IV

» ATRAVESANDO los Inmensos arenales del desierto, que de Jericó se extiende hacia Beyrouth, iba una inmensa caravana que demostraba pertenecer a un poderoso, pues adelante se veía una partida de turcos a caballo, armados de largos fusiles y con pistolas en el arzón; seguían camellos cargados de tiendas de campaña y de ricos muebles e inmensos cofres en que se conducían las riquezas; luego una numerosa servidumbre en gigantes dromedarios, las mujeres cubiertas con velos y los hombres con las piernas cruzadas por encima de la silla, y últimamente una mujer en un manso y hermoso camello, que conducían dos esclavos de a pie, y a su lado un anciano de blanca y prolongada barba, que permanecía silencioso.

Era el medio día: el sol dejaba caer a plomo sus rayos abrasadores, y la arena del desierto los devolvía en mil reflejos que herían la mirada. Las pisadas de los caballos y de los camellos hacían levantar una inmensa Polvareda que envolvía a la caravana en una nube y que impedía la respiración. El calor era sofocante; los camellos estiraban el cuello, como para buscar en la atmósfera un soplo de brisa menos ardiente; los caballos estaban sudando y jadeantes, y reinaba en la caravana el silencio producido por el calor y el cansancio.

Marchaban lentamente pero sin detenerse, porque no había una palma que diese sombra, ni esperanza de una fuente donde pudiera refrescarse la caravana, que era la del Muftí, y en la cual iba Kerima.

Vióse en el horizonte, a lo lejos, un objeto incierto que sólo la mirada práctica de que viajan con frecuencia por aquellos desiertos hubiera podido descubrir; después se notó que el objeto se aproximaba, y por último, apareció una Columna de polvo que elevaba al cielo.

-Es un correo que viene al galope de su caballo -dijeron los de la guardia- y pronto nos alcanzará.

-Pero es un atrevido, un temerario, -objetó uno de ellos,- pues se ha internado por ese lado del desierto...
-A la verdad que si es un correo, no sé de dónde venga en esa dirección; y además, ¿qué caballo podría resistirle en más de tres días de jornada? ¡Sin haber agua, venir a ese paso!...
-En efecto, viene al escape, a pesar del sofocante calor que hace.

-¿Y es uno solo el que viene?-preguntó otro de la comitiva.
-Sí, sólo se alcanza a ver una columna de polvo.
-Entonces no hay cuidado de que sea un ataque de beduinos.
-Bien se cuidarán los beduinos de Venir a atacarnos, llevando nosotros una escolta tan numerosa y tan bien armada; los beduinos no atacan más que a los indefensos.

Al concluir este diálogo, ya se veía claramente la figura de un árabe que envuelto de piés a cabeza en inmenso manto blanco, sostenido por un turbante rojo, cabalgaba en una yegua torda, que ligera, el pescuezo es tirado, la crin flotante, la nariz hinchada y dando fuertes resoplidos, galopaba velozmente, a pesar de que la arena la cubría hasta el pretal, y de que a cada paso tenía que hacer un esfuerzo para no sumirse en un suelo que no le permitía afirmar el casco.

-¡Enemigo!-gritaron los de la vanguardia.

La caravana se paró sorprendida, pero sin miedo, pues un hombre solo no podía inspirarlo, y en el horizonte no se divisaba más tropa.

En tanto, el jinete llega a la caravana ligero como una fecha, y aprovechándose del estupor que causa su arrojo, la divide por mitad, y apartando con su alfanje a los que se le oponen, se dirije al lugar donde está Kerima.

Varias balas cruzaron sobre su cabeza y tuvo que defenderse de muchos sablazos que los turcos le asestaron: pero él, impávido y esforzado, llegó hasta Kerima, quien sorprendida al principio y viendo que a ella se dirigía, tomó el puñal que llevaba en la cintura y con ademán resuelto lo esperó.

El árabe sacó rápidamente del pecho una rosa marchita y una cruz roja, y se las presentó. Kerima dió un grito de sorpresa y dejó caer el puñal. Entonces el árabe, acercándose al camello que la conducía, alzándola como si fuera un niño, la colocó sobre el anca de la yegua, la que relinchó orgullosa al recibirla. El árabe se alejó al escape, abriéndose campo por entre los que se oponían.

