PRESTAMOS

 

No vaya á creer el lector, ni por un momento juzgue, que intentamos hacer alusion en este ArtÍculo á los que haciendo de la amistad una carga muy pesada son hábiles y versados en esto de clavar banderillazos, y á los cuales el vulgo, no sabemos si con razon ó sin ella, llama petardistas. El retrato de tales personas lo encontrará el lector admirablemente bosquejado en un artículo que con el título de "Entre amigos no se repara," se publicó no há muchos años en el "El Porvenir. "
Hecha esta salvedad entrarénos en materia.
Vivía en el pueblo L.... don Remigio Peñaranda, hombre sumamente bondadoso, honrado á carta cabal, de una mediana educacion y una fortuna no pequeña.
Tenia don Remigio por esposa, una mujer no ménos servicial que él, de un carácter apacible y una carita, que a pesar de la edad y de la maldita pata de gallo, revelaban no sé qué de agradable y seductor. De manera que los dos vivían cual dos ángeles, y su casa era el recinto de la tranquilidad y la ventura.
-Sabes Dorotea, le dijo un dia don Remigio á su cara mitad, que el señor Gobernador va á venir?
-De veras?
-Pues sí, creo que piensa hacer la visita á las oficinas.
_Válgame Dios, Remigio! y la casa tan fea como está, ni una mesa decente, ni un asiento de guardamesie ni una lámpara, ni nada, Remigio.
-Pero si el señor Gobernador no viene á posar aquí.
-No lihase, no ves que tendrés quihacerle la visita y ónde lo recibimos? yo me confudo. Acuérdate, que cuando vino el Coronel Mugica nos echaron cuatro oficiales, y cuántas vergüenzas pasamos!
Todo eso se arreglará, no tengás cuidado.
La conversaion terminó con esto, y Dorotea quedó muy contenta con la esperanza de ver reformada pronto su casa.
Un mes habia pasado y ya la casa se veía perfectamente blanqueada, las puertas y ventanas barnizadas de morado, y en la sala se hallaba distribuida una docena de taburetes, una lámpara de 1ata pendia de las vigas; y sobre una mesa de rollizas patas, cubierta con un pañolon de vivos colores, se encontraban una urna del niño Dios, al lado de la cual, las estatuas de Napoleon y de Bolívar, formadas de yeso elevaban su figura ; un par de loros, dos conejos de cabeza movible y varias botellas llenas de agua, de entre las cuales salían ramilletes de dalias, rosas y claveles completaban el adorno de la mesa. El tapete que doña Dorotea acostumbraba llevar la iglesia cubría el poyo de la ventana; en dicho tapete, habia ella exhibido los conocimientos y habilidades que poseia bordando un pájaro, que segun las leyes de la perspectiva debia de ser mas grande que el cerro de Monserrate.
Una cortina de zaraza cubria la puerta que conducía á la alcoba, en la cual sea dicho en honor de la señora, reinaban el mayor órden y pulcritud, cosa no muy comun en los pueblos y razon por la cual, apénas llega una visita á la sala de cualquiera casa, la primera operacion que se hace es la de cerrar la puerta del aposento á fin de que las miradas de los visitantes no vayan á penetrar á aquel recinto, donde se encuentran camas sin tender, la ropa de uso botada y casi todo en el desarreglo mas completo. Semejante costumbre de mantener aséada y en buen órden solamente la pieza de la casa que se deja ver del público, nos hace recordar aquellas personas que solo se cuidan de mantener limpia la cara y descuidan el resto del cuerpo.
Y no vaya á argumentarse que tal cosa se hace por la pobreza dominante en la mayor parte de nuestros pueblos, porque para el aseo y perfecto arreglo de una pieza no se exige un fuerte capital ni un lujo desmedido; precisamente es en medio de la pobreza que mas brilla la pulcritud : una colcha de algodon limpia y bien tendida, vale tanto como la de damasco ó de la mas fina tela del oriente, solo los necios pueden pagarse de los ricos adornos, y juzgar que nadie puede brillar sino rodeado de un lujo asiático.
Mas, el paréntesis va demasiado largo, y bueno es que volvamos al asunto principal de nuestra relacion.
