CAPITULO II.
LA ADMINISTRACION DE JUSTICIA
En una de las calles principales del pueblo L.... se levanta un
edificio de aspecto lúgubre y sombrío. Su pesada y desaliñada
construccion; sus paredes renegridas por el tiempo, con unas dos
rejas de gruesos barrote incrustadas en ellas ; una pequeña torre y
una portada en que aparecen en salientes relieves unas pocas
figuras, de entre las que sobresale un mamarracho, que para insulto
de la escultura colocaron allí, le dan la apariencia mas triste y
medrosa.
La parte de abajo, ó el piso inferior, está todo destinado á los
presos, los cuales se encuentran agrupados en piezas estrechas,
desaseadas, fétidas é insalubres, sin distincion alguna entre los
insignes delincuentes y aquellos cuya culpabilidad no se ha
demostrado aún. Entre las mujeres reina la mas horrible confusion,
pues al lado de aquella que ha atravesado todas las sendas de una
vida pública y licenciosa, se encuentran en un continuo roce
jóvenes tímidas en quienes aún no se ha borrado el primer brillo de
la inocencia.
Una ancha y elevada escalera de piedra conduce al piso superior, y
desde su último peldaño se alcanza á distinguir una puerta, que en
un tiempo fué barnizada, sobre la que se ve un letrero que dice, en
muy notables caractéres ADMINISTRACION DE JUSTICIA. Esta puerta da
entrada á una pieza que ha servido de asidero en no pocas ocasiones
á la mas refinada corrupcion; donde han tenido lugar actos
escandalosos donde, en muchas ocasiones, el peso del oro ha
sobrepujado á la imparcialidad en la balanza de la justicia ; y en
fin, donde el honor y la propiedad han venido á servir de burla á
la mas chocante y descarada intriga. ¡Cuán pocas veces se ha visto
que la mujer débil y desamparada, que ocurre presurosa al santuario
de la justicia, haya encontrado un apoyo, un escudo impenetrable
contra su honor ultrajado, única prenda, único tesoro, en cuya
conservacion ella se muestra tan celosa; en cuán pocas el triste
labriego, el sencillo artesano y aun el propietario honrado han
hallado una brillante y segura defensa y proteccion á sus derechos
legal y naturalmente adquiridos; y mas aún, en cuán pocas la curul
de la justicia humana ha sido ocupada por escogidos ciudadanos, que
conozcan y respeten la sagrada mision que viene á ponerlos en
íntima relacion con el divino Juez de la eternidad!
Mas, abandonemos esta série de reflexiones que todo mundo se hace
diariamente, y volvamos ti la pieza del juzgado, que habiamos
principiado á describir; y remontándonos á aquella época, en la que
don Fausto concurria á aquella con sobrada frecuencia, veamos lo
que pasaba allí al otro dia de la correría que él hizo por su
hacienda.
En una silla, en cuyo espaldar estaban grabadas las armas del
monarca español, se hallaba sentado holgadamente don Matías,
notabilidad y Juez de circúito del pueblo L.....por aquel entónces.
Su espaciosa y reluciente calva disfrutaba de una completa armonía
con su ancha y lustrosa cara avinada, sobre cuya encorvada nariz
estaban pendientes unas antiparras, al traves de las cuales se
dejaban percibir unos ojos verdes, claros y sin brillo. Su
prominente barriga, que se movia al esfuerzo de su ronca y
atronante voz, tenía por apoyo dos gruesas piernas, cortas y
estevadas. Era afecto don Matías al vestido blanco, ó al de mahon;
nunca calzaba otros botines que de cuero de locho, y siempre se le
veía pendiente de la mano derecha la vara de la justicia, que tenia
adornada con unas pequeñas borlas de seda.
Corno habiamos dicho, se hallaba sentado, segun costumbre, en una
silla, mueble el mas respetado y temido en aquella pieza, ya porque
parecia habérsele impreso el carácter seco, inalterable y regañon
de cada Juez, como por su extraña construccion y avanzada edad. A
su frente y junto á una larga mesa permanecian dos jóvenes,
entretenido el uno en dar á los expedientes y demas escritos su
debida colocacion en los lugares que se les habia asignado de ante
mano para abreviar el despacho; de manera que no habia mas que
observar por un instante los diferentes legajos que casi cubrian la
mesa, y ya se sabia lo que habia que hacer en todo el dia. El otro
era un copista, ó mejor dicho, un oficial escribiente, que
pertenecia á la familia ó raza de aspirantes; los que muchas veces
no pasan de aquel punto, en el que permanecen haciendo el oficio de
máquinas caligráficas oyendo por toda su vida los repetidos regaños
de cuanto empleado entra á la oficina.
