inasible y dispersa 
do esta juventud des-conocida parece retozar lejana 
y sólo está presente en esas frías aulas 
en algunas horas fugaces 
con seriedad escuchando? 
Y sin embargo pertenezco 
y ellos han respondido con juveniles balbuceos 
y con buena voluntad 
exploran condescendientes los obscuros laberintos 
aunque prefieren, maliciosos, los paisajes soleados 
y los textos apasionados. 

Tras las últimas clases -cuando la noche desciende-
quedan aún más preguntas que posibles respuestas
y un empecinamiento de seguir en la aventura.
Se eleva la dulce luna en la garganta del monte
oteando la ciudad hirviente de vicios y de luces
y escudriñando abismos que apenas presentimos.
La forajida noche invita con sus libertinas voces
cuando vuelvo por el Centro entre sombras y espectros
veloz en el coche hermético, rememorando rostros
que aún gozan de una isla donde es posible soñar
que aún viven de la esperanza y parecen irreales
en su vitalidad satisfecha rodeada de tanta muerte.   

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