No habian trascurrido 20 dias, despues de arreglada la casa de don Remigio, cuando comenzaron los préstamos de ordenanza. El Córpus se acercaba, y como era muy natural, la urna del niño Dios y las estatuas de Napoleon y de Bolívar, los loros, conejos, botellas enfloradas, y la cortina tuvieron que marchar á servir de adorno en uno de los altares de la plaza; ni se escaparon muchas otras curiosidades que la señora Dorotea conservaba con esmero, de manera que la casa vino á quedar tan desmantelada como ántes. Don Remigio y su señora no vacilaron en prestar todo aquello en la creencia de que les seria devuelto en oportunidad y en el mismo estado que lo entregaban. A esto se agregó el préstamo de la lámpara y de los guadamaciles para una tertulia con que los jóvenes del lugar pensaban obsequiar al Cura; pero el Córpus pasó y la tertulia tuvo lugar, y la lámpara, los taburetes, loros y mamarrachos no volvian; inter tanto llegó el Gobernador; don Remigio fué una de las primeras personas que se presentaron á visitarle y ofrecerle sus servicios y su casa. El Gobernador, que era un sugeto caballeroso y demasiado cortés, no tardó en corresponder la visita, y entónces fueron los apuros para la señora de don Remigio: unos taburetes viejos aforrados en cuero al pelo y un banquito de anaco tuvieron que salir à la sala, la pobre señora sudaba á mares, y su marido que se creia humillado por no poder presentar su casa decentemente amueblada en aquella ocasin tan solemne para él, daba al diablo con los prétamos.
No bien habia salido el Gobernador de la casa de don Remigio, cuando se presentaron en ella cuatro jóvenes que iban en comision.
-Señor don Remigio, díjole el mas animoso, despues de los cumplidos del caso, venimos en comision cerca de usted, y aguardamos que no nos dejará desairados.
-Manden ustedes, señores que estoy dispuesto á servirles, les contestó don Remigio, sin atinar, cuál seria el banderillazo que le tenian preparado.
-Pues es el caso, que se piensa dar un baile al Gobernador, y como la sala de su casa es la mas espaciosa, deseariamos que nos la diera prestada para tal efecto.
-Por mí no hay inconveniente, siempre que la señora consienta. Consultada la señora, convino en la firme creencia, de que la cosa no pasaria de prestar la sala, y de que los encargados del baile arreglarian aquella convenientemente. Pero cuán engañada se hallaba! Eran las siete de la noche, y nadie se presentaba en la casa trayendo lo necesario para adornar la sala. A poco se presenta la primera familia cuando no habia preparados ni asientos, ni mesas, ni alumbrado. Don Remigio salió como un desesperado, y no fué sin mucho trabajo que al cabo de dos horas pudo conseguir algunos asientos, entre ellos sus taburetes de guadamacil de los cuales á uno le faltaba una pata y otro estaba sin espaldar; su lámpara la cual carecia ya de una alcayata, dos candeleros de cobre tuertos y ensebados, y algunos otros muebles.
La señora, por su parte tambien habia hecho mil esfuerzos por acomodar la gente que iba llegando, la cual comenzó á invadir las demas piezas, y los criados, criadas y personas del pueblo á tomar posesion de los corredores; y no faltó alguno de tantos curiosos, que á favor de la confusion y del bullicio se apoderara de un jarro de plata y marchara con éste oculto debajo de la ruana.
No fué ésta la sola pérdida que hubo en la casa; en el cuarto de don Remigio, que los alféreces designaron para el depósito de los licores, quedaron los restos de una bandeja y varias copas que los bebedores quebraron en un rapto de alegría y de entusiasmo. Por algunos otros sinsabores pasaron los dueños de casa, hasta que el baile terminó á las dos de la mañana, y la señora pudo retirarse á su alcoba acometida por una terrible jaqueca; mas no por esto dejó todavía de cosechar otros frutos por haber condescendido en dar prestada la sala. Las señoras Pérez á quienes el convidador olvidó invitar, quedaron sumamente quejosas contra don Remigio y su señora, por creer firmemente, tenian ellos una parte muy directa en su exclusion y de aquí se originó una molestia que duró por mucho tiempo.
Hallábase al siguiente dia don Remigio sumido en una profunda meditacion, pensando en las consecuencias del préstamo que en mala hora habia hecho, no de su sala sino de toda la casa, cuando se le presentaron dos muchachos, uno de los cuales traia la urna del niño Dios, con dos de las vidrieras rotas, y el otro con las estatuas de Napoleon y de Bolívar, sin narices la primera y la segunda con una pierna de ménos; á la vista de tales estragos se puso de pié don Remigio exclamando:
-Mi Napoleon y mi Bolívar en semejante estado!
-Fué que se rompieron, contesté el uno de los muchachos.
-Ya lo estoy viendo que se rompieron, y eso es poco?
-Dónde los ponemos?
-En el infierno, volvió á exclamar, no pudiéndose contener ya, al observar que la urna del niño Dios habia entrado tambien en la batalla.
