VARIOS EPISODIOS GRAVES O CURIOSOS


 

 

Muchos y notables episodios marcaron la actividad de mi vida, a más de los que llevo relatados, durante el año de 1850, y a ellos están ligados los nombres de sujetos que han hecho en el país muy considerable papel, en un campo u otro, tales como Murillo, Fernández Madrid, Caro, Florentino González, Madiedo y otros.

Promediaba el año y se acercaba el día de la reunión de las asambleas electorales, a quienes incumbía, conforme a la constitución vigente (la de 1843) elegir los representantes al congreso, y una noche, hallándome en el teatro y de visita en el palco del general López, entró el doctor Murillo y un momento después me llamó aparte y me dijo:

-Se pierde la elección de representantes por la provincia de Bogotá.

-¿Y por qué se pierde? ¿No tenemos, pues, mayoría? -le pregunté.

-Sin duda. Pero nuestros electores han sido engañados con listas falsas y están divididos, mientras que los contrarios obran en perfecto acuerdo.

-¿Y cómo podrá remediarse el mal, si pasado mañana se hará la elección y no hay tiempo ya para uniformar la votación?

-Usted puede remedirlo todo.

-¿Yo? No comprendo...

-La asamblea de Guaduas es la más considerable: se compone de 29 electores, de los cuales solo uno es de la oposición. Si usted llega a Guaduas a tiempo para hablar con los electores y hacerles ver cuál es la verdadera lista liberal, estoy seguro de que se compactarán, y triunfaremos.

-La cosa es poco menos que imposible, -repuse-: El camino está infernal, no  tengo bestias listas y mañana en doce horas no podré hacer la jornada, que es de diez y siete leguas endiabladas en fangales, atolladeros y barrancos.

-La cuestión no es de irse mañana, sino esta noche. Si usted hace este sacrificio en bien de la causa, yo le conseguiré bestias, y luego la licencia para ausentarse por cinco días.

-Estoy pronto a partir.

Inmediatamente el doctor Murillo hizo llamar a su grande amigo don Eustacio Latorre, hacendado de muchos recursos, y le dijo:

-Necesito para el amigo Samper dos bestias superiores, una que esté a la puerta de su casa dentro de una hora, y otra que ha de recibir en el Aserradero. Es cuestión de partido y de gobierno, así como de amistad.

-Doctor Samper, -me dijo don Eustacio,

-cuente usted con las bestias.

-Entonces.., adiós! -repuse-. Dejo el teatro y me voy a preparar mi maleta

Una hora después, a eso de media noche, estuvo el caballo listo a la puerta de mi casa, y me entregaron una orden para recibir otro de repuesto. La noche estaba muy oscura y el camino abominable; pero me amaneció en el alto del Roble, y a las cinco de la tarde estuve en Guaduas. No habían pasado tres horas cuando ya había hablado yo con todos los electores liberales. Al día siguiente se reunió la asamblea, y resultaron cerrados, con sorpresa de los contrarios, 28 votos por los candidatos que el gobierno deseaba fuesen preferidos. Merced a mi actividad, que secundaba la de Murillo, fueron elegidos representantes los señores Pedro Fernández Madrid, Lorenzo María Lleras, José Caicedo Rojas y Carlos Martín.

Y son de notar algunas circunstancias curiosas: andando el tiempo, todos fuimos adversarios de Murillo; Fernández Madrid y Caicedo Rojas se afiliaron, años después, en el partido conservador, y yo mismo vine a ser una de las víctimas del partido liberal, por cuyo triunfo hice tantos esfuerzos y tan prolongados sacrificios.

Por aquel tiempo estaba sobre la carpeta de la política