GRANDES SUCESOS Y EMOCIONES



 

Desde el año de 1843, bien que apenas contaba quince años, comencé a ser hombre ¿Por qué? Fácil es explicarlo.

Porque comencé a pensar verdaderamente, a escribir lo que pensaba:

Porque experimenté el primer sufrimiento grande y profundo;

Porque contraje algunas de las más dulces y durables relaciones de amistad que he cultivado durante mi vida;

Porque me inicié en los misterios de aquella cosa inmensa y sublime que se llama amor...

Desde luego el estudio del Derecho romano y del Derecho civil abrió delante de mi alma el horizonte de dos grandes cosas, -una que proviene de Dios directamente y es más o menos comprendida por la Humanidad, y otra creada por la acción del hombre en su desarrollo a través de los tiempos- es decir: el principio de la Justicia, equilibrio del Deber y el Derecho, y la Historia. Sólo al tender la vista del alma por aquel vasto horizonte, empecé a sentir que realmente pensaba.

Además, la lectura frecuente de los pocos periódicos que por entonces se publicaban en Bogotá, y los estudios que hacía al seguir un curso especial de literatura castellana que se estableció en San Bartolomé como obligatorio, aun para los alumnos de jurisprudencia, me incitaron vivamente a comenzar lecturas literarias, a las cuales tomé muy decidida afición. Bien que sin método, poco a poco fui leyendo, a medida que podía procurármelos, muchos de los clásicos españoles, desde los de los siglos XV y siguientes hasta los contemporáneos; mas no tardé en volverme romántico entusiasta, a influjo de las obras de Espronceda y Zorrilla, los Bermúdez de Castro, García Tásara y aun el duque de Rivas, el malogrado Lara y García Gutiérrez que formaron con su estilo poético escuela entre la juventud de Nueva Granada, Venezuela y otros pueblos hispanoamericanos.

Al propio tiempo empezaba yo a nutrir mi espíritu, desordenadamente o sin método, con otras lecturas de muy distintas escuelas. Las obras de Bernardino de Saint-Pierre y Chateaubriand, de Lamartine y A. Dumas, Víctor Hugo y otros escritores franceses fueron enriqueciendo la luz de mi alma y multiplicando las impresiones que diariamente recibía. Volví a leer el Quijote y sucesivamente las Vidas de Plutarco. Pero lo que mas me impresionó fue la lectura de las obras de Walter Scott. Di por casualidad con dos minas de las novelas de aquel gran poeta y prosador, inmortal por su sagacidad moral, su estilo y sus cuadros históricos y de costumbres: la una, en la botica del señor Santamaría, la otra, en la tienda del doctor Andrés Aguilar, inolvidable para mí, y cuyo nombre se hizo célebre en 1861, lúgubre para nuestra historia... Cada vez que tenía yo, a fuerza de ahorros, los reales necesarios, iba y compraba una novela de Walter Scott: la leía y releía, la saboreaba durante uno o dos meses, y luego la revendía o rifaba en San Bartolomé, con alguna pérdida, para comprar otra y otras. Así logré leer hasta cosa de diez y seis o diez y ocho, desde 1843 a 1845, agotando todas las que pude hallar. Acaso mi afición a escribir novelas fue engendrada principalmente por las tempranas lecturas de Walter Scott, Víctor Hugo y Dumas, que me dejaron muy hondas y durables impresiones. A la edad de diez y seis años escribí mi primera novela, que, felizmente para las letras y para mí, jamás salió a la luz: era una concepción absurda, inverosímil, intitulada Gato por liebre, cuyo manuscrito conserva Manuel Pombo como una curiosidad. La segunda (también dichosamente inédita), escrita pocos meses después, era verídica, como que pintaba a lo vivo costumbres domésticas; y la intitulé: Los misterios de la casa de don Juan**, por cuanto estaban de moda entonces los misterios de París y de todas las capitales posibles. Cuando uno considera el punto a que ha llegado, sin maestro, ni escuela ni estímulo alguno, y aquel de donde partió, no puede menos que decirse: "Cuánto no he trabajado y cuánto papel no he tenido que embarrar con tinta para llegar a escribir algo de provecho!".

