VI. DEL JUEGO Y LAS DIVERSIONES POPULARES A medida que el lector se adentra en las narraciones del vigoroso escritor antioqueño, surgen nuevos motivos de admiración, cada vez más numerosos y convincentes. Tomás Carrasquilla es, en efecto, uno de los pocos escritores de lengua castellana que resisten la temible prueba de una segunda lectura. Psicólogo, pero nunca sistemático; narrador ágil en cuya prosa vierte todos sus tesoros el habla popular; arquitecto minucioso de vastas construcciones literarias, que constituyen inexhaustos veneros de emoción, y admirable pintor de paisajes y de tipos humanos, el novelador antioqueño resulta engrandecido a medida que se ahonde en la forma y en el contenido de sus creaciones. Esta admiración aumenta todavía más al examinar sus obras desde un punto de vista sistemático. Ambulemos hoy por esas páginas, que constituyen en su mayor parte verdaderos trozos de antología, en busca de dos temas costumbristas. Sea el primero el juego, ese ansioso vagar por el país de lo probable y lo imprevisto, en que se refugian aquellos a quienes la vida real negó la satisfacción de sus instintos aventureros. El juego es aventura Describiendo el ambiente de las fiestas patrias en el Medellín de antaño, anota Carrasquilla el papel que en tales ocasiones desempeñaban los juegos de suerte y azar, sempiterna fuente de ingresos fiscales y de emociones instintivas: "Arriéndanse las casas a precios descomunales, "Y en ellas la carpeta verde y la templada coleta esperan impacientes el revolar de los albures, el crujir de Las muelas de Santa Polonia, la pintarrajeada ruleta, los hurras del afortunado, los ajos y cebollas del perdidoso...." El juego excita la imaginación, hasta el punto de que uno de los personajes que figuran en "La Marquesa de Yolombó" crea para su propio recreo y asombro de su ingenua interlocutora una suerte de naipes que sólo existe en los limbos de su propia imaginación: —"Lo que más me provoca del viaje es aprender el tute real, que es, agora, el uso nuevo, allá y en Santafé, y traer una baraja real. —"El tute real? Y eso, qué laya de tute es? —"Pero, dónde vives tú, hermana? Ya se ve! Si tú no reparas en nada. Desde la última vez que vine de la mina, nos contó Don Hermógenes Luján, cuando pasó por Cartagena... . No pudo enseñarnos a jugarlo, porque aquí no hay baruja real. Eso dizque es la cosa más divertida y más bonita. Figúrate que tiene cuatro manjares más, de flores y de frutas, y lo pueden jugar hasta diez personas; y tiene, a más de las figuras de la otra baraja cuatro reinas, cuatro señoras de a caballo y cuatro peones de estribo. Qué tan delicioso será acusar las cuarenta en piñas y en rosa? En ambiente muy distinto nos encontramos cuando el novelista evoca o describe los juegos infantiles, entre los cuales se cuenta el pateo de los colegiales: "Con una se brinca; con la otra se pelea; y desde la calle de las Fraguas hasta la quebrada del Sopero descendemos en lid, jarretazo aquí, caída acullá, para trepar jadeantes y tornar a la lucha". Y en la atmósfera casi pastoril en que transcurre la infancia de Eloy Gamboa -el protagonista de "Hace tiempos"- las distracciones que el niño campesino encuentra o inventa para consuelo de su propia soledad: "A tantas delicias se agregaban las del trompo, tan nuevas para mí; la saca de colmenas, la trampa de los pájaros, los nidos, los chapuceos, los carreras y las andanzas. Las fiestas y regocijos En este terreno, los cuentos y novelas de Carrasquilla brindan al atento lector un inagotable repertorio. La crónica de la aldea, al igual que la de los campos, se ve jalonada por las festividades religiosas, por las ferias y por las fiestas patrias, que dan motivo a insospechados e interminables comentarios retrospectivos. Para describir el carnaval provinciano, encuentra Carrasquilla -en la novela "Frutos de mi tierra"- frases de una gran plasticidad: "Por las calles que en la esquina de la casa se cruzan, pasan cosas estupendas: pajizos champanes, con colgajos de racimos de plátanos, que navegan sobre las ocho ruedas de dos carros unidos, tirados por jamelgos....; barcos, de la misma traza que los champanes, cuyos marineros, muy despechugados con el gracioso traje del oficio, entonan barcarolas de aire melancólico. Las danzas de artesanos, formadas