V

SEIS meses han pasado. Memet-Alí ha declarado la guerra a Siria: el formidable Ibrahim con sus ejércitos recorre el territorio; pero Abdalá, Bajá de Acre, resiste en Beyrouth a todos los esfuerzos de la escuadra egipcia, que se estrella ante sus murallas inexpugnables.

¿Por qué tanta fidelidad de Abdalá a la causa del gran Señor, que parece lo ha abandonado a su suerte, y por qué resiste un sitio tan obstinado y tan cruel? ¿Por qué Ibrahim se empeña en tomar a Beyrouth única ciudad que ha hecho suspender sus rápidas conquistas, perdiendo un tiempo precioso para seguir adelante en sus empresas?

He aquí la explicación:

Sobre las ruinas de un antiguo monasterio cristiano, situado entre Beyrouth y el Líbano, a la orilla de un arroyo que derrama la fertilidad y la verdura, y aprovechando la ubérrima huerta de un convento, en donde crecían todavía hermosos granados, olivos y palmas de dátil; en el lugar más pintoresco de esas comarcas, había levantado Abdalá una soberbia quinta, donde pasaba los calores del estío.

La maravilla de esta quinta, que muchos viajeros han conocido, era, el hermoso kiosco o cenador que, a orillas del arroyo y rodeado de palmeras, se levanta gentil y fresco como para atraer a la imaginación las fantásticas creaciones de las Mil y una noches.

En este kiosco tenía Abdalá sus armas colocádas en vistosas panoplias; allí ostentaba algunas banderas, trofeos de sus antiguas conquistas, y pieles de panteras y leones que había cazado en los alrededores.

Allí pasaba el Bajá horas enteras fumando, y también oía las quejas y administraba justicia a los súbditos de sus vastos dominios.

Un día, en medio del silencio de la naturaleza, a aquella hora en que por el calor del sol no se mueve una hoja, ni vuela un insecto, se escuchó el galope de un caballo que se acercaba, y a pocos momentos entró un jinete, se desnudó rápidamente y puso a los pies de Abdalá, que estaba reclinado en un diván, una mujer hermosa.

-Esta mujer, kadí supremo-dijo el recién llegado-es la mía, que el cielo y el destino me la dieron; pero un magnate quiere arrebatármela... Estoy en vuestros dominios, y os pido, señor, justicia, amparo y protección.
-Todos los mandatos de la Sublime Puerta, que yo acato y venero, son poderosos en mis dominios: después sólo reina mi voluntad, guiada por la justicia, y en nombre de ella os prometo que sereis amparado con vuestra mujer-dijo Abdalá.
-Loado sea Alah, que os ha hecho grande y poderoso, para que administreis la justicia en su nombre. La fama de Vuestra rectitud y de vuestro valor, me ha dado confianza para venir desde muy lejos a buscar vuestro amparo; y ahora os digo que mi vida es vuestra, que el golpe que habría de heriros dividirá antes mi pecho, y que yo velaré vuestro sueño y cuidaré de vuestra seguridad.
-Abdalá acepta la generosa amistad que le ofreceis, y sabe que un árabe nunca ha faltado a su palabra; aceptad vos este yatagán como prenda de que seré leal a la que os he ofrecido.
-Abdalá: el alfanje de mi padre es una joya sagrada; pero hay para mi corazón una más santa, por la cual desafiaría los tormentos y la muerte; tomadla, y a cualquier hora que me enviéis esta rosa sabré que ha llegado la hora de Combatir a vuestro lado, y de morir en vuestra defensa.

Diciendo esto, sacó del pecho la rosa que Kerima habla dejado caer desde la celosía del Muftí, y, después de besarla, se la presentó a Abdalá.

-Esta mujer queda a vuestro cuidado, y hasta ahora ha sido sagrada para mi. Por su orden debo partir, y no volveré a verla hasta que ella Consienta, y entonces la recibiré de vuestras manos.

