El Folclore en la Obra de Tomás Carrasquilla
Andrés Pardo Tovar

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V.  LAS SUPERSTICIONES POPULARES.

"Las veladas se iban entre ejemplos y cuentos, estos últimos variadísimos, pues Bernabela los sabía así de sustos, como de duendes, lo mismo de Tío Conejo que de
El Muhán, de La Madremonte y de El Pateperro; fuera de las décimas de las bestias,
los cuatro colores y otras muchas, aprendidas todas en Marmato, las cuales recitaba
la negra con muchísima prosopopeya". Así leemos en la página final de uno de los más interesantes capítulos de "Frutos de mi tierra", novela acerca de la cual nos dice el autor en su picante Autobiografía: "El manuscrito fue leído por gentes competentes, que lo encontraron bien. De él se publicaron varios fragmentos. Constreñido luego por amigos y parientes, resolví sacarlo a la calle, en la seguridad de que nadie lo leería y de que echaba al río el valor de la edición. No resultó así: el libraco fue leído, comentado, y se vendió muy pronto. No fue ni gracia! Encontré aquí padrinos muy buenos e influyentes, que me lo ampararon antes y después de su salida. Entre ellos, Diego y Rafael Uribe, José A. Silva, Laureano García Ortiz, Jorge Roa, Antonio José Restrepo, Mariano y Pedro Nel Ospina y los redactores de la Revista Gris".

Con lo cual, el autor nos revela que esa novela fue uno de los primeros frutos de su ingenio de narrador. Lo que resulta excepcional, porque la juventud es propensa a crearse un mundo a su imagen y semejanza, contrariando así el sabio consejo de Goethe, que amonestaba a los escritores noveles de su época respecto a la necesidad de ver y escuchar y de mantenernos fieles a la realidad, a fin de evitar los escabrosos senderos del subjetivismo.

Nace así Carrasquilla bajo el signo de lo folclórico, ahondando en la entraña popular a través de las creencias y supersticiones de las gentes humildes, de ese "vulgo" que elogiara luego con tan fervorosos acentos.

De los fantasmas de la montaña.

En "La Marquesa de Yolombó" enumera y caracteriza Carrasquilla, circunstanciadamente, las malignas entidades que pueblan las noches antioqueñas. "Noches de luna, cuando los copos de los árboles se ven medio azules y sus troncos se perfilan casi albos. . .

Y a continuación, en aparte magistral, que revela al sociólogo que se oculta tras el narrador: "Los terribles genios del Africa no dejan en paz a los negros, arrancados de su suelo por los civilizados cazadores de hombres. Con los barcos negreros han atravesado el Atlántico océano para venir a colonizar estos montes intertropicales de los Andes, a oir sus nombres traducidos al castellano,a mezclarse con las deidades indígenas. Aquí habita lo más ínclito de su corte infernal y selvática".

Sigue la enumeración y caracterización de esas deidades misteriosas, en las que los primitivos encarnan y simbolizan sus propios temores, a par que las fuerzas de la naturaleza y el misterio de sus vidas. Asi desfilan Las Ilusiones, "esos duendecillos incorpóreos? que se van a las orejas de los inocentes y les revelan secretos feos y pecaminosos...." Y El Patasola, espectro resonante y arrítmico, que "disparándose del monte, en tres zancadas, desgaja los frutales, rompe cercos, hunde techos y cuanto topa, con su única pezuña, hendida como la de un marrano babilónico".

El siniestro cortejo continúa circulando por las páginas inolvidables: He aquí o La Madremonte "musgosa y putrefacta, que al bañarse en las cabeceras de los ríos, envenena sus aguas y ocasiona calenturas y tuntún, llagas y carate, ronchas y enconos". Y El Pateperro, gigante que sólo tíene una pierna de carne y hueso y que para poder perpetrar sus fechorías "se acomoda en el muslo mocho un trozo de guadua, un tarro de esos horadados en el interior de sus divisiones, en que cargan agua algunos montañeses de nuestras alturas".

Y la abigarrada cohorte remata con el más funesto y espantable de los enemigos del habitante de la Montaña, con El Bracamonte, incógnito, protéico y misterioso: "Ningún ojo humano lo ha visto, porque nunca sale de sus espesuras; mas desde ellas hace sus estragos; sus bramidos y baladros son tan pavorosos que, en oyéndolos, se echan a temblar los ganados y perecen, entre horribles convulsiones..."