por gremios, se cruzan y barajan entre jinetes y espectadores e invaden las casas, donde, después de hacer su respectiva mojiganga en la sala, son regalados en el comedor...." Viene después la descripción de los disfraces, bulliciosas comparsas de gallinazos, de murciélagos, de moros y de cristianos: "Estos llevan la custodia de cartón, forrada en papel dorado; aquellos enarbolan en largos palos las medias lunas de a vara; los hijos de Mahoma declaman; predican los de Cristo; trábanse en contienda hablada, cantada y bailada; y al fin El moro rendido, alegre y contento celebra las fiestas del gran Sacramento...." Al resonante panorama de los regocijos populares, aporta la Navidad suavidades de égloga y acentos pastoriles, sin que falten por ello, en todos los hogares de la Montaña, los tradicionales manjares de Nochebuena: Buñuelos y hojuelas, natilla y manjar blanco. La fiesta del Dios Niño reúne entonces, en la casona de la hacienda, a patrones y jornaleros: "Apenas se oscurece se prenden velas y faroles. El patio se repleta de peonada y servidumbre; en el corredor y en el Pago, como en bancas de iglesia, se apiña la familia y el blanquerío invitado.... Un cohetón anuncia. Adentro, música; y con el aire de "El Beso", primer estrós que se oyera en estas montañas, rompe el coro: Nuestros pastores están en vela por esa estrella que ven brillar. Las pastorcillas enajenadas con tanto gozo suelen llorar. A continuación del villancico, se suceden ingenuas representaciones, en las que los niños y los jóvenes encarnan a los personajes del dulce misterio navideño: "Raquel, de Virgen, más angélica y más rubia; Campanillas, de mi Padre San José, con su carita boba, barba entrecana, percalinas graves y la enorme vara de azucenas. En el centro, el niño de doña Simona, con todas sus galas. . ." También, en las deliciosas estampas que coleccionó el novelista bajo el título de "Dominicales", apuntan escenas costumbristas en que el pueblo palpita en el ímpetu desordenado y cordial del regocijo colectivo. Así en lo que se describe un sábado de pagos en un pueblo minero: "Unos rasgan sus tiples, puntean sus guitarrillas y dan al viento bambucos y guabinas. Otros, que tienen la susceptible, rabulean, patiabiertos y manoteadores, porque el compadre Fulano o el Mengano han querido ofenderlos. . . . Pues, y los idilios? Díganlo el ventorro de El Mico y el mesón de ña Simona. A todo esto, brama de coraje el señorío egregio de Sanjulián con tanta sinvergüenzona, y el Alcalde husmea y el cura se confunde". Y ya para terminar este muestrario costumbrista -y a fuer de tal y de espontáneamente vernáculo, típicamente folclórico- trasladémonos a otro rincón antioqueño, en la grata compañía del insigne novelista. Henos aquí en Tambogrande, en vísperas de la fiesta de la Patrona del lugar: "Desde el primero llegan las avanzadas, no menos infalibles, del goce aleatorio, vedado todo el resto del año. Llega, desde El Peñol, el clásico Hincapipé, con su ruleta, que actúa hasta en las casas de copete; desde Donmatías, el caratejo Gómez, con sus gallos, que enloquecen o los tambograndeños; desde Remedios, el negro Marcelo, con sus dados.... Tras éstos van llegando los profesionales de la cachimona, del bisbís y del boliche, que arman su timba así en la plaza como en cualquier esquina de Callecaliente... ." Y el humano turbión se hace cada vez más nutrido, como en ciertas estampas de Gustavo Doré, y por fin todo el maíz se presenta en Tambogrande: "Los mejores bundistas y cantores del Estado, troveros de las minas de Remedios, negras bailarinas de Yolombó, buhoneros chalanes, vendedores de joyas de pacotilla del Guarzo y de Girardota, carrileros de Envigado, zapateros de Rionegro, alpargateros de Marinilla, y toda esa hampa azarosa y heterogénea que va tras de los gallos, el dado, el aguardiente y la rapiña. . ." Entre la heteróclita muchedumbre, alcanzamos a divisar a un caballero de suaves ademanes, bigote muy poblado, ancha frente pensativa y ojos bondadosos y penetrantes: Es don Tomás, que contempla a su gente, a su pueblo, y que almacena en su privilegiada memoria los rasgos más salientes y las expresiones más reveladoras de sus pintorescos paisanos para trasladarlas -y eternizarlas también- en sus incomparables narraciones. CONTINUAR REGRESAR AL ÍNDICE |