VIDA LIBRE
El primer uso que hice de mi descanso, en 1847, fue la asidua concurrencia a las barras del Congreso, cuyas sesiones me interesaban mucho, mayormente cuando mi padre era entonces senador, por un período de cuatro años. Mi padre, lo repito, no tenía ilustración, pero sí clarísimo talento, mucha perspicacia y un honrado patriotismo que en las cosas públicas era su mejor base de criterio. Como liberal que era, votaba con los liberales en todos los asuntos de elecciones o de confianza política; pero procedía con mucha independencia en todas las cuestiones sobre gobierno y administración, votando con quien le parecía tener la razón. Jamás fue hombre de partido, y siempre procuró obrar conforme a lo que su conciencia le señalaba como justo o benéfico.
Esta manera de proceder en el senado granjeó a mi padre la estimación de sus colegas, y el general Mosquera le hizo significar que apreciaba mucho el apoyo que allí prestaba a las reformas propuestas por los secretarios de este sobre hacienda, mejoras materiales y otros ramos. Mosquera sabía sostener rumbosamente el tono de la presidencia de la república; y fuese por hábito de sociabilidad o por hacer sentir mejor su influencia, gustábale mucho rodearse de todos los hombres eminentes o notables del país y de otros que contribuyesen de algún modo a darle popularidad. Durante toda su vida soñó Mosquera con la popularidad, y esta versátil diosa de los políticos sin convicciones le inspiró la mayor parte de sus actos públicos.
Todos los sábados, y en mayor escala en las épocas de congreso, tenía el general Mosquera tertulias en el palacio presidencial, en las que principalmente se veía a los miembros de las cámaras, los periodistas y los altos empleados. No solamente invitó a mi padre, como era de regla, sino que le instó para que llevara a sus dos hijos residentes en Bogotá, -Miguel y yo-. Tratónos con mucha amabilidad, y aun nos hizo participar de las conversaciones relativas a la política del país y a las reformas que él había iniciado.
Seis hombres me llamaron particularmente la atención, aparte de Mosquera, en aquellas interesantes tertulias: Florentino González, grande espíritu y gran carácter, que era, como secretario de hacienda, el alma de la administración; el general París, siempre simpático, modesto y seriamente jovial, que solía jugar tresillo en alguna mesita; el doctor Mallarino, hombre cultísimo, brillante, y que hacía notabilísimo papel en las cámaras; José Eusebio Caro, cuya enorme frente estaba en armonía con su poderoso genio y enormísimo talento y cuyo adusto indicaba que con el alma de poeta se el espíritu del moralista y la rigidez del matemático; el doctor Manuel de Jesús Quijano, vigoroso orador y hombre de formas atléticas, hermoso y simpático; y Plácido Morales, tipo acabado del viejo cachaco y del cortesano siempre agudo y chistoso. En tanto que otros discurrían seriamente sobre la política, él resolvía todas las cuestiones con chistes, anécdotas originales y agudezas, y andaba de grupo en grupo amenizando la conversación. Varias veces ví también en las tertulías al doctor Aguilar . Quién hubiera dicho a estos dos hombres de tan distinto carácter cuando tomaban el té al lado de Mosquera le admiraban: "Ese general hoy día conservador será de aquí a muchos años dictador y jefe del partido liberal, y como tal, os enviará al patíbulo y os hará fusilar sin fórmula alguna al són del bambuco" Ah! si uno pudiera con tiempo adivinar quiénes han de ser sus victimarios!
Recuerdo que la primera ocasión en que concurrí a las tertulias del general Mosquera, me ocurrió un curioso caso de apretura, en el que fuí cortesano por la primera y última vez de mi vida. En cierto momento púseme a jugar unas partidas de ajedrez con el doctor Quijano. Ganóme la primera, le gané la segunda y en la tercera jugué de tal modo que el jaque-mate llegó a ser inevitable para él. En aquel momento se acercó a nuestra mesa el general Mosquera vio el juego y dijo:
-Doctor Quijano, se está usted dejando dar jaque-mate!
-Pues no veo modo ya de evitarlo, -dijo el robusto y talentoso payanés
-Oh! Yo tomaría sus piezas y lo evitaría, -repuso Mosquera
-Pues tómelas usted, Señor General,
-dijo Quijano con su habitual flema risueña.
El general tomó su puesto y movió una pieza. El juego estaba de modo que mi contrarío no podía hacer sino una de dos cosas: o rendirse de una vez, o sacrificar sucesivamente tres o cuatro piezas para tener luego que sufrir el mate. Púseme a pensar lo que haría. Mi juego consistía en mantener firmes dos peones que paralizaban el del contrarío, y obrar solamente con un alfil y dos caballos; pero de este modo el mate era inevitable, lo que no soportaría talvez la vanidad del general Mosquera, que se picaba de ser superior en todo y principalmente gran estratégico. Moví, pues, uno de mis peones esenciales para tomar la pieza que él me sacrificaba, y desde aquel momento abrí camino a la reina contraria y le facilité la defensa de su rey. Ello fue que a las cuatro o cinco jugadas el mate estuvo evitado, y que al fin se entabló la partida, quedando ambos solo con rey y reina.
