CAPITULO VI.

 

PEDRO ARIAS DAVILA

 

Á poca distancia de la pequeña poblacion de Santa María se comenzaba á extender un bosque de robles y arrayanes, al que Fulvia solia concurrir acompañada de Vasco ó de alguna de las indias de su servicio. Un dia en que se habia separado un tanto de sus compañeras, fué internándose hasta dar en una pequeña gruta formada por enredaderas, de las cuales pendian como campanillas multitud de flores de un vivo azul que iba desvaneciéndose hácia el centro. Atraída Fulvia por aquel poético retiro que parecia convidar al descanso y á la contemplacion, se sentó bajo aquel pabellon de verdura, y comenzó á entonar las graciosas cantinelas que habia aprendido cuando niña, jugaba al lado de sus padres; no habia acabado de modular las notas del primer verso, cuando un hombre se le presentó repentinamente; sorprendida con aquella aparicion tan inesperada, apénas tuvo tiempo para levantarse del césped sobre que se hallaba reclinada; mas, conociendo luego quién era el personaje que la iba á interrumpir en su inocente distraccion, y observando que no venia en actitud hostil, desapareció su temor y con la mayor sencillez del mundo le tendió la mano diciéndole á la vez:
-Garabito!
-Bella Fulvia! contestóle éste, estrechándole la mano, y agregando: Qué linda eres, y qué bien cantas!
-Yo cantar? sí, te gusta?
-Mucho, y si eres tú la que cantas, mas.
-Allá, agregó Fulvia con una sonrisa angelical, todos cantan como las aves. Quieres que cante?
-Ah! sí; pero dame un abrazo, que me quemo de amor por tí exclamó entusiasmado Garabito abriendo los brazos y tratando de agarrar á Fulvia. Esta que comprendió la intencion del soldado, dió un salto atras alarmada y sorprendida con aquella accion que ninguno, fuera de Vasco, se habia atrevido á cometer. Garabito poniéndose de rodillas le tomó una mano y le dijo:
-Mira, Fulvia, quiéreme á mí.
-Tengo marido, le replicó retirando la mano con desden.
-Sí, pero ese marido te va á dejar, y sobre todo, va á perder el mando.
-Aquí no cabe sino un hombre, repuso Fulvia, poniéndose la mano sobre el coraron.
-Es decir que no me quieres?
-No!
Garabito se paró, y sacando un puñal1, exclamó en medio del mayor despecho.
- Me querrás por la fuerza!
Iba Fulvia á gritar cuando se oyó un ruido, causado por dos ginetes que atravesaban el bosque á carrera tendida, y al mismo tiempo el toque de un tambor. Al oir esto Garabito, volvió el puñal al cinto, y se retiró, no sin haber dicho:
-India ingrata, me la pagarás, yo sabré vengarme.
Qué sucedia en la colonia? Dos navios que traian izados los estandartes de Castilla acababan de anclar á legua y media de la costa; y no tardó en desembarcar un mensajero, quien vestido de riguroso uniforme, se presentó entre los colonos preguntando por el aventurero Vasco Núñez de Balboa.
-El Capitan Balboa, Gobernador de esta colonia, se encuentra á muy corta distancia de aquí; se atrevió á contestar uno de los que se hallaban en la rivera.
-Pregunto por un aventurero y no por el Gobernador del Darien, replicó el mensajero; pues su excelencia el señor don Pedro Arias Dávila, á quien todos vosotros debeis respeto y sumision, es el muy digno Gobernador de este establecimiento, y de todas las tierras que en lo sucesivo se descubran á inmediaciones del Darien.
Tal manifestacion hecha en tono arrogante por el mensajero, dejó pasmados á la mayor parte de los curiosos que habian ocurrido á la rivera; algunos de los cuales viendo que su Jefe habia caido en desgracia, no vacilaron en volverle la espalda desde aquel momento, y en declararse ciegos partidarios del nuevo Gobernador, á quien no conocian ni debian servicio alguno.
