CUADRO V-1497



Dos años en España




I

La ciudad de Burgos está edificada en la falda de una colina algo escarpada, en cuya cumbre veíase en aquella época un antiguo castillo, que en su origen fue la residencia de los condes, y luégo de los Reyes de Castilla. Más abajo se alzan, á diferentes alturas, los edificios religiosos que engrandecen la ciudad, y por último al pie de ella corre el río Arlanza que se pierde a lo lejos al través de un poblado y rico valle, cubierto de sementeras, y lo que es más raro en España, de muchos y frondosos árboles que crecen con lozanía, merced á la humedad de las numerosas fuentes y riachuelos que vienen á buscar el lecho del río.

Como á media legua de distancia elevábase, sobre una colina, el convento de frailes cartujos de Miraflores, y más cerca, pero en otra dirección, veíase la rica abadía de las Huelgas, en donde moraban gran número de monjas, pertenecientes á las más nobles familias españolas, bajo la autoridad de una abadesa que mandaba y aún manda hoy día como soberana en un dilatado distrito.

Un día de verano de 1496, y cuando el sol meridiano quemaba como fuego, los árboles se inclinaban agobiados por el calor, los pájaros se ocultaban tras de las ramas en silencio, y todo en la naturaleza callaba, viose venir por el empolvado camino y entrar á Burgos por una de sus almenadas puertas, á dos viajeros fatigados, amo y criado, siendo el amo nada menos que nuestro amigo Alonso de Ojeda, que acudía á verse con Obispo de Burgos, D. Juan Rodríguez de Fonseca.

Siguiendo por las tortuosas y angostas calles de la ciudad, sombreadas por altos edificios y torres de ostentosa arquitectura, Ojeda se desmontó en una posada, y en tanto que cambiaba vestido, mandó anunciar su llegada al Obispo,  sin tardanza contestó que le vería aquella tarde, después de la hora de la siesta. Sin embargo, oyendo sólo su impaciencia nuestro héroe, llegó anticipadamente al palacio arzobispal, y fuele preciso aguardar largo rato en la antesala antes de ser recibido.

El palacio arzobispal estaba situado entonces en donde mismo se encuentra hoy, en la plaza mayor, que siendo pequeña y de forma irregular, parece aún menos grande con motivo de los altos edificios que la circundan, pues en ella se encuentran, además del mencionado palacio, la casa de Ayuntamiento, una galería de arcos y la magnífica catedral, una de las más bellas de España.

Desde uno de los balcones de la antesala en que aguardaba, Ojeda pudo contemplar á su gusto el esplendoroso templo. Fue edificado en el siglo XIII y á pesar de que las vecinas casas de habitación se empatan casi dentro del edificio, su aspecto es majestuoso é imponente. Al frente tiene dos altísimas y labradas torres, exornadas con esculturas del gusto más puro del arte gótico, formando un verdadero bosque de estatuas, labores afiligranadas y follaje de piedra. La parte de atrás la forma un crucero de cinco torrecillas rematadas en finísimas puntas de hierro, y el conjunto es de una maravillosa perfección arquitectónica. Todo el edificio se labró con piedra blanca ó igual. Las numerosas y ojivadas ventanas están cerradas con vidrios de colores, de gran valor y hermosura. Sin contar las capillas de los lados, el cuerpo de este templo mide 100 varas de largo y 84 de anchura, y se levanta como un cerro en medio de la ciudad.

Aunque absorto en la contemplación de aquel edificio, cuya maravillosa magnificencia le hacía mayor impresión por lo mismo que había pasado dos años y medio en el fondo de los bosques vírgenes del Nuevo Mundo, Ojeda aguardaba con impaciencia la hora de la entrevista con el nuevo Obispo de Burgos, causándole júbilo la entrada del ujier que le anunció que Su Señoría Ilustrísima le aguardaba en su despacho.

Recibióle el prelado sin levantarse de su dorado sitial, pero con aire amable le hizo primero muchas preguntas acerca de sus aventuras en la Española, y después pidióle informes de la conducta de Colón y de sus hermanos en el gobierno de la isla. Notando que el joven contestaba con reserva y prudencia, y aunque no acusaba al padre Boyle, ni á Margarit, ni al visitador Aguado, enemigos de Colón, elogiaba en todo al genovés, el Obispo repentinamente le cortó la palabra con impaciencia y dijo:

- Según veo, Alonso, siempre disculpáis al Almirante!... Pero yo sé deciros que de él hemos tenido tántas y tan bien fundadas quejas, que ni aun la Reina, nuestra señora, tiene buena opinión de esos Colones.

- Sin embargo, respondió Ojeda fríamente, me han asegurado que los Reyes le recibieron á su regreso con suma amabilidad, y ni siquiera le han hecho una sola reconvención.

- Eso dicen los amigos del genovés, contestó el Obispo; pero no es exacto, los Reyes están descontentos, y yá él ha perdido mucho de la estimación que le tenían.

- Eso no me sorprende! exclamó el joven con ironía.

- ¿No os sorprende?

- No, porque es proverbial la ingratitud de los Reyes.

- Reportaos, imprudente mancebo! ¿Cómo os atrevéis á hablar de esa manera de Sus Majestades?

- Digo lo que pienso.

- Pero no piensas lo que dices, ¿ya se os ha olvidado que lo que se piensa es lo último que se dice?

- Pensaba que platicaba con un caballero, y que por consiguiente podía sin riesgo manifestar mi pensamiento.

- Pero no recordabais, sin duda, que es felonía hasta pensar mal de nuestros soberanos, y mayor falta aún es la de hablar de ellos con poco respeto.

- Señor, yo hablé de los reyes en general... pero si os disgusta mi parla, fácil es salir de vuestra presencia y también de Burgos y de España.

Y al decir esto, con ímpetu púsose en pie el ardoroso joven.

- Refrenad, refrenad vuestras violencias, mancebo, dijo Fonseca mirando al joven con la sonrisa en los labios pero con una mirada falsa y cruel.

Comprendió su falta de respeto para con el Obispo, y bajando los ojos, Ojeda volvió á tomar asiento.

- ¿No sabéis, continuó Fonseca, que el primer deber del hombre es refrenar la saña? Por ventura no habéis oído referir lo que dijo el sabio Rey Alonso (vuestro tocayo), hablando de la ira?

- No recuerdo...

- Dijo estas palabras, cuyo espíritu deberíais imitar: "Quien sabe refrenar la cólera é la ira, este es señor de su voluntad; quien es tál es más fuerte quel que vence en batallas e prende por fuerza los castillos."

- Yo, señor, soy soldado y no sabio...

- Bien, pues, nos hemos salido de la cuestión, repuso el Obispo, y no puedo perder tiempo en sermones.

- Ni yo vine con intención de oírlos, contestó Ojeda.

- Decidme ahora, lisa y llanamente, ¿que opinión tenéis del Almirante Cristóbal Colón?

- ¿Puedo hablaros con sinceridad y sin dobleces?

