CAPITULO VII

 

EL CEMENTERIO.

 

Ricardo fatigado con tanto incidente, con la imaginacion acalorada por el confuso torbellino de tan extrañas ideas, determinó abandonar á su amigo y partió para su casa. En nada podia fijarse, su espíritu estaba agitado, y las ideas se sucedian rápidamente sin dar lugar á la reflexion.
Al siguiente dia no mas volvió á la casa de doña Concepcion; en esa vez halló bastante restablecida á Matilde, con el ánimo depierto, sin fiebre y calmada la tos. Esto causó una viva alegría á Ricardo, y le hizo abrigar la esperanza de que tal vez ya se hallaba fuera de peligro. Doña Concepcion le manifestó el deseo de trasladarse á Fusagasugá por algun tiempo, proposicion que fué acogida por Ricardo con entusiasmo; y al efecto, él ofreció ir á aquel pueblo con el ánimo de conseguir un buen alojamiento, á la vez que desempeñar una diligencia que hacia tiempo habia demorado, por no atreverse á abandonar la ciudad, en circunstancias, en que Matilde le tenia embargada la atencion, y no queria ocuparse sino en todo lo que estuviera relacionado con ella.
Matilde le dió las gracias con una sonrisa angelical, y al otro dia marchó Ricardo para Fusagasugá.
Nunca habia podido hacer la señora Concepcion una eleccion mas acertada; pues, Fusagasugá es verdaderamente uno de los puntos mas favorecidos por la naturaleza; los vecinos de aquel pueblo son generalmente amables, hospitalarios, festivos, de costumbres sencillas; la naturaleza ofrece á sus alrededores, una vegetacion lozana y vigorosa, y parece ostentar con orgullo los mas agradables contrastes; algunas montañas y colinas limitan por el Norte el extenso y dilatado valle que va á perderse hasta el Sumapaz, interrumpido ligeramente por oteros, regado por algunos riachuelos y sembrado de multitud de quintas agradablemente situadas. He aquí el punto elegido por la señora, y donde es fácil concebir que la señorita habria hallado un buen clima y modo de distraer su espíritu con las placenteras diversiones que con tanta frecuencia se disfrutan en aquel pueblo del amor y de la poesía.
En cuanto á Bohórquez, luego que salió de la cárcel, fué conducido á la casa de Federico, donde lo recibieron y atendieron con la mayor cordialidad las generosas señoras de aquella casa. Á los quince dias no mas, se hallaba restablecido, y apesar de su decadente edad, sus fuerzas agotadas ántes, habian adquirido un nuevo aliento. No tardó en buscar trabajo y muy pronto fué colocado en un establecimiento de zapatería, donde se le vió trabajando por mucho tiempo, con aquella constancia tan característica en él.