Kerima y Alí-Omar se separaron: éste, conmovido y grave; ella, tierna y llorosa; pero ambos silenciosos y con la resignación de los que se someten al cumplimiento de un deber.

Una despedida para dos corazones puros y que se aman, es siempre un momento de cruel amargura: el recuerdo de la felicidad pasada aparece a la vista, y al mismo tiempo se ofrece la triste realidad del Presente, y surge el porvenir incierto y tenebroso...

Para Kerima y Alí-Omar era doblemente triste aquella despedida, pues apenas habían tenido tiempo de hablar en medio de la precipitada fuga; la despedida podría ser eterna, pues amenazában los furiosas tempestades, y ellos tenían que desafiar la cólera del Muftí y los celos de Ibrahim. Sin embargo, Kerima, en su pureza de cristiana, exigía aquella separación, y era preciso resignar Kerima extendió la mano a Alí-Omar con expresión de resignación y de ternura; éste imprimió un casto beso en aquella mano y luego desapareció en su incansable yegua.

*
**

Al día siguiente llegaron los emisarios de Ibrahim a la quinta de Abdalá con el objeto de reclamar a Kerima; pues Alí-Omar había sido perseguido por la escolta de la caravana del Muftí, hasta que le vieron llegar a la mansión del Bajá.

Cuando Abdalá recibió el. mensaje de Ibrahim en que le pedía a Kerima, como hija del Muftí y como su prometida, robada por el árabe en el desierto, creyó que debía entregarla y no hacerse cómplice; pero luego consideró que un ladrón no la hubiera llevado a su mansión, ni la hubiera depositado ante el supremo representante de la justicia otomana, y resolvió llamar a Kerima para que le explicase el secreto, dispuesto a hacer su deber según fuese informado.

-Soy la reina del Epiro y de Tesalia-le dijo Kerima cuando estuvo en su presencia-. Yo soy cristiana y no hija del Muftí. No quiero ser esposa de Ibrahim.

Enseguida refirió Kerima cómo una amiga de su madre se había sometido a la pobreza, al destierro y a llevar una vida azarosa miserable por acompañarla a todas partes; que del Epiro la habla seguido a Stambul, de allí a Jericó, donde vivía de la medicina; refirió que esta amiga la había iniciado en los misterios de su nacimiento y en todas las prácticas de la religión cristiana, religión que amaba y deseaba profesar siempre. Enseguida contó que por su orden el árabe Alí-Omar habla ido en busca de aquella fiel amiga.

-¿Y Alí-Omar es también cristiano?
-Oh, no-contestó Kerima, más bien como exclamación de dolor que como una respuesta al Bajá.

Este se hallaba sorprendido de lo que pasaba, y sobre todo, veía que una negativa al formidable Ibrahim, al hombre que se atrevía a pensar en sustituir su dinastía a la del Gran Señor y en derrocar el Sagrado Imperió, era una temeridad inaudita; pero al mismo tiempo, su hidalgo corazón se rebelaba contra la idea de entregar una mujer que había venido a pedirle hospitalidad y por la cual había ofrecido, en nombre de la autoridad del soberano, protección y amparo.

-Id a decir a Ibrahim, que el hijo de Mahomet-Ben Ismael recibió un nombre que jamás fué manchado por la deshonra y que no lo infamará entregando una mujer confiada a su protección y Violando la palabra que ha dado a un creyente; que si Ibrahim juzga que no obro en justicia, recurra al Gran Señor, cuyos decretos serán obedecidos humildemente.

Así habló a los emisarios de Ibrahim al despedirlos.

Este, irritado, sólo le contestó:

-Memet-Alí, mi padre, se hace justicia siempre por su brazo formidable; Ibrahim es su hijo predilecto.

Al día siguiente la, quinta de Abdalá se veía rodeada por numerosa tropa de genízaros, a la cabeza de la cual estaba Ibrahím, ante quien habían temblado todos los muros de las ciudades hasta Scutarik, donde había situado sus tropas en camino para Constantinopla, y lo romántico de la empresa le daba nuevo atractivo y aliciente a su carácter osado y aventurero.