Ahora bien: Cómo pueden coexistir tales engendros con las creencias y dogmas de la religión de Cristo? El novelista se encarga de explicarnos el aparente antagonismo: "No era un dogma la existencia del diablo? Pues todos esos brujos malvados, del monte o de la ciudad, eran agentes especiales de Satanás, para perturbar las almas y ver de perderlas por completo....

Por lo demás, existen "contras" para escapar de las acechanzas de estos seres malignos; filtros y exorcismos que libran a los hombres de su diabólica presencia: "El diablo y el Pateperro están ahuyentados: a la entrada de la casa se alza, en un morrillo, la Santa Cruz de Mayo, muy destacada e imponente. Sobresaliendo del platanar, desde altísimo palo, asoma, blanca, cachiabierta y asustadora, la eficaz calavera de vaco. Verdad que el Bracamonte brama en altas horas de las noches negras: Pero a los animales de la mina les ha alcanzado la ayuda, y ninguno ha enfermado. Verdad que la Madremonte mantiene envenenadas las aguas del río, pero ahí están las yerbas y las magias de la ayudada Sacramento".

Totems primitivos, que amparan al habitante de los riscos solitarios contra los engendros de su propio desamparo, en extraña dualidad parodógica. Bien lo comprendió Carrasquilla, cuando al comienzo del cuarto capítulo de "Ligia Cruz" escribe, refiriéndose a los primeras generaciones criollas de la colonia: "A la poesía católica de las leyendas castellanas adunaron las supersticiones selváticas del Congo y Angola; y aquello fue la yerba maléfica y embrujadora y el milagro de sangres sudadas por imágenes: Fue "la uña de la gran bestia" y los escapularios de la Virgen. Revolviéronse las idolatrías del Africa salvaje con la religión del Crucificado; y aquello fue el monicongo venerable y el Cristo legendario de Zaragoza".

Una mulata en el pasmo de su ancestro.

Citábamos a "Ligia Cruz", silueta femenina que da nombre a una de las novelas cortas de Tomás Carrasquilla. Se trata de una mulata imaginativa, cuya tembloroso sensibilidad es campo propicio al concepto mágico de la vida: "Cuenta su madre que desde parvulilla la aterraban luna y estrellas, el ruido de las aguas, el silbo del viento... . Cuenta que le encantaban "las lolas" (las flores) y el sonido lejano de las campanas".

He aquí una de las criaturas más sugestivas a que diera vida el novelista antioqueño. Ligia Cruz, por obra y gracia de su ancestro y del medio racial y geográfico a que pertenece, vive una dimensión existencial desconocida y extraña. Para ello, sólo lo fantástico y legendario tiene realidad:

"El mohán y la madremonte, el pateperro y la marimonda, y otros genios horribles de las selvas, fueron muy pronto sus espantos máximos. No así los duendes, ni menos las brujas. Se le hacían domésticos y hasta familiares. Pedro y Ligia jugaban con ellos. El era Katako, un duende muy travieso; ella, Pollilina, una bruja enorme, astuta y voladora...."

Ligia Cruz, lejana antecesora de aquella rapaza que evoca el escritor en uno de los capítulos de su lírica monografía sobre Medellín; la rapaza andariega que en las gotas que se desprenden de los rocas musgosas sabía captar las voces de gemebundas ocarinas: "Qué será? Será un encanto? Será un ilusión? Será la Madre del Agua que la llama".... Sí: Es ella!.... Y torna o su rancho desalada".

En ensayo escrito hace ya muchos años, el autor de estos líneas, comentando el elemento supersticioso que tan viva presencia continúa teniendo entre nuestros campesinos, anotaba que "el huésped de nuestras llanadas y selvas, de nuestros montes y ríos, carente del calor de las sociedades civilizadas y abandonado a sí mismo, rodea su espíritu de fantásticas creaciones y así acompaña su soledad y alivia la tristeza de los itinerarios hostiles". Verdad que confirman las creaciones novelescas de Tomás Carrasquilla con la eficacia de su extraordinario realismo documental.

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