Durante la residencia de Ricardo en Fusagasugá, Matilde se agravó repentinamente, su maligna enfermedad volvió á aparecer con los síntomas mas alarmantes, y nada, nada pudo separar á esta jóven del borde de la tumba.
Una noche en la que doña Concepcion se habia retirado á su alcoba á hacer oracion, llamó Matilde á una criada, que habia llegado á captarle su confianza y robarle los mas íntimos secretos.-Mira, María, le dijo, toma esta carta y cuando deje de existir, se la entregarás á Ricardo en su propia mano; no olvides decirle que ántes de morir, su imágen no ha podido borrarse de mi imaginacion, y que mis últimos momentos se los he dedicado al Omnipotente, á mis padres, á mis benefactores y á él. Toma este relicario, úsalo en mi nombre y no olvides colocar una flor sobre mi losa.
La criada guardó todo, y no pudo contestar sino con lágrimas y sollozos; Matilde habia llegado á ser para esta mujer un objeto de adoracion y no podia conformarse con la eterna separacion que le anunciaba su señora.
Matilde pareció sufocarse por un momento, alargó la mano para pedir agua y quedó luego sumergida en el sueño mas tranquilo. María temerosa de despertarla se retiró de la pieza para llorar en silencio.
A pocas horas no mas se difundió por la casa y en casi todo el barrio, la fatal noticia de la muerte de Matilde; todos los miembros de la casa y los parientes y amigos de doña Concepcion lloraron amargamente la pérdida de esta bella y celestial criatura; el espíritu que animaba aquella casa, habia desaparecido para dar lugar al genio de la tristeza Al siguiente dia un acompañamiento lúgubre y silencioso, y en el que se veian algunas personas distinguidas por su posicion social, se dirigia al cementerio llevando en su centro el carro mortuorio de Matilde.
José M. Bohórquez, que habia dedicado aquel dia para visitar el cementerio, se hallaba sentado cerca de un catafalco cuando depositaron los restos de Matilde, y no tardó en volver á quedar solo y entregado á los mas dolorosos recuerdos.
-Que no halle donde colocar una flor? la pobreza me oculta el punto donde yacen los restos de María, decia para sí.
El pobre evoca acentos que no tienen eco alguno y se pierden en el espacio sin conmover un corazon amigo; llora y sus lágrimas empapan la tierra que ha de hollar luego el pié de la riqueza; muere y no hay una tumba, un signo que exite á la oracion ni ofrezca un recuerdo de su virtud.
-Pero allí, continuó refleccionando, han depositado el cuerpo de una jóven; ella irá á acompañar á María y le dirá que un anciano oraba por ella en la mansion del reposo. Despues de haber hablado así consigo mismo se aproximé á la tumba de Matilde y colocó sobre ella varias flores. Cerca de la tumba se levantaba un panteon de ingeniosa y esmerada construccion; un frondoso lloron le daba sombra con el espeso follaje de sus ramas; Bohórquez se sentó en una de las gradas del panteon y no habia comenzado á leer la inscripcion que habia grabada sobre una lápida de mármol, cuando oyó unas voces en la puerta del cementerio, percibió de léjos dos jóvenes y al momento se ocultó tras del mismo panteon.
-Aquellos tambien habrán hecho una pérdida, dijo, y vienen como yo á orar y derramar una lágrima de ternura sobre los restos de sus deudos.
Eran Federico y Ricardo; éste habia sabido en Fusagasugá al siguiente dia, la muerte de Matilde; nadie le pudo detener; loco, fuera de si marchó con la mayor presteza para Bogotá, á donde llegó pocas horas despues de haber pasado el entierro. No bien se habia desmontado y abrazado á la mamá y hermanas, cuando llegó la criada de doña Concepcion y le entregó la carta que Matilde le habia recomendado; no oyó la razon de la criada, el dolor le habia embargado sus sentidos y no se hallaba en mas disposicion que para llorar. Tal era la pasion que Ricardo habia concebido por Matilde! tomó maquinalmente la carta y la depositó en el bolsillo, y luego partió en direccion al cementerio. Afortunadamente en San Cárlos se encontró con Federico, quien conociendo el estado en que se hallaba su amigo, determinó acompañarle para calmar su desesperacion.
-Ha muerto Matilde, y yo no he podido verla! dónde estará? dijo Ricardo con desesperacion al entrar al cementerio, yo quiero romper la losa que la cubra para verla por última vez; yo quiero derramar lágrimas de fuego para dar vida á su corazon. Mira, tal vez está aquí, la argamasa está fresca y las flores que le han colocado, no se han marchitado aun; una mano amiga se me ha anticipado á darle un testimonio de gratitud ó simpatía.
-Sí, esa es su tumba, no vayas á profanarla, la mansion de los muertos es sagrada. Le contestó Federico conmovido.
-Ahora advierto; al momento que llegué, una criada me entregó esta carta. Oh! si fuera de Matilde!
-Abrámosla.
Federico tomó la carta, rompió la nema, buscó con avidez la firma; ésta estaba casi borrada y con dificultad pudo percibir el nombre de Matilde.
-Sí, sí, es de ella.
Ricardo principió la lectura en voz alta despues de haberse sentado ámbos en el basamento de una columna, delante de la tumba de Matilde. Decia la carta.
"Ricardo.
"Adios! el génio de la muerte se aproxima á mi lecho y con su descarnada mano me señala aquí una fosa y mas allá la mansion de los justos y el resplandeciente trono del Eterno. El mundo es ya para mí un vasto desierto poblado de tinieblas en el que solo veo tu imágen como una luz radiante cuyos lampos refulgentes luchando con la oscuridad vienen á fortalecer y animar mi espíritu. Aquí me tiendes una mano amante y me ofreces en las delicias del amor un corazon ardiente y apasionado, y allá descubro á mis padres alegres y festivos prontos á estrecharrne en su seno y elevarme al punto de una felicidad inconcebible. Por una parte el amor y la amistad; la luz y la justicia por otra. Ved los encantos que descubro mas allá de la tumba; no temo á la muerte, la amo con frenesí y espero con júbilo y sonrisa á esta amiga de la humanidad; quiero pasar pronto ese puente tendido entre el martirio y el placer, ya he dado los primeros pasos y no tardaré en romper el lazo que me tiene uncida á este mundo.
