CAPITULO IX.

 

COINCIDENCIAS

 

Al siguiente dia se hallaban Jorge y Emilio en la "Rosa blanca: habian pedido que se les sirviera en una pieza del piso superior, y allí se encontraban solos y dando la despedida á dos tazas de café, al tiempo de que entre sorbo y sorbo fumaban y conversaban amigablemente.
-Pero, hombre, Emilio, no me haz explicado todavía, cómo era que ese peon de tu casa se hallaba sirviendo en las filas contrarias, dijo Jorge despues de haber lanzado una bocanada de humo, que en forma de coronilla fué á perderse en el espacio.
-Pues de la manera mas natural: el pobre Luis fué reclutado en su pueblo é incorporado en el ejército, y habiéndole tomado aficion al manejo del fusil, no se le ocurrió desertarse.
-Pero es valiente el cotudo!
-Ya tú sabes que en el Socorro se acostumbra mucho de eso.
-Y si no ha sido por el encuentro tan casual contigo, quien sabe si ámbos estaríamos dándole cuenta á Dios de nuestra larga vida.
-Una cosa se nos ha olvidado, y es el averiguar por ese guapo Oficial á quien derribaste al primer tiro; como inmediatamente tuvimos que descender del corredor para seguir adelante, yo apénas tuve tiempo para verlo un instante, y cómo se notaba que sufria!
-Yo ni quise verlo, porque su imágen se habria grabado en mi imaginacion, y esta era la hora en que lo habia de tener presente.
-Hoy mismo debemos volver á esa casa á preguntar por él, puede que no haya muerto, y tal vez consigamos que se salve.
-Bueno, Emilio; pero dudo mucho que se halle vivo, tengo la desgracia de dar siempre en el blanco donde apunto, y como no le tiré á las piernas, es claro que ya debe haber rezado el pecavit. Y volviendo á otra cosa; supongo que ya irias á la casa de la bella Silvia.
-Fué mi primera diligencia; pero en vano, ya no vivia en la misma que la dejé en el año de 52.
-Caballeros, dijo entónces, saludando de una manera cortes y desde la puerta un anciano vestido decentemente.
Jorge correspondió el saludo con una inclinacion de cabeza parándose al mismo tiempo, y Emilio, que al fijarse en el recien venido reconoció al padre de Silvia, se dirigió hacia él con el mayor entusiasmo y exclamando:
-Señor don Cornelio, qué felicidad el verlo á usted! siéntese.
Don Cornelio tomó asiento, y Emilio continuó; pues hoy me la habia pasado buscando su casa y ya casi tenia perdida la esperanza de hallarla. Cómo está la familia?
-Perfectamente; y me recomiendan lo salude. Emilio se sonrojó. En cuanto á la casa ya sabe que los que no la tenemos propia, vivimos aquí de barrio en barrio ; ahora vivo por el de "San Francisco," camellon de "Las Niéves."
-Y ver que nosotros entramos ayer por ahí!
-Ah! pero tuve que abandonar la casa miéntras pasaba la accion; pero desde anoche me trasladé otra vez á ella.
-Con la conversacion se me habia olvidado presentarle á mi amigo el señor Jorge Bermúdes. Luego dirigiéndose á éste agregó, el señor Cornelio Lafuente.
-Celebro conocer á usted, y le ofrezco mis respetos y consideraciones, dijo entónces el camarada haciendo una atenta cortesía á don Cornelio, quien no se había cansado de observar detenidamente á éste. Don Cornelio correspondió el saludo con la misma galantería agregando:
-Y tambien me alegro infinito conocer á usted de cerca, y aprovecho la ocasion para manifestarle, que venia con el doble objeto de visitar á Emilio, y cumplir luego con una recomendacion hácia usted, pues ya me habia informado de que se hallaba aquí.
-Una recomendacion hácia mí? Preguntó sorprendido el camarada.
-Sí, señor, y si usted gusta aquí no mas puedo rendirla. El señorito Emilio parece que es amigo de ambos, y por mi parte no hay inconveniente en que él nos oiga.
-Como usted guste, agregó el camarada ardiendo en impaciencia. Emilio sobresaltado en extremo, no hacia mas que oir con una atencion y curiosidad que rayaban en ansiedad.