- Como á vuestro confesor.

- Creo, señor, que es el hombre más sabio del siglo y además el más humano, bondadoso y noble.

- No podríais decir más de nuestros soberanos! exclamo el Obispo con disgusto.

- Es la verdad, respondió el joven.

- ¿Y no os causa compasión gastar ese entusiasmo y admiración en un extranjero, en un italiano de bajo nacimiento?

- Lo que siento, dijo Ojeda con los ojos encendidos, es no tener palabras para expresar todo lo que pienso de él y lo que él merece!

- Qué poco mundo tenéis, amigo! repuso el Obispo, levantándose y caminando de un lado á otro de la estancia, y añadió como para sí, ¿cuál es la potencia que tiene este hombre para hacerse amar de cuantos le tratan de cerca?... un miserable italiano, cuyo carácter debe tener todos los defectos de su raza!

Al oír las murmuradas palabras de su interlocutor, la móvil fisonomía de Ojeda cambió de expresión, y dijo con mal encubierta ironía:

- Sin duda, señor Obispo, los defectos de los italianos deben ser tenidos por virtudes en nuestra tierra, puesto que á Colón no le conozco defectos y sí cualidades.

- ¡Vive Dios! exclamó Fonseca con disgusto, ¿querríais asegurarme que Colón es un ángel?

- No tanto, señor, puesto que es humano, pero sí sé aseguraros que siempre y en todo tiempo se manifestó más generoso, más digno y más noble que todos nosotros.

Sonrióse el Obispo con aire despreciativo y dijo sentándose otra vez frente á Ojeda:

- Sois muy joven, Alonso, sois muy joven aún... lo siento mucho porque es defecto que os hará impropio para muchos cargos.

- Qué cargos, Ilustrísimo Señor?

- El mando de ciertas empresas importantes.

- Por ventura Su Señoría Ilustrísima ha olvidado que si soy joven (no es culpa mía!) mi valor es tánto que sin jactancia digo que nadie me sobrepuja.

- Ya lo sé, Alonso. Me han informado acerca de vuestra conducta heroica en el fuerte de Santo Tomás y el indomable valor que desplegasteis en otras muchas acciones, pero...

- Pero qué, señor?

- Decía que además de esas cualidades necesito, para ciertas empresas que he imaginado, un hombre que tenga más prudencia que valor físico, más perspicacia que pujanza, ¿no sabéis que el hombre astuto es dueño del mundo y de las voluntades de los hombres?

- Si por astucia Su Ilustrísima entiende perfidia, exclamó Ojeda, ese hombre efectivamente no soy yo, buscad otro, señor...

- Otra vez os salís de vuestras casillas! dijo Fonseca. Acordaos con quién habláis... ¿creéis, acaso, añadió, que yo pudiera induciros á obrar mal?

- Perdón, señor, respondió el joven, pero tengo la palabra pronta y me desazono con facilidad.

- Volveré á citamos al mismo sabio Rey Alonso, repuso Fonseca, cuyas máximas leía no há mucho rato, entre las cuales hay ésta: "ca bien ansí como el cántaro quebrado se conoce por su sueno, otro sí el seso del home es conocido por la palabra." No digáis nunca, mancebo (este es consejo de amigo) palabras que ofendan, porque por ellas se avista el fondo del pensamiento del hombre... Sin embargo, creo que vos no reflexionáis en las consecuencias de lo que queríais decir, y todo lo olvidaré si contestáis con franqueza á mis preguntas.

- Repito, contestó Ojeda, que no pensé en que...

- Basta de excusas... Ahora otra pregunta: ¿Recordáis el convenio que con vos hice antes de que partierais con Colón?

- No recuerdo convenio alguno...

- Entonces diré promesa, - promesa de estudiar con el Almirante el arte náutico, que no puede negarse que lo conoce á fondo, y examinar los planos y cartas marítimas de su descubrimiento.

- El jamás las señaló.

- ¿Y era preciso que Colón os las mostrara exprofeso para poderlas ver?

- Las llevaba siempre encerradas en arcas que jamás dejaba á nuestra disposición.

- Una persona viva y pronta no hace caso de esos impedimentos.

- Señor Obispo, ¿qué significan vuestras palabras?... Acaso me tomáis por un vil espía?

- ¿Quién os habla de espías? Es fácil, sin faltar á ninguna ley del honor, descubrir secretos que nos quieren ocultar. Cuando se os dio un destino que os venía ancho á vuestra edad, no fue sólo para que fuerais á pasar el tiempo admirando al genovés, sino para que aprendierais lo suficiente para seguir sin él en los descubrimientos de otras tierras y otros mares.

- No era preciso ver sus cartas y sus mapas para aprender el arte de descubrir nuevos parajes por aquellos lados, contestó Ojeda, una vez que él mostró el camino: yo me comprometería á adelantar esos descubrimientos, y con un buen piloto, como Juan de la Cosa, no tendría inconveniente en atravesar el océano cualquier día.

- Bravo! exclamó el Obispo con animación, al fin nos entenderemos!

- Digo á Su Ilustrísima que lo podría hacer.

- Y que sin duda lo haríais.

- Al contrario, señor: el Almirante obtuvo de los Reyes un privilegio para seguir él no más los descubrimientos empezados. Nadie tiene, pues, derecho de ir contra su voluntad á las tierras y á los mares que Dios le permitió descubrir.

- ¿Es decir, Alonso, que aún pensáis que Colón obra por inspiración divina?

- Creo que obedeció al principio al dedo de Dios que le señalaba lo que debería hacer para premiarle su constancia y abnegación, sus estudios y desvelos de tántos años, - pero una vez que llevó á cabo aquella gloriosísima campaña y puso en vía la conversión de los infieles, creo que ya Nuestro Señor, aunque le protege, no le inspira.

- Vuestra tonta admiración, Alonso, será causa de truncar vuestra carrera y aun las esperanzas más gratas que podríais abrigar.

- Qué queréis decir, señor?

- Que me veré en el caso de retiraros mi protección.

- Señor Obispo, bien sabe Su Ilustrísima que durante todo este tiempo le he obedecido ciegamente, y si permanecí más de dos años ausente de España fue porque confiaba en vuestra palabra... y en vuestras promesas.

- Os equivocáis, yo nunca he dado palabra que me pueda comprometer, ni hago promesas ligeras... Os dije, que si á vuestro regreso de Indias estaba satisfecho de vuestra conducta y os creía capaz de secundarme en ciertas empresas, os daría noticia del lugar en donde se halla la novicia D.ª María, si acaso no se hubiese logrado que profesara antes.

- Por Dios y María Santísima, señor Obispo, exclamó Ojeda, decidme qué ha sido de ella!

Sonrióse con cruel expresión Fonseca, y después de mirar un momento al atribulado joven, respondió fríamente:

- Puesto que rehusáis cumplir mis deseos, no me creeréis; pero por mi parte yo no os puedo decir nada.

