CAPITULO I.

 

UNA CITA.

 

Diez campanazos había dado ya el reloj de la catedral con su movimiento invariable, lento y uniforme, y los serenos habían hecho resonar varias veces su prolongado y penetrante silbo, con que anuncian haber llegado la hora del silencio y recogimiento para la ciudad, cuando un jóven que hacia largo rato se paseaba en el atrio de la Catedral embozado en una pequeña capa, y con un guayaquileño calado hasta los ojos, desapareció al instante de allí, caminando á pasos apresurados y cruzando por diferentes calles, sin que la oscuridad de la noche ni la incesante lluvia pudieran detenerlo un momento en su marcha; despues de haberse puesto de uno á otro barrio, y cuando ya se hallaba á la mitad de una cuadra, se encontró frente á frente con uno de sus mas antiguos camaradas, quiso retroceder ó buscar donde ocultarse, pero era demasiado tarde; entónces resolvió continuar de firme haciéndose el desconocido, pero todo fué inútil, porque á pocos pasos no mas el camarada se le acercó, y tomándole por el brazo, le dijo:
-Ola! muy disfrazado vas? solo siendo amigo tuyo se te puede conocer.
-Hace un frio que es necesario embozarse uno hasta los ojos, para que el hielo no le penetre los huesos.
-Lo que extraño es que, hallándote constipado, salgas á recibir esta brisa tan húmeda. ¡Quién sabe qué negocito te trae por estos mundos, porque á la verdad tú no eres muy andariego!
-Fué que se me acaloró mucho la imaginacion con el estudio de la leccion de frances, y determiné salir á refrescarme un poco la cabeza.
-Ah! pero el paseo ha estado demasiado largo; ven y acompáñame á tomar un poco de vino en la fonda, y luego tendré el gusto de acompañarte hasta tu casa.
-Gracias, amigo; ya sabes que no soy afecto al licor, mucho menos cuando me hallo enfermo.
-No me acordaba que te has propuesto hacer papel de santo. Bien, camina pues conmigo, y así haremos el paseo agradable conversando francamente acerca de todo lo que se nos ocurra, y no seguiremos representando el papel de espectros ambulantes por la calle.
Cuando Emilio, que así se llamaba el jóven embozado, notó la terquedad de su camarada, no pudo ménos de rascarse la cabeza, exclamando para sí: Caramba con semejante posma! Es posible que los amigos lleguen á ser en ciertas ocasiones estorbos necios é insufribles? Luego dirigiéndose al impertinente compañero:
-Puesto que tú deseas ir á la fonda, véte y aguárdame allá, hasta que yo vuelva de casa de Camilo.
-Y qué vas á hacer donde ese jóven?
-Á que me preste el diccionario inglés, pues el Lowel tiene muchas muelas para poderlo traducir sin el auxilio del diccionario.
-Ya que insistes en marcharte solo, anda y te aguardaré en la "Rosa Blanca."
Emilio sintió desprendérsele un mundo de encima con la separacion de semejante petardo, y continuó su viaje caminando mas de ligero como para recuperar el tiempo perdido. Al llegar á la otra esquina oyó con suma zozobra las once, y dando un fuerte zapatazo exclamó: las once, Dios mio, y ella me dijo que á las diez y media!
Pocos momentos despues, se hallaba Emilio arrimado á la ventana de una casa, tocando con suma precaucion en una de sus abras. No habia dado el segundo toque, cuando entreabriéndose ésta se vió lucir á la luz de un relámpago el divino rostro de una jóven, como al choque de tenebrosa y rugidora nube se lanza en el espacío una
chispa eléctrica tan vívida como brillante. Una pequeñita mano, que bien contrastaba en su blancura con la oscuridad de la noche, deslizándose furtivamente por entre los barrotes, fué á tocar levemente la del apasionado jóven, quien en el entusiasmo de su alegría quiso llevarla al corazon; pero apénas lo intentó cuando ésta desapareció ocultándose entre un pañolon.
