El Folclore en la Obra de Tomás Carrasquilla
Andrés Pardo Tovar

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VII. LA FLORA REGIONAL EN LA VIDA CUOTIDIANA

A todo lo largo de las narraciones de Carrasquilla, las flores, las plantas rústicas, los musgos y las parásitas asoman en un perpetuo y renovado ritornelo decorativo muy digno de estudio. Aquí, nos limitamos a una breve enumeración, escogiendo -entre millares- aquellos fragmentos en que el novelista acertó más en su amoroso empeño de rodear a sus personajes de marcos multicolores, decorando los ambientes en que los mueve con exquisita y minuciosa paciencia de orfebre.

El valle de Aburrá

En "Frutos de mi tierra" consagra Carrasquilla algunas páginas o dibujar el valle donde tiene su asiento la capital antioqueña. Esta larga y deliciosa descripción abunda en párrafos felices, que en su conjunto constituyen una sugestiva colección de paisajes al óleo y a la acuarela: "Deslindan estas heredades hileras de sauces, de naranjos y de limoneros, písamos en flor, que semejan hogueras, búcaros que semejan ramilletes, guamos, carboneros, y cien árboles más, amén de la vegetación que medra bajo la sombra. Crúzanlos una red de atajos y veredas, bordeados de flores, toldados de enredaderas, regados por arroyuelos". Y algunas líneas más adelante, en nuevo acierto descriptivo: "Alamedas umbrías de sauces llorones y babilónicos, de guaduas y eucaliptus, son los caminos reales; y en todas partes la cañabrava se sacude y da a los vientos la blonda cabellera; y en todas, una flora anónima tupe los claros, enlaza las frondas, tapiza los bordes que le cedió el cultivo; y en todas, trabajo, movimiento y vida."

Con qué pesar se ve obligado el paisajista a abandonar su abundante paleta para continuar la narración! Escuchémoslo, si no: "Y dejándonos de paisajes y de ilusiones bonitas que -valga la verdad- no vienen a cuento, sigamos con las feas realidades del nuestro". Sigamos adelante nosotros, también.

Por los rincones de Bello

Esta vez, es en la novela "Grandeza" donde espigamos otra magistral descripción, tan abundante y sugestiva que no podemos menos que engastarla en la casi totalidad de su extensión: "Praderas bucólicas, donde la ceiba gigantea proyecta sus cimborios; sotos de aguacateros y naranjos, de guayabales y de palmas; huertos, donde el madroño enhiesto y el ciprés luctuoso se alzan entre el follaje del café y de la caña, del maizal y de la yuca; platanales, perseguidos por los pájaros y agitados por los vientos; . . . . cercos donde se entrelazan y arrebujan batatillas y zarzamoras, donde el curazao absorvente desparrama la opulencia de su púrpura y desata la guatemalteca sus pompas delicadas del lila más ingenuo. Pregonan la blancura, por sobre las tapias y portadas, los copos del saúco, el penacho del azucena y las estrellas del jazminero. Cantan el oro por bordes y cunetas el alcaparrón y el chirlomirlo, el rejalgar y la colombiana. Trepa por los tejados la bellísima; cuelga de los oteros el jazmín de Guatemala, y la rosa Orgullo y la Mosqueta se enredan con el suspiro y el recuerdo, mientras los dátiles asiáticos reciben muy tranquilos la sombra occidental de las acacias, y levantan sus cimeras, arriba de los techos, el sanjoaquín y el astromelio".

En parecidos ambientes discurrirán los personajes de la única novela en que Carrasquilla hizo crítica social. Lo que, dicho sea entre paréntesis, explica los defectos y virtudes de su extenso y dramática narración.

La ¡raca, la guadua y el diomate

He aquí tres súbditos del reino vegetal, obligados a morir para que el montañero pueda vivir bajo techo. El novelista antioqueño, después de dedicar en la obra anteriormente citada unos cuantos párrafos a la tala del monte secular, nos lleva de la mano hasta la morada del hachero:

"La bondadosa iraca reviste los caballetes en metodizado pelmazo; la guadua. . . . Oh, la guadua! Abierta, cubre paredes en abrigador y confortable esterado; entera, cerca y sostiene partida en dos, trae, sobre horcones, el agua del torrente, y lo larga cerca al lar, en chorro alegre y musical. Mirad, si no, las puertas de troncos que giran sobre sus ejes de diomate. Ya no podrá agarrarnos la fiebre al descubierto o junto a la hoguera abrasadora. Ya tenemos palacio, compañeros!"