Bajó Ojeda la cabeza en silencio, presa el alma de mil dolorosos sentimientos, pues bien conocía el carácter de Fonseca, y sabía que si él no era en sus manos un instrumento ciego, nunca obtendría nada.

- Qué pedís, de mí, señor? dijo levantando la mirada y fijándola turbada y triste en su interlocutor.

No pido sino para vos un gran bien y futura fama: que encabecéis, sin conocimiento de Colón, una expedición á las Indias, en la que obtendréis riqueza y gloria, con lo cual creo lograréis cuanto podáis desear en el mundo.

- Pero, ¿no es cierto que se le ha dicho al Almirante que no hay buques ni dineros para volver á sus descubrimientos, cómo podría haber una y otra cosa para mí, pobre aventurero?

- Es verdad que el tesoro está exhausto; los gastos en las guerras de Italia son fuertes y se necesita poner en la mar una enorme flotilla para conducir 20,000 personas á Flandes como séquito de la Infanta Juana que casa con el Archiduque de Austria, y llevar al regreso la novia del príncipe de Asturias, la princesa Margarita. Así, sería imposible, se le ha dicho á Colón, poner á su disposición los ocho navíos que pide para la próxima expedición.

- Entonces, señor, ¿cómo me ofrecía su Ilustrísima recursos que no existen?

- Para él no los hay, repuso Fonseca, pero para vos encontraría, yo os lo aseguro, dos ó tres carabelas que fletaría sin tardanza... y deducidos los gastos que yo tendría que hacer personalmente, la mitad de los tesoros que encontrarais en aquellas tierras serían para vos. Con oro y fama amigo, ¿qué será lo que no se consigue en este mundo?

- Es decir, exclamó Ojeda, que á mi regreso me juráis que obtendría la mano de mi Sra. D.ª María?

- Yo no puedo jurarlo; las cosas humanas son tan variables! pero antes de partir os veríais con ella, os lo aseguro, y á vuestro regreso si trajerais bastantes riquezas, con ellas pienso que no os sería difícil ablandar á los reyes, ya sabeis el refrán: "no hay puerta que no se abra si es de oro la ganzúa."

- Pero...

- No hablemos más por ahora dijo el Obispo, os dejo hasta mañana para que meditéis mi propuesta.

Ojeda se despidió ofreciendo volver al día siguiente á la misma hora.


II

Como antes hemos dicho, el palacio arzobispal está en la plaza y al frente se halla la Catedral. Ojeda era muy devoto, en su turbación y perplejidad volvió naturalmente los ojos al cielo y entró en la Catedral para invocar la protección divina.

El interior de esta iglesia es tan imponente como su parte de afuera, y está poblado de pilares, columnas, cornisas y grupos de estatuas de diversos mármoles, que armonizan con las bellas pinturas y costosos adornos de los altares. El coro, cuyos bajos relieves representan episodios del antiguo y del nuevo Testamento, es una obra maestra ejecutada por famosísimos artistas, á quienes se pagó por ello más de mil ducados. Además de las obras propias para el culto religioso encuéntranse muchos grandiosos monumentos, bajo los cuales están enterrados varios reyes y muchos grandes de España. Numéranse, fuera del cuerpo principal del edificio, ocho capillas laterales, tan espaciosas y bien construídas, que en ellas se puede celebrar el oficio divino con toda pompa, sin que se estorbe el uno al otro, aunque en cada capilla hay un órgano grande y sonoro.

Empezaba á caer la tarde cuando Ojeda entró en el templo, débilmente iluminado por los rayos del sol que filtraban por las ventanas, cuyos cristales opacos no los dejan penetrar sino amortecidos.

Ojeda que conocía la Catedral, se dirigió á una capilla retirada en la que se daba culto á la Virgen. El templo estaba silencioso y solitario y sólo se oían los acordes solemnes de un órgano vecino, en el que ensayaba una misa de réquiem un organista; y estas armonías graves y profundas parecían como el eco de las almas que en otro mundo se acordaban de éste y de sus afectos, de sus penas, de su dolores y de sus remordimientos.

Hincóse con recogimiento al pie del altar, y con profunda fe invocó al cielo para que le iluminase el espíritu en las presentes circunstancias en que tánto necesitaba su ayuda. Poco á poco, y mientras que la oscuridad invadía todo el recinto, fue convirtiendo su oración en vago raciocinio. Con los ojos fijos en la hermosa estatua de la Virgen, que estaba sobre el altar, apoyo los brazos contra el enrejado al pie de él, permaneció largo rato como anonadado, mirando entre la oscuridad las indecisas formas de la imagen, hasta que, arrullado por los sonidos del órgano é impregnándose, por decirlo así, en el perfume de las flores que adornaban la capilla, sintióse como presa de un letargo extraño, y sus párpados se cerraron involuntariamente... No supo cuánto tiempo permanecería en aquel estado, cuando creyó volver en sí con el rumor que hiciera el robe del vestido de una mujer, y levantando los ojos parecióle ver la estatua de la Virgen iluminada por una luz interior, y sus facciones, que no había podido distinguir antes, tomaron un color de vida sobrenatural; entreabriéronse sus labios, y aunque no oía con los oídos del cuerpo sonido alguna, con los del alma comprendió que ella le dirigía estas palabras:

- Alonso, no manches tu vida con una acción pérfida. No te fíes de Fonseca y sus falsos halagos. Sígue los dictados de tu conciencia.

Sobrecogióse Ojeda con el misterioso suceso, y con los cabellos erizados por el pavor que causa todo lo que parece sobrenatural, permaneció postrado y sin atreverse casi á respirar, en tanto que desde el fondo del alma contestaba así:

- Señora, sólo deseo que me amparéis y aconsejéis en mis vacilaciones; dadme, Reina del cielo, fuerzas y valor para obrar siempre con rectitud... pero bien lo sabéis, no tengo más que un deseo, un anhelo en el mundo: volver á ver á mi María, saber en dónde se halla y poderla hacer mía alguna vez. Bien lo sabéis, señora, que para lograrlo no hay sacrificio que no hiciera; y aun no sé si podría resistir á una falta, á un crimen, si con ello obtuviera el blanco de mis aspiraciones...

Frunció las cejas la imagen y miró con disgusto al postrado joven.

- Nunca la obtendrás, imaginó que decían sus labios, - si no eres digno de ella, jamás la volverás á ver: prométe no obrar nunca contra tu conciencia, y sabrás en dónde se halla María.

Pero en aquel momento alguien entro á la capilla, y sonó la desapacible voz del sacristán que decía:

- Señor caballero, se cierran las puertas: tened la complacencia de salir.

Inmediatamente desapareció á los asombrados ojos de Ojeda la claridad misteriosa que iluminaba la imagen, y saliendo de su trance ó enajenación, púsose en pie, y sin contestar al portero salió tras de él de la capilla y del templo, proponiéndose volver al día siguiente á continuar su plática con la Virgen; puesto que él de ninguna manera pensó que aquello podía haber sido un vago sueño, antes quedó persuadido de la realidad del milagro de la protección que la Reina del cielo le dispensaba hasta el punto de entablar diálogos con él. Así eran los hombres de aquella época, valientes, esforzados, indómitos, pero hasta la demencia infantiles en sus creencias!