Tal es el favor popular, olvida pronto á los mejores servidores, y rinde admiracion al primer ambicioso á quien la casualidad ó el capricho elevan!
Pizarro fué el primero, que habiéndose acercado al mensajero, se quitó el sombrero y gritó: Que viva el excelentísimo señor don Pedro Arias Dávila, Gobernador de estas comarcas!
Algunas voces contestaron este viva, y entónces todos se dirigieron á la plaza. Pizarro que ardia en deseos de comunicar á todo mundo la noticia ántes de que lo supiera Vasco, tocó un tambor; pero Botello y Argüello decididos partidarios de Vasco, y quienes no podian conformarse con la caida de su Jefe, montaron á caballo y marcharon á informar á éste de todo lo sucedido. No tardaron nada en hallarle al extremo del bosque en que habia tenido lugar la escena entre Fulvia y Garabito; á su vista, Vasco soltó el hacha conque estaba labrando un palo, y dirigiéndose á los dos les preguntó:
-Qué hay, amigos?
-Una desgracia, mi Capitan, respondió Botello, limpiándose el sudor que cubria su frente.
-Qué ha sucedido pues?
-Acaba de anclar á poca distancia del puerto un navio, y un mensajero se encuentra en la poblacion.
-Y qué tiene eso de malo? por el contrario debemos celebrar tan fausta noticia.
-Pero si no es eso lo malo, lo peor está en que el tal navio trae á un Pedro Arias Dávila, que viene nombrado Gobernador del Darien.
-Hágase la voluntad de los soberanos de Leon y de Castilla, contestó Vasco inclinando la cabeza ante tan tremendo golpe, y procurando ahogar en su pecho la profunda sensacion y justo resentimiento que tan impensado procedimiento de la Corte le causaba
-Pero señor, agregó entónces Argüello; nosotros no pasamos por semajante infamia, resistirémos hasta el último instante la posesion de semejante intruso.
-No tal; somos súbditos de los soberanos de Leon, Aragon y Castilla, á quienes debemos una completa sumision, y de ninguna manera debemos rebelarnos contra su voluntad y decision.
-Pero señor, os que acabais de prestar á la corona tan importantes servicios, y que habeis expuesto vuestra vida por su brillo y esplendor, corresponderos con tal ingratitud!......
-La historia se hará cargo de reconocer mis méritos, si es que algunos he adquirido; por ahora marchemos á la poblacion á rendir cuenta de nuestra conducta y hacer cumplir la voluntad de los soberanos. Y á vosotros que sois mis mejores amigos os suplico procureis se haga el mejor recibimiento á su excelencia el Gobernador.
-Ahí teneis mi caballo, montad, que nosotros os seguirémos.
-Gracias, aquí acostumbro siempre venir á pié, ademas es muy corto el trecho que tenemos que cruzar.
Vasco echó el hacha al hombro, Botello y Argüello tomaron las bestias del ronzal y siguieron para la poblacion. Apénas habian caminado un poco, cuando se presentó Fulvia, quien arrojándose en brazos de Vasco exclamó:
-Yo no separarme de tu lado.
Vasco enternecido le dió un beso en la frente y la estrechó contra su corazon; por las mejillas de la india corrió una lágrima, y todos siguieron hácia la poblacion sin cruzarse la menor palabra.