Levantóse de la mesa muy orondo el general Mosquera, y cuando él se hubo apartado me dijo el doctor Quijano muy maliciosamente:
-Me parece que usted ha jugado más como cortesano que como ajedrecista, pues ha hecho todo lo posible por perder la partida.
-Ah! ¿y qué quería usted que yo hiciera? -repuse-. Si el general Mosquera hubiese perdido la partida, jamás me lo habría perdonado. No me conviene su malquerencia.
-Vamos! Pues por lo visto, ya usted conoce bien al general.
-Cómo no, si por ciertos aspectos es transparente!
El general Mosquera, en efecto, me tomó cariño, o al menos mostró algún interés por darme una posición, puesto que un día le dijo a mi padre:
"Señor Samper, deseo que su hijo José María haga carrera viajando, en lugar de quedarse en el país ejerciendo la abogacía y ocupándose en los trabajos de un ardoroso pero estéril periodismo. Estoy pronto a nombrarle oficial adjunto de una legación de primera clase que voy a enviar al Perú, confiada al doctor José Vicente Martínez, y cuyo secretario será el doctor Cerbeleón Pinzón". Mi padre le dio las gracias debidamente, y aceptó sub conditione. Era menester no solo que me agradase el empleo, sino también que yo tuviera garantías de correr buena suerte en tierras extranjeras.
Mi padre habló sobre el asunto con el doctor Martínez, que era su amigo, y este nos prometió con exquisita benevolencia que sería para mí como un padre, durante todo el viaje, y haría por mí cuanto pudiera; lo que me indujo a decir al general Mosquera que aceptaba el nombramiento. Pero en breve una circunstancia muy desgraciada frustró para mí aquel principio de carrera diplomática, Casi súbitamente, o apenas después de dos o tres días de enfermedad falleció el doctor Martínez, a la sazón presidente del senado, en el mes de marzo, y como yo no tenía, ni mi padre, relaciones algunas de amistad con el señor Juan de Francisco Martín, en quien recayó después el nombramiento de ministro, preferí no ir por entonces al Perú, y avisé al general Mosquera que podía disponer del empleo que me tenía ofrecido.
Profundamente sentida por toda ha sociedad culta fue la muerte del doctor Martínez, caballero muy distinguido, hermoso y gallardo como pocos y muy simpático y estimado. Se llegó a decir por muchos días que aquel hombre eminente había sido envenenado por los jesuítas, por cuanto apoyaba decididamente en el senado un proyecto de ley que ordenaba la expulsión de aquestos, medida muy discutida y ruidosa y que al cabo fue rechazada. Pero aquella especie carecía de todo fundamento, y en mi concepto fue una gratuita suposición de los más apasionados liberales, imbuídos en la idea de que los jesuitas no se paraban en medios para suprimir estorbos, según les había pintado Eugenio Sué en el Judío errante. Con igual interés qué al doctor Martínez habían podido envenenar a mi padre y otros senadores mucho menos importantes que aquel, partidarios, en mayoría en su cámara, de la expulsión; y sin embargo, ninguno tuvo la menor novedad.
Concluidos como estaban mis estudios de jurisprudencia, tuve muchos deseos de estudiar medicina en seguida. Por una parte, creía yo que esta profesión era más universal y segura como medio de ganarse uno la vida y una posición sólida, a más de ser un excelente recurso de familia para casos extraordinarios y un elemento sin igual para ejercer la caridad. Por otra parte, yo tenía la convicción de que no era posible ser buen abogado, sin conocer la fisiología, la patología y la medicina legal, ni hábil literato en muchos ramos, sin poseer también la anatomía y la fisiología, así como la botánica y la química, la patología y otras ciencias médicas. En mí sentir el literato y el artista, el médico y el abogado se completaban, y el que fuera las cuatro cosas a una vez podía ser un hombre eminente.
Pero mí padre rechazó mi súplica, y con razón, ya porque había gastado mucho en mi educación, ya porque me necesitaba en Honda para atender a sus negocios. Juntos, pues, nos alejamos de Bogotá, él a continuar su tranquila existencia de hombre laborioso y buen padre de familia, y yo a comenzar la práctica de la vida y el ejercicio activo de mi profesión. Torné, pues, a mi vieja ciudad, diciendo adiós a los goces juveniles que me habían hecho amar a Bogotá con profundo cariño. Era ya hombre por completo, cuando contaba apenas diez y nueve años y dos meses, tenía una profesión y carrera abierta, y en mi alma se abrían vastos horizontes. Iba a comenzar mi vida verdaderamente responsable: ¿cómo la conduciría? Grave problema que encerraba todo mi porvenir!