Al día siguiente mandóle á D. Juan Rodríguez de Fonseca, una no muy bien redactada misiva (pues Ojeda era más hábil con la espada que con la pluma), en la cual rehusaba decididamente el cargo de la expedición á las Indias si aquello debería de hacerse sin el consentimiento de Colón. Contestóle el Obispo que tomaría nota de su negativa, pero que no la aceptaba como irrevocable, y que aguardaría algún tiempo, con la seguridad de que volvería en su juicio antes de darle á otro el ofrecido empleo.

Apenas llegó la tarde Ojeda se dirigió á la Catedral y fue á buscar la capilla de la Virgen, y al pie del altar permaneció largas horas esperando oír de nuevo la comunicación empezada el día anterior, pero todo fue en vano: ningún sopor misterioso adormeció sus sentidos ni aguzó su espíritu, ni la más leve visión ni el menor ruido le dio á entender que la Virgen volvía á seguir platicando con él. Salió de la iglesia á la voz del sacristán, para volver todas las tardes por más de ocho días que permaneció en Burgos; pero todo fue en vano: la Virgen permaneció muda y sorda á sus ruegos, á pesar de que hasta llegó á pasar en el templo una noche invocándola postrado á sus pies.

Decidido á no aceptar por ningún precio los ofrecimientos del Obispo de Burgos, Ojeda apeló á su pariente el Inquisidor que llevaba su mismo nombre y apellido, suplicándole le informase de la suerte de María, en dónde se encontraba y si aún estaba libre. Pero su pariente no pudo ó no quiso darle ningún informe. Entonces volvió á buscar al duque de Medinaceli y pidióle que le llevase consigo á la corte entre su séquito. Ojeda aguardaba tener noticias más seguras de la suerte de María entre los cortesanos y las damas que rodeaban á Isabel. Pero esta estratagema le salió también fallida: las damas fingían no acordarse de ella, ó aseguraban que desde que la habían llevado á un convento no habían vuelto á tener noticia suya.

Así se pasaron las semanas y los meses, y Ojeda vagaba como una sombra en la corte de los Reyes Católicos en el séquito del duque de Medinaceli, y aunque nada descubría, jamás perdía la esperanza de encontrar al fin la huella de su querida María, cuyo recuerdo era ya no un amor real y verdadero, sino un fanatismo, una manía, un pensamiento continuo: era la forma palpable de sus sentimientos más puros y verdaderos, idea alta y elevada del afecto humano que le preservaba de toda mala acción y le llevaba por la senda del bien. Era entonces nuestro héroe, el helio ideal del espejo de caballeros, valiente, denodado, noble, joven, elegante y heroico. Sólo un amor como aquél es capaz de inspirar grandes y nobles pensamientos, y sin él el corazón del joven no produce sino espinos y abrojos.


III

Un día de Abril del siguiente año, Alonso volvió otra vez á Burgos en el séquito de los Reyes Católicos, pues éstos tenían pensado celebrar en aquella antigua ciudad, cuna de sus antepasados, el matrimonio del príncipe heredero, D. Juan, con la archiduquesa de Austria y futura gobernadora ó virreina de los Países Bajos. Parecía que el príncipe tenía una salud débil y delicada; y aunque sólo contaba 19 años, su espíritu era serio hasta la rigidez, reservado y profundamente devoto como sus padres, mientras que Margarita, criada en la corte francesa, era franca, robusta, alegre y un tanto despreocupada. El acompañamiento y sirvientes de uno y otro novio imitaban el carácter de sus señores; de modo que no podía versé un contraste más grande que el que se notaba entre los flamencos y los españoles de la corte que recorrían la antigua ciudad.

Con motivo de este enlace se celebraron muchas fiestas de toros, cañas y torneos, á las cuales naturalmente concurrió la flor y nata de los ricos - hombres, hidalgos y caballeros, no solamente de Castilla y Aragón, sino de toda la península Ibérica, y aun de varias cortes europeas. La corte española era por entonces grandemente acatada y atendida por todos los Reyes de la cristiandad, pues se preveía que aquel trono sería en breve muy poderoso. Dueños de todo el antiguo imperio godo; victoriosos en Italia; aliados con Austria por medio del doble enlace del príncipe y el de la infanta Juana; aliados con el Portugal también, puesto que la Infanta viuda Isabel daría por segunda vez su mano á un rey de Portugal. Además, los Reyes Católicos acababan de contratar la unión de su tercera hija Catalina, con el príncipe heredero de la corona inglesa, alianza muy del gusto de aquellos reinos. Por otra parte, estaban felices porque tenían la esperanza de ver en breve imperando sola la Religión Católica en la península, pues el Rey de Portugal se preparaba á expulsar también de sus dominios á los judíos y á los moros que se habían acogido allí para ampararse de las persecuciones en España: esta había sido la exigencia que le había hecho para admitir su mano la infanta Isabel. El Santo Oficio consolidaba su imperio más y más. Imperio que con el tiempo debería hacerse tan poderoso que temblaban desde los príncipes, en medio de los suyos, hasta el labrador en su campo, sólo con el nombre de la Inquisición: nadie tenía seguridad ni en su misma alcoba de que no supiesen los inquisidores lo que decían, y los españoles que no excusaban las acciones más valientes y audaces, se humillaban y no osaban casi respirar cuando oían el menor mandato de un inquisidor: su red de hierro cubría toda la nación, y su poderoso brazo alcanzaba al reo hasta en los lugares más recónditos. Con este motivo notóse que desde principios del siguiente siglo XVI el noble y romántico espíritu caballeresco, que por diferentes causas había decaído en las demás naciones europeas. - pero que aún se conservaba en todo su auge en España, - ese espíritu mismo empezó á cambiar de aspecto en aquella nación de héroes, é hízose menos libre, menos franco y más egoísta.1

Sin embargo, merced al culto y adoración que todos sus súbditos tenían á la Reina Isabel, el respeto al bello sexo se mantuvo incólume en España por muchos años, y en los torneos y en las fiestas los caballeros llevaban aún los colores de sus damas, por cuyo honor combatían sin desmayar. Durante aquellas fiestas del matrimonio del príncipe de Asturias viéronse en las justas lucirse á muchos caballeros, pero ninguno como nuestro Alonso de Ojeda, á pesar del luto que vestía y los colores tristes que llevaba, con motivo de sus deseos siempre frustrados de hallar á la oculta novicia. Extrañaban mucho las damas el aspecto melancólico, unido á la grande audacia y agilidad que desplegaba en todo juego guerrero, - y no pocas hubieran aceptado sus homenajes si él se manifestara menos retraído y huraño.

