SUCESOS MERCANTILES

 

-Cuánta ropa de castilla ha traido usted, le dijo doña Engracia á un comerciante, á tiempo que entraba al almacen de éste, abriéndose campo por entre una multitud de curiosos y compradores.
-No, mi señora, contestó el jóven mercader con aquella amabilidad propia de todos los que quieren hacer buena suerte en la carrera del comercio; estas ropas no me han venido de Castilla sino de Hamburgo.
-Ah, sí! pues del estranjero, ques 1o mismo, repuso la señora colocando sobre el mostrador la sombrilla y el portamonedas que ostentaba al público. Deque los pañuelitos color de cinta, que me dijeron tiene usted.
-Seguramente la han informado mal, mi señora; porque no tengo mas que de éstos, contestó el comerciante, presentando á la señora una caja de carton repleta de unos pañuelitos de seda rosada, adornados con un fleco carmesí.
-De estos mismos son los que he pedido. Valiente lindura! este es el color que mas me cuadra! Y su valor? añadió fijando su mirada de lince sobre el comerciante, y desdoblando luego todos los pañuelos de la caja.
-Veinte reales, mi señora.
- Jesus María!
-Llévelos pues á precio de factura, que salen á dos pesos.
-Daremos una vuelta por los demas almacenes y si no encuentro mas baratos llevaré de éstos.
-Como guste, mi señora, pero puedo asegurarle, que de esta misma calidad no encuentra en otra tienda.
-Sacos carmelitos no tiene?
-No, mi señora, tenia de color carmelita, pero se vendieron.
-En verdad que necesito unas espelmas para cuando me siento al peano por la noche, porque la luz de las otras velas me encandelilla los ojos; pues ha de saber que sufro mucho de la vista.
-Siento en el alma que sufra de los ojos, y mucho mas el no tener esteáricas, ó espermas para ofrecerle.
-Gracias. Me dijeron que usted tiene muy bonitos charoles de tabacos, y platones y azucareras de vidro.
-Tenia, es cierto, unas bandejas charoladas para ofrecer cigarros en las visitas, y tambien tenia aljofainas y azucareros de vidrio; pero todo se acabó.
-Brava lástima! Y las sereneras merinas á cómo las tiene?
-Nunca he tenido sereneros de lana merina.
-Me encargaron un naipe.
-En la tienda siguiente puede encontrar barajas de naipes.
-Á mí se me entripa tánto que los hombres amanezcan jugando ese chipolo!
-Creo, mi señora, que debe de causar desagrado el observar que á los hombres les amanezca jugando.
-Cuánto vale aquel carriel?
-Ese guarniel no lo vendo, porque es para mi uso.
-Y usted como que va mucho onde las Mantilla, porque lo he visto pasar varias veces por el alar de su casa, de seguro que ese carriel es bordado allá.
-No, mi señora, muy pocas veces voy á la casa de las señoras Mantillas, y no creo me haya visto en el alar sino en la acera de la calle.
-Sí, pus en la cera. Pero con la conversa se me habia olvidado preguntarle por los pañuelones; á qué precio los tiene?
-Á ocho pesos, aquí tiene, mi señora, de diferentes calidades, y de colores los mas vivos y variados.
-Cierto que son preciosos; pero yo quedria uno color de Leopardo dormido.
-Apuradamente tengo aquí uno, el cual le gustará mucho; á usted se lo dejo por siete y medio; pero no se lo diga á nadie.
-Cuándo lo voy á llevar! no ve que este color está muy claro?
-Dispense, mi señora, yo creía que el Leopardo tuviera igual color dormido que despierto.
-Ya ve que no es así. Ahora permítame las cintas y los encajes.
-Con mucho gusto, contestó el jóven, presentando á la señora, no solo lo que habia pedido, sino todas las preciosidades que tenia en su almacen.
La señora aceptó con gusto la atencion del jóven comerciante, y en reciprocidad, principió por revolver todas las cajas; desdoblar los pañolones para verlos á diferentes distancias; desenvolver cuantas cintas, encajes, millarés, trenzas y flecos tocaban sus blancas y traviesas manos, agregando para tormento del condescendiente y atento mercader que: "lo mismo habia visto en otras tiendas; que los colores de las sedas no eran firmes, y que los rasos eran de poca duracion." En fin, despues de tanto doblar y desdoblar, doña Engracia continuó con su catecismo de preguntas:
-Tiene género lacre?
-No tengo lacre, pero sí obleas de la mejor calidad, contestó el jóven, disfrazando su mal humor.
-Se conoce, caballero, que usted no distingue de colores, replicó la señora un tanto picada con la acertada contestacion, y revelando en sus megillas el color del género porque queria preguntar. Decir aquello, y volver á tornar la sombrilla y el portamonedas para marchar á otra y otras tiendas en busca de todo y sin intencion de comprar algo, fué todo uno; pero cuál fué su sorpresa, cuando observó que tanto la una como la otra cosa habian marchado de allí en poder de aquellas personas que concurren á las tiendas con ánimo de llevar alguna cosa, ya que no de preguntar por todo.
-Me han robado! fué lo único que se le ocurrió decir por el momento.
-Y á mí tambien me han robado, replicó el comerciante echando llamas por los ojos, al observar que una pieza de paño que tenia de
exhibicion sobre el mostrador, habia partido en union de la sombrilla y el portamonedas.
Inútiles fueron todas las averiguaciones, que tanto la señora, como el comerciante hicieron en solicitud de sus efectos. De suerte que aquella se contentó con marchar para la casa á referir á su marido el chasco de que habia sido víctima, y aquel, con quedarse murmurando contra las personas que recorren las tiendas, haciendo perder á los vendedores no solamente el tiempo, sino tambien el crédito de que gozan sus mercancías.
Pero no paró en esto el desagrado del comerciante, pues á poco no mas de haber salido doña Engracia, entraron Torcuato y Cornelio, dos de esos amigos, que á mas de ser muy costosos, tienen el talento de ser importunos é incómodos en la mayor parte de las ocasiones.
Entrar á la tienda y tomar con el mayor desembarazo asiento en el mostrador fué todo uno, sin tener en cuenta que era dia feriado ó de concurso; que la tienda del amigo era reducida, y el mostrador sobre que debia exhibir sus muestras muy corto; y que por último la TERTULIA. en aquellos momentos era perjudicial é intempestiva; pues las gentes del campo, tímidas por lo general, y aun aquellas señoras que concurren á los almacenes con deseos de comprar algo, se abstienen de entrar á cualquier punto donde haya establecido un corro de hombres. La conversacion entre Torcuato y Cornelio fué tomando vuelo, y no sé por qué incidente fueron á parar á la política, con lo cual, la discusion tomó un carácter sério y acre, y hubiera terminado á bastonazos á no mediar otros amigos que entraron en aquel momento.
En vano el jóven mercader fijaba su mirada alternativamente en los dos contendientes y en un aviso, que en muy notables caractéres tenia fijado en el estante, y el cual decia: NO ADMITO TERTULIA; indicacion, que por lo visto observaban los desocupados con tanta escrupulosidad, como lo hacen otros con ciertos avisos que se hallan fijados en las puertas de ciertos talleres y oficinas públicas.
Viendo el jóven que por ese dia no podria realizar ni el valor de un centavo, tomó por partido cerrar la tienda y marchar para su casa, lo que hizo no sin protestar una y mil veces contra esos relacionados cuya amistad se compra demasiado cara, y para quienes la cultura y la delicadeza son moneda desconocida.

1866.

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