Sí. Palacio vegetal, que se hermana con el paisaje de la montaña y recata las ilusiones y los amores del colono. A su vera, no tardará en florecer un pequeño jardín, que en sus variados colores pregona la presencia de una mujer.

Crepúsculo en el monte

El arte descriptivo de Carrasquilla, a nuestro juicio, culmina en la dramática evocación del bosque que antaño cubría la mayor parte de las tierras de clima medio en los valles y montañas de Antioquia, y del que apenas si quedan rastros: "Sobre el cielo, ya apacible, se recortan las cumbres, frondosas hacia el norte, medio desmontadas, casi calvas, hacia el sur. El guayacán levanta, a trechos, su florescencia gualda, abrillantada a tales horas: Es el motivo que sostiene aquella sinfonía de colores. Acá se levantan las frondas sonrosadas; allá las oscuras, de matices imprecisos. En el fondo de alguna ondulación, levantan las palmeras su penacho inquieto y su móvil tronco, sobre el fondo policromo...."

Líneas más adelante, descendemos hasta el río, en cuyas márgenes se mezclan "plantas rígidas, plantas aterciopeladas, plantas flexibles, . . . . parásitas de hojas gigantescas que columpian sus flores y sus bellotas..."

A la entrada de la mina

Eloy Gamboa y su amigo Teodorete, en el tercer capítulo del segundo volúmen de la novela "Hace tiempos", llegan a la entrada de un socavón abandonado. Los niños, nacidos en contacto con la naturaleza, la avizoran y analizan ya, engrandeciéndose a medida que sus sentidos se enriquecen con nuevas sensaciones cromáticas. Y es así como pueden captar la belleza del paisaje que los envuelve en sus ondas de luz.

En Eloy Gamboa condensó Carrasquilla sus recuerdos y anhelos de infancia. Quizá a esta circunstancia se deba el tono confidencial del relato, y la involuntaria ternura con que el escritor mueve a su pequeño héroe, en boca del cual se complace en poner descripciones tan hermosas como aquella de los helechos que los niños encuentran en la entrada de la mina abandonada: "Unos, color de rosa; otros, color de grano; de oro antiguo, de oro nuevo, nupciales, fúnebres; negros por el derecho y blancos por el revés. Estos rígidos, casi espinosos; aquéllos crespos y desmayados. Cuales desmesurados y heróicos; cuales delicados y sutiles. Y los tallos cimeros que. . . . se enroscan y encaracolan en volutas, en rodetes, en crespos".

En el jardín de los pobres

Cuando la imaginación de Carrasquilla visita las moradas campesinas de los jornaleros, su mirada no tarda en posarse -amorosa, dulcemente- sobre el breve jardín hogareño, fruto de las horas hurtadas a la diaria faena inexorable: "Cuadro aquel patio, largo y escueto, de suelo pelado, un cerco de estacones cubierto por una "bellísima" que luce en esta época todas sus galanuras; dos azucenas de la Habana y dos clavellinas medio se arriman al lindero. Verdea, atrás, mucho plantío de caña, algo de platanar, dos naranjos, tres aguacates y un cidro...."

En otros huertos y jardines humildes, el inagotable narrador nos hará ver las plantas de olor y las medicinales; el eneldo y el limoncillo; los lulos decorativos, y las barbacoas que desfallecen al peso de los tomates, de los ajíes y los pepinos, color y promesa del condumio que se ofrece al visitante -en gesto sencillo y espontáneo- a la hora de la canícula y al filo del atardecer.

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La incorporación de lo flora regional al psiquismo popular es una de las señales más seguras de la vivencia folclórica, que presupone un complejo social espontáneo a cuya integración concurren factores raciales, geográficos, idiomáticos y sensoriales. Entre estos últimos, nunca falta el cromatismo de las flores campesinas, ni la muda presencia de las formas vegetales.

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