Sucedía frecuentemente que en tanto que sus compañeros se ocupaban en alegres diversiones, paseos y saraos, él pasaba las horas postrado al pie de la Virgen en la Catedral ó en su estancia, ó si no vagando solo por los contornos de la ciudad. Una tarde en que más afligido y desconsolado había salido de la Catedral, después de orar fervientemente se dirigió á las puertas de la ciudad y salió de ella tomando sin pensarlo el camino que lleva al convento de las Huelgas. Estando en la orilla de él notó que pasaban á su lado dos caballeros, montados en magníficos caballos, y aunque el uno parecía excusar el ser visto, nuestro amigo vio que era nada menos que el Rey Fernando, y el otro un cortesano muy de su confianza.

Siguiólos por el empolvado camino, y en breve vio que entraban con cierto sigilo en el monasterio de las Carmelitas, ya mencionado. Una idea asaltó entonces á Ojeda y comprendió á las claras que en aquel convento debía de estar la que tánto había buscado.

Llegóse al monasterio manifestando curiosidad grande, y entabló conversación con un locuaz jardinero que encontró tomando fresco á la puerta de sus dominios exteriores. A poco descubrió que las enrejadas ventanas que daban sobre el jardín pertenecían al noviciado de la abadía, aunque el jardinero le dijo que á ellas, por ser muy altas, jamás se podían asomar las novicias, salvo á una más grande que pertenecía á la capilla del noviciado y daba luz á aquel recinto, pero aun ésta era tan alta que desde allí no podían, aunque quisieran, distinguir el jardín.

- ¿Y las reverendas monjas y novicias no bajan jamás al jardín? preguntó Ojeda.

- A éste jamás; pues ni entrada tiene al monasterio por la parte de adentro, y no sirve sino para cultivar las flores que llevo á la portería para el adorno de los altares, contestó el hombre.


IV

Como aquel magnífico convento había sido en un tiempo palacio de recreo de los reyes, los jardines y huertos eran muy espaciosos cuidados. Las calles y surcos de flores estaban rodeados de floridos y espinosos marismos, y como ya llegaba el fresco de la tarde levantaban su tallo agobiado antes por el calor del día la bella flor del príncipe, la de la espada, la adelfa, las llamadas uñas de león y de zorro, el clavel, la malvarrosa, las campanillas de varios colores y tamaños, la hermosa trompeta blanca, cien clases más, cuyas semillas y nombres se ha perdido en la memoria del pueblo, pues en las flores como en todo hay modas que llegan y que pasan. El aire estaba cargado con el perfume de la alhucema, el heliotropo, el romero, la mejorana, la malva de olor y la dama de noche, que abría sus pétalos al caer el día, así como los suspiros. Aquí y allí veíanse árboles de granado, pinos reales, limoneros, naranjos, membrillos, cipreses, pimientos, acacias, madroñes y tántos otros cuyos perfumes embriagaban y cuyas bellas frutas y flores halagaban la vista.2

Manifestóse Ojeda encantado con aquel jardín y por medio de promesas, ofrecimientos y elogios, logró que le permitiese el guardián volver á la tarde siguiente. Hízolo así, y estuvo paseando por aquellas alamedas hasta que cayó el día y salió la luna, que plateando todo con su luz puso de relieve aún más las bellezas de él. El jardinero quiso entonces que saliese, pues él pensaba retirarse á dormir. Ojeda resistió á abandonar un sitio que le parecía tan bello, y le dijo que más bien pasaría la noche allí que volverse á la ciudad. El jardinero le creyó algo loco y llegó hasta á tenerle miedo, además el otro le ofrecía pagarle bien si le permitía quedarse allí, y como tuviese el buen hombre pereza de entrar en lucha para sacarle del jardín, y verse obligado á llamar gente en su ayuda, determinó marcharse y dejar á Ojeda dueño del campo.

Apenas se vio solo nuestro héroe, - viendo que dentro y fuera del monasterio todo parecía dormido, - cuando quitándose la capa, la espada y el calzado, empezó á poner por obra lo que había imaginado para darse cuenta de lo que había detrás de las rejas del noviciado. Agarrándose con las manos de las molduras inferiores subió á la primera hilera de rejas, las que pertenecían, - le había dicho el jardinero, - á las habitaciones de las novicias, empujó las puertas de madera de las ventanas una á una, pero las encontró todas cerradas interiormente, subió en seguida á las de más arriba sin lograr ver ni oír cosa alguna, pero aún no se desalentó, porque viendo filtrar una tenue luz por las hendijas de la reja, que daba claridad á lo que le habían dicho que era el oratorio, se propuso llegar á ella con mil dificultades y peligros, con la habilidad de una ardita y la presencia de ánimo del acróbata más experimentado. Cuando pudo llegar hasta la reja que decimos, se agarró con una sola mano de los barrotes de hierro y ayudado por la otra y con los dientes, ató una cuerda que llevaba prevista para el caso, de la reja con una lazada que había hecho abajo y pasándola en torno del cuerpo pudo entonces hacer uso de una mano para empujar fuertemente los maderos de la ventana, los que estando sólo entornados cedieron, y pudo ver lo que había. dentro de aquel recinto.

¿Cuál sería su asombro cuando vio ante sus ojos una capilla que él conocía perfectamente, aunque por supuesto nunca la había podido ver? Ricas alfombras entapizaban el suelo; grandes y hermosos cuadros de pintura cubrían los muros, y sus marcos dorados brillaban iluminados por la luz de una lámpara de plata que pendía del techo. Al frente estaba un altar y sobre él una imagen de la Virgen que salía por momentos de las tinieblas y otras desaparecía enteramente ofuscada por ellas. Al pie del altar notó un bulto como de una persona que le hizo estremecer... Asombrado con lo que veía, pensó caerse para atrás en su aturdimiento, pues había reconocido la capilla que viera en sueños en la fortaleza de Santo Tómas, en Haití. Pero recuperando su presencia de ánimo fijó la mirada en la postrada figura y trató de penetrar sus velos... Un hondísimo suspiro exhaló el bulto y oyó en seguida que decía entre ahogados sollozos:

- Alonso, Alonso! Yo pienso en ti... ¿ Me has olvidado? ¿ En dónde estas amigo de mi alma?

- Aquí, María, aquí! contesto él temblando de emoción.

Levantóse el bulto como impelido por un resorté, y tirando hacia atrás su velo se acerco temblando al sitio en que oyera la voz, descubriendo la bella y pálida fisonomía de María.

María, repitió él con suavísimo y tierno acento, vuelvo á veros, mi señora, mi vida, mi reina!

Ella se acercó más y mirándole iluminado por los rayos de la luna que brillaba en el cenit:

- Alonso? exclamó enternecida ... él es! Al fin le veo, y le he llamado tánto, tánto!

Y juntando las manos le contempló extática, olvidada de todo y sin acordarse que una doncella recatada no mira jamás á un hombre así. El la miraba también, y fue su dicha tan grande en aquel momento, que quedó recompensado en un instante de todas las pasadas angustias y sufrimientos.

- María! decía él sin poder añadir otra cosa. ¡Maria!...

