CONTINUACION DEL ANTERIOR
Mi vida era modesta y yo gastaba poco y economizaba mucho. ¿Por qué y para qué? Me parecía que teniendo dos sueldos que me producían cosa de ciento cuarenta pesos mensuales, y no teniendo obligaciones de familia, estaba moralmente obligado, después de atendidas mis necesidades, a gastar el sobrante en bien de la patria; y como para mí el bien de la patria consistía en la realización del programa liberal, me apliqué por mi parte a este fin y dediqué a él todos mis ahorros. De ahí el haber fundado el Sur-Americano, periódico semanal primero y después bisemanal, que sostuve yo solo con mi pluma y mis recursos personales. A fin de darle toda la variedad posible, lo compuse de ocho o nueve secciones, y excepto las de anuncios, remitidos y noticias extranjeras yo escribía todas las demás. Desde un principio di mi nombre al público, asumiendo toda la responsabilidad, y para que los lectores creyeran que se les servían platos de diversas cocinas, yo firmaba con muy distintos pseudónimos el folletín, las variedades, la crónica interior, los artículos de fondo, los de costumbres y crítica, y otras secciones. Esta misma operación me ha servido en varias épocas para amenizar los muchos periódicos que he redactado, así en Bogotá como en Lima; y digo amenizar, porque el común de los lectores de periódicos se fijan menos en el estilo que en el nombre que suscribe cada artículo.
Cuando empecé a publicar mi periódico (cuyos productos, por cierto, se volvieron cuentas y embrollos en manos de ciertos agentes) la actividad y laboriosidad de mi vida eran verdaderamente prodigiosas. Yo despachaba con tal acuciosidad mi oficina en secretaría de hacienda, que siempre la dejaba al corriente con el día, y frecuentemente faltaba tiempo al doctor Murillo para firmar oportunamente las resoluciones que yo le proponía; servía mis cátedras con rígida puntualidad, siendo muy querido de mis discípulos; hacía mis clases gratuitas en la Democrática, en dos noches de cada semana, y nunca faltaba a sus sesiones ordinarias; concurría asiduamente a todas las tenidas de la Logia; visitaba todas las tardes a Elvira, haciéndola en regla mi corte de aspirante in pectore a marido; jamás faltaba al teatro los jueves y domingos; concurría a bailes y tertulias, juntas políticas, etc.; cultivaba todas mis relaciones, y aun me sobraba tiempo para escribir dramas y ensayos novelescos, poesías y otros trabajos literarios.
Mi método de enseñanza en la universidad era sencillo. No había texto alguno, porque se habían agotado las ediciones de los más apropiados que se conocían: el tratado de Ciencia constitucional del doctor Pinzón y el de Ciencia administrativa del doctor González. Tanto por esta circunstancia como por convicción de que los textos de enseñanza por lo común disuaden al estudiante de buscar la verdad donde quiera que esté y le estrechan el horizonte de sus estudios e indagaciones, preferí dictar lecciones orales, que iba escribiendo rara redactar un curso de Ciencia constitucional; y entre tanto compuse un laborioso "Cuadro sinóptico" para facilitar la fijación de las ideas, que contenía toda la sustancia de la materia. Mi propósito era obligar a los alumnos a prestar atención y a pensar, y evitar que aplicasen a estériles trabajos de la memoria las facultades que debían dedicar a la reflexión, la meditación, el esfuerzo lógico y la discusión crítica. Con este sistema, mis discípulos (que escribían el resumen de mis lecciones, redactándolo como mejor podían) no poseían texto alguno; pero comprendían claramente los principios científicos, aprendían a pensar con método y a discurrir y discutir, y podían luego adquirir por sí solos todos los conocimientos necesarios.