Abdalá no estaba Prevenido, pero como Valiente, resolvió resistir el ataque, armando a la ligera sus soldados y haciendo de los muros una trinchera formidable.

Ibrahim atacó con energía, pero Abdalá se defendió con denuedo y como ni uno ni otro de los combatientes estaba preparado para una guerra formal, ninguno de los dos podía emplear medios que terminasen la Contienda.

Abdalá comprendió que a la larga iba a ser vencido por las armas o rendido por el hambre, y no pudiendo enviar a Beyrouth un emisario en solicitud de auxilio, porque sería detenido por las fuerzas sitiadoras resolvió valerse de un niño que no podía inspirar sospechas y confiarle la rosa que, como prenda, le había dado Alí-Omar y que ahora le devolvía como aviso de la apurada situación en que se encontraban los sitiados.

*
**

Seis días habían pasado. Ibrahim permanecía obstinado en el sitio, y a Abdalá se le habían agotado los alimentos y los medios de defensa, sin que nada se hubiese sabido del niño, ni se tuviese ninguna esperanza de auxilio...

Una noche, tarde ya, cuando el cansancio había hecho suspender el ataque y los de la quinta se entregaban al sueño, uno de los centinelas oyó una voz que cantaba dulce y melancólicamente en los alrededores de la huerta.

-¡Es la Voz de Lulú-Fadí!- Kerima.- Sí, la conozco, es la voz de mi madre, de mi amiga, de mi compañera... Algo nos quiere comunicar; escuchemos.

La Voz continuó entonando una canción muy triste; pero en idioma desconocido así para los que estaban en la quinta como para los sitiadores.

-Es una canción de mi país-dijo Kerima-. Lulú me la cantaba cuando yo era niña, pero ha cambiado las Silencio... escuchemos...

El canto de la mujer decía: que Alí-Omar había recibido la rosa en Jericó, llevada por niño, y que inmediatamente había marchado en solicitud de árabes para venir en defensa de los sitiados, que no se entregasen, porque el auxilio no debío tardar; que al mismo tiempo habla mandado emisarios a Beyrouth y a Jafa para que vinieran las tropas del Bajá.

Al siguiente día, cuando Ibrahim renovó el ataque, creyendo que hallaría penas una débil resistencia, encontró en la defensa más firmeza y mayor energía que antes, lo que le causó gran sorpresa.

A los dos días, la mirada experta de los vigías de Ibrahim divisó a lo lejos una inmensa caballería que se acercaba a la quinta, y a poco rato, en dirección opuesta, se columbró una numerosa tropa. Ibrahim comprendió que iba a quedar rodeado por fuerzas enemigas muy superiores; y no queriendo exponer sus glorias, cayendo prisionero en un combate desigual, resolvió retirarse, lo que efectuó por medio de una admirable operación militar, con lo que impidió que su caravana fuese perseguida.

Antes, empero, envió a la fortaleza un emisario con este mensaje:

«Ibrahim pachá, hijo de Memet-Ali, Virrey de Egipto, a Abdalá, pachá de Beyrouth, Acre, Jafa, etc.

«Habeis desatendido mis súplicas, negado mis derechos, ofendiendo mi orgullo y provocando mi cólera, La Siria será agregada al Egipto, vuestro bajalato borrado de la lista del Imperio y vos mismo desaparecereis de entre los vivos. Así lo quiere Alah...»

*
**

Cuando el árabe Alí-Omar llegó a la quinta con refuerzos, Abdalá lo recibió con manifestaciones del mayor cariño, le refirió lo que le había acontecido, y le dijo:

-La guerra es inevitable y va a ser terrible, porque Ibrahim está irritado y es poderoso; pero seremos hermanos de armas y me ayudaréis a defender mis dominios, como yo he defendido a esa casta joven que me habeis confiado.

Ali-Omar volvía al aposento de Kerima, que ansiosa lo aguardaba; apenas le vió, palideció la joven, vaciló, parecía que iba a caer. Alí-Omar corrió hacia ella, la sostuvo; como un saludo intentó besarla en ha frente; pero ella, dirigiéndole una mirada suplicante, y con voz de ruego, le dijo:

-No, Alí-Omar, a las cristianas sólo pueden besadas sus esposos, y tú aún no eres el mío.