La colonia se hallaba conmovida, y ya sus habitantes se habian dividido en dos partidos, de los cuales el uno era encabezado por Garabito y Pizarro, quienes no se cansaban de lanzar vivas al nuevo Gobernador. Á la llegada de Vasco á la plaza algunos se aproximaron á él, otros se retiraron temerosos de comprometerse y no faltaron algunos que le negaran el saludo. Recibidos y leidos por Vasco y por el Notario los pliegos que le presentó el mensajero, Vasco le dijo:
-Decid á su excelencia el señor don Pedro Arias Dávila, que estoy pronto á obedecer sus órdenes, y que mi casa y escasos bienes están á su disposicion; volviéndose luego á los que le rodeaban, exclamó;
-Que vivan los muy altos y poderosos reyes don Fernando y doña Juana! Este grito fué contestado por toda la concurrencia, y ya nadie pensó sino en ver la llegada del nuevo Jefe. Solo Botello, Argüello y Hernan se retiraron á sus casas tristes y pensativos.
Pedro Arias llegó al puerto, y habiendo arreglado la fuerza que traia como para hacer frente á cualquier ataque ó resistencia que intentara Vasco, hizo avanzar la vanguardia, compuesta de 100 soldados armados de arcabuces; á éstos seguia una compañía de lanceros y peones armados de ballestas, y luego Pedro Arias con su señora, á la cabeza de mas de 1,000 jóvenes de lo mas distinguido de la Corte, vestidos todos con un lujo oriental que dejó sorprendidos á los colonos. Nunca habia venido á las playas del nuevo mundo una expedicion tan bien provista de armas, municiones y víveres, Qué contraste! Vasco vestido humildemente, Pedro Arias, ostentando los galones, bordados y decoraciones mas brillantes; por el un lado el esplendor, el lujo y la vanidad, por el otro la modestia y la humildad! Los dos Jefes se dieron la mano, la pequeña fuerza de Vasco presentó las armas al nuevo Gobernador y todos marcharon hácia la plaza, donde se hallaba preparada una comida cívica conque aquel hombre de un corazon elevado y generoso obsequiaba á quien iba á dirigir en lo sucesivo los destinos de la colonia.
El recibimiento se hizo en medio de la mayor cordialidad, y el dia se pasó como si hubieran sido hermanos é íntimos amigos los que acababan de pisar las playas del nuevo mundo. Fué precisamente en esta ocasion que Vasco manifestó toda su grandeza de alma, y los buenos sentimientos de que se hallaba animado.
-Y bien, Capitan, me habeis dicho que en el mar que acabais de descubrir se encuentran las perlas mas preciosas, y que en los rios que desembocan á dicho mar se halla el oro en abundancia; podriais decirme cuánto dista ese mar de aquí? le preguntó Pedro Arias á Vasco, despues de haberle fingido el mayor interes por su suerte, y un gran deseo de que sus servicios fueran reconocidos por la Corte.
-Señor, le contestó Vasco, solo puedo deciros que salí de aquí el 19 de setiembre y no llegué hasta el 29 de dicho mes.
-Por supuesto que encontrariais muchas dificultades en el tránsito, y que no serian pocas las batallas que tuvísteis que librar contra los indios.
Para dar contestacion á esta pregunta, creyó el bueno de Vasco conveniente hacerle una relacion de lo mas circunstanciado acerca de su viaje, sin omitirle el mas leve incidente. Esto era precisamente lo que Pedro Arias deseaba. Terminada la conferencia éste le ofreció la mano de amigo, y la influencia de que gozaba en la corte; con lo cual Vasco se retiró satisfecho, abrigando la esperanza de que su suerte variaria y de que en lugar de hallar en el Gobernador que lo sustituía en el mando un acérrimo y cruel enemigo, encontraria mas bien un poderoso auxiliar que contribuiria á elevarle y ganar el favor de la corte.
No bien habia salido Vasco, cuando Pedro Arias, mandó llamar á Espinosa, por conducto del pérfido Garabito. El Notario no se hizo aguardar muchos momentos, y una vez presente en la casa del Gobernador éste le tendió la mano cariñosamente y le hizo sentar á su lado iniciando la conversacion de la siguiente manera:
-Desde mi salida de la Corte hácia estos mundos tenia ya conocimiento de las prendas que adornan á usted.
