EL ZAPATERO
NOVELA HISTORICA
CAPITULO I.
JOSE MARIA BOHORQUEZ
Allá por el año de 1840 vivia en Bogotá en la calle de "Los
Carneros" José María Bohórquez rodeado de tres hijos y acompañado
de una esposa agobiada por la edad y aniquilada por una enfermedad
tan aguda como tenaz.
Habitaba un cuarto cuyas paredes renegridas probaban muy bien, ser
el único destinado para todas las ocupaciones habituales.
El menaje consistia tan solo en cuatro gruesas piedras que servian
de asiento, una mesa pequeña y deteriorada, y una cama formada con
cañas, paja y frailejon.
La techumbre dejaba en partes una libre circulacion al viento, y el
suelo húmedo se cubria en algunos puntos con una lama verde y
resbaladiza.
Bohórquez dotado con alguna inteligencia, pasaba los dias enteros
entregado á su profesion con una constancia y resignacion capacesde
enaltecer el corazon mas virtuoso; su esposa María transida por el
frio y el hambre apénas podia dar algunas puntadas en el cordoban;
otras veces, cubierta escasamente con una mala manta, derramaba en
silencio las lágrimas mas puras arrancadas por la miseria y el
dolor. Bohórquez palidecia en estas ocasiones, temblaba y se
conmovia instantáneamente al contemplar el triste cuadro que la
suerte le ofrecia diariamente; otras, risueño, lleno de júbilo y
como impulsado por el placer mas intenso, estrechaba á sus hijos y
con una voz entrecortada les decia: hijos, esperad, esperad, que el
sufrimiento encuentra al fin su triunfo en el mundo y una
recompensa divina en la eternidad. Un suspiro contestaba aquellas
exhortaciones y luego no se oia mas que el golpe del martillo sobre
la suela. Los dos hijos mas pequeños agrupados al rededor del
fogon, que casi siempre permanecia apagado, se entretenian á veces
en soazar algunas batatas buscando á la accion del fuego un abrigo
contra el frio.
Un dia, tal vez el destinado por la Providencia para probar la
resignacion de aquel hombre, ofreció la miseria la escena mas
horrible y lastimosa ; la desesperacion apareció con todas sus
furias y la fatalidad hincó su diente en el corazon del desgraciado
Bohórquez.
Eran ya las once del dia, los muchachos pedian con impaciencia PAN,
y la pobre María lanzaba desde la cama los quejidos mas dolorosos;
al fin despues de haber balbuceado el_nombre de José María sufrió
una contraccion y cerró los ojos para no volver á ver el horrible
cuadro del infortunio!...... Bohórquez como sobresaltado se volvió
repentinamente hácia ella y estampó un beso...... pero sobre una
frente pálida y cubierta ya con el velo de la muerte...... Fuera de
sí cayó de rodillas y dejó escapar dos lágrimas que rodaron luego
por el pecho de la adorada esposa. Ella habia volado á recibir la
corona del martirio, y desde el Empíreo le lanzó un lampo de
esperanza que hizo palpitar aquel corazon desgarrado por el dolor y
agitado por la mas cruel desesperacion.
El cadáver parecia haber quedado fijo en los dos huérfanos,
inocentes criaturas mecidas desde su cuna por el fatídico soplo de
la desventura, y cuyo porvenir parecia haber sido dibujado por la
mano de la fatalidad.
Estos no habian comprendido lo que pasaba á su rededor; una madre
dejaba de existir, y con esto, el ángel de la luz, el espíritu
vivificante, su génio protector sacudiendo esa frágil y marchita
crisálida se habia ido á internar allá en la mansion del placer y
de la eterna felicidad de un mundo desconocido.
-Tengo hambre, gritaba el uno; el otro tengo frio; y á la vez
todos: mamá, mamá......
-Hijos, exclamó Bohórquez, vuestra madre no existe ya: esa mujer
generosa no enjugará mas vuestro llanto.
En tanto que la anterior escena tenia lugar, una muchacha de 12 á
13 años de edad, vestida de harapos y con un sombrero roto y
destrenzado recorria las calles ofreciendo unos zapatos de
cordoban. Ella llegaba á todos los zaguanes y entreabriendo el
segundo porton, gritaba desde allí:
-Compran zapatos?
A la contestacion por demas lacónica de "No," salia, y continuaba
su correría, entrando á todas las tiendas y talleres haciendo la
misma pregunta, y recibiendo la misma contestacion. No por esto se
desalentaba ella, y aun cuando al pasar por ciertas tiendas, el
olor de los guisos y la vista de los dulces y de otras golosinas
excitaban su apetito, y daban fuerza á el hambre que la aniquilaba,
nunca se atrevia á pedir nada y se contentaba con arrojar una
famélica mirada sobre el pan, la carne, las empanadas y las
panelitas de leche que se exhibian sobre los estantes y
mostradores, y volvia luego sus ojos con una marcada tristeza sobre
los zapatos que aún no habia podido vender.