Abdalá envió inmediatamente correos a la Sublime Puerta, para avisar que la Siria iba a ser atacada por Memet-Alí; pero que él estaba resuelto resistir al formidable Ibrahim, si de Stambul le enviaban refuerzos. El Gran Señor le contestó animándole a la defensa, estimulando su lealtad, mandándole un título y ofreciéndole enviar la escuadra turca, en caso de que la guerra tuviese lugar.

También mandó Abdalá emisarios a contraer alianza con los Bajaes que gobernaban comarcas limítrofes a la suya; pero todos, al saber que la guerra era con Ibrahim, el «terror de Occidente», como llamado, se negaban a la alianza, y el tiempo pasaba y Abdalá estaba solo.

Memet-Alí había decretado la conquista de la Siria; la flota egipcia se alistaba para partir, y Abdalá, a pesar de su actividad y energía, solo había conseguido reunir unos cinco mil hombres en sus dominios, con lo cual era imposible hacer frente al formidable Ibrahim. Pero si él estaba Inquieto, Kerima y Alí-Omar, de cuya suerte iba a decidir la guerra, eran presa de la más viva angustia.

Alí-Omar reunió una caballería de árabes que vino a ponerse a disposición de Abdalá. Kerima, por su parte, había hecho vender en secreto sus diamantes para darles recursos.

Una noche en que Abdalá, desesperado, se quejaba del abandono en que le había dejado el Sultán para pelear contra el más formidable enemigo del Imperio, y se paseaba agitado, entregado a sus meditaciones, exclamó, creyéndose solo:

-¿En quién puedo apoyarme?
-En los cristianos-le contestó una voz a la espalda.

Vólvió a mirar Abdalá, y se encontró con la pálida y marchita faz de la cristiana Lulú, la amiga y compañera de Kerima.

-Pero los cristianos no obedecerán mi voz, antes se alegrarán de mi ruina, aunque nada tengan que esperar de Ibrahim.
-Hacedles vos esperar algo de libertad, prometedles seguridad en sus trabajos, y Kerima tiene un talismán, por medio del cual los cristianos del Líbano se levantarán en masa para venir a socorrernos.
-Prometo un firmán que será sellado por la Sublime Puerta, mediante el cual los cristianos del Libano serán gobernados por sus dervises y no serán inquietados en el ejercicio de su religión.

Con esta promesa partió Alí-Omar para el Líbano, llevando la cruz que Kerima le había dado y un mensaje de ésta que decía:

«Kerima, cristiana, hija del jefe de los libres del Epiro y de Tesalia, a todos los cristianos del Líbano:

»Abdalá nos ofrece libertad para practicar la Santa Religión del Salvador, y un gobierno propio para nuestras tribus. Venid en su auxilio, que yo garantizo sus promesas».

La población del Líbano, compuesta de cristianos (bruzos y maronitas) es la más valerosa, la más aguerrida y la más sobria de todo él Oriente; en constante guerra con los turcos y atacada sin cesar por los beduinos, forma una especie de colonia militar siempre dispuesta al combate, capaz de poner sobre las armas de cuarenta a cincuenta mil hombres.

Alí-Omar fue recibido por los jefes de las diversas tribus del Líbano con el mayor entusiasmo, y la presencia de la cruz roja y el mensaje de Kerima decidieron a toda la población a marchar a Beyrouth en defensa de Abdalá y para sostener la integridad del territorio del Gran Señor.

Cuando Ibrahim llegó con su ejército por tierra y con una flota considerable por mar, encontró ya a Beyrouth fortificada y defendida por treinta mil hombres de guarnición; en algunas torres flameaba el pabellón ver de del profeta; ostentábase en otras la gran cruz griega; en la fortaleza defendida por Alí-Omar y sus árabes, flotaba una bandera blanca, en la que lucía una rosa de Jericó.