-Con que al fin, Emilio, se aproxima tu certámen; desde ahora te felicito por lo bien que salgas, le dijo la jóven al traves de los barrotes.
-Bien me temo, mi cara Silvia, que quede un tanto deslucido.
-Ni lo pienses un instante; sé que estudias mucho, y aun cuando no fuera así, tu imaginacion te haria sobresalir.
-Ah! si fuera certámen de amor lo que yo fuera á poner, estoy seguro de que hasta las piedras aprenderian á amar.
-Es decir que has aprendido á amar? Dios lo quiera.
-Y qué otra cosa puedo hacer, cuando tu corazon es el libro en que aprendo todas mis lecciones?
-Gracias, gracias Emilio, eso es sobrada galantería.
-No hago mas que explicarte mi situacion.
-Es decir que......
-Que solo tú ocupas mi imaginacion, y que en lugar de estudiar las ciencias, como me lo habia prometido, no hago mas que contemplar tu divino espíritu.
-Cuánto siento haberle robado á las ciencias un discípulo tan aplicado! Pero á la verdad, ellas no lo extrañarán por mucho tiempo, porque al fin él se cansará bien pronto con el aprendizaje que ha acometido, y entónces......
-Ese entónces nunca llegará, bella Silvia. Cansarme yo de amarte? nunca sucederá esto
-Ojalá acontezca así; pero dudo mucho que abrigues ese sentimiento despues de algunos años.
-Dudas aún, Silvia?
-Sí, Emilio.
-Dios santo! ¿Cómo haré para desvanecerte esa duda? Qué sacrificio podré hacerte?
-Ninguno, Emilio. Ya ves que la duda es muy natural en la mujer: este sentimiento parece haberse encarnado en nuestro sér desde que el hombre convirtió el amor en un juego; desde que profanó sus altares con s u perfidia, y desgarró el coraron de la mujer con su veleidad.
- Es decir que me confundes con el vulgo de los amantes necios y malignos?
-No, no: en el teatro de la vida hay muchos actores, y en él aparecen á desempeñar su papel hombres corrompidos, como mujeres pérfidas; todos suponen ó aparentan leer con sobrado detenimiento el libro del amor; pero desgraciadamente la mayor parte lo estudian superficialmente y nunca alcanzan á leer sus últimas páginas.
-Y de qué tratan esas últimas páginas?
-De la fidelidad, de la pureza y de la constancia.
_Entónces yo ya las he leido, porque mi coraron no une dicta otra cosa hácia tí.
-Eso me llena de júbilo, Emilio, porque al hacerte depositario de mi corazon, no he hecho otra cosa que abrigar esa halagüeña esperanza. Dios quiera que el tiempo salga garante de tu oferta, y que nunca llegue á arrancarme tan dulce ilusion.
-Te lo juro, Silvia.
Á esta última palabra Emilio oyó pasos y percibió á muy corta distancia como una sombra que se deslizaba á lo largo de la acera, Silvia cerró el abra de la ventana y Emilio se retiró de allí; mas, viendo que la sombra lo seguía, marchó aceleradamente. Despues de caminar muchas cuadras se paró en la calle del comercio para respirar un instante, pero apénas volvió la cabeza cuando vió que la sombra seguia tenazmente sus pasos; entónces se acordó de su camarada, quien le habia ofrecido aguardarlo en la "Rosa Blanca." En cuatro brincos se puso en la fonda.