Adios Ricardo, pero ántes de partir quiero darte una prueba de mi amor, quiero ser franca contigo; tú me ofrendaste tu corazon y voy á darte un testimonio de mi gratitud.
Tú disfrutabas de una vida tranquila, llamabas la atencion general y te habias hecho acreedor al afecto de tantas bellas que formaban la gala en las lucidas reuniones á que concurrias. Pero aparecí yo en la sociedad culta, nos vimos y un mismo amor vino á agitar nuestro corazon; he aquí el principio de tu desvertura; con mi loca aspiracion no hice mas que detener el vuelo de tu felicidad y privarte tal vez, de una brillante colocacion.  Perdon, Ricardo, yo me he levantado del polvo y con demasiado orgullo me he internado hasta los espléndidos salones de la corte ; como un fuego fátuo desprendido del fango, he seguido tu sombra para dejarte luego en medio de la mas completa oscuridad. Mas yo no soy tan culpable: el coraron me dominaba y nunca le pude imponer la fuerza de la razon. Te amaba, esto es todo.........
Bien, escuchad mi historia, y si acaso merezco alguna reciprocidad por el sincero afecto que te profeso, no te pido mas que compasion por la desventurada Matilde, y un eterno olvido por su loca pretension.
Nací de padres pobres cuyo único orgullo consistia en la honradez y en su incansable trabajo, pero el brillo de su virtud quedó eclipsado ante el mundo, por la insaciable avaricia de un hombre que mas tarde se convirtió en mi eterno perseguidor.
El dia que murió mi madre, partió mi padre para la cárcel.
-Mi hija! mi hija! gritó Bohórquez, que habia oido la lectura de la carta, y manifestándose á Ricardo y Federico de una manera repentina, les estrechó fuertemente contra el pecho. Pero continúen la lectura, pues deseo ardientemente saber la historia de Isabel y la suerte de Miguel y Manuelito.
Federico y Ricardo no habian salido del estupor en que habian quedado con la sorprendente aparicion de Bohórquez y la singular historia de Matilde. Sinembargo, un poco despues continuó Ricardo la lectura: "sola en el mundo sin mas apoyo que mi inocencia y las lecciones que habia recibido de mis padres, quedé á la ventura como una pluma agitada en diferentes direcciones por el viento Seguí las indicaciones de mi coraron, me dirigí á la casa de una señora, quien me recibió con bondadosa atencion le impuse del objeto de mi visita y le referí la fatal desgracia que nos habia sucedido, compadecida de mi suerte, se hizo cargo de practicar todas las diligencias del entierro de mi madre.
Pero como te he dicho ya, el autor de la desgracia de mi padre, se convirtió en mi incansable perseguidor, y á virtud de una maquinacion infernal consiguió que me sacaran de la casa de la piadosa señora donde vivia. Una criada de mala vida se hizo cargo de esta empresa, y cuando ménos lo pensé me hallé en la casa de una mujer de conducta relajada, por quien fuí tratada ignominiosamente; afortunadamente no me faltó el valor, y mi padre que está en el cielo, es testigo de los esfuerzos que hice para salir de allí y librarme de la presencia de mi odiado perseguidor. Un dia huí, y despues de mil sufrimientos pude dar con la casa de mi benefactora, quien me recibió con los brazos abiertos, me consoló y me presentó a su digno esposo. Ellos tenian preparado un viaje para el Cauca, y al dia siguiente marché con ellos, no llevandoo otra pena que la de no haber podido orar un momento sobre la tumba de mis padres, y de haberme despedido de mis hermanos, á quienes dejaba en el Hospicio.
Aquí principia una nueva vida para mí.
El cariño y tierno afecto con que fuí tratada por el doctor Cortazar y su excelente esposa no es para descrito; baste decirte que despues de haberme procurado una educacion esmerada, concluyeron por adoptarme como hija, bajo el nombre de Matilde, en recuerdo de la que ellos habian perdido años ántes. Mas tarde muríó mi segundo padre, y la señora tuvo que volver esta ciudad. Aquí nadie me conocia ya y bien pronto me ví fulgurando en la sociedad culta de esta capital.
He aquí mi historia, caro Ricardo, historia cuyo principio no puede ser mas triste. Bien ves que la Chillona, esa hija del pueblo, que pasó su infancia vendiendo zapatos por la calle, y quien llegó hasta disputar á los cerdos su alimento, no puede ser tu esposa, aunque conserve su pureza y su candor, y ocupe un puesto que solo ha podido alcanzar por la benevolencia de dos séres angelicales.
Adios, Ricardo, recibe el recuerdo que ántes de partir de este mundo para la eternidad, te dedica la mujer que mas sincera y profundamente te ha amado.
MATILDE."
-Que no la pueda yo hacer resucitar, para manifestarle que la adoro mas que nunca, exclamó Ricardo.
-Y me creia muerto la infeliz Isabel! dijo el zapatero cruzando los brazos y agachando la cabeza.
Ricardo y Bohórquez se abrazaron estrechamente para confundir sus lágrimas y levantar en su corazon un altar á la imágen de la angelical Matilde. Pocos momentos despues se juraron los tres una eterna amistad sobre la tumba de aquella virtuosa jóven, y Federico arrancó á sus dos amigos de aquel sitio eternamente memorable para ellos. Fueron muy pocas las palabras que se cruzaron durante el camino, porque un acontecimiento tal, exigia el silencio y la meditacion.
Bohórquez murió mas tarde agobiado por la edad, despues de haber perdonado á los que le hicieron tanto mal, y lleno de gratitud por Ricardo, Federico y doña Concepcion.
Uno de sus hijos pereció durante la guerra de 1854, mereciendo el título de valiente, y el otro disfruta actualmente de alguna fortuna debida á su inteligencia é incansable trabajo.
Ricardo y Federico han llamado la atencion general, el uno como literato, y el otro como político.
Don Anastacio murió no há muchos años, en medio de la mayor congoja y desesperacion, que le ocasionó la pérdida de una fuerte suma que habia dado á rédito, y para cuyo aseguro habia recibido una caja de joyas falsas y de casi ningun valor.
Vivió de la usura y fué víctima de la avaricia.

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