-Es el caso, caballero Jorge, que yo debo sacarlo de un error en que há tiempo está usted; continuó don Cornelio con una envidiable flema.
-De un error? Ah! tengo tantos, ya ve usted: soy hombre y por consiguiente expuesto con frecuencia á errar.
-Uno solo es el que me toca á mí desvanecer, los demas, si existen, no son de mi incumbencia.
-Adelante pues, señor, replicó el camarada; pero ante todo, bueno es que repongamos los tabacos; tome uno de los mios, señor don Cornelio, que los uso fuertecitos; en cuanto á Emilio, que tome una buena pinchada de rapé, que solo en polvo le hace sus honores al tabaco, lo que no censuro, porque entre gustos no hay disputas. Ahora bien, dé principio á su comision que ya le oigo.
-Díez años há que murió mi esposa idolatrada, dijo don Cornelio, despues de un profundo suspiro.
-Vaya que la cosa tiene visos de historieta, interrumpió el camarada. Cuánto siento no haya brandi ó jerez para libar unas copas á la salud del héroe que va á figurar.
-Para todo hay tiempo, caballero, continuó don Cornelio sin muestra alguna de disgusto; á su conclusion podemos honrar la memoria del héroe ó de la heroina, como mejor le agrade.
-Ah! figura una mujer! tanto mejor, como sea tan hermosa y seductora como la que hice figurar hace algun tiempo en la historia que referí á Emilio, me doy por satisfecho, y no sentiré el tiempo que gastamos en oirlo.
-Aseguro á usted que mi heroina no desmerecerá su atencion.
-Y que soy regodiento en materia de mujeres; pero ya veo que Emilio tiene impaciencia por oir su relacion, continúe.
-Decia que há diez años murió mi esposa; en cuanto á que ésta fuera bella y de admirables cualidades baste decirle que yo tambien he tenido el gusto mas refinado. (El camarada estornudó.) Duramos juntos cuatro años únicamente, pues por una desgracia, en su juventud contrajo una enfermedad, y semejante contratiempo fué causa para que su vida perdiera el brillo de la salud y la alegría infantil de sus primeros años; pero á medida que esa enfermedad voraz la encaminaba con precipitud á las puertas de la eternidad, sus cualidades morales se desarrollaban con vigor y la hacian aparecer como el tipo mas perfecto de una mujer virtuosa é instruida ante la mas culta y escogida sociedad.
-Vaya que es hábil en sus pinturas don Cornelio, se me pone que si ella resucitara la volveria á tomar por esposa, dijo el camarada arrojando una espesa bocanada de humo. Don Cornelio sin hacer caso de los chistes del camarada continuó:
-Sus seductoras cualidades llamaron de tal manera mi atencion, que bien pronto me enamoré perdidamente de ella.
-Bien se conoce que seria usted en sus tiempos uno de los galanes mas afortunados y de blando corazon.
-No tan afortunado, pero sí pronto á estimar la virtud y la belleza donde quiera que las hallara.
-Por supuesto que usted, volvió á interrumpir el camarada, apénas se sintió enamorado, partió por derecho: propuso casamiento; y ella que no tendria corazon de acero, ni disposicion para aumentar el coro de las vírgenes, apénas vió á usted rendido, determinó quemar incienso en el templo de Himeneo.
-No, señor, muy difícil me fué conseguir su mano ya que no su amor; pues las mujeres no son todas tal como usted las juzga: si adoran el matrimonio como su estado mas brillante, lo esperan con dignidad, y en la eleccion del esposo buscan con cordura el compañero de su vida.
-Dios lo bendiga y sostenga en semejante estado de inocencia, señor don Cornelio ; que yo sin lucir tantas canas rindo ménos palias á la cordura y fidelidad de la mujer.
-Como decia á usted, ella fué mi esposa aun sin amarme.
-Nada de extraño tiene eso.
-Mas es de advertir, que si ella me dió su mano, fué solo por agradar á su padre que me apreciaba en extremo.
-Caramba si el yerno no era para despreciar!
-Una vez unidos, ella me refirió con la mayor franqueza la historia de sus amores con la persona que con sobrada ligereza la habia ultrajado y juzgado mal de su conducta. Dura y amarga fué para mí aquella confesion; el sentimiento de haberme unido con una mujer que no labia sentido por mí amor alguno, habria sido capaz de llevarme á la tumba.