El camarada, que era tan puntual como Emilio en sus citas, lo aguardaba en la última sala, puestos los codos sobre la mesa, con la cabeza entre las manos y una botella de jerez al lado. Una multitud de personas entre las que se alcanzaban á distinguir altos funcionarios, militares, comerciantes, literatos, oficinistas, y hasta jovencitos de doce á catorce años, escapados de la vigilancia paterna, ocupaban las otras mesas, repartidos en diferentes grupos; entretenidos unos en devorar los befsteaks, ó los huevos estrellados y en libar repetidas copas de cerveza, brandi ó madera ; y otros en jugar algunas partidas de ajedrez ó de dominó, sin que nadie pensara en desembarazarse del sombrero, ni dejar de aumentar la nube que iba aglomerándose con las bocanadas de humo que arrojaban al aspirar el aromático ambalema, el cigarrillo ó el aromático girolista. Las bufandas, las capas anchas y las diminutas, los sombreros de castor, los guayaquileños, se confundian allí formando por el instante una amalgarna social. Cada uno conversaba libremente con su compañero ó compañeros, elegia el puesto que mas le acomodaba, sin que nadie pensara en disputárselo, y pedia al sirviente el plato que mas le agradaba. Emilio entró á la fonda azorado, pálido y tembloroso. No habiendo podido divisar á su camarada en las dos primeras salas, penetró á la tercera, donde le halló en el estado que hemos dicho; éste levantó la cabeza al oir pasos cerca de sí, y habiendo reconocido á Emilio exclamó:
-Vaya! que al fin te acordaste de que yo te aguardaba aquí; afortunadamente esta preciosa amiga, dijo, (destapando la botella de jerez que tenia al lado y llenando dos copas) me ha hecho muy buena compañía. Es justo que la despidamos entre los dos, añadió, entregando á Emilio una de las copas, cuyo licor desapareció á un tiernpo, y luego continuó. Pero hombre! te veo muy pálido; tus ojos tienen mucho de asustados, y hasta noto que tiemblas; apostaria que has sido víctima de alguna catástrofe. Ese empeño que tomas en ir solo á verte con Camilo, algo me hace recelar. Vaya, despepita tu aventura; ya ves que estamos solos y que nadie nos observa. Otra copita, y á la obra.
-Es el caso, que al momento que salí de casa de Camilo dió en seguirme un embozado; mas, como yo venia desarmado no me atreví á hacerle frente, razon por la cual me apresuré á llegar aquí. Esta es la verdad desnuda de comentarios y rodeos.
-Bien se conoce que el tal embozado tiene pies de morrocoy, cuando no te alcanzó, y que tú tenias tus buenas ganas de verte la cara con él cuando llegaste tan tarde á la fonda.
-Si le hubieras visto, estoy seguro de que te dejarias de burlas.
-Vaya, vaya, Emilio! Se conoce que no estás al corriente de mis aventuras. Y quién á tu edad no ha tenido su quiebra-cabeza ó azar, en esta ciudad de las brujas, como la llama cierto amigo mio?
-Refiéreme, pues, alguna de tus aventuras.
-Mil te pudiera contar. Sinembargo, allá te van una ó dos, aun cuando ellas no prestan mérito mas que para el que las experimentó en propia cabeza:
Cuando estudiaba y estaba en la efervescencia de la edad, me entregué con decidido empeño á la adoracion de Vénus, despreciando por consiguiente el culto de Minerva y los consejos de mi padre, quien, entre paréntesis, era pobre y hacia inmensos sacrificios por sostenerme en el colegio, para sacar de mí algun clérigo ó abogado. Tenia yo, por ese entónces, mis cuitas por el barrio de las Niéves, que ya sabes es el sitio de los misterios y de los espantos. Una noche que me habia dado cita una guapa sirena, fui con todas las precauciones del caso, y despues de haber conversado con ella mil simplezas, y de haberla hecho otros tantos juramentos, me volvia muy satisfecho, con el corazon alegre y creyéndome el señor del mundo, cuando al llegar á la esquina de la Tercera, vi que venian por la calle del Arco unos cuatro ruanetudos; al principio se me erizó el pelo y se me durmió la lengua, pero conociendo luego que aquellos cuatro endriagos no pertenecian al imperio de los muertos, me rehice un poco, y quise seguir; apénas lo intenté, cuando dos de ellos me agarraron por los brazos, y los otros me pusieron un puñal y una pistola al pecho. Inútil era toda resistencia ; así fué que en nada me opuse á sus intentos, En un santi-amen me vi debajo del arco, desprovisto de mi capa, de mi paletó y de mi chaleco. No paró en esto solo, sjno que los malditos continuaron desnudándome hasta dejarme en cueros.