Yo era miembro de la junta de inspección y gobierno de la universidad, a quien incumbía nombrar los catedráticos suplentes para casos accidentales. Me ocurrió hacer nombrar suplente mío a uno de mis discípulos, y propuse al joven Aníbal Galindo, a quien particularmente distinguía. Mi noble objeto era procurar a este joven un medio de abrirse camino y hacer conocer su talento, y fomentar entre los alumnos una saludable emulación. Tres o cuatro veces me fingí indispuesto, y avisaba con anticipación a Galindo: "Mañana hará usted la clase porque estaré enfermo". Llegó un tiempo, muchos años después (1875) en que un presidente de la república a cuya elevación contribuí mucho, me privó de otra cátedra (la de economía política), quedando yo suplantado por mi antiguo discípulo; así como me ha sucedido que han vuelto su pluma contra mí para injuriarme jóvenes a quienes, siendo yo redactor de varios periódicos, les lavé la ropa sucia enseñándoles casi a escribir y rehaciéndoles sus escritos o composiciones de novicios. Con todo, no me pesa el bien que les hice, y sí pudieran presentarse análogas situaciones haría otro tanto.
Otro objeto que por aquel tiempo llamaba mucho la atención eran los conciertos filarmónicos, magníficos entonces en Bogotá y no poco numerosos. Yo era entusiasta por la música, y tenía un gusto natural que me ha servido y he logrado educar, no obstante mi completa ignorancia del arte musical. Persuadido de que no tenía dedos para guitarrista ni boca para flautista, desde 1845 había renunciado por completo al manejo de cualquier instrumento material, reduciéndome a "pulsar la lira" mentalmente, como decimos los poetas; y al cabo olvidé toda noción teórica sobre claves y diapasones, fusas y corcheas, a tal punto que apenas distingo los tonos menores de los mayores. Tengo, con todo, memoria musical, y retengo en la mente todos los trozos de ópera y demás piezas que me gustan.
Estaba muy en boga en 1850 la Sociedad Filarmónica, y yo era miembro de ella y asistía a todos sus conciertos, que eran muy concurridos, reuniéndose en ellos lo más brillante y distinguido de la sociedad bogotana.
Pero mucho más gozaba yo con los deliciosos conciertos de don Nicolás Quevedo, venezolano por los cuatro costados y gran maestro de música. Su familia era toda de artistas y muy interesante y simpática, y él, apasionado en el arte como nadie, a más de su gran concierto del 28 de octubre, día de San Simón, dado todos los años en honor de la memoria del Libertador, obsequiaba frecuentemente a sus amigos y amigas con muy agradables conciertos privados que llamaba siempre ensayos. Era supremamente intolerante de todo ruido que pudiera distraer la atención aun respecto de la más insignificante nota, y rígido en la ejecución de sus programas; y su mayor empeño era hacer de Margarita, su hija mayor, una insigne cantatriz de salón, y de su hijo mayor, Julio, un músico eminente.
Margarita, grande amiga de Elvira, y yo, nos tratábamos con mucha cordialidad, y yo la estimaba y distinguía como a mujer, tanto como la admiraba y aplaudía como a una artista encantadora. Era una joven lozana y esbelta, de rostro pálido y algunas facciones defectuosas (la frente y la nariz), pero de muy hermoso conjunto. Tenía magníficos ojos, linda boca, cuello primoroso, manos que parecían de nardos y cuerpo elegantísimo; pero al cantar era más que hermosa, era divina. Su admirable voz de mezzo soprano, que muchas veces se levantaba a las vigorosas notas del contralto, vibraba como una arpa de metal, y al ver su actitud cuando cantaba y las palpitaciones de su virgíneo seno, se adivinaba que su alma era toda de artista y había en ella toda la belleza de un elevado ideal. Por lo demás, Margarita era bastante instruida, sobre todo en botánica (aparte de la música y el canto), bailaba con majestad y donaire y conversaba deliciosamente, mostrándose siempre tal cual era: sencilla, bondadosa y modesta. Por eso era uno de los diamantes de la sociedad bogotana.