Los muchachos colocaron sobre la mesa aquellos objetos, que ántes constituian el encanto de la señora. En cuanto á los loros y á los conejos no los volvió á ver, indudablemente habian corrido peor suerte que los primeros adornos.
Pero cuando va perdió la paciencia del todo fué cuando al ir á le caballeriza, observó á su lindo caballito, en el que fijaba todo su cariño, con una matadura y un abultado tumor.
-Joaquin! Joaquin! comenzó á gritar como un desesperado. A los gritos el muchacho se presentó alarmado y contestando:
-Señor?
-Hombre! qué es esto, preguntó don Remigio señalando el animal.
-Es que está matao.
-Pero cómo?
-Pus como su mercé le dió prestado el caballo á don Querubin, y me dijo que se lo entregara ensillado
-Bien; pero de ahí no se deduce que se matara el caballo.
-Sí, señor, ayer lo mandó así.
-Válgame Dios! y tener valor para devolverle á uno su bestia en tal estado.
-Y lo pior de todo es que á la silla le falta la gurupera; y la sincha vino reventada.
-Eso mas!
-Sí señor.
-Está visto, que los préstamos lo pueden arruinar á uno.
Don Remigio volvió para la sala algo mas que sofocado, pero aguantando callado. En la puerta de la calle encontró á un albañil, quien al verle le dijo:
-Señor don Remigio, yo venia á ver para que me necesitaba.
-Es para que me haga un caño allí en el patio.
-Bueno, pero tiene que ser hoy, porque de mañana para adelante estoy ocupado; y me tiene que dar una barra y un azadon.
-Corriente, dijo don Remigio. Muchacho! gritó entónces, busca la barra y el azadon, y se los entreqás al maestro.
Al cabo de un rato salió el muchacho diciendo:
-No encuentro nada.
-Cómo no has de hallar la barra y el azadon, si estaban en el cuarto de las monturas.
-Ya busqué allá, y en todas partes, y no están.
-Es decir que se perdieron?
Don Remigio se puso entónces á buscar ámbas cosas, pero nada pudo hallar por mas indagaciones que hizo. En esto entró la señora quien habia ido á hacer una visita, y notando que don Remigio estaba un poco alterado, cosa muy extraña en él, le preguntó:
-Qué hay, Remigio?
-Pues qué ha de haber, que no encuentro ni la barra ni el azadon.
-Pero no te acuerdas que hace 4 meses se los diste prestados á don Jacinto para que hiciera no sé qué hoyo?
-Acabáramos, replicó don Remigio golpéandose la frente con ámbas manos. Muchacho! volvió á gritar corré donde don Jacinto, y le decís que me mande la barra y el azadon que le dí prestados hace 4 meses.
El muchacho salió á la carrera, y no fué sino despues de algunas horas que volvió con la siguiente razon:
-Mi señoa Liocadia, quiallá no hay tales cosas, y que ñor don Jacinto se fué á promesa, y no volverá hasta dentro de un mes.
-Alabado sea el Señor! exclamó don Remigio, y dirigiéndose luego al albañil le dijo: ya no podrá hacerse nada por ahora. El albañil se despidió, á tiempo que la señora recibia la siguiente razon que le daba una criada:
-Mi señora Dorotea: la niña Miquela que le manda muchos recaditos, ques su señora, que cómo ha estao, y que aquí le manda el librito que le prestó, quesque si tiene otra novelita que se la mande; y que lihaga el favor de emprestarle los moldes pa hacer nn justillo, y la paila dulcera.
La señora recibió el libro, y entregó á la criada todo lo que pedía; pero cuál no fué su sorpresa, cuando al abrir el libro, lo encontró descuadernado, manchado con tinta y una que otra gota de sebo. Dirigiéndose entónces á don Remigio le dijo, señalándole el libro:
-Vea, el estado en que me devuelven el libro, y yo que queria tanto esta obrita.
-Ese es el resultado de los préstamos.
-Pero qué hacer, yo no tengo valor para negar nada.
-Y por eso es que abusan. A mí me sucede lo mismo, yo tengo un positivo placer en dar prestado todo lo que tengo, pero cuando veo que rara persona me devuelve las cosas en oportunidad, y en el mismo estado que las entrego, me dan tentaciones de volverme el hombre mas egoista.
Con esto terminó el diálogo, y nosotros pedimos la venia al lector para abandonar por hoy una relacion que nada ofrece de agradable y la cual oimos diariamente á los que ponen su bolsillo y sus fincas á la disposicion de todo el que quiera ocuparles.

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