-En cueros! exclamó admirado Emilio.
-Como mi madre me dió á luz. Luego......(Todavía se me revienta el corazon de rabia) me dieron doce latigazos, un par de palmadas, y me despacharon para mi casa como muchacho que mandan á dormir.
-Hombre! eso es demasiado! ¿ Y qué hiciste en ese estado?
-Qué habia de hacer! Recibirles el consejo. Afortunadamte yo tenia la llave de mi cuarto, y los ladrones tuvieron la fineza de dejármela, despues de haberme ofrecido sus servicios.
-Bien, ya me contaste tan lindo chasco, refiéreme el otro.
-Va el otro, con otra copita á la salud del héroe que en él figura. Diciendo esto rebosé las copas con el resto del licor, y ámbos libaron á la salud del personaje azotado en la calle del Arco. El camarada se saboreó, y tomando en su asiento la actitud de un relator de historias, dió así principio á su aventura nocturna:
Á consecuencia de mis frecuentes correrías durante la noche, de las repetidas quejas que los catedráticos daban á mi acudiente, y de los excesivos gastos que yo ocasionaba á mi padre con mi vida libertina y aventurera, pues en lo que ménos que pensaba era en estudiar, determinó aquél enjaularme en el colegio en clase de interno, y con esto se me abrió un nuevo horizonte para dar expansion á mi genio picaresco; pero como ahora no tengo otro intento que el de referirte mi aventura, te callaré la vida que llevaba allí, contentándome con decirte que por esto no dejé mis antiguas relaciones, las que, si ántes cultivaba de dia, entónces las cultivaba de noche, valíéndome para ello, como de poderoso instrumento, de la culebrilla que ya tú conoces muy bien. Una noche salí con mi compañero de cuarto, cargado cada uno con su correspondiente instrumento músico, para darle serenata al objeto de mis ensueños, cuyo padre era tan uraño y carífeo como malcriados y espadachines sus dos hijos. Apénas habíamos tocado una pieza y nos preparábamos á preludiar una cancion, cuando el viejo y los dos hijos salieron repentinamente y nos arrebataron la guitarra y la flauta que teníamos las que se convirtieron en astillas en nuestras indefensas espaldas; en semejante portamanteo tomamos las de Villadiego.
Andaban en el mismo barrio una multitud de gendarmes en la pesquisa de unos ladrones, y viendo que nosotros corríamos sin sombrero, nos siguieron gritando á la vez: Ahí van dos, cójanlos. A semejantes gritos apuramos la carrera, y nos entramos á la casa de una dama á quien no conocia. Una vez instalados allí y cerrada la puerta, nos creimos en completa seguridad; pero desgraciadamente nuestra mala estrella nos reservaba otras calamidades, pues á poco comenzamos á oir tocar á la puerta y llamar á la dama; ésta no hallaba qué hacerse y por lo pronto apagó la luz y metió á mi compañero entre un saco de echar carbon, quedando yo á descubierto; los gritos se sucedian sin intervalo, y las imprecaciones y amenazas se hacian mias frecuentes; yo me creí perdido por el momento y mi susto creció de punto cuando oí el choque de los garrotes y cuchillos contra el suelo y el crujir de las tablas de la puerta á los enviones que ésta sufria por los asaltantes; ya casi se desprendía la puerta del quicio y se preparaba nuestra dama á dar entrada á los visitantes nocturnos, cuando me acordé de que una ventanita de la pieza daba á un solar que se comunicaba con el rio de San Francisco. Del primer puñetazo que le dí, volaron hechos trozos dos balaústres, y al instante pasó por allí mi personalidad que fué á caer á cuatro varas de profundidad, con la cual caida se me dislocó un brazo y se me rompieron los calzones de arriba abajo. Nada de esto me detuvo, ni el haber abandonado en casa de la dama mi capa; sin ésta, sin el sombrero y con el brazo dislocado, emprendí la mas precipitada fuga, atravesando el rio que me heló con su agua paramuna y me llenó de barro hasta los ojos. Muerto de cansancio, aterido por el frío y atormentado por el dolor del brazo, llegué á la calle de Florian donde me puse á contemplar por un instante la ridícula figura que llevaba, y en la triste suerte que le habria cabido á mi compañero, cuando sentí sobre mi espalda el mas horrible garrotazo que te puedas imaginar, á tiempo que la hiriente luz de una linterna de reverbero que me plantó en la cara un hombre de capa larga, me dejó sin vista; apénas tuve tiempo para lanzar el mas desemplado grito, cuando el mismo hombre de la capa me dijo con voz almibarada: "dispense, caballero, creí que fuera mi enemigo;" dicho lo cual se marchó, dejándome sufriendo el tremendo dolor de tan recio golpe, y sumido en un completo pesar por lo negro de mi suerte.