Mi vocación de escritor público fue irresistible y manifiesta desde muy temprano. Tenía apenas quince años cuando escribí mi primer artículo de periódico. Por cierto que lo enderecé contra el doctor Ospina y su Plan de estudios, pues era un desahogo de la irritación que me había causado la inicua expulsión a que he aludido. Era entonces editor de El Día don José Antonio Cualla, benemérito entre nuestros viejos impresores, hombre sencillo y campechano, amigo de la libre y extensa publicidad, liberal en sus condiciones de impresión, y muy inclinado a favorecer con su benevolencia a la juventud para abrirle fácil camino en la prensa. Aceptó mi artículo, sonriendo al ver la figura del adolescente escritor, lo dió a luz en su periódico (que publicaba todo lo imaginable, sin distinción de estilos ni opiniones), y cuando me ví en letra de molde, bien que mi factum salió anónimo, me creí dichoso y en camino para el templo de la gloria; me sentí hombre fuerte, diciéndome: "Tendré con el tiempo un capital y una arma en mi pluma". Oh! ilusiones y ensueños de la adolescencia.

A medida que fuí aclimatándome en los claustros de la Universidad, fuí contrayendo afectos y trabando amistades, y abriendo, por lo mismo, el alma no solamente a las gratas emociones que nacen del nobilísimo culto de la amistad, sino también a la comunidad de ideas y sentimientos que hace tan fecundo este amor monosexual. Algunos de los amigos que desde entonces tuve me han sido, con el tiempo, infieles, y, arrastrados por la pasión política o el interés personal o de partido, me han hecho o procurado hacer todo el mal posible. Por toda venganza pasaré sus nombres en silencio, como inadvertidos. Otros, amigos íntimos o nó, y a las veces algunos transitoriamente en desacuerdo conmigo, han dejado en mi alma un recuerdo imborrable. Citaré principalmente algunos de los más notables entre mis camaradas de la Universidad.

Los tres más antiguos son Salvador Camacho Roldán, Manuel Pombo y Nicolás Pereira Gamba. Su amistad ha sido inalterable; jamás ha dejado de quererles ni estimarles; nunca me han lastimado en lo mínimo, ni yo a ellos; nuestra vida ha estado en frecuente, contacto, y los tres han hecho parte en mi corazón, de mi familia moral. ¿Quién no sabe lo que es Salvador Camacho Roldán? Es uno de los más grandes y nobles ciudadanos de Colombia; es una eminencia moral e intelectual, a cuyo lado suelo reposarme, consolándome de muchas pequeñeces y miserias de mi desventurada patria...

Manuel Pombo es una deliciosa tradición que habla, y tiene el alma tan sana y correcta como la inteligencia. Nadie hay que sepa conversar mejor que él ni evocar dulces memorias; nadie más benévolo para ensalzar virtudes y disimular faltas ajenas. Cuando Pombo está de buen humor para hablar de lo presente y lo pasado, se engaña uno deliciosamente creyendo que todos los hombres son buenos, y goza con la perdida felicidad de otros tiempos..

Pereira Gamba, cuya actividad ha sido prodigiosa, y en muy diversos terrenos, ha sido el gran soñador entre nuestros hombres de empresas. Ha vivido agitando una pila de Volta para mover a muchos y poner en movimiento mil intereses, y ha encontrado en todas partes la inercia y el desengaño. En Francia, Pereira hubiera podido ser un Péreire o un Lesseps; entre nosotros ha encallado; pero ha probado que tenía sobre todo un gran carácter. Después de pasar por muchas vicisitudes, este activo empresario de todo lo posible ha dejado los negocios, retirándose a un modesto campo; allí reniega a su sabor de la política, y si hace algunos castillos en el aire es dándoles el carácter de retrospectivos.

En la segunda escala de mis amistades de colegio estaban Gregorio Gutiérrez González, Antonio María Pradilla y Carlos Martin, y en la tercera Juan de Dios Restrepo, Manuel Ignacio Narváez y algunos otros. Por último, sin ser mi amigo en realidad, entonces, llamóme mucho la atención un camarada de singulares calidades: Joaquín Pablo Posada.