-Pero el remedio estaba en su mano: echar al otro mundo á su afortunado rival y asegurar de esta manera el amor de su mujer.
-Fácil me habria sido conseguir lo primero; pero no era de este modo que yo podia borrar la pasion de ella; tanto mas cuanto que estaba persuadido de su fidelidad como esposa; y que si yo no encontraba en ella una mujer locamente enamorada, sí podia hallar una amiga sincera que comprendia y ejecutaba con esmero los deberes impuestos por la religion y la sociedad á la esposa y á la madre. El cariño y el respeto que me profesaba eran tan intensos, que nunca tuve queja alguna de ella, y puedo confesar con vanagloria que si entre los dos no existia mas armonía que la de dos íntimos amigos, yo podia presentar ante la sociedad á mi mujer como el modelo de las esposas.
-Y vaya que muchos tendrian que envidiar su suerte, maridos hay que diz que cuentan con el amor de su mujer, pero que no gozan la dicha de usted.
-Algunos meses despues de haberse efectuado nuestro enlace, ella le escribió con mi consentimiento una carta al hombre á quien habia ofrecido su corazon. Carta que me entregó para que hiciera de ella el uso que me conviniera. Algunos años despues murió dejando á mi lado una niña, único fruto de nuestra union; hija querida que ha concentrado todo mi amor y por cuya felicidad me desvivo noche y dia. A estas últimas palabras se sonrojó Emilio y fingió enjugar el sudor de su frente para ocultar su emocion.
-Y en qué paró la carta de su esposa? agregó el camarada arrojando fuera de la pieza el extremo del cigarro que habia saboreado durante la relacion de don Cornelio.
-Por mucho tiempo averigüé el paradero de la persona a quien iba dirigida; afortunadamente algunos años despues supe donde habia fijado su residencia; pero ansioso de entregársela personalmente, espié el tiempo y lugar donde pudiera hacerlo, y hoy que por una casualidad he sabido que usted se hallaba aquí, determiné aprovechar esta ocasion propicia, y tengo el gusto de cumplir con el encargo de mi esposa: aquí tiene usted la carta, agregó don Cornelio poniendo á disposicion del camarada un billete cuidadosamente plegado.
-Cómo! la carta es para mí? exclamó el camarada recibiendo ésta, la que habiendo abierto y leido la firma, le hizo arrojar un grito de sorpresa: es de Adelina, de Adelina...... Imposible que ella haya perdonado mi ligereza.
-Era una mujer que sabia sentir y perdonar tambien, lea usted la carta y mitigará su sensacion.
-Decia la carta:
Apreciado Jorge:
La alegre y venturosa Adelina á quien salvaste de la muerte en el paseo de Chipaque ya no existe para tí; aquella jóven tan festiva y bulliciosa, que corria por los campos al lado de sus íntimas amigas, saltando por entre las murmurantes fuentes y recogiendo flores para adornar su ondulante cabellera, ha dejado de existir para tí, Jorge.
Tú debias conocer mejor que yo la circunstancia que la arrancó en un instante del seno de sus ilusiones; sin embargo, quiero sacarte del error en que te hallas, no por vindicarla, que esto seria ofender su dignidad despues de la insultante carta que dirigiste á ella, sino por enseñarte á conocer mejor el mundo y evitar formes una mala idea respecto de las demas señoras que conservan el corazon bien puesto en su lugar, y que si saben amar, tambien saben mantener firme su posicion en la brillante sociedad á que pertenecen.
Recordarás que poco tiempo despues de haberse estrechado las relaciones de los dos, te indicó la falsa conducta de Ramiro, y aun te excitó para que le retiraras tu confianza, pues varios hechos de este jóven se lo hicieron juzgar indigno de tu amistad.