-Señor Gobernador, dijo inclinándose Espinosa, yo soy un humilde empleado, que no tengo otro anhelo que servir á mis soberanos, y á sus dignos representantes en esta tierra
-Bien, convencida la Corte de la buena voluntad que tiene usted para servir en todo lo que sea del agrado de los soberanos, me ha ordenado le trate con las mayores consideraciones, y le promueva á una mejor colocacion cuando llegue el caso.
-Excelentísimo señor ......
-Nada, Espinosa, le interrumpió Pedro Arias, á un lado la modestia. Hablando claro, voy á confiarle una comision delicada; es el caso que hay que iniciar hoy mismo una causa contra Vasco por el delito de usurpacion y de robo á las cajas reales; hay testigos suficientes para declarar con lugar, de manera que no falta sino que en cumplimiento de su deber, dé principio en union del Alcaide ordinario, no ahorrando para ello indagacion de ninguna especie que tienda á demostrar el hecho por que se acusa á Vasco.
-Sí señor, se apresuró á manifestar entónces Garabito, aquí estoy yo dispuesto á rendir cualquiera declaracion, pues soy conocedor de los atentados y estafas de Vasco.
-Ya lo oye? agregó Pedro Arias.
-Sí señor, contestó Espinosa, cumpliré vuestras órdenes.
-Y si la causa tiene buen fin cuente con la recompensa.
-No quiero otra que la satisfaccion de haber cumplido con mi deber.
La conversacion terminó con la llegada de varios colonos que venian á ofrecer sus respetos al Gobernador.
Espinosa, que no dejaba de conservar alguna gratitud hácia Vasco, y que reconocia la injusticia con que se procedia contra este desgraciado descubridor del Pacífico, se quedó pensativo.
Vasco volvió á sus ocupaciones habituales como si sobre su cabeza no se hubiera descargado tan tremendo golpe. Fulvia le acompañaba en todas sus faénas campestres, y ya no se separaba de su lado ni un momento.
El Obispo Quevedo que habia venido con Pedro Arias, adquirió tales simpatías por Vasco, que no se cansaba de oir las relaciones que éste le referia, y se propuso constituirse en el defensor de sus derechos. Era el Obispo un prelado de virtudes evangélicas, bondadoso, instruido y de magnánimo corazon; podia asegurarse al estudiar el carácter pérfido y feroz de Pedro Arias, que aquel Jefe de la Iglesia era el reverso de la medalla.
Noticiado el Obispo Quevedo de la órden que habia dado Pedro Arias al Notario, fué su primer cuidado trabajar en el sentido de que dicha causa no siguiera su curso, y de desarmar al Gobernador de la aversion que profesaba á Vasco; y al efecto, á poco se presentó donde el Gobernador, por quien fué recibido con todas las consideraciones y aquella hipocresía tan característica en dicho Jefe.
-Vengo á tratar de un asunto demasiado grave, de cuya solucion dependerá, si no me engaño, la buena marcha de este establecimiento, vuestra tranquilidad, y honor y gloria para la corona á cuyo servicio nos encontramos; le dijo el Obispo á Pedro Arias.
-Estoy pronto á escucharos con la atencion que mereceis, le contestó éste inclinándose desde su asiento.
-Sé que habeis mandado abrirle causa á Vasco.
-Es cierto, y en lo cual, no hago otra cosa que cumplir con una órden superior.
-Comprendo, señor, que habeis recibido instrucciones para cercioraros de la conducta que haya observado Vasco.
-Y ya estoy convencido de que no solamente ha sido un usurpador, sino que ha robado á la corona cuanto le correspondia por derecho de quintos.
-La situacion en que se hallaba la colonia cuando se hizo cargo del mando vindica su proceder, y en cuanto á los quintos, todos confiesan que han partido de aquí dos remesas de consideracion.
-La acusacion que el bachiller Enciso ha elevado ante la Corte, y las declaraciones que he recibido aquí, no le justifican.