Gutiérrez González había nacido poeta, y lo fue después de gran tabla entre nosotros. Su alma era tan sensible como rica y nueva su imaginación. Era vergonzoso y tímido, desaplicado y desidioso, y en los libros jamás buscaba luz, sino impresiones. Ninguna lira ha merecido ser más popular que la suya en Colombia, y sus preciosos cantos han penetrado en todos los hogares donde se ama lo bello. Era hijo de Antioquia, y nadie fue menos antioqueño que él. Sus cantos arrancaban lágrimas, y él vivía riéndose de todo, bien que sin estrépito. Yo le quise desde el colegio por su talento y su dulzura, y después le amé por sus inspiraciones y su gloria.

Pradilla era un hermoso joven, simpático en todo, de mediano valor y mediana capacidad, amable, cultísimo por carácter y con modales de dama. Después de salir de la Universidad se hizo querer de todos y en toda situación, pero nunca se hizo admirar por ningún acto ni obra. Fue siempre fino y consecuente con sus amigos, y habiendo nacido y criádose como conservador, vivió y murió como radical. Su vida fue suave para sus conciudadanos, y su muerte (acaecida en marzo de 1879) no causó gran sensación ni hizo ruido. Pradilla fue un contraste viviente: en su vida privada, un inmerecido y casi constante infortunio, de los más dolorosos que yo haya conocido; y en su vida pública, una serie incesante de fortunas extraordinarias. Excepto General y presidente, obtuvo todo lo que solicitó. Murió sin dejar ni un solo malqueriente ni una huella de gloria.

En otro lugar he publicado el boceto de Carlos Martin. Sólo añadiré algunos rasgos que le eran propios desde los claustros de San Bartolomé. Era macizo, muy robusto y esforzado, de talla a la más mediana, algo miope, rosado y carirredondo como una manzana, sumamente insinuante y de modales naturalmente agasajadores, y al propio tiempo dominante. Si por acaso se irritaba alguna vez, tenía la ventaja de no dejarlo conocer nunca. Desde el Colegio ponía de manifiesto su resuelto valor personal, su tendencia a ser siempre el jefe, el director o la cabeza de algo, y su actividad para obrar sobre el espíritu de los demás. Era, por su capacidad clarísima y suma sagacidad, muy buen estudiante, pero leía poco y carecía de laboriosidad para el trabajo intelectual. No poco aficionado era, desde entonces, a procurar imponer su opinión o su influencia, y dejaba conocer un espíritu ambicioso de popularidad y poder.

También he retratado con la pluma a Juan de Dios Restrepo. Era, desde muy joven, un filósofo desencantado, descontento de todo, un misántropo que andaba casi siempre solitario. Más le gustaba estudiar el derecho civil en Víctor Hugo que en don Juan Sala; la literatura era su única pasión en 1843, y se echaba de ver que su talento observador le conduciría a ser crítico muy notable. No tenía casi amigos, por su carácter entre tímido y huraño, pero se adivinaban en él un espíritu enérgico y un corazón apasionado.

Manuel Narváez era la dulzura misma: aire y acento casi femeninos, carácter pudibundo y del todo inofensivo, y espíritu muy claro. Era prodigiosamente aplicado al estudio y nadie aprendía mejor que él las conferencias de memoria. Todos le mirábamos con simpatía y sin asomo de rivalidad, y le estimábamos. Con el tiempo fue un excelente abogado, y siempre buen amigo, conservador en todos sentidos y en religión creyente y observante.

Murió no ha muchos años sinceramente lamentado por todos sus amigos y relacionados.

"Joaquín Pabló Posada, que a todos nos llamaba la atención por más de un motivo, era en San Bartolomé, si se me permite la expresión, una especialidad. Tenía todos los rasgos prominentes de la belleza física e intelectual, todas las condiciones propias de un ingenio sobresaliente, y también, por desgracia, todos los caracteres distintivos del calavera. En vez de estudiar con aplicación se lo pasaba improvisando o recitando versos, diciendo chistes muy agudos, relatando anécdotas saladas y burlándose de todos, porque su gran talento, que a todo se prestaba con maravillosa elasticidad, le permitía aprender las lecciones con solo una lectura, saliendo siempre del paso airosamente. Tenía felicísimas aptitudes para las matemáticas, lo mismo que para la poesía, y tanto para las lenguas y la gramática general como para las ciencias intelectuales y las políticas.