Julio, simpático por su dulzura y humildad de carácter y por su enfermedad natural (había nacido deforme de ambos pies, o chapín como dicen en Colombia), era un verdadero genio. Vestido comúnmente de blusa de bayeta, concentrado en su inspiración íntima, hablaba poco y andaba siempre cabizbajo y melancólico. Debía de sentir un gran dolor secreto al comprender que, si con su violín, su violoncelo o su corneta de pintón seducía, encantaba, hacía llorar o reír y arrancaba entusiásticos aplausos a las más bellas mujeres, su extrema pobreza personal, su cuerpo desairado y sus pies de pateta le cerraban el camino del amor...! Tener gran genio y no poder amar ni ser amado; ser capaz de producir en las demás almas la divina llama del amor, y estar condenado a privarse de su resplandeciente luz, y su calor vivificante! Oh! la fábula antigua no inventó ningún tormento como aqueste! Y Julio tenía gran genio. Se veía en su mirada algo como el reflejo y la titilación del fuego interior que en él bullía; y siendo tan joven, un adolescente, era ya un artista notable y manejaba cuatro instrumentos muy difíciles. Después ha figurado como compositor, constante profesor de música y director de orquesta, y ha sido muy desgraciado ... Ninguno más merecedor que Julio Quevedo de ser feliz!
Al mudar de alojamiento, en 1849, tuve la fortuna de encontrar, en vivienda contigua a la mía, un compañero con quien no contaba. Era este caballero un personaje político, al propio tiempo que un hombre distinguido por su porte, educación y, maneras, respetable por su ilustración y talentos y simpático por su conversación, rara mezcla de sencillez y compostura. Había sido el fundador y redactor de El Neo-Granadino y creador de la mejor imprenta del país, por lo que yo le conocía desde 1848, bien que no había trabado amistad con él, y cuando fuimos vecinos de vivienda o compañeros de hotel servía la dirección general de rentas. Eramos, pues, en cierto modo, compañeros también en la secretaría de hacienda y asimismo colegas de profesorado en la universidad, donde él desempeñaba la cátedra de Derecho internacional. Se comprenderá que aludo al doctor Manuel Ancízar. Nuestras relaciones se fueron estrechando cada día más, y vivimos juntos hasta mediados de 1850, época en que el gobierno le comprometió a ser el primer colaborador de Codazzi en la Comisión Corográfica.
Codazzi (entonces coronel), de origen piamontés, había combatido por nuestra causa en la guerra de la Independencia, y después fijado su domicilio en Venezuela, donde, como ingeniero, había ejecutado grandes trabajos geodésicos y topográficos. El general Mosquera le llamó a Nueva Granada para que hiciera aquí otro tanto, o más, si era posible. El coronel Codazzi, que era grande amigo de Ancízar, iba con frecuencia a visitarle, y esto me dio ocasión para relacionarme con él. De su dialecto piamontés, mezclado con el castellano, había hecho él una lengua especial y muy crespa que costaba trabajo entenderle; pero así y todo su conversación era agradable, porque él hablaba siempre con animación y franqueza, tratando con jovialidad las cuestiones más áridas de ingeniería y geografía. Tenía gran pasión por las ciencias, amaba a estas repúblicas como a su patria, y su mayor felicidad era andar por riscos y montañas descubriendo nuevas comarcas, describiéndolas y fijando alturas, distancias, grados de temperatura, etc. Su régimen de vida era tan sobrio como frugal y en sus viajes casi se conformaba con tomar café negro sin dulce y agua de panela. Por defectuosos e incompletos que fuesen a la postre los trabajos de Codazzi, a causa de las enormes dificultades materiales que embarazaban toda obra de corografía, la de aquel benemérito fue inmensa y de gran provecho para el país. Por lo menos dio clara idea de la composición, forma y extensión generales de nuestro territorio, y dejó echadas las bases para completar nuestra cartografía, cuando lo permitan mayores recursos, con trabajos más rigurosamente científicos y acabados.