Reinaba el mayor silencio en la pieza cuando entró don Timoteo
Cañas-gordas, haciendo mil cortesías á todos los empleados, y
particularmente al Juez; y despues de haber tomado asiento junto á
don Matías, le preguntó con almibarada voz:
-El negocito, cómo marcha?
-Que informe el Secretario. Tomó éste la palabra y expuso:
-Lo que es el escrito presentado ayer ya está decretado; pero no se
ha notificado á la parte contraria, porque no ha comparecido. Los
otros testigos no han rendido su declaracion, porque no se les ha
podido hallar.
-Válgame Dios! exclamó don Timoteo, lo que siento es que el término
de prueba se me está corriendo.
-No tenga cuidado, respondió el Juez, traiga los testigos, que al
momento se los despacho; ya sabe que su negocito tiene prelacion á
todos, añadió con una sonrisita bien significativa.
Don Timoteo que lo comprendió, manifestó una víva alegría, y se
atrevió á hacerle la siguiente indicacion:
-Pero lo que importa es que podamos interrogar los testigos sin la
presencia de don Melchor.
Sí, porque ahí está el quis.
-Bien, pues, voy á prepararlos de antemano; y se despidió de la
misma manera que entró, llevando el corazon animado por la mas
ardiente esperanza.
A pocos momentos de haberse marchado don Timoteo, entró don
Melchor, su contraparte; personaje muy conocido en el foro, afamado
por su malicia, su infatigable actividad y el conocimiento que
tenia de todos los archivos de los juzgados. Llevaba ganados ciento
cincuenta pleitos y perdidos doscientos; pero de todos los cuales
habia sacado una considerable fortuna. No hay que añadir el que don
Melchor usara de las mismas cortesías que don Timoteo, ni que fuera
recibido de la misma manera que lo fué aquél.
-A ver, en qué estado se encuentra el negocito, le dijo al Juez,
dando principio por esta pregunta infalible.
-Que informe el Secretario.
-Ya casi se cumple el término de prueba; y la contraparte presentó
un interrogatorio, el que decretado, está para notificar, dijo el
interpelado.
-A ver ese escrito alfonsino, replicó don Melchor en tono burlesco.
Despues de haberlo leido, firmó la notificacion y añadió: ¿Y cuándo
serán examinados esos testigos?
-No hay duda que cuando sean presentados, si es que aparecen en el
término de ley.
-Eso ya lo sabia yo mejor que nadie, dijo para sí don Melchor. Y
luego en tono melindroso se dirigió al Secretario, presentándole un
escrito. Aquí tiene este escritico, póngamelo al despacho; espero
que el señor Juez me lo decretará hoy mismo, porque este va á ser
el principal ariete con que pienso consumir al pazguato de
Timoteo.
-Ya usted sabe que siempre estoy á su disposicion, señor don
Melchor, dijo el Juez.
-Pero es el caso que no se ha de notificar á don Timoteo hasta
mañana á las doce, hora en que me presentaré á sorprenderlo con las
posiciones.
-Convenido, pero esta noche lo espero en casa para arreglar el
negocito aquel.
-Oh! En cuanto á eso, ya sabe que soy hombre de palabra.
-A mí me gusta así, pues yo siempre pago en la misma moneda.
Diciendo esto, tomó su sombrero don Melchor y se marchó, rezongando
entre dientes al bajar la escalera: el diablo de don Matías es
hombre que no da puntada sin nudo; pero el marrajo de Timoteo me ha
de dar para las costas.
Al salir no mas, comenzó á entrar una multitud de individuos;
muchos de los cuales, poco peritos en las intrigas forenses, y
creyendo inocentemente que la justicia humana es un poder
enteramente incorruptible, tenian demorados sus negocios en el
juzgado por mas de dos años, por lo que llevaban perdido ó
invertido en el juicio mas del doble de lo que podia valer el
pleito. Una mujer pedia amparo ante la justicia contra las
repetidas violencias, ultrajes, prodigalidades y vergonzosos vicios
del marido. Un jóven reclamaba, en su mayoría de edad, el uso de la
herencia paterna detenida ilegalmente en manos extrañas. Este habia
entablado un juicio posesorio hacia mas de veinte años. Aquel
acusaba á un funcionario que le habia ultrajado y arrebatado su
propiedad. Al presentarse todos estos desamparados litigantes, que
no habian cometido otro delito que el de no haberle explicado á don
Matías el negocio ántes de presentarse en juicio, tomó el Juez una
actitud imponente; abrió un viejo pergamino; leyó unos trozos de
latin, idioma al que se decia ser muy aficionado y versado; luego
registró las Siete Partidas, la Recopilacion, el Escriche, y se
puso á dictar una sentencia Como si para cometer una flagrante
parcialidad, vender su conciencia y profanar el santuario de la
justicia, fuera necesario consultar tantos libros, para decir que
es hoy negro lo que ayer era blanco!