"Posada nos hacía pensar en Malek-Adel y en Mudarra a los que habíamos leído la Matilde o las Cruzadas y a los que leíamos por aquel tiempo el Moro Expósito. Su acento era una mezcla del cartagenero y el bogotano, pues tenía no poco del dejo cadencioso de los hijos de Calamar y de la energía y el tono serio del habla de los del Funza; pero en su fisonomía no sólo estaba impreso el sello de lo gallardamente andaluz, sino que se veía el tipo de una especie de árabe blanco o si se quiere, moro español. Frente magnífica, ojos admirables, nariz aguileña llena de energía, boca sensual y burlona, y todo, en el rostro y en el resuelto y franco ademán, propio para inspirar simpatía o recelo, amor o miedo, según que él fuese amigo o enemigo, que en todo caso lo era con lealtad y a cara descubierta. Su facilidad de palabra y de respuesta y réplica; la increíble prontitud y soltura con que discurría en prosa o improvisaba en verso, y la acerada agudeza de sus dichos, anunciaban que en él bullían el fuego y la chispa de un notabilísimo ingenio.

"Muy lógicamente vivió después Posada, según lo que en el colegio dejaba colegir para lo futuro: malgastando, dilapidando un valor de caballero Bayardo, una belleza y robustez físicas de primer orden, un talento poético maravilloso, y un vigor de carácter y caudal de aptitudes y conocimientos que, al ser bien empleados, hubieran dado los mejores frutos. La audacia era, desde el colegio, el rasgo más característico de Posada, y tánto, que aún para tener talento, agudeza y originalidad ha sido más audaz que nadie. Exagerando sus cualidades por intemperancia de aticismo, y poco favorecido por la suerte, vivió luchando con gran parte de la sociedad y con su propio destino; y, como todos los grandes calaveras, hizo cosas muy buenas y cosas muy malas; pero hizo todas sus calaveradas de poeta con talento y gracia, y fue para nuestra literatura una ingeniosísima especialidad. En sus luchas de ingenio hirió y golpeó a muchos, pero nunca a manosalva.

"No sé qué cosa, que el vulgo llama Destino y los creyentes llamamos Responsabilidad o Providencia, persiguió a Joaquín Pablo Posada, desde su infancia (que estuvo entregada a un abandono relativo), y su primera juventud (que acaso sobrellevó de buen humor su mala fortuna, riéndose del dolor, de los hombres y de sí mismo). Desde hacía muchos años, siendo joven aún, tenía el aspecto de un anciano decrépito. ¡Quién no hubiera deseado la mayor cordura y la más grande felicidad para un hombre de la gallarda valentía y el enorme talento de Joaquín Pablo Posada!

"Era original en todas sus cosas, uniendo a su clarísima inteligencia mucha agudeza y muy penetrante espíritu de observación y crítica; pero no tenía idealismo ni riqueza de imaginación, cualidades que se avienen mal con el genio burlón y epigramático. Por desgracia, su educación había sido mal dirigida, probablemente a causa de la separación forzosa a que le condenaba la carrera militar de su padre; desde niño había tenido hábitos de excesiva libertad, creciendo como uno de tantos árboles de nuestros huertos descuidados, que por falta de poda producen prematuramente frutos exuberantes pero de áspero sabor. Le había faltado la presión constante de una mano vigorosa que le formase el carácter en armonía con su gran talento, con su rica organización, su alma generosa y heroica, su aticismo espontáneo y privilegiado, su facilidad de lenguaje y otras dotes que le distinguían.

"Si hubiese tenido aquel carácter; si desde temprano hubiera sabido luchar dignamente con la pobreza y las dificultades de la vida, dominando la impetuosidad de sus pasiones, fácilmente hubiera podido ser un gran ciudadano y uno de nuestros más eminentes escritores. Pero arrastrado por la ligereza de su índole, cometió la grave falta de ponerse un día en lucha abierta con la sociedad, en vez de luchar consigo mismo. Así, solo se hizo notable por tres rasgos dominantes de su vida: su valor audaz e indomable, unido a cierta manera de generosidad belicosa y de hidalguía ruda y violenta; su ingenio admirable, como poeta satírico y jocoso, y aún como crítico burlón, lleno de agudeza, originalidad y maravillosa facilidad para versificar con maestría; y su desgracia permanente, implacable, que le persiguió y acosó en todas partes, sin que le valiesen sus días y años de expiación, ni sus actos de generosidad, ni las numerosas pruebas que dio de su temple vigoroso".