Sólo Ibrahim, a quien las naciones europeas habían impedido antes llegar a Constantinopla, conocía el motivo de esa guerra que en vano intentaban evitar, por medio de la diplomacia, aquellas potencias. Si antes su ardor guerrero y su ambición habían tascado el freno que las potencias le impusieran, ahora su corazón desgarrado, sus celos encendidos y su amor burlado, lo llevaban a una guerra devastadora y terrible, y no oía nada que pudiera oponerse a sus designios.

Demasiado presentes llevaba en la memoria la rosa arrebatada, el insulto del árabe y el robo de la mujer a quien tanto amaba, para que dejase de comprender la alusión de la nueva bandera que flameaba en Beyrouth; así, al verla, se llenó de cólera y despecho, y dió orden para que la artillería rigiese allí principalmente sus fuegos.

*
**

Seis meses había durado el sitio; los periódicos de Europa en aquella época no trataban de otra cosa, y el mundo entero estaba admirado de la tenacidad de Ibrahim, que cada día estrechaba el cerco, y de la constancia y fidelidad de Abdalá, que resistía por tan largo tiempo a fuerzas inmensamente superiores.

El eminente poeta Lamartine, que pasó por allí poco después, encontró todavía humeantes las poblaciones incendiadas en esa guerra, vivos los estragos en toda la Siria e insepultos los huesos de los camellos de los sitiadores, y confundidos con los de los hombres apestados, habían sido arrojados por encima de los muros al ejército invasor.

La vida de los dos amantes en medio de los horrores de la guerra y de los peligros del combate, era, sin embargo, un himno de casto amor y de felicidad entonado por sus almas e interrumpido sólo en los momentos en que Alí-Omar tenía que ir a defender la brecha o a dar un asalto al ejército enemigo, pasados los cuales volvía aquél al lado de Kerima, siempre con la frente radiante y coronado de gloria. Las íntimas confidencias de dos corazones que laten acordes; la revelación de su pasado misterioso y triste, la explicación de mil enigmas que habían formado la historia de su afecto antes de que se hablasen, llenaban las horas del sitio, tan largas para todos, tan deliciosas para los dos jóvenes. Así, Kerima y Alí-Omar eran felices, aun en medio de las desgracias de un sitio de que ellos únicamente eran la causa.

Cuando de esto hablaban en sus ratos de Ilusión, cuando tenían esperanzas del triunfo, Alí-Omar le decía a Kerima, riendo:

-¿Por qué arrojaste esa rosa en un momento tan importuno?
-¡Ingrato!- le contestaba Kerima.-Si hubiera sido para Ibrahim, ¿habría llegado en tiempo oportuno?
-Pero ya ves lo que cuesta esa rosa.
-Eso prueba acaso que Ibrahim la estima más que tú, pues él es quien hace la guerra; sin embargo, tú no has accedido a lo que te he pedido; has considerado que es un gran sacrificio...

-¡Ah, Kerima! Si yo fuese Ibrahim, si yo fuera el Gran Señor, me convertiría a tu fe y haría que el Imperio entero adorase la Cruz, porque éste sería un digno sacrificio ofrecido a tu amor; pero yo, pobre árabe, sin más que mi amor a la libertad, renegar dé mi fe, ¡ah! esto sería a tus ojos acaso una debilidad...

La diferencia de religión era un abismo cavado entre los dos, que al principio no habían visto; que Kerima había creído después fácil el salvar por Alí-Omar, y del que procuraba éste apartar la mirada en los momentos de ilusión y de esperanza...

*
**

Muchas veces el escuadrón de caballería árabe que mandaba Alí-Omar, hacía una salida sobre los sitiadores, llevando el estandarte de la rosa; y Kerima desde su alminar, ansiosa, anhelante, sin respirar casi, presenciaba ese combate donde luchaba su amante y se iba a decidir de su suerte. Con la mira da fija y la mano sobre el corazón, Veía adelantarse el escuadrón como una inmensa serpiente cuyas escamas de acero brillaban a los rayos del sol, ondeando en las desigualdades del terreno, enroscarse al verse atacado, desenvolverse con violencia, y luego, rotos los mil anillos de su inmensa cola, adquirir cada anillo nueva ida y bregar en agitados movimientos, hasta que, al sonido del clarín, tornaban a unirse, y la serpiente seguía su ondeante marcha hacia los muros de la ciudad.