-Señor Juez se atrevió á decir el primero.
-Qué hay? preguntó aquél con voz imperiosa.
-Era que... yo venia á ver qué hay de mi negocio.
-Hoy estoy muy ocupado para entretenerme con usted.
Y el pobre hombre se volvió cabizbajo fuera de la pieza.
-Y yo venia decia otro.
-Vuelva mañana, porque ahora tengo que hacer.
-Vengo á ver si por fin me toman la declaracion, decia uno menos
tímido, presentándose de rondon en la pieza.
-Aguarde ahí afuera hasta que nos despachemos.
-Es que yo soy pobre, y tengo mucho que hacer. Ayer perdi el dia
aguardando, y no es justo que hoy me suceda lo mismo.
-Y si usted me habla un poquito mas alto lo zampo á la cárcel por
irrespetuoso, exclamó fuera de sí don Matías. Miren la gentecita
que está volviéndose insubordinada!
-Yo tambien vengo á ver si se despachó la informacion de
nudo-hecho, decia un practicante.
-Caballero! no es posible dar curso á su negocio, porque el juzgado
está muy recargado de negocios criminales, y usted sabe que estos
son de preferencia. Alguacil! gritó entónces el Secretario. Al
instante se presentó con paso lento un hombre mofletudo y algo mas
que taimado, diciendo al llegar:
-Señor?
-Tome la lista de los cinco jurados que debe llamar.
-Para qué hora?
-El papel lo dice. Entónces giró pesadamente sobre su pié el
Alguacil y marchó.
-Señor Juez, dijo zarandeándose una mujer desde la puerta. Venia á
ver si ya vino la sentencia del Tribunal.
-Nada, patrona, contestó el Juez.
-Mucho se tardan en ese Tribunal, replicó la mujer, que se
entretenia en hacer con la uña rayas en la pared.
-Es que si todos tuvieran nuestra actividad las cosas marcharian de
otro modo, contestó el Juez.
En esto entró don Fausto. A su llegada todos los litigantes se
retiraron; el Juez se apresuró á levantarse, el Secretario y el
oficial puestos de pié, aguardaron que don Fausto tomara asiento,
para volver á su ocupacion. Era don Fausto el hombre mas temido y
respetado no solamente en el foro, sino en todo el lugar; pues á
virtud de su riqueza y de los profundos conocimientos que decia
tener en la ciencia judicial, administrativa y eclesiástica se
habla hecho el oráculo del pueblo, y dirigia por consiguiente al
Alcalde, al Juez, al Cabildo, al sacristan y á todos los demas
empleados inferiores. Hasta ahora hemos hablado varias veces de don
Fausto, pero no hemos bosquejado la historia de este célebre
personaje.
Nació don Fausto de una mujer lo mas ladina y peleadora que pudo
haber en aquel pueblo, de las que echan la mantilla atras y guardan
en la faltriquera la indispensable navaja de cachas negras.
El muchacho, que en nada desconoció su origen y condicion, siguió
puntualmente la huella que le trazó la madre con su ejemplo; razon
por la que el travieso y maligno muchacho tuvo que atravesar en los
diez primeros años por tantas cuerizas, encierros, hambres y
palizas como picardías iba cometiendo. Tan agitada y fenomenal fué
para el muchacho aquella vida, que ántes de llegar los doce años,
mudó de cuero mas de una vez, como las culebras lo hacen al traves
de las grietas. Se volvió cojo, y el escaso pelo de su cabeza
apénas podia cubrirlo la infinidad de cicatrices y descalabraduras
con que le adornó su propia madre á fuerza de palo, y los demas
muchachos en las guerrillas que con ellos sostenía. Una vez que
alcanzó á esta edad al traves de tantos percances, fué pedido la
madre por ñor Juancho Peñaloza, quien por ese entónces era
Sacristan, para que entrara á servir en clase de monaguillo. La
madre, por descargase de semejante malandrin, accedió gustosa; y á
los dos dias no mas, ya atrevesaba Fausto la iglesia con su vestido
colorado, apagando y encendiendo velas, ayudando misa y llevando la
cruz alta.
