El Folclore en la Obra de Tomás Carrasquilla
Andrés Pardo Tovar

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III. LA MUSICA EN LA SOCIEDAD CRIOLLA

Otro de los motivos que enaltecen la obra novelística de Carrasquilla es el folclore musical, por él sentido e interpretado en su exacto valor. Las obras del escritor antioqueño son, al respecto, muy ricas en datos y sugestiones.

A juzgar por los datos indirectos del novelista, el aporte africano fue definitivo en la formación de lo música popular antioqueña. Más decisivo y caudaloso que el español, sin duda. En este terreno, al igual que en el poético, lo aborigen propiamente dicho resulta prácticamente inexistente: Parece como si los conquistadores y los esclavos negros no hubieran encontrado en tierras de Antioquia ni rastros de la raza indígena: tan solo, un vasto horizonte de azulinas montañas y de rumorosos valles solitarios. Lo anterior, sin perjuicio de leves excepciones, en que los aborígenes apenas si alcanzan a ser tenues siluetas silenciosas, perdidas en los meandros del paisaje.

Dos estampas coloniales.

Retornemos a "La Marquesa de Yolombó", y a esa fiesta del Bautista cuyos preparativos, secuencias y consecuencias integran uno de los mejores capítulos de la novela. Allí coinciden los aportes castizos y los africanos, en estampas contrapuestas en un principio, pero que terminan fundiéndose en una profética síntesis emocional.

"Eso -escribe Carrasquilla- es lo nunca oído: dos coristas que tienen voces de ángeles avejancados, un cornetín de llaves, uno como requinto, un bajo que ronca como cien negros juntos; otros tres, tamboreros y timbaleros, que tienen los señores castellanos en la mina, completan el concierto celestial. Yolombó goza y goza. Qué noches, qué días!... Voladores, truenos y triquitraques a toda hora. Después de la salve, baile; después de la misa, lecciones de tonadillas; concierto, al ángelus meridiano". A los conjuntos de tipo europeo, contrapone luego Carrasquilla otro de clara estirpe africana:

"Del lado de "El Retiro" sube otra música, que emula, si no rivaliza, a la gaitera: son caramillones, tañidos con sentimiento; son bombos y guaches, sacudidos con primor. He aquí a los negros de los González, que se pintan solos para estas armonías de égloga".

Adviene luego la escena del mapalé, atrás citada ya. Y después, el triunfo definitivo de los ritmos negros, elogiados finalmente por el autor con palabras reivindicadoras:

"Los tamboriles y caramillos siguen y siguen; siguen la gaita y el bombo; arden las fogatas y el embolismo no cesa. Viene después "El Perillero", luego "La Gaitera" y otras danzas menos complicadas; en fin, esos padres de la Cumbia y abuelos de ese Tango dominador, que ha ocupado al Santo Padre. Alguna vez el Africa, acoyundada por los ladrones civilizados, raptores de sus hijos, debía imponérseles a los malvados, si no por las armas, por el poder de su "siquis" tenebrosa...

Otras danzas coloniales, de impreciso origen, aparecen en las páginas narrativas del gran novelista. Así ese "Perillero con sapa" acompañado de pito y gaita, tamboriles, guache y vihuela. Así también el "Fandanguillo con verso contado" que da lugar a otra escena de graciosa vivacidad:

"Han de iniciarlo (el baile) Feliciano y Joba, los más viejos de la manada. Los designados salen al puesto, haciéndose, cual le place a su señora, muy coquetones, mozos y amartelados. Paseo va y cortesía viene; dengue aquí y dengue acullá. Al sol de doña Bárbara, todo calla; y el negro, muy comediantón, recita, con su habla medio bozal:

"Tomá niña este clavé
qu’é mi regalo mejó;
no nació cosa má rica
en lo jardine di’amó.

"Sigue el coro, con otras estrofas. Al so! segundo, torna el silencio: si zalamero es el galán, le aventaja la damisela. Fingiendo rabia y arrogancia, exclama:

"No te recibo el clavé
y lo rechazo sin pena,
que de un negro tan candongo
nunca vino cosa buena....

Aquí, los negros bozales se hacen intérpretes de los ritmos españoles y cantan las tonadillas que suele recitar otro de los troveros de la región, el ciego Benjumea. Lo sorprendente, en este caso, es que la letra de la tonadilla es una especie de romance en el que alternan las rimas asonantes y las consonantes con los versos sueltos:

"Le dio a beber el veneno,
en sus labios de candela.
Y Juan se fue consumiendo
cual se consume una vela.

"Y le robó el corazón
a Don Gil, con toda calma,
y al pobre, sin confesarse,
al punto se le fue el alma.

Qué de emociones despertaría en las mentes sencillas de los montañeros ese antiguo romance colonial, en el que apunta la pasional existencia de "Doña Leonor, la asesina"

La "Chirimía".

Quien por primera vez escucha este vocablo, o quien vuelve a escucharlo después de muchos años de no haber topado con él, lo asocia de inmediato a los usos musicales de los aborígenes. Y ello debido posiblemente a lejanas lecturas de infancia: quién no recuerda, ahora sí, aquellos "fotutos y chirimías" de que nos hablan los cronistas españoles y, por ende, los autores de textos de historia nacional al referirse a los muiscas? Pero es lo cierto que en la obra de Carrasquilla, la "chirimía" es un conjunto integrado por esclavos negros, o por sus descendientes. Escuchemos al novelista:

"Qué aldeano antioqueño no tuvo en su niñez el goce inefable de la chirimía? Quién no sintió esa música triste y selvática? Quién no fue a encontrarla alguna vez? Desde los doce se le viene anunciando en Quiebrafría, y todos están oído alerto. A eso de las tres, no es ilusión: Se oye por el "Alto de Moros" la nota aguda de aquel clarín primitivo y el redoble monótono de ese tamboril rudimentario.... Qué de hurras en cuanto se divisan los prodigios! Son tres negritos de Girardota, tierra clásica de chirimeros y monteras:Tres hijos del Congo. . . . No bien la multitud les cerca, dos embocan los trompetines, inflan los carrillos, redobla el tercero y van bajando, bajando. Eres tan infeliz que no oíste esos acordes? Son dulces? Son amargos? Quién lo sabe! Pero llegan al corazón del aldeano como vibraciones de un mundo desconocido donde el sueño impera".

A la chirimía se refiere también el novelista en "El Zarco", y quizás con más precisión y don sugestivo. Aquí nos describe a los chirimeros que "avanzan serenos, cual dioses de un Olimpo africano, hipnotizados por sus propias armonías". Que son muy pobres, por cierto, pero obsesionantes a fuerza de repetir incansablemente un mismo esquema melódico, con lo cual queremos subrayar su indudable origen mágico: Con "La Guacamaya" empatan un airecillo ingenuo de guabina o cosa tal, y con éste, otro como alarido agorero de monte virgen... . Con él sostienen, por cinco días, el regocijo de lo profano y la solemnidad de lo religioso. ..

Nos extenderíamos demasiado si intentáramos examinar en detalle todos los motivos musicales que nos ofrece la obra de Carrasquilla. Aquello de los "bambucos bozales" y las "vihuelas bravas" a que alude en la novela "Frutos de mi tierra", por ejemplo. El ambiente musical entre los clases populares del Medellín de antaño, evocado en "Grandeza". Las proezas de la "Lira Andina", reforzada por "bajo y clarinete". Y, finalmente, las danzas lugareñas del siglo pasado, entre las cuales enumera todavía la tonadilla, a más de la garibaldina floreada, la polka del talón y lo contradanza española.

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