Cuando el escuadrón volvía y Kerima veía brillar de nuevo a la cabeza el triunfante pabellón de la rosa, experimentaba una alegría inmensa, un orgullo supremo; porque no hay gloria igual ala que inunda el alma de una mujer cuando sabe que es valiente el hombre a quien ama, y lo ve desafiar los peligros y tornar victorioso.

Pero los anillos de la inmensa serpiente se iban disminuyendo de día en día: los árabes morían en los combates, perecían de tristeza al verse encerrados entre los muros de la ciudad, privados de la libertad y sin ver su desierto, o eran arrebatados en masa por la peste.

La peste de Oriente, soplo envenenado que marchita y mata todo lo que alcanza, terrible azote con el que Dios castiga en un solo día a toda una generación; la peste Implacable, se había desarrollado en la ciudad y hacía diarios y espantosos estragos en la tropa. El aire estaba infestado en la población, y los enfermos de peste muchas veces eran arrojados por encima de las murallas; pero esto no había impedido el contagio que se comunicaba de la tropa a la población y llegaba a todas partes.

Un día en que Alí-Omar, como el genio de la guerra, de pie sobre la muralla dirigía una batería que sembraba la muerte y aclaraba las filas del ejército invasor, sintió que una mano le tocaba en la espalda; volvió a mirar y vió la pálida cara de la cristiana Lulú, la fiel amiga de Kerima, que sin temor a las granadas que caían allí, había ido a buscarlo, desafiando la muerte...

La fisonomía de aquella mujer revelaba el espanto, el dolor y la agonía, y Alí-Omar, al verla, comprendió que una desgracia amenazaba a Kerima. Confió a otro la dirección de la batería, y siguió apresuradamente los pasos de la cristiana.

Cuando llegó a la habitación de Kerima la encontró reclinada en el diván, y sobre sus facciones celestiales impreso el sello de la muerte

-¡La peste!

Alí-Omar se postró a sus pies en la actitud más triste, más dolorida, sin exhalar una queja ni lanzar un suspiro. Aquel dolor no tenía ecos humanos...

-No has sido mi esposo, Alí-Omar-le dijo Kerima, cuando la hubo contemplado largo rato-; pero te permito que beses mi mano... Este beso será el sello que lleve a la eternidad para que reclames como tu esposa... No has querido ser cristiano. ¡Cuánto lo lamento! Así nuestra separación sería menos cruel para tí, porque los cristianos embellecemos la muerte con la esperanza de la gloria.

Después, con una sonrisa indefinible, le dijo:

-Da la rosa a Ibrahim... Nunca ha sido para él; pero es preciso no ser ingratos con los que nos aman... Y así, acabará esta guerra que pesa sobre mi corazón como un remordimiento.... Guarda-añadió con entonación dulce y celeste-guarda la cruz de coral que te envié, si no como emblema de una religión que no amas, si como signo de libertad, y por haber combatido bajo su égida los mártires de Tesalia, que eran tus hermanos.

Después de largo silencio, agregó Kerima:

-Te recomiendo a mi amiga Lulú, quien con mi muerte lo pierde todo en el mundo... Los momentos que me restan aún, debo consagrarlos a Dios.

Luego, volviéndose hacia su amiga:

-Lulú, empieza el oficio de los agonizantes.

La cristiana principió un rezo solemne y triste, que era contestado por Kerima con voz clara; y esperaba la muerte con un Valor sereno que contrastaba con la delicadeza y debilidad de sus facciones.

Alí-Omar se había retirado respetuosamente a un lado de la estancia y silencioso contemplaba absorto el cuadro desgarrador de Kerima moribunda... Tanta belleza, tanta juventud se marchitaban a su vista como una flor ajada por el simoun; y de aquélla a quien tanto había amado no iban a quedar dentro de breve plazo sino pálidos despojos. Y él nada podía para arrancarla de los brazos de la muerte, y una separación eterna iba a ser el término de aquel casto amor que él había creído Infinito...