Uno de los sucesos importantes que dimanaron de la administración del general López fue el regreso del general Obando al país. Mosquera, implacable en su persecución, no había querido tener la gloria de mostrarse generoso por completo, y tenía excluido a Obando de todo indulto político o amnistía. López, al encargarse del gobierno ejecutivo, se apresuró a revocar el ostracismo de cuantos ciudadanos permanecían proscritos; y algunos meses después pudo el desgraciado Obando emprender desde Lima su viaje de regreso, al cabo de ocho años de proscripción. Bien que el personal del partido liberal se había modificado mucho, engrosándose con gran número de jóvenes de talento y faltando ya muchos liberales importantes que habían fallecido, y no obstante el nuevo giro que tomaba el liberalismo, con muy marcadas tendencias civiles y radicales, Obando era todavía una especie de ídolo político y de caudillo militar, particularmente para las muchedumbres democráticas. Su recepción en Bogotá fue entusiástica y espléndida, y el partido liberal creyó haber recobrado con él su principal espada.
Los jóvenes que no le conocían, así como los que solamente le habíamos conocido de vista hasta 1839, corrimos a rodearle, tanto por curiosidad y por indemnizarle algo de sus sufrimientos, con nuestro afecto, como porque deseábamos ver de cerca aquel mito de nuestra política y comprenderle y valuar su verdadera importancia. Por mi parte, no tardé mucho en formar mi opinión. Desde luego el resultado de mis impresiones fue este: quererle por sus cualidades personales, su abnegación y los grandes dolores que había sufrido, y perder casi toda ilusión en lo tocante al personaje político. El hombre me pareció bueno, excelente, y el político muy mediano. No descubrí que tuviera un ideal político ni clara comprensión de los problemas sociales; me pareció gran guerrillero, pero no militar eminente, y no hallé en su carácter y su espíritu las fuerzas necesarias al hombre de estado. Los acontecimientos no tardaron mucho en justificar los conceptos que formé, poniendo de manifiesto que Obando, muy inferior a su buena y mala reputación (según las pasiones de los partidos) no tema aptitudes para gobernante.
Estaba reunido el congreso de 1850 y la cuestión de los jesuítas era el asunto que más ardientemente apasionaba los ánimos. Yo había hecho de esta cuestión mi delenda est Carthago, y en cada número de El Sur-Americano reclamaba el cumplimiento del programa liberal, entre cuyos párrafos figuraba, como uno de los principales, la promesa de la expulsión de la Compañía de Jesús. No había mayoría liberal en una de las cámaras, porque sus miembros habían sido elegidos en 1848, y se hacía suma resistencia a muchos proyectos de reformas, con lo que se paralizaba en gran parte la acción del gobierno. De esta difícil situación resultó la imposibilidad de dar una ley sobre expulsión de los jesuitas que revocase la de 1842, la cual habla autorizado implícitamente su introducción oficial en el país. Los liberales creyeron entonces que era llegado el caso de que el poder ejecutivo decretase la expulsión; pero el general López tenía grandes escrúpulos de legalidad y de principios constitucionales. El creía que de una república nadie podía ser expulsado sin fórmula de juicio, y que todas nuestras constituciones habían autorizado la libre residencia de todo extranjero en el país; y por lo mismo, no reconocía la vigencia sofística de la famosa pragmática de Carlos III de España.
Para vencer esta repugnancia del honrado general López, los antijesuítas, apasionados por extremo en esta y otras cuestiones, apelamos a todos los recursos que la política nos ofrecía: exigencias de los miembros del congreso y de algunos del ministerio, sobre todo Murillo y Paredes; peticiones de las Democráticas; acción enérgica de la prensa y presión de los francmasones. Era ésta una verdadera conjuración de poderes contra la Compañía de Jesús, considerada como el más poderoso auxiliar de la tremenda oposición que el partido conservador hacía al gobierno, oposición iniciada desde el día siguiente al de la elección del general López.
Un día salió El Sur-Americano más violento que nunca en lo tocante a los jesuitas, reclamando como urgente la expulsión, y pocas horas después el general López me mandó llamar al palacio presidencial. Recibióme con cariño y consideración como siempre, pero se mostró muy afectado, diciéndome que ya mis editoriales sobre los jesuítas rayaban en oposición y le hacían daño, porque comenzaban a desprestigiar al gobierno.