-Pero fácil comprender que un hombre despechado como Enciso, y algunos malquerientes de Vasco, tal vez obren con pasion al inculpar á este hombre que tantos servicios ha prestado al rey.
-Mucho anticipa su Ilustrísima la defensa de este aventurero, tiempo llegará en que él tenga que contestar, y entónces si él es inocente se vindicará; por ahora, la causa tiene que seguir su curso.
-Pero, señor, meditad cuáles vendrán á ser los resultados de la prosecucion de tal causa: si él resulta penado, bien comprendeis que el alarma y el disgusto se apoderarán de los colonos, un hombre que por tanto tiempo ha dirigido con acierto los destinos de este establecimiento, no puede ménos de tener muchos partidarios, quienes tomarian por injusticia y por crueldad lo que apénas era efecto de un juicio; ademas, bien sabeis que una gota de sangre engendra un mar de lágrimas y un resentimiento eterno. Ahora, si resulta absuelto, éste vendrá á ser un triunfo que proporcionareis á Vasco  con perjuicio de vuestra gloria.
-Mucho dudo que resulte inocente: en cuanto á la aplicacion de la pena, cúlpese el que delinque, no el que aplica la ley.
-Y para qué empeñaros en crear un enemigo, en un hombre que puede ser vuestro mejor aliado, quien á virtud del conocimiento que ha adquirido de todas estas regiones, y de las relaciones que ha entablado con los caciques puede prestaros utilísimos servicios? sus partidarios y adeptos serán vuestros mas decididos admiradores y en todos encontrareis el mejor apoyo. Una buena voluntad hace mas que 10,000 armas de fuego bien manejadas. Y si me lo permitís puedo haceros otra indicacion que espero no recibireis mal : ese hombre es noble de nacimiento, y tan pronto como Arbolancha llegue á la Corte con la relacion de sus viajes y el inmenso depósito de oro que remitió con él para la caja real, la animadversion se cambiará en simpatías, y estad seguro que los soberanos son justos y colmarán de honores á Vasco. ¿ No seria mejor que cuando esta noticia llegue aquí, os encontreis de tal manera ligado con él, que en lugar de causares daño sea vuestro mas adicto servidor?
-Eso es claro; pero cómo conseguir eso, cómo matar la ambicion de ese aventurero?
-Haciéndolo vuestro yerno.
-Ilustrísimo señor ! no os entiendo.
-Fácilmente me comprenderéis, recordando que teneis una hija hermosa en España.
Pedro Arias se quedó un momento pensativo, y despues de haber reflexionado un rato, le dijo al Obispo:
-Señor, habeis triunfado, la causa de Vasco se suspenderá, y le permitiré continuar la construccion de los buques con que debe hacer una exploracion mas en grande sobre las aguas de ese mar que ha descubierto. Arreglad por vuestra parte el contrato matrimonial, lo aguardo todo de vuestro tino y diplomacia.
El Obispo estrechó la mano de Pedro Arias, y se despidieron quedando en la mejor inteligencia.
Ya habia sabido Vasco la órden de Pedro Arias, y no sin razon temia que la causa tuviera un mal fin, visto lo torcida que andaba la justicia por ese entónces; éste fué un nuevo golpe que vino á acibarar sus dias y á llenarle de amargura el corazon. Pobre Vasco! acababa de vislumbrar la gloria por un momento, habia visto sonreir á la fortuna; pero toda esa ilusion habia pasado como el humo; se encontraba solo, sin un amigo, bajo el peso del infortunio y sin mas porvenir que la muerte y la miseria. Tal es el capricho de la suerte, que tan pronto deja ver por horizonte un campo esmaltado de rosas y de grana, como un yermo triste y sombrio, donde solo crecen los espinos y se ciernen las aves nocturnas y de mal agüero. ¡Cuándo habia de creer Timur que despues de vencer al mas poderoso Sultan de la Turquía, habia de encontrar su tumba en los desiertos de la Tartaria, y servir de alimento á los buitres y sabuesos.