Los terribles momentos de la agonía de Kerima no le hicieron llorar; pero sobre sus facciones estampaba la desgracia las huellas que el tiempo deja sobre los mortales; y al ver desaparecer amor, ilusiones, venturas y esperanzas, parecíale que la vida adelantaba el paso y que a él también le señalaban su término.

Este dolor mudo fué interrumpido por la llegada de un anciano, que pocos años antes había sufrido cruel martirio por la fe cristiana en el Monte Tabor.

Era un sacerdote, y bajo su bendición lanzó Kerima el último aliento; pero mirando a Alí-Omar y Señalándole el cielo.

Un ¡ay! lastimero resonó en el recinto, terrible como el rugida de un león herido, triste como el lamento de una madre que ve morir a su hijo...

Lulú y el sacerdote dirigían fervorosas plegarias, arrodillados al pie del cadáver, y Alí-Omar vino luego a arrodillarse también. Después se levantó, tomó con fuerza el brazo del sacerdote, le condujo a un extremo del recinto, y allí, en voz baja, como para no interrumpir la majestad lúgubre del momento, le hizo varias preguntas, a las que el sacerdote contestaba siempre:

-Sí.

Por último, el anciano le dijo:

Unica spes...

Alí-Omar volvió al lado del cadáver de Kerima; más que muerta parecía dormida y soñando con los ángeles; pero sus facciones hermosas, delicadas y puras, tenían la sombra melancólica que deja el alma al emprender el vuelo, y que da a los muertos un carácter sagrado. Estuvo mirándola por largos instantes, tomó su blanca mano, y lloró como llora un niño, derramando tiernas y abundantes lágrimas.

VI

Es de noche. ¡Beyrouth Capitula! Las puertas de la ciudad se abren al vencedor y para conducir a Ibrahim es comisionado el escuadrón de árabes, que reducido ya a unos pocos, lleva el estandarte de la rosa a media asta y atado con un crespón negro.

Ibrahim no entró como un vencedor, ni permitió que sus tropas invadieran la ciudad, y lo que pareció más extraño aún, en vez de encaminarse a la suntuosa habitación del Bajá o a la ciudadela fortificada se dirigió al arruinado convento que los Padres de San Francisco, de la comunión católica, tienen en uno de los barrios más apartados la ciudad.

Allí lo esperaban, sin duda, Porque las puertas estaban abiertas, y desmontándose de su caballo, entró precipitadamente. Sus pasos resonaban en las bóvedas del claustro solitario e instintivamente se dirigió al lugar que en el extremo opuesto se veía iluminado. Era la capilla del convento, espaciosa, pero triste y arruinada por el tiempo.

En medio de blandones que ardían lentamente y cuyas llamas ondulaban al soplo del viento y arrojaban una luz incierta y vacilante, más triste que la oscuridad misma, colocado sobre un paño negro estaba el féretro en que dormía Kerima, coronada de rosas y cubierta con un gran velo blanco.

Al lado del ataúd lloraba Lulú, la inseparable compañera de Kerima y cuatro hermanos de San Francisco celebraban un acto fúnebre.

Ibrahim entró, se aproximó al féretro, se puso a mirar de hito en hito el cadáver con tenacidad espantosa... ¡Ay!, era la misma Kerima que en el kiosco del Muftí había visto pocos meses antes, tan hermosa y tan llena de gracia, vigor y juventud. La que había encendido en su corazón ese amor terrible que lo había llevado a la guerra y a la desesperación; pero ya esos ojos no brillaban, las rosas de las mejillas se habían marchitado y de los labios había volado para siempre la Sonrisa.

-¡Ah!- exclamó-tan cruel guerra para venir a contemplar un cadáver... ¡y sin que nada me quede como recuerdo de ella!

Entonces, de la fila de sacerdotes salió un fraile y con voz temblorosa, con acento cortado por la emoción y los gemidos, le dijo al guerrero:

-Toma esta rosa que ella te ha destinado... Yo he recibido su Cruz.

El que así hablaba era Alí-Omar.

FIN DE LA «HISTORIA DE UNA ROSA»

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