-Alonso! repetía ella, y en esa palabra ponía toda su alma.

¿Podrá en este mundo haber dicha igual á la que proporciona  un amor puro y mutuo, cuando se tiene la persuasión de que es verdaderamente correspondido? Cuando dos personas se aman con el alma ¿acaso porque están ausentes se consideran separadas? ¿No se veían con el espíritu noche y día, y sus pensamientos no se encontraban á todo momento en el mundo ideal en que moraban sus almas?

Al fin ella, como mujer que era, recuperó primero los sentidos y dijo

- ¿Cómo habéis llegado hasta aquí, Alonso?

El le explicó en pocas palabras cómo, después de pasar meses tratando de descubrir el sitio de su residencia, al fin había adivinado que estaba allí, concluyendo con estas palabras:

- Pero decidme, señora de mi alma, en todos estos años de ausencia no me habéis olvidado ¿no es cierto? ¿No ha cambiado por ventura ese corazón para su pobre y desventurado paladín?

- Yo variar, Alonso! Yo!... Si supierais cuánto he suspirado, cuánto me han perseguido, porque pensando en vos no ha habido castigo que no me hayan impuesto para obligarme á tomar el velo definitivamente y profesar... es decir, poner yo misma el sello á nuestra eterna separación. Pero el pensamiento de que vos no me olvidaríais me ha sostenido hasta ahora en los más amargos trances. Sin embargo, Alonso, hoy yá empezaba á desmayar, os lo confieso, pues ayer estuvo aquí el Rey D. Fernando á notificarme que á todo trance debería profesar si no quería incurrir en su real desplacer y antes habíame visitado el Obispo de Burgos, quien me aseguró que vos yá no pensabais en mí... y aunque era cosa sabida en la corte que obsequiábais á otra dama...

- Mentía! exclamó Ojeda, mentía, os lo juro, y él lo hacía con intención, pues bien sabe lo contrario el pérfido!

- No habléis tan alto, que nos pueden oír...

- Pero María, ¿qué dijisteis al Rey cuando os quería imponer su voluntad?

- Lloré, supliqué, gemí en vano, no pude ablandarle... sin embargo, ofrecí dar mi consentimiento dentro de tres días;  fue todo lo que pude lograr... Y entretanto tenía una vaga y loca esperanza de que algo descubriría antes de que se cumpliera el plazo. Esta noche, á la hora de retirarme, pedí licencia de entrar á la capilla para orar. El corazón me palpitaba y sentía algo en el aire que me anunciaba no sabía qué...

- Era mi vecindad, querida María, exclamó Ojeda, no lo dudéis!

- Así sería, repuso la novicia,- y no podía orar sino pensaros, Alonso, y en lugar de invocar la misericordia divina os invocaba á vos... Eran tan extraños mis sentimientos que aunque me sorprendió vuestra voz hasta el punto de creer morir de alegría, la aguardaba...

Ojeda entonces empezó á decirle cómo había llegado hasta allí, y trataba de darla cuenta de sus pasados años cuando se abrió la puerta de la capilla
y presentóse en ella una monja llamando á María para que se retirase á su dormitorio, siendo contrario á las reglas estar fuera de él á esa hora.

- Idos, por Dios! exclamó María temblando.

- Mañana vendré á la misma hora, respondió el joven bajando también la voz.

- Hermana María de los Angeles! - gritó la monja Viéndola, no al pie del altar, en donde había pensado hallarla, sino cerca de la reja - ¿qué hacéis asomada á esa ventana?

- La cerraba; contestó con debilitada voz la novicia, y temiendo que la monja se acercara y viera á Ojeda antes de que este hubiese tenido tiempo de bajar, empujó con violencia los maderos.

El joven no había podido sacar aún la mano que tenía metida entre los enrejados de hierro, y los maderos se la apretaron contra los barrotes hasta hacérsela casi pedazos... El dolor que sintió fue tan agudo que estuvo á punto de dar un grito y dejarse caer abajo; pero recordando, con la presencia de ánimo que le distinguía, que aquello podía perder la reputación de María, tuvo valor para no exhalar un gemido y deslizóse con tiento hasta el suelo, dejando, sin poderlo evitar, una huella de sangre por todo el muro y además la cuerda atada en lo alto de la reja.

El sufrimiento había sido tan atroz que cuando tocó la tierra con los pies y se vio en salvo se dejó caer largo á largo entre las flores, sin sentido, en donde permaneció hasta que llegó el día, y con el día, el jardinero que abrió la puerta. Inmediatamente Ojeda tomó el camino de la ciudad, casi loco de dolor y con la ensangrentada mano envuelta en la capa.

Entraba Ojeda precipitadamente en su posada, en donde quería hacerse curar la mano, cuando pusiéronsele por delante dos hombres que exclamaron al mismo tiempo:

- Estáis preso, Alonso de Ojeda, en nombre del Santo Oficio!

- Por que? preguntó con debilitado acento, pues la sangre que había perdido durante la noche le había dejado desmayado y sin fuerzas.

- Eso os lo dirán, si á bien tienen, los jueces del Santo Oficio, contestáronle los corchetes, - nosotros cumplimos con llevaros.

Fuele preciso obedecer y seguir á sus captores á la prisión, en donde apenas llegó cayó al suelo moribundo. Acercáronse los carceleros y viéronle la mano despedazada; llegó un médico, quien le declaró en tánto peligro de morir, que le llevaron directamente á la enfermería, sin sentido y devorado por una fiebre ardiente. Alonso permaneció entre la vida y la muerte durante largos días y semanas.


V

Al fin, después de haber sufrido Ojeda varias dolorosísimas operaciones, el médico le declaró en convalecencia y le dijeron cuál era su crimen. Resultó entonces que hacía muchos días que el Tribunal de la Inquisición le tenía puestas espías porque se le consideraba sospechoso con motivo de ciertas declaraciones había dado el Obispo de Burgos. Notaron, pues, que había seguido al Rey Fernando hasta el monasterio de las Huelgas, le vieron conversar y pasearse con el jardinero del convento y á la tarde siguiente dirigirse de nuevo al monasterio, entrar al jardín y no volver á salir en toda la noche. A su salida le siguieron, y creyéndole yá más que sospechoso, los corchetes se habían creído obligados á arrestarle.

En las declaraciones le preguntaron qué significaba su permanencia en el jardín del monasterio, qué era aquella cuerda que se halló atarla á la reja de la capilla de las novicias y la huella de sangre que se veía hasta el muro, lo que coincidía con la mano herida. A esto Ojeda no contestó nada, sino manifestó que se acogería á la protección de su tío el Grande Inquisidor fray Alonso de Ojeda, á quien daría cuenta de su conducta. Merced á las consideraciones debidas á tan cercano pariente de un miembro importante del Santo Oficio, en lugar de darle el tormento, como merecía el crimen de haber intentado tener comunicación con alguna de las novicias del monasterio, le sumieron simplemente en un calabozo, en tanto que se avisaba al tío de la conducta del sobrino.