Poco tiempo despues una cruel enfermedad te llevó á la cama y esta circunstancia le ofreció á Ramiro un campo extenso para poner en ejecucion una treta infernal é indigna de un caballero: recibió entónces Adelina las cartas mas apasionadas, que ella incauta leia con avidez y se apresuraba á contestar bajo el anónimo que se le indicaba en una de ellas, porque la forma de la letra, el estilo y mil otras circunstancias le hacian creer ser tuyas. En una de las cartas le pedias su retrato "para contemplarlo y devolvérselo luego," á lo que accedió gustosa, pues á mas de la oferta que se la hacia de que éste volveria á sus manos, no previó que se tendiera lazo alguno á su honor. Al siguiente dia no mas, otro billetito le anunciaba tu completa reposicion y la resolucion que tenias de pasar en esa noche á la ventana de su casa á entregarle el retrato. En fin, el lazo habia sido tendido con suma destreza, y la desventurada Adelina cayó en él: el deseo de recuperar pronto una joya que no debia estar en otro poder que en el de sus padres, la ansiedad por verte, el temor de que te expusieras á una recaida esperando inútilmente, y el convencimiento que tenia de tu noble comportamiento, la impulsaron á aceptar una accion que en todo caso y bajo cualquier pretexto juzgo hoy digna de reproche.
A la hora convenida ya se hallaba en la ventana. Ah! pero cuál fué su dolor, su rabia, su desesperacion, cuando en lugar de estrechar tu mano conoció al mentido amigo sonriendo al traves de los balaústres !!! Solo Dios sabe lo que sufrió en aquel momento; la dignidad con que se manejó y la manera con que despidió al infame que con tanta vileza pretendió abusar de la confianza de un amigo.
Las consecuencias de esta cita las sabes mejor que yo, inútil será recordar lo que tú mismo hiciste.
La pobre Adelina tuvo la suficiente entereza de alma para referir á su padre todo lo sucedido despues que le dirigiste la fatal carta que arrancó de su corazon la única esperanza que le quedaba. El, justamente irritado, no pudo calmar su enojo hasta que ella condescendió en entregar su mano á don Cornelio Lafuente que le presentó por esposo.
Cierto es que ella se dirigió al templo del Eterno sin amor por don Cornelio; porque las mujeres no aman mas que una vez, pero tambien lo es que comprendiendo el sublime ministerio de su nuevo estado, juró serle fiel al compañero de sus dias; y que de entónces para acá ha cumplido con una lealtad de que Dios es testigo, los sagrados deberes de su estado, procurando á todo trance hacer feliz al hombre que, sensible, fino y generoso, le ha dado su mano y la colma de caricias y atenciones bien dignas de un leal y bondadoso corazon.
No insultes, pues, la memoria de Adelina, olvídala sí, y tributa siempre respeto á la mujer que, no teniendo ya un corazon para ofrecerte, solo te promete el perdon.- Ade1ina de Lafuente.
El camarada quedó por un instante abatido por el dolor, pero animado luego por la rabia y el furor se levantó exclamando:
-Ramiro, Ramiro, si de un balazo le despojé de una traidora mano, de otro destrozaré tu fementido corazon.
-La justicia esta cumplida, señor, replicó entónces don Cornelio,
Dios se ha encargado del castigo, y usted no tiene ya sino perdonarle, como él lo ha pedido á Dios al pasar á la eternidad.
-Luego ha muerto?
-Esta mañana murió despues que un R. E de San Francisco le prestó los auxilios espirituales.
-Y dónde?
-En mi casa.
-En su casa, exclamaron á la vez Jorge y Emilio!
-Sí, señores: anoche cuando me trasladé á casa, lo primero que encontré en el corredor fué á un oficial debatiéndose entre las agonías de la muerte. Lo primero que observé fué que tenia un brazo amputado, y luego me dijo que se llamaba Ramiro Aguilar.
-Era él, no hay duda! Y dice usted que lo halló en el corredor de su casa? le preguntó con mayor ansiedad.
-Sí, señor, estaba vestido con una blusa colorada y tenia una herida en el pecho.
-Dios mio! perdonadme; cuando yo hice fuego sobre ese hombre estaba muy léjos de saber que fuera Ramiro.
-Luego fué usted? Le preguntó espantado don Cornelio.
-Sí, señor, yo mismo, que me habia propuesto con Emilio tomar por la fuerza esa casa.
-Arcanos inescrutables de la Providencia ! .....dijo don Cornelio bajando la cabeza.
Todos tres quedaron sumidos en un profundo silencio. Despues de un buen rato, don Cornelio se levantó y dirigiéndose á Emilio y á Jorge los estrechó en sus brazos, y les suplicó lo acompañaran á comer al dia siguiente á su casa, invitacion que ellos aceptaron con gusto, con lo cual se despidió don Cornelio.

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