Volteaba ya la esquina de una calle y se inclinaba á volverse á su
cuarto ó tabuco, cuando acertó á pasar por cerca de un personaje
que llevaba debajo del brazo un rollo de papeles y tenia un vestido
un tanto desaliñado; habiendo observado la muchacha que dicho
individuo la seguia con la mirada, se dirigió á él, y parándose al
frente le señaló los zapatos, diciendo á la vez:
-Compra?
-Aver, contestó el interpelado alargando la mano para tomar los
zapatos, pero con la mirada fija en el semblante demacrado á la vez
que halagüeño de la muchacha; y cuánto vale esto?
-Pus dos pesos, repuso la muchacha alegre al notar que siquiera le
preguntaba por el valor, cosa que no labia sucedido en todo el
dia.
.-Jesus! eso es muy caro, hija.
-Pus ofrezca.
-Quien sabe si no me vienen.
-Mídaselos.
-Pero dónde? no ves que estoy muy léjos de casa.
-Mire, allí en aquel zaguan.
-Vaya! y me harás ir á medirme estas babuchas de cordoban; nada, no
te los compro, agregó con cierta sonrisita burlona.
-Cómpremelos, se los doy por 12 reales.
-Aun así son caros, no ves que el cuero está atravesado.
-Mire, llévelos por un peso, y le digo á mi taita que lihaga unos
bien bonitos.
-Conqué tenes taita; y cómo se llama?
-Pus mi taita José María.
-Y vos cómo te llamás?
-Me los compra?
-Sí, pero cómo te llamás?
-Isabel, pero los chinos me llaman "La chillona," agregó bajando
los ojos.
-Chinos pícaros! y dónde está tu zapatería.
-Allá por la calle de "Los Carneros."
-Ajá! ya sé. Lástima de china tan bonita, que ande así tan
pobremente.
-Pero dígame, me los compra?
-No te he dicho que sí? pero seria mejor que te fueras á
casa.
-Y mi taita, y mi mama?
-Pues ellos se quedan haciendo sus zapatos, y vos te vas
conmigo.
-Entónces no. Déme el peso porque me voy.
-Qué afanada estás, parece que te corren pulgas.
-No ve que no hemos almorzado, y mi mama está en la cama?
-No han almorzado, y la mamá está enferma...... repitió el
caballero como distraido, y luego volviéndose á la muchacha
continuó bien, pero me llevas otros zapatos á casa.
-Cuándo? le preguntó la muchacha alegremente.
-Pasado mañana...... aver...... nó, el domingo próximo.
-Pero déme el peso.
-Ah! eso es: el sugeto metió entónces la mano en el bolsillo, y
comenzó á repasar entre los dedos algunas monedas, de las que sacó
al fin la cantidad convenida, y le dijo á la muchacha : poné la
mano.
La muchacha extendió su manita, sobre la que fueron cayendo uno á
uno ocho reales.
-Ahora mirá, le dijo el enunciado comprador, caminando cinco
cuadras de aquí para arriba, doblás la esquina á la derecha y á la
primera puerta está mi casa. Conque ya sabes, allá te aguardo el
domingo precisamente, porque si no vas no te vuelvo a comprar
nada.
-Sí, señor, exclamó la inocente muchacha fuera de sí, y dando un
salto le volvió la espalda y partió á correr hácia una de las
tiendas que se encuentran cerca del puente de San Francisco.
Don Anastacio Benavídes que era precisamente el sugeto con quien
ella acababa de hablar, se quedó un momento parado, pero sin perder
de vista á "La chillona," se dirigió á una tienda inmediata, y allí
dejó á guardar los zapatos que acababa de comprar; y decia para sí:
Qué bella muchacha, yo la vestiré, sí; yo le daré con que mejore su
suerte.
Era el tal don Anastacio un hombre cuarenton, tacaño, soltero y de
vida misteriosa; ocupábase en dar plata al 2½ mensual, exigiendo
por seguridad prendas preciosas por el doble del valor, é
hipotecas; lo que le habia proporcionado un considerable capital,
pues casi siempre saldaba su acreencia quedándose con la hipoteca y
las joyas que le habian sido dadas en empeño, para conseguir lo
cual no se paraba en medios. Como era soltero, vivia entregado al
cuidado de una criada, vieja acartonada por la edad, uraña y de
carácter regañon, como casi todas las mujeres descreidas del mundo,
insensible al placer y al dolor; para quien todo le era
indiferente.
Isabel entró á una tienda, en la que se vendia pan, chocolate,
dulces y otros comestibles; una mujer rolliza, y con una cara que
parecia tomate riñon, se encontraba de pié detras del
mostrador.
