EL PRIMER CADAVER
Yo no comprendía la muerte sino como la comprenden los niños; la pérdida del movimiento, sin angustias, ni dolor, ni agonía, ni significación moral alguna, ni renacimiento, ni inmortalidad; tal como aquéllos la ven en el insecto o inofensivo reptil que destrozan sin conciencia del mal, o en el pajarillo que hacen perecer con violentas caricias para jugar después enterrándolo. La idea de la muerte no se apodera del alma sino después de haber asaltado a ésta dos ideas preliminares: la del peligro, como cosa que puede tener consecuencias, y la del dolor, como hecho moral.
Yo ignoraba igualmente el peligro y el dolor moral, cuando vi alzarse delante de mí el primer sepulcro. Llegó ocasionalmente a mi ciudad natal el menor de mis numerosos tíos (don Silvestre), se alojó en casa, enfermó gravemente y a poco falleció. No tengo recuerdo alguno de su fisonomía, ni de su voz, ni su estatura, y mi memoria de su corta existencia casi se reduce a la memoria de su muerte.
Recuerdo que a eso de las siete de una noche muy oscura la casa se llenó de gente, y que lloraban mi padre, mi madre, dos de mis hermanos y los sirvientes. Muchísimas personas llegaron con cirios encendidos, y entre ellas figuraban el cura párroco, el sacristán y los acólitos, vestidos de negro y blanco y con cruz alta y ciriales. Sacaron de un aposento, donde había estado mi tío enfermo, un largo cajón forrado en género negro, y lo levantaron entre muchos para llevárselo en procesión. Alcancé a ver dentro del cajón el cuerpo inmóvil de mi tío Silvestre, y me pareció que estaba dormido, pero amarillento y desfigurado; tánto, que al verle así tuve miedo... Yo no lloraba porque no
sabía que hubiera motivo para ello, y si me afligía era sólo por el gran disgusto de que se llevaran de casa a mi tío, a quien había cobrado cariño, y porque veía que mis padres lloraban.
Al salir el séquito a la calle comenzaron a cantar de modo muy triste, diferente del canto que yo había oído en la iglesia cuando mi madre me llevaba a alguna fiesta solemne, como las de Corpus o Navidad. La música no era menos patética, y el silencio de los muchos que no cantaban era imponente... Yo contemplaba con una mezcla de cándida curiosidad y asombro la larga procesión que desfilaba lentamente... La calle quedó toda iluminada por las luces de más de doscientos cirios, y tal iluminación, lúgubre para cualquier hombre formado, sólo me pareció extraordinaria... Sus reflejos tenían no se qué de verde blanquecino que turbaba mis reducidas ideas sobre la luz. Jamás se ha borrado de mi mente el recuerdo de aquella extraña iluminación nocturna, medrosa por demás, y cuyo objeto no podía comprender.
Entramos todos en la iglesia (una negra esclava me llevaba de la mano) y me pareció sentir algo como un calor que enfriaba... La nave central y las dos laterales del templo, así como los bastiones y paredes en que se apoyan tomaron a mis ojos un aspecto tristísimo... Se me apretó el corazón, sin explicarme ni sospechar por qué, e instintivamente me arrimé lo más que pude a la criada que me acompañaba, cual si buscase un refugio. Al cabo la gente fue saliendo de la iglesia y ésta quedó desierta, con el ataúd cubierto, en el centro, y rodeado de hachones o grandes cirios encendidos.
-¿Y mí tío Silvestre? -pregunté a la criada sorprendido-; ¿no le vuelven a llevar a casa?
-No, mi amito: aquí le dejan -respondió ella.
-¿Así dormido?
-Si no está dormido, sino muerto!
-¿Y cómo es muerto?
-Ah! pues sin resuello ni vida!
La pobre negra era poco menos que yo incapaz para explicar la muerte.
Se apoderó de mí un miedo terrible, un verdadero terror, al ver que dejaban encerrado en la iglesia a mi pobre tío, enteramente solo y metido entre un cajón negro y tapado... Ay! cuántas veces no he tenido que pronunciar después en el curso de mi vida los nombres lúgubres que en 1834 ignoraba: muerte, cadáver, ataúd o féretro y sepulcro! y cuántas no he llorado sobre reliquias adoradas o preciosas.
Solamente recuerdo que torné a casa impresionado por extremo, queriendo llorar, aunque sin saber por qué, lleno de un vago espanto e impaciente por refugiarme en el regazo de mi madre.
-Mamá -díjela al llegar a casa-, ¿por qué han dejado a mi tío Silvestre encerrado en la iglesia? El no ha hecho nada malo.