Sin embargo, cuando llegó la orden de fray Alonso para que su sobrino fuera trasladado á Sevilla, en donde pensaba interrogarle personalmente, encontrábase nuestro pobre héroe en una situación bien precaria: la humedad del calabozo; la pesadumbre de perder para siempre á María, pues no se le ocultaba que en adelante la harían sufrir horriblemente, y que yá jamás la volvería á encontrar; la obligada quietud de la prisión, tan contraria á su temperamento activo y fogoso; la incertidumbre que su situación causaría á su madre, que sin duda ignoraba qué había sido de él, todas estas cosas unidas le produjeron una cruel enfermedad, en la cual creyó perder el juicio y la vida. Así, no fue sino yá entrada la estación de invierno cuando pudieron trasladarlo á Sevilla. Allí sufrió un interrogatorio solemne, y al fin de él le notificó su tío que, merced á su intercesión, habíanle permitido ponerle en libertad si juraba, por su salvación eterna, no tratar de volver á verse jamás con D.ª María, pues no era posible que una doncella del nacimiento y futura destinación como era ella, fuese inquietada y perseguida de una manera tan escandalosa.

Ojeda no quiso aceptar semejante condición, y manifestóse tan indómito y audaz, que le sumieron en los más hondos y terribles calabozos de Sevilla, en donde pasó muchos meses desesperado y casi loco, pero resistido siempre á someterse.

Una de las reglas de la Inquisición era que jamás se publicaba la causa del delincuente; éste desaparecía repentinamente de la sociedad, sin que se supiese qué se había hecho, por lo cual sus parientes, temerosos de comprometerse, tampoco indagaban. Algunas veces se perdía para siempre y nadie sabía jamás qué suerte había corrido; otras volvía al mundo al cabo de más ó menos años, pero como tenía prohibición de revelar lo que le había pasado, guardaba profundo silencio.

A pesar de todo, dos personas se atrevieron á averiguar por la suerte del joven Ojeda, - una de ellas fue el duque de Medinaceli, su patrón, que era suficientemente poderoso para indagar sin riesgo de hacerse sospechoso, por la suerte de su escudero, - la otra persona que tampoco tuvo miedo fue la madre de Alonso: las madres no se detienen ante ningún obstáculo cuando tratan de indagar por la suerte de sus hijos.

Una y otra recibieron la misma respuesta: que Ojeda no corría riesgo de su vida; que estaba en seguridad, y que saldría de su encerramiento cuando él mismo quisiese, retractándose de ciertos desmanes de que era reo, cometidos en lugar sagrado.

En tanto que nuestro desgraciado héroe vegetaba sumido en los subterráneos de la Inquisición, digamos en pocas palabras lo que hacía Cristóbal Colon en España, á su regreso de su segundo viaje de descubrimiento. Aunque no fue recibido con las mismas ovaciones por la nación, como sucedió después de su primer viaje, - pues el público cambia cada día los objetos de su entusiasmo, - los reyes le acogieron con marcada benevolencia y no le hicieron reconvención alguna, olvidando en aquellos momentos las quejas de los envidiosos. ¡Cosa que por cierto fue una gran merced con el hombre que les había donado un Nuevo Mundo!

Inmediatamente pidió Colón permiso para volver á las Indias y atender al descubrimiento de la Tierra Firme, en donde esperaba encontrar mayores riquezas que las que habían hallado en las islas. A pesar de la marcada mala voluntad del Obispo Fonseca, que no excusaba hacer la guerra á Colón de cuantos modos podía, la Reina ordenó que se dieran inmediatamente 6.000,000 de maravedís ($ 86,956) para equipar los ocho navíos que deberían entregársele. Pasáronse sin embargo las semanas y los meses y Colón no recibía nada, pues Fernando, necesitado de aquel dinero para otros gastos, se lo apropió sin cuidarse de la palabra de Isabel.

Trascurrió el año de 97, y á pesar de la protección de la Reina, Colón sólo obtuvo ofrecimientos y promesas, y esto merced á la exagerada pintura que hacía de las futuras grandes que en aquellos países no descubiertos le aguardaban para participárselas á España y á sus soberanos. Al fin, en Mayo de 1498, pudo darse á la vela llevando seis buques en lugar de los ocho que le habían ofrecido. Sin embargo, iba contento, porque en aquella expedición fundaba su más grande esperanza de fama, y esperaba obtener ampliamente con qué lograr el voto que había hecho de libertar á Jerusalén antes de morir, para lo cual, creía él, Dios le había inspirado el descubrimiento del Nuevo Mundo.

Aunque parezca una ingratitud con tan noble y verdaderamente grande hombre como Colón, no cabe pensar otra cosa sino que las desgracias del Nuevo Mundo provienen en gran parte de la manera con que el descubridor inició la colonización de las Antillas, que fue la escuela de los demás conquistadores de América. Teniendo empeño, desde su primer viaje, en manifestar á los reyes y á la nación española la importancia de su descubrimiento, con el objeto de que le suministrasen recursos para seguir adelante en sus conquistas, no se cansaba de ponderar las riquezas que encerraban aquellas nuevas tierras. Esto despertó en los colonizadores aquella insaciable sed de oro que fue causa de tántas crueldades, motivó la perdición de los naturales y falseó el espíritu de la conquista.

La noticia de la partida de Colón llegó hasta el fondo del calabozo en que yacía el infortunado Ojeda, y éste, en el silencio de sus días y el insomnio de sus noches, le acompañaba con el espíritu, y en su exasperación envidiaba hasta la suerte del último grumete de los navíos, que por lo menos podía gozar de luz y de libertad en alta mar.

Pasaron meses y aunque periódicamente le hacían preguntas sus captores por ver si cejaba en su determinación de buscar á la noble novicia, Ojeda siempre contestaba que nunca daría una palabra que no podría cumplir ni ofrecería una cosa que para él sería imposible. Sin embargo, ¿quién determinará jamás la graduación con que los sufrimientos físicos van relajando el espíritu mejor templado, y determinará el menoscabo que padece el alma que no siente el cuerpo libre? Lo cierto es que en aquel encierro tenía Ojeda momentos de tan profundo desaliento, que si entonces le hubieran hecho propuestas de ponerlo en libertad á cualquier precio, las hubiera aceptado.

El invierno de 98 á 99 fue sumamente cruel y lo pasó entero sin movimiento casi, con escasa luz y grande aislamiento. Al fin un día de Enero, triste, frío y destemplado, entró el carcelero á avisarle que su tío, el Grande Inquisidor, necesitaba hablar con él. Alegróse el mísero joven con la idea de salir de su estancia y respirar, aunque fuese pasajeramente, el aire de otra pieza menos triste, y tendrá alguna noticia de su madre y del mundo exterior.

- Alonso, le dijo el grave Inquisidor, puesto que te has negado tántas veces á dar tu palabra de no volver á buscar á D.ª María, quiero hacerte, otra propuesta más fácil de cumplir.