Cosa rara, varió de carácter en el portafolio á que había
ascendido, aun cuando no dejaron de quedarle algunos restos de su
inclinacion al robo. Un dia que ayudaba á misa al Cura, observó que
al tiempo de consagrar éste, se quitó y colocó léjos del ara un
hermoso anillo que llevaba de costumbre; al tiempo de servir el
vino en el cáliz arrebata el muchacho con tanta ligereza el anillo,
que el cura no pudo notarlo, y al buscarlo éste para volvérselo á
poner, observó con suma sorpresa que el anillo había desaparecido.
Inútiles fueron todas las pesquisas é indagaciones que se hicieron
en busca de la joya; hasta que el Cura se convenció que éste habia
sido un anuncio del cielo; y al domingo siguiente, predicó
enérgicamente contra el uso exagerado de las joyas preciosas.
No habían trascurrido dos años, y ya Fausto se hallaba al corriente
de todas las ceremonias y oraciones de la Iglesia. Habia adelantado
lo suficiente en el coro para acompañar y aún aventajar al mismo
Sacristan; de manera que el muchacho se hizo en la iglesia, el niño
mimado del público.
Juancho satisfecho con la adquisicion que había hecho, se propuso
enseñarle cuanto sabia; sin olvidar por esto de colocarlo en la
escuela, donde Fausto comenzó á desarrollar su disposicion para la
caligrafía, lectura y aritmética; tanto que á muy poco tiempo ocupó
la plaza de escribiente en un juzgado.
Muerto ñor Juancho, se hizo cargo de la sacristía á tiempo que
continuaba escribiendo en diferentes oficinas, en donde no pasaba
por alto ni el menor gesto, ni la mas leve expresion de los
empleados y practicantes. Leia él primero la " Gaceta oficial" y
los periódicos que le venian al Cura; y para coronar su
instruccion, leyó repetidas veces todos los libros del foro que
encontró en el estante del Cura.
Ninguno recorrió por una escala tan rigorosa todos los destinos de
pueblo como Fausto; hasta que al fin se presentó ante la sociedad
con todas las ínfulas de un consumado tinterillo, y con todas las
pretensiones de un político descarado, intrigante y caviloso.
Convencido entónces de que en su profesion podría darle el mayor
ensanche á su insuperable inclinacion al robo y pillería, principió
la grande obra atesorar un fuerte capital, cubriendo todos sus
actos con el brillo de la legalidad.
Todo mundo comenzó á conocer la sierpe que se habia alimentado por
tantos años de los destinos públicos ; que habia nacido en un
tabuco, educado en una sacristía y desarrolladose entre los
archivos de las oficinas, cuyo polvo sutil y penetrante gustaba
tanto de aspirar, que ya se presentaba altanera y pronta á morder y
despedazar cuanto á su alcance cayera. Todos temblaron, todos se
llenaron de furor, pero nadie se atrevió á atacarla. ¡ Estaba
demasiado grande para ser vencida por el momento! Conociendo su
debilidad, inferioridad é impotencia, se resignaron á sufrir el
yugo que les iba á imponer el hombre á quien, de ahí para adelante,
nadie nombraba sin anteponerle el DON.
Para ocultar su orígen oscuro, creyó conveniente don Fausto ligar
su suerte con la de la señorita mas distinguida del pueblo.
Antoñita Bustamante era la mas lucida gala que tenia entónces el
pueblo L..... De una alma sencilla y noble, de una educacion un
tanto esmerada, y con un padre rico é influente, Antoñita se habia
soñado con un brillante porvenir, y á la verdad, que era bien
acreedora á una suerte bien distinta de la que le forjó su propio
padre.
Don Fausto no tuvo inconveniente en pedir á Antoñita por esposa,
alhagado por el capital que le pudiera tocar, como por la ilustre
progenie de su familia. El padre de ella, temeroso de atraerse la
animosidad de don Fausto, y deseoso al mismo tiempo de encontrar en
él el apoyo del futuro gamonal que se iba á levantar en su pueblo,
accedió gustoso; y a pesar de la repugnancia de su hija, y de las
preocupaciones del pueblo, ligó la suerte de Antonia á la del
hombre que no habia sentido aún la benigna influencia del
amor.
He aquí el muchacho hijo de una pulpera, el pilluelo harapiento y
cojo, rigiendo los destinos de su pueblo, sirviendo de oráculo á
todos los vecinos del lugar, y manejando una considerable fortuna.
He aquí á don Fausto, cuya historia hemos descrito brevemente;
sigámosle por un momento en la visita que hizo á don Matías en la
pieza del juzgado.
-Como que tiene muy recargado el despacho, señor don Matías, le
dijo don Fausto al Juez.