-No, hijo mío. Dios se lo ha llevado.
-A dónde?
-Al cielo.
-¿Pero cómo puede subir al cielo, que es tan alto?
-Es el alma la que se va y sube; el cuerpo queda aquí.
-¿Vivo?
-No, muerto.
-¿Y qué hacen con él?
-Lo entierran en el cementerio en un sepulcro.
-¿Y el alma qué hará?
-Se estará con Dios.
-Pero, ¿qué es el alma?
-Hijo, creo que es la luz de Dios que ilumina al hombre y le da vida.
-¿Pero la vida no se acaba, pues, como la de mi tío Silvestre?
-La del cuerpo sí: la del alma no.
Quedéme perplejo sin comprender aquellas razones de mi madre, y ella me mandó luego que me acostara. Pero me fue imposible entrar siquiera en el dormitorio común mientras que no entrara y se acostara mí madre; y aún estando mí cama cerca de la suya no pude dormir en toda la noche. Veía en medio de las sombras, -no obstante la lamparilla cuya luz titilaba dentro de un opaco velador-, todas las cosas que me habían impresionado; y me parecía que mí tío, tan afectuoso hasta pocos días antes, alargaba una mano para asirme y acostarme junto con él en su ataúd...
No puedo dar idea de lo que luego sucedió en mi espíritu, ni cómo se fueron desarrollando mis ideas. Ello fue que, viendo a mis padres serios, tristes y vestidos de negro, y notando que mí tío no volvía del cementerio (a donde mi madre no me permitió ir), comencé a cavilar en lo que sería la muerte, que no comprendía. Al cabo, por entonces, imaginé que era simplemente un viaje muy largo y extraordinario que afligía mucho a los parientes que se quedaban; pero no pude comprender lo del alma que se desprendía del cuerpo y se volvía a buscar a Dios en el cielo... Cuando, mucho tiempo después, leí la biografía del sabio Francisco José de Caldas, la o larga y negra, partida que dejó pintada como un adiós al mundo en la pared de su calabozo, me explicó, cual clave admirable digna de un genio inmortal, lo que era en realidad la muerte... Una larga partida.., pero de regreso a la patria nativa del alma![1].
Es lo cierto que algún tiempo después del fallecimiento de mi tío tuve miedo a la muerte; mas no aquel temor saludable que indica la conciencia de los altos fines de la vida, y la luz de una fe religiosa bien formada, sino aquel terror momentáneo y cobarde que se llama espanto y se alimenta con preocupaciones, como los cuentos de ánimas errantes y de aparecidos. Al cabo la experiencia me ha hecho saber que el temor cerval de la muerte, el miedo, sólo se apodera de las conciencias perturbadas por el delito o de las almas descreídas que temen perderlo todo al fallecer para el mundo; y he podido observar que los hombres de estas categorías se parecen mucho, cuando piensan en la muerte, a los muchachos de ocho a diez años. Se llenan de miedo, porque no tienen idea clara de la esperanza, o de lo que habrá para el alma después de la existencia en la tierra.
Como quiera, la impresión que causó en mi alma la vista del primer cadáver y el primer entierro fue profunda, si bien indefinible para los pocos alcances de mi inteligencia infantil. Desde el fallecimiento de mi tío tuve horror a la muerte de todo sér humano, y cada día cavilaba más y más sobre lo que era en realidad este hecho. Andando el tiempo, hube de familiarizarme con la final tragedia de la vida, contemplada en muchas personas, algunas ¡ay! pedazos de mi corazón... y siempre he hallado en todo cadáver la más solemne enseñanza. Aquella inmovilidad, después de tanta agitación; aquella fealdad sublime, después de tanta vanidad por la hermosura del cuerpo; aquella putrefacción que comienza en la materia junto con la ausencia silenciosa del alma; aquel silencio eterno de lo que ha hecho tanto ruido; en fin, aquella nada física y social que sucede a la orgullosa confianza en lo mucho de la vida, ¿no son pruebas patentes de la impotencia del hombre para resolver los problemas relativos al eterno pasado y al eterno futuro?
Por mí sé decir que, desde la infancia, nada ha educado tanto mí alma, mi vida moral e intelectual, como el espectáculo de la muerte!
[1] |
Muchos compatriotas recuerdan que el inmortal Caldas, ejecutado por orden de Morillo en 1816, dejó pintada en una pared de su calabozo, a manera de jeroglífico fúnebre y exclamación final, una o muy larga, negra y partida por la mitad, cuya traducción, alusiva a su muerte, era: "Oh larga y negra partida!". |