Un rasgo de Joaquín P. Posada, entre muchos que yo pudiera citar, manifiesta su carácter. En 1857 era todavía mi enemigo, o por lo menos malqueriente: en cierta ocasión en que se daba en Bogotá la quinta representación de mi comedia de costumbres intitulada: Un alcalde a la antigua, asistió al teatro y aplaudió la pieza con mucho entusiasmo. Súpelo al día siguiente, al tiempo que Posada, ponderando generosamente mi comedia, decía en una de las tiendas de la calle del Comercio: "Yo le daría los parabienes a Samper, si no temiese de su parte un desprecio, ultraje que nunca soporto. Por casualidad acerté a pasar por allí en aquel momento, y un amigo común (Ricardo Becerra) me refirió la especie; sin vacilar entré en la tienda consabida, y tendiendo la mano a mi antiguo enemigo, le dije: "Señor Posada, jamás desprecio a los hombres de corazón y de talento". Me abrió los brazos y me estrechó en ellos, con los ojos humedecidos... Después selló su reconciliación procurando estarme agradecido.

Pobre Joaquín! Al cabo de mil pruebas y amarguras, de cuarenta años de calaveradas, falleció en Barranquilla, en agosto de 1880, en las mayores congojas. Sea profundo el olvido de sus deslices, de parte de la posteridad, y durable el recuerdo de las pruebas que dio de su maravilloso ingenio!

Otro de los muy notables estudiantes que había en la Universidad era José María Rojas Garrido. Cuando entró en la clase de derecho romano tenía más de veintiún años, y había ejercido ya la abogacía empírica en el juzgado parroquial de Villavieja, su lugar natal. No sé por qué le hablan puesto el apodo de Guala, nombre de una de las variedades de nuestros gallinazos. Mostraba mucha afición a la poesía, porque tenía fuerte imaginación; pero aunque después hiciera buenos versos no podía ser verdadero poeta, porque le faltaba lo principal: corazón y conciencia. Así como hay tenores que cantan con voz de cabeza y no de pecho, Rojas Garrido tenía que ser un versificador o artista de mera voluntad y fantasía, que no de sentimiento y verdad, porque no sentía sus estrofas ni menos sus pensamientos.

Rojas había nacido para ser un consumado dialéctico, y por lo mismo, con suma facilidad, un sofista. Tenía clarísima capacidad, palabra muy fácil y florida, suma prontitud para la réplica, destreza para la argumentación, y tenacidad para buscar recursos de dialéctica que alucinaban, aunque no convencían. Pero rara vez era sincero en sus argumentos, y sabía disimular mucho lo que realmente sentía y creía. Tenía la vanidad de no dejarse arrastrar por ningún sentimentalismo; no creía que la conciencia significase nada; era incrédulo por ostentación de independencia de espíritu, y hacía alarde de profesar un raro cinismo intelectual.

Recuerdo que un día hubo en la clase de Derecho constitucional una discusión muy interesante sobre las ventajas y la necesidad del régimen representativo; y Rojas Garrido sostuvo la doctrina con tanto talento, tal brillo de elocución y tan irresistible fuerza, que todos consideramos como vencido al profesor, cuyas ideas eran casi contrarias al principio representativo y parlamentario. Al salir del aula, todos los condiscípulos felicitamos con entusiasmo al futuro orador y dialéctico, muy inclinado, es verdad, a hacer afirmaciones absolutas, dar por probado lo que debía probar, y complicar o embrollar la discusión con silogismos artificiosos.

Rojas Garrido, después de recibir muchos abrazos, mirándonos con aire malicioso y casi burlesco, y dejando vagar en los labios una sonrisa más que sardónica, como zumbona, nos dijo:

-Y qué! ¿Están pensando ustedes que todo lo que acabo de decir en la clase es verdad?