Abrumado con tanta desventura, me senté en un quicio con la cabeza entre las manos; así duré un largo rato sufriendo física y moralmente las penalidades de que era víctima en tan aciaga noche. Viendo al fin que el dia iba á aproximarse, determiné volver al colegio para dar algun alivio á mi pesar. Manco, renco y con el vestido desgarrado, emprendí mi marcha; ya tenia la culebrilla en mis manos y comenzaba á columpiarme por ella, cuando sentí que me tiraban de los pies ; asíme fuertemente de la cuerda, pero las manos que estiraban mis piernas debieron de estar acostumbradas á lidiar con hierro, pues al segundo tiron dieron conmigo en tierra sin sentido y casi exánime: era nada ménos que un policía.
-No, hombre! eso ya no se puede sufrir, exclamó Emilio.
-Todo un policía que, conociéndome de antemano me odiaba con empeño por las pesadas partidas que yo le habia jugado. Con tan buena presa se marchó el maldito al porton del colegio, donde se puso á aguardar hasta que abrieran. Inútiles fueron todas mis súplicas y ofertas; el fariseo había jurado vengarse de mi, y cada vez me apretaba mas la mano con sus dedos de escofina. No tardó mucho en abrir el portero, pues ya eran las cinco. Yo entré acompañado de ese Barrabás entre mohino y lloroso, sirviendo de burla á todos los estudiantes, quienes no pudiendo contener la risa á la vista de mi figura, prorrumpieron en estrepitosas carcajadas, y se agrupaban junto á mí para dar ensanche á su genio burlesco y epigrarmático. En ese momento salió el Rector, hombre tan rígido como severo; á su vista me llené de pavor, y un hielo mortal penetró hasta la medula de los huesos. El policía le refirió en pocas palabras la manera cómo me había encontrado; á su relacion siguio la sentencia; por el momento fui conducido al rincon (ya tú sabes lo que es ser conducido al ríncon) lugar de suplicio para los cachifos.
-Hasta se me eriza el pelo de pensarlo.
-Veinticuatro azotes me fueron aplicados delante de todo el mundo, no ya en la espalda sino...en la única parte que me quedaba ilesa. Á esto se siguieron ocho días de encierro, y la privacion de la retora en cincuenta y cinco almuerzos.
-Vaya, vaya! Qué noche tan fecunda en acontecimientos! Y tu compañero, qué fué de él?
- ¡Qué había de ser! Que se iba ahogando entre el costal, y que al otro dia salió de allí lleno de hollín y hecho un payaso; que luego medio se acicaló en casa de una tía, y en seguida fué al colegio á sufrir la misma sentencia que yo.
-Me has causado miedo con tus cuentos!
-No lo dudo, porque hasta ahora estás muy novicio en materia de aventuras; pero todavía no has oido la tercera parte de mis cuitas, en mejor ocasion te referiré algunas que te hagan temblar.
-Se conoce la clase de vida que has llevado, cuando has pasado por tantos contratiempos; pero ya es demasiado tarde, y tengo clase muy demañana: vámonos.
-Agur, pues, dijo el camarada levantándose y pagando al sirviente el valor de la botella de vino. Luego se fueron juntos hasta la casa de Emilio, donde dándose el mas afectuoso adios se separaron "hasta mas ver."

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