-Señor general, -le dije-. Yo no puedo escribir de otro modo, porque la cuestión es de honor y vida o muerte para el partido liberal.
-Sin embargo, podría usted, -me observó-, tratar el asunto con cierta reserva y diplomacia...
-No acierto a distinguir el tono diplomático del patriótico, y...
-Oh! oh! Estoy exasperado con estas cosas!
-interrumpió el general, que era bastante irascible.
-Si así es, señor general, lo siento vivamente por la mortificación que usted pueda sufrir; mas siendo yo un empleado del gobierno y no pudiendo modificar mis opiniones, pongo a la disposición de usted el empleo y las cátedras que sirvo.
-Vamos! No se trata de eso, doctor. Yo estimo mucho el carácter de usted y respeto la independencia de sus ideas, por lo que sus escritos en nada pueden afectar su posición oficial. Lo que deseo es... que se trate la cuestión con más calma y se deje tiempo al gobierno para considerar el asunto, preverlo todo y allanar inconvenientes.
-Lo comprendo. Pero usted mismo, señor general, ¿no compromete su popularidad con la demora en la adopción de una medida tan cardinal, que usted prometió tomar cuando aceptó el programa de su candidatura?
-Sin duda. Tengo empeñada mi palabra, y sinceramente deseo cumplirla. Pero también tengo escrúpulos muy fundados que nadie hasta ahora ha desvanecido.
-Ya no es tiempo, señor general, -repuse-, de considerar escrúpulos, porque las cosas están muy adelantadas.
-Es verdad ¿ Pero no me arrebatan ustedes el mérito de la libertad y espontaneidad de resolución, ejerciendo todos sobre el gobierno una presión pública y vehemente?
-Reconozco que hay en esto alguna razón. Pero también hay que reconocer que la oposición nos ataca de tal modo, y nos arroja el guante con tanta audacia, que para contenerla necesitamos darle el golpe político más terrible: la expulsión de sus jesuítas.
-Bien! bien! Esto tendrá que suceder. Creen que les tengo miedo y se equivocan. Yo no temo a la oposición, sino a mi conciencia, a la ley, a la opinión y a la historia![1]
-¿Es decir que podemos contar con el decreto de expulsión?
-Sí; solamente necesito un plazo de dos meses para obrar y combinar las cosas con libertad y calma.
-Pues cuente usted, señor general, -le dije-, con la reserva y diplomacia que me ha exigido.
-Muy bien, mi amigo.
Nos separamos, y desde el siguiente número El Sur-Americano habló con cierta reserva y se mostró mucho menos impaciente. Al punto dijo alguien, bajo el anónimo, en el Día: "El presidente le ha tapado la boca al redactor de El Sur-Americano, acaso echándole alguna ruda reprimenda...". Pero. otro escritor, que conocía mi carácter, dijo en otro periódico: "Cuando aquel periodista se aplaca y guarda reserva, es porque cuenta con promesas formales que le han dejado satisfecho..." Y en efecto, dos semanas después (como en seguida lo relataré) recibí la prueba inequívoca de la abnegación con que el general López se sacrificaba por cumplir con su palabra.
En efecto, una mañana fue a casa un criado a llamarme de parte del doctor Murillo, quien en aquellos días estaba accidentalmente encargado de la secretaría de gobierno. A poco de estar yo en casa de Murillo llegó también Salvador Camacho Roldán, subdirector de rentas en la secretaría de hacienda. Murillo nos explicó el motivo de su llamamiento diciéndonos:
"Se trata del más grave y delicado asunto de nuestra política, y solo a ustedes puedo confiar una tarea que durará todo el día. El gobierno ha resuelto que la expulsión de los jesuitas se verifique el 20 de mayo próximo, simultáneamente en Bogotá, Popayán, Medellín y demás puntos donde ellos residen, y para obrar con unidad y vigor es necesario enviar desde ahora todas las instrucciones necesarias a los agentes que en diversos lugares deben ejecutar el decreto. Este es el trabajo que quiero encomendar a la inteligencia y discreción de ustedes".