-Y cómo no! -respondimos varios.

-Bah! -replicó él-. Todas esas teorías son paparruchas.

-Paparruchas? -repuso alguno.

-Sin duda; y en prueba de ello voy a probarles a ustedes todo lo contrario de lo que acabo de sostener en la clase.

Y al efecto, al punto improvisó una brillante y diestra argumentación contra la teoría del gobierno representativo.

Mi condiscípulo S. C. R. y yo nos indignamos, y él, hablándome aparte, en tono muy severo y mostrando a Rojas Garrido, me dijo:

-Ese no tiene conciencia! Ese... ese va a ser un gran... cínico (el sustantivo fue peor).

¿Se habrá cumplido acaso la profecía?

Vuelvo a ocuparme de mí mismo, puesto que mi principal asunto es la historia de mi alma. Si ella ha sabido mantener el culto de la amistad, también conoció desde temprano el del amor. No hay  sentimiento que revele tanto a una alma su propia existencia y su índole, como el del amor. La vida moral es una iniciación de adorables misterios que proviene siempre de dos clases de mujeres: una, la madre, que hace adivinar y desear el bien; y otra, la amada, que hace palpitar, soñar y esperar...

A fines de noviembre de 1843 concurrí a los certámenes del colegio de La Merced: me interesaban mucho porque allí estaba mi hermana Agripina que hacía sus estudios. Tocóme el primer día tomar asiento detrás de la fila de señoritas alumnas que presentaban certamen, y por suerte, delante de mí, casi tocando yo el espaldar de su silla, estaba colocada una joven de catorce años, morena, de muy notable familia, pero que me era enteramente desconocida. Cuando a su vez hubo de ser interrogada sobre historia sagrada, el profesor fue haciéndola preguntas, y por el acento con que ella respondía comprendí que estaba muy turbada. Era en realidad muy tímida y la presencia de los espectadores la tenía toda cortada.

"¿Dónde se detuvo durante el diluvio universal el arca de Noé?" preguntó el examinador.

La señorita T** titubeó, se azoró mucho más, y como no contestaba pronto la dije en voz muy baja: "Sobre el monte Ararat". Repitió ella al punto la respuesta y salió del paso. Pero la hicieron otra pregunta, tomó ella a titubear y yo torné a soplarla la respuesta, con lo que el examinador, satisfecho, pasó a interrogar a otra de las alumnas. Un instante después la señorita T** volvió el rostro hacia mí para darme las gracias con una mirada llena de recato y gratitud. Aquella mirada salía de dos ojos pardos, grandes y hermosísimos, reveladores de una alma tímida y seria pero evidentemente sensible... Desde que sentí en el fondo de la mía la luz de aquella mirada... quedé seducido; y este amor, aunque fue un amor de muchacho, sin seria correspondencia ni lance alguno particular, sino bastante tonto de mi parte, fue el compañero íntimo de cuatro años de mi adolescencia y primera juventud, me hizo poeta, me hizo hombre y fue el germen de todos mis esfuerzos de aquel tiempo! Nada más diré de esta pasioncilla enteramente juvenil; que mil y mil consideraciones me obligan a ser discreto, dejando bajo la sombra del silencio lo que nació para fecundar mi alma y morir, sin dejar rastro alguno.

Solo haré notar un hecho importante. Aquel amor, inspirándome tendencias espirituales y artísticas y un fuerte sentimiento del honor, me preservó de corromperme; me apartó de muchos peligros que suelen ser escollo de la juventud; me movió al anhelo por la gloria y al deseo de hacerme amar sobresaliendo entre mi generación, y de procurar ilustrarme. Con todo, debo advertir que mis amores se parecieron mucho a las relaciones epistolares de cierto jefe del tiempo de la Independencia, que se jactaba mucho de "mantener frecuente correspondencia con el Libertador". El caso era que dicho jefe le dirigía muchas cartas a Bolívar, pero éste no se las contestaba. Yo nunca dirigí cartas, pero sí muy ardorosas miradas, y cada noche hacía algunos versos a mi "dulce tormento"; pero sospecho que jamás fui correspondido, y que mi amor fue más ilusión que realidad. Así y todo me hizo gran provecho, como escuela para mi alma.

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