-Buenos dias, niña Camila, dijo Isabel arrimándose al
mostrador.
-Buenos te los dé Dios.
-Aquí vengo á pagarle los dos reales que le estoy debiendo.
-Dácalos que ya estaban echando mojo en tu poder.
-Si era que no babia podido vender los zapatos; y hora vengo á que
me venda dos reales de chocolate, pan, y carne.
-Y tres la plata?
-Sí, señora.
-Ah! entónces es cosa diferente; dicho lo cual se subió sobre una
mesita y bajó de un palo que atravesaba la tienda, media libra de
carne, tomó luego el pan y el chocolate y lo colocó sobre el
mostrador, y se puso á aguardar que la muchacha desatara de la
punta de un pañuelo la plata que llevaba. Al ver la ventera los
ocho reales que tenia Isabel, no pudo ménos de exclamar:
-Muy rica vienes hoy.
-Fué que vendí los zapatos.
-Ah! ya estaba yo creyendo que eso era regalo de algun cachaco;
cuidado, niña, que esas regalías salen muy caras.
-Mi taita y mi mama me tienen dicho que á nadie le reciba ni un
cuartillo, y que no haga mas que vender la obra, sin admitir
conversacion ninguna, porque me va muy mal.
-Esa es la verdad.
-Y como yo me encomiendo á Dios y le rezo una salve á la Vírgen
cada vez que salgo de casa, agregó bajando los ojos.
En esto entró un muchacho patojo y harapiento; Isabel al verlo
tembló de pies á cabeza y se apresuró á esconder los cuatro reales
que le quedaban; pero no por esto dejó aquel de ver el movimiento
de Isabel, y de observar los comestibles que ella se ocupaba en
envolver en una servilleta que habia sacado del seno.
-Hay mogollas? preguntó el muchacho despues de recorrer la tienda
con su mirada de lince.
-Sí hay, contestó la ventera.
-Y panelitas de leche?
-Tambien hay.
-Pus deque una mogolla y dos panelitas.
La ventera entregó al muchacho lo que pedia, y éste colocó sobre el
mostrador un cuartillo, diciendo á la vez:
-Ay queda la paga: la ventera vió la moneda sobre el mostrador,
pero habiendo sido llamada por otro muchacho al extremo del
mostrador, aquel tuvo tiempo de marcharse llevándose el cuartillo
tras sí, amarrado de un pelo tan fino que no se podia distinguir.
Cuando la ventera volvió á tomar la moneda, cuál no fué su sorpresa
al observar que ya no se hallaba sobre el mostrador, y atisbando á
todos lados trató de inquirir ó averiguar la causa de la
desaparicion; pero no encontrando sus ojos otra persona que á la
infeliz muchacha, le preguntó en tono acre por el cuartillo.
-El cuartillo marchó con el muchacho, dijo Isabel con suma
timidez.
-Cómo ha de ser? no ves que yo lo ví sobre el mostrador cuando el
muchacho volvió la espalda?
Entónces la muchacha le explicó la treta de que se valian los
muchachos para eludir el pago de lo que compraban. La ventera
echaba llamas de cólera, pero todo inútil.
Isabel salió de allí, pero al llegar al puente de San Francisco, el
muchacho que habia acabado de salir de la tienda se le arrimó
diciéndole:
- Querés jugar á los pipos, Chillona.
-Yo no juego.
-Mirá que te pego, y llamo á Ramon y á Jacinto.
La muchacha comenzó á llorar, y trataba de abrirse paso por entre
una multitud de muchachos que se habian agrupado á su rededor y
gritaban: Chillona, Chillona.
Un jóven estudiante que pasaba á ese tiempo, libró á Isabel de los
impertinentes, y ella prendió á correr, no sin haber lanzado una
mirada de gratitud al jóven.
Isabel entró á la pieza, los muchachos saltaron de alegría, y ella
deposité sobre la mesa dos tortas, el chocolate y un pedazo de
carne.
-Papá, dijo, he sido muy afortunada, vendí los zapatos á muy buen
precio y hoy tendremos con que alimentarnos; ¿ mamá está
mejor?
-Duerme, no la despiertes, Isabel, nunca habia disfrutado la pobre
María de un sueño tan tranquilo Un suspiro y una lágrima se le
escaparon, y no pudo ménos de ocultar la cabeza entre sus
manos.
Isabel se aproximé lentamente al lecho de María y no tardó en
convencerse de que su madre dormia, pero al influjo de ese sueño
que la muerte imprime á las criaturas. Un grito lastimoso resonó en
la pieza, Isabel habia recibido una gota helada en su inocente y
sensible corazon; ella estrechaba contra su pecho el cadáver de
María y trataba de descubrir en sus apagados ojos un átomo de
vida.