Aceptada como fue por Camacho y yo aquella comisión, el doctor Murillo nos dio sus instrucciones verbales y al punto, encerrándonos en un cuarto, nos pusimos a trabajar. Por la tarde teníamos ya redactadas cosa de quince comunicaciones con todas las órdenes del caso, previniéndolo todo, y también de nuestro puño y letra dejamos copias de todos los oficios en un libro especial que se mantuvo secreto. El doctor Murillo los firmó todos, y al día siguiente fueron despachados por la posta.
Mas no participa impunemente de combinaciones de estado secretas un hombre ingenuo y comunicativo como yo. Por la noche fui al teatro, y mis amigos me decían, notando mi semblante satisfecho: "¿Qué te ha acontecido que tienes como un aire de pascua?" Yo disimulaba cuanto podía mis sentimientos en aquella situación: me propuse echarme candado en la boca, por decirlo así, y durante un mes sufrí una especie de tortura, a causa del secreto que guardaba sobre un, asunto que en opuestos sentidos apasionaba al país entero y le tenía en ansiosa expectativa.
Al cabo llegó el 20 de mayo y se publicó en Bogotá el decreto de expulsión. Camacho y yo habíamos sido designados por el general Mantilla, gobernador de la provincia de Bogotá, para acompañar como testigos a su secretario, doctor Januario Salgar, cuando este fuera a notificar el decreto al superior de los jesuitas. Al bajar la escalera de la casa consistorial (donde estaba entonces instalada la gobernación, así como la Democrática) subía el doctor Carlos Martín. Preguntónos a dónde íbamos, y al enterarle del objeto, nos dijo que si no había inconveniente él se asociaba a nosotros en calidad también de testigo, y en efecto nos acampaño.
Pocos minutos después golpeábamos a la puerta del antiguo seminario, donde los jesuítas tenían su colegio y habitaciones. Nos introdujeron a lo largo del oscuro corredor de la planta baja, y nos rogó el introductor, un novicio, que aguardásemos en un cuartito, -especie de celda de recibo, situada junto al descanso de la escalera, en el primer piso-. A poco se presentó el superior (no recuerdo bien silo era entonces el padre Gil o un padre García) y nos trató con mucha amabilidad y cortesía.
-Venimos a cumplir con una penosa comisión... -dijo el doctor Salgar.
-Ah! sí; ¿lo del decreto?
-Precisamente.
-Yo lo aguardaba.
-Tanto mejor, -repuso Salgar-. Así nos ahorramos la pena de causar a usted y a sus compañeros una sorpresa desagradable.
Y una sonrisa de Salgar y otra del jesuíta se cruzaron, como para decirse:
-Nos entendemos.
Se leyó el decreto y se hizo la notificación en regla, que fue firmada por todos.
-Con que nos expulsa el gobierno... -dijo el jesuíta con aire medio festivo-. ¿Pero de qué suerte le hemos ofendido?
-Ese es punto que no estoy encargado de discutir-, contestó Salgar con flema.
-Pero al menos... -añadió el padre-, nos concederá el gobierno un plazo para preparar el viaje?
-Todo está preparado, -respondió Salgar- y el decreto debe ser ejecutado mañana mismo.
-Oh! oh! Pero si tenemos algunos hermanos que no están en capacidad de emprender a pie una marcha penosa...
-Todos ustedes irán a caballo y serán tratados con las mayores consideraciones.
-Pero tenemos mucho equipaje de libros, ropa y demás objetos de nuestro servicio.
-Pueden ustedes arreglarlo, pues para todo él habrá mulas.
Con esto nos despedimos, haciéndonos recíprocamente muchas cortesías.
A la noche siguiente salieron de Bogotá los jesuítas, sin que ocurriera novedad alguna, y pocos días después fueron embarcados en Honda, donde el jefe político les proporcionó todas las comodidades posibles. Al mismo tiempo se ejecutaba en toda la república el decreto de expulsión, sin que ocurriera ningún conflicto.
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Puedo afirmar que estas palabras son textuales. |