-Algo, señor don Fausto, pero todo va siguiendo su curso.
-Y hay negocios de importancia?
-En lo civil hay unos cuatro bien interesantes, y en lo criminal se
siguen tres por delitos muy graves; de resto, hay como doscientas
causas de muy poca importancia. Y usted ha tenido alguna noticia de
su negocio?
-Creo que han citado para sentencia; como en el tribunal duermen
tanto...... Afortunadamente los dos hemos agitado y dado buen giro
a la cuestion.
-Yo no he hecho mas que cumplir con mi deber, contestó bajando los
ojos hipócritamente don Matías.
-Oh! Si así se administrara donde quiera la justicia, nada habria
que temer. Ya ve que si yo llego á perder la última instancia, se
llevan mas de veinte mil pesos.
-Lo que es un capital. Pero todo está bien hecho.
-Hablando de todo; tengo un empeño con el señor Juez.
-Usted no tiene mas que mandar.
-El caso es, que tengo un bribon en mi tierra, el cual me tiene
asado, y no hallo cómo zafarme de él.
-Lo mas sencillo es el deshacernos de un personaje importuno. Ya
ve, los que me recomendó la otra vez, no han vuelto á aparecer por
estos mundos.
-Eso es cierto, pero en cuanto á este perillan no le encuentro lado
flanqueable, pues todas sus picardías las hace tan ocultas y de una
manera tan reservada, que se escapan al dominio de la ley.
-Si no hay crímen habrá vagancia, que es lo mismo.
-La pena para un vago es tan corta.
-Se le agrega la de írrespetos y desobediencia á la autoridad. O
bien...... Ya me entiende, soy perito en la materia, y cuento con
un Secretario que es una alhaja.
-Así me gusta. Entónces comience á formular el juicio, y avíseme
cuando sea necesaria mi declaracion.
-Ah! Y cómo se llama el individuo?
-Feliciano Arciniégas.
-Negocio concluido.
Y ya sabe cuál es la lista de candidatos?
-Sí señor, y me he alegrado de encontrar su nombre en ella; hay
algunos que yo borrara de muy buena gana, si no fuera porque en
negocios de partido tiene uno que cerrar los ojos.
-Sé cuales son los que le disgustan, pero ya sabe que esos quedan
siempre de últimos suplentes. Su inclusion, no es mas que para
hacerlos trabajar, porque son un tanto influentes, y si no se les
halaga......
-Y quién es el candidato para Procurador?
-Usted, y haré que en la Legislatura se trabaje en este sentido. Al
oir esto, don Matías saltó de alegría sobre la silla; pero al
momento queriendo ocultar su vivo placer con una falsa modestia,
dijo:
-Permítame que le diga que su excesiva bondad puede hacer perder
una eleccion de tanta importancia, mucho mas, cuando se pueden
presentar candidatos que ocupen dignamente el puesto.
-Nada, don Matías, replicó don Fausto procurando ocultar la risa,
en cuestion de elecciones el candidato no es parte. Diçiendo esto
se puso el sombrero y se despidió.
-Me habia mandado llamar? pregunté desde la puerta el doctor
Benavides.
-Si señor, éntre para que firme la notificacion. Entiendo que es
para jurado.
-Mire que los tales jurados ya no me dejan hacer nada.
-Usted sabe que los miembros del jurado se sacan á la suerte. Y su
ficha se ha calentado que es un miedo.
-Pues si seguimos así me avecindo á otra parte.
-No quiera Dios que perdamos tan buen vecino.
-Gracias; pero esto es un tormento. Ahora, en la reunion del jurado
pierde uno mas tiempo que en lo demas; porque, si uno viene, el
otro falta ; si el uno está en el lugar, el otro está en el campo;
y cuando al fiscal y al defensor se les antoja embromar con sus
peroratas......
-Es cierto que hay algunos jurados muy morosos.
-Qué! si ya no le tiene cuenta á uno el ser cumplido.
En esto comparece el Alguacil anunciando que: don Cárlos está en la
estancia, que don Segundo se enfermó y que el niño Lorenzo se ha
ido á viaje.
-Qué le dije? exclamó el doctor.
-Ya no puede haber jurado hoy; pero le aseguro al niño Lorenzo que
el viaje le cuesta sus cincuenta pesos. Y no habiendo mas que
hacer, cerremos el despacho hasta mañana.
Dicho lo cual, la pieza quedó vacía, y el doctor se fué con don
Matías conversando de la manera mas pausada. El Secretario y el
oficial, limpiaron las plumas, y partieron para sus casas.