- Cuál, señor? Hablad! que muero de impaciencia... dijo Ojeda con animado acento.

- Embarcarte inmediatamente que estén concluídos los preparativos de una expedición que debe, dentro de poco tiempo, darse á la vela en el puerto de Santa María.

- De mil amores, señor! ... Lo dudabais?... Me daréis la libertad, ¿no es cierto? pues me siento morir en aquel calabozo.

- Sí, te daré la libertad que deseas con la condición de que no saldrás del recinto de Cádiz hasta la hora de embarcarte.

- Pero, dijo Alonso volviendo á la realidad de las cosas del mundo, - pero para dónde sigue esa expedición?... yo tengo compromisos de honor que me impedirán usurparle á Colón el descubrimiento de la Tierra Firme.

- Esas no son cuentas mías, respondió el astuto inquisidor, bastante hago yo con ponerte en libertad sin tener que entrar á explicarte la ruta que deben seguir los buques en que te embarcarás... De eso platicarás con el Obispo de Burgos, Patriarca de las Indias, el que, á pesar de tu ingratitud, está pronto á perdonar tu pasada conducta y protegerte nuevamente.

- El perdonarme! exclamó Ojeda, - él, que me ha hecho tan crueles males y por cuya orden he pasado tántas angustias, él decir que me perdona!...

- Pues si lo tomas por ese lado, dijo el Inquisidor, vuélve á tu calabozo, y no hablemos más de viaje ni de libertad.

Aquella horrible idea descorazonó al pobre joven, pues yá en su mente había visto la libertad, la luz, la vida, y no pudo resistir al deseo ardiente de volver al mundo.

- Bien, señor, contestó humildemente, me rindo y someto, pero sacadme, ahora mismo, fuera de esta prisión.


VI

Al día siguiente Ojeda se presentó en el palacio de D. Juan Rodríguez Fonseca, Obispo de Burgos y Patriarca de las Indias. Al cabo de dos horas de conferencia con el Obispo, nuestro héroe salió subyugado y decidido á hacer cuanto éste quisiera.

Lo que motivó esta resolución fue la relación circunstanciada que le hizo del tercer viaje de Colón á Indias. Empezó por señalarle las cartas autógrafas enviadas por aquel descubridor á España, en las cuales ponía de manifiesto el descubridor de la Tierra Firme y las costas llamadas de Paria. Enseñóle en seguida el diario del navegante, en el cual, con su acostumbrada poesía, describía las nuevas tierras como un verdadero paraíso, hablaba de la abundancia del oro, piedras preciosas, perlas y las especias que se hallaban en todas partes, llegando á tánto el entusiasmo del cándido Almirante, que aseguraba que en aquellos sitios privilegiados no solamente crecían los árboles frutales hasta en la misma orilla del mar, sino que se veían las ostras pegadas contra los mangles de la playa y abiertas de par en par para recibir en su seno las gotas de rocío que deberían convenirse en preciosas perlas, según la teoría de Plinio. Decía también que los naturales de Paria eran más hospitalarios, inteligentes, mejor formados, más blancos que los de las islas antes descubiertas, y además que cambiaban con el mayor gusto el oro y las perlas de su tierra por las chucherías de ningún valor que levaban de España.

En prueba de que aquello era cierto, Fonseca mostró á Ojeda muchos sartales de perlas, que Colón había enviado, y gruesos trozos de oro, más fino y de más precio y quilates que todo el que antes habían llevado del Nuevo Mundo.

Cuando Ojeda hubo visto y admirado todas estas maravillas del Nuevo Mundo, el Obispo dijo:

- Pues bien, está en vuestra mano poseer tesoros iguales á éstos, Si os ponéis á la cabeza de la expedición que estoy preparando á mi costa, en parte, y que no tardará mucho en estar equipada en Cádiz.

- ¿Cómo, señor, dijo Ojeda, y no es prohibido visitar los parajes descubiertos por Colón?

El Obispo le contestó dándole á leer una carta escrita por el Rey D. Fernando y dirigida al Patriarca de las Indias, en la cual le recomendaba que hiciese los mayores esfuerzos para que se extendiese el dominio español en el Nuevo Mundo. Mandábale que protegiera particularmente las expediciones privadas de los que quisiesen emprenderlas á su costa (pues el erario real estaba muy escaso), con la Condición de no infringir en lo que habían prometido á Colón antes de 1495; es decir, que no tocasen en las tierras  por él ninguno de los subsiguientes descubridores, á quienes se daría carta blanca, con la sola obligación de contribuir á la corona con el cuarto ó el quinto de las ganancias habidas en las expediciones.

A la vista de las comunicaciones de Colón y de las riquezas enviadas de Paria, inflamóse la ardiente imaginación de Ojeda, tánto tiempo nutriéndose de sí misma, y sintió correr por sus venas el contagio del entusiasmo y deseo de gloria, de fama y de oro que se respiraba en la atmósfera de aquel siglo de aventuras; embriagóse con el aíre libre, del cual había sido privado tanto tiempo, y con las locas esperanzas que le asaltaron en aquel momento. Largo rato permaneció callado repasando en su mente aquellas promesas de dicha, que le señalaba su imaginación, y á las cuales no renuncia el hombre más santo sin un grande esfuerzo, ¿qué diremos de lo que pasó en el palpitante corazón del joven aventurero que veía ante sus ojos un mundo de encantos, como no los había soñado sino en sus momentos de delirio? Además, el astuto Fonseca supo acabárselo de ganar mostrándole en lontananza la suave imagen de María, ofreciendo darla aviso de los proyectos de Ojeda, y pedirla de nuevo, en nombre suyo, que no se comprometiese á nada hasta su regreso de Indias, pues le aseguraba que ella aún estaba libre y pensaba en él.

A principios de Mayo, merced á los esfuerzos de la inaudita actividad de Ojeda, y había equipado cuatro bonitas carabelas, contratado como piloto á su antiguo compañero de Indias, Juan de la Cosa, y reunido varios caballeros aventureros de familias distinguidas, entre otros un comerciante florentino llamado Américo Vespucio, quien tuvo después la usurpada gloria de darle su nombre al continente descubierto por Colón. Así, el 20 de Mayo de 1499, al romper el alba, Alonso de Ojeda se dio á la vela en el Puerto de Santa María, y despidióse lleno de entusiasmo y alegría de su madre, á quien ofreció traerla al regreso grandes riquezas y gloria y fama á su familia, sin pensar que "en este mundo nada sucede como lo hemos ideado ni como lo hemos temido."

 

1
La Inquisición no era, como lo piensan muchos, una Sociedad religiosa solamente, al contrario, los Reyes la hacían servir como un medio político para reinar. De aquí naturalmente resultaron enormes abusos y los inquisidores hacían servir el inmenso poderío del cual disponían para llevar á cabo sus venganzas personales, sus odios políticos y demás intrigas.
2
Los nombres de las flores y las frutas son tomados de un libro escrito en el siglo XVI.
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