Abatido se hallaba Vasco, y sumida su imaginacion en tales reflexiones cuando entró á su pieza el Obispo Quevedo; á su presencia Vasco se paró y saludando cortesmente al Obispo, se mantuvo de pié, aguardando que éste tomara asient ; verificado lo cual, la conversacion se inició bien pronto por el Obispo.
-Y bien, Vasco, le dijo; por qué lo encuentro tan abatido? usted, uno de los hombres de ánimo mas resuelto y de una alma tan elevada!
-Su señoría Ilustrísima, le contestó Vasco, lanzando un suspiro, lo que pasa en la actualidad por mi corazon no es para mantener alegre el espíritu; ya sabreis que estoy encausado, y que no tardará en darse la órden de prision.
-Lo sé, Vasco, pero todo ha cambiado, se ha dado contra-órden y se le permite acabar la construccion de los buques para que haga una nueva exploracion por ese mar que encierra tantas maravillas.
-Señor! dijo parándose, se me permite volver al mar y concluir mi descubrimiento?
-Sí, y aun otro honor mas grande.
-Cuál?
-Su Excelencia el señor don Pedro Arias Dávila, deseoso de mantener íntimas relaciones con el Jefe mas acreditado del Darien. le concede la mano de su hija.
-La mano de su hija! exclamó, á mí! ah señor, esto acaba de torturar mi corazon; y es indispensable tal enlace para obtener el bien que me anunciábais?
-Indispensable.
-Entónces estoy perdido, yo no tengo valor para abandonar á Fulvia; si la tratárais, señor, os convenceriais que es un ángel.
-Yo en nombre de la religion, de la prosperidad de la colonia, y por vuestro propio bien os excito á que la dejeis y adopteis el partido que os propongo.
-Pero Fulvia es mi esposa.
-Ante los hombres puede ser, pero ante la Iglesia, quien todavia no ha consagrado esa union, no; ademas de esto, olvida U. que á un noble le es prohibido contraer matrimonio con nirguna india? Véalo bien, por un lado la deshonra, la muerte, la pérdida absoluta de sus bienes, eclipsada la gloria que ha alcanzado hasta hoy, todo esto por una mujer que no podrá conservar á su lado sino miéntras el verdugo prepara y afila el hacha. Por el otro, la prosecucion de la obra mas grande que se haya emprendido, el señorío de un mar sin límites y de unas regiones donde se recoge el oro á manos llenas, el prestigio en la Corte y su fama volando por todo el mundo, y por último, á su lado una esposa digna, hermosa, de la primera nobleza, educada en la religion de nuestros padres, á quien podrá. usted llevar de brazo sin sonrojo en medio de la sociedad mas culta. Qué diferencia, Vasco!
-Pero Fulvia! la infeliz Fulvia, qué hacer de ella? Qué pago á su amor!
-Ella misma elogiará su conducta cuando sepa que la vida de su amante depende de esta nueva union; en el corazon de los indios hay generosidad. Yo me encargo de la suerte de ella, yo la defenderé con mi influencia. Por ahora yo le haré comprender, que debe partir al lado de su padre en tanto que tiene lugar la nueva exploracion, y desde aquí yo vigilaré por ella.
-Señor, sois tan bondadoso que no dudo de vuestras ofertas, cumplid con ellas en nombre de esa religion de que tan dignamente sois su Prelado, y disponed de mi suerte.
El Obispo abrazó á Vasco y se despidió.
Dos dias despues Vasco marchaba para Acla á terminar los preparativos del viaje que iba á emprender.
Pedro Arias le habia dado por adjunto á Garabito! y Fulvia con el corazon destrozado por el dolor seguia al lado de su fiel hermano para Coiba, ignorante de la suerte que le aguardaba, pero presa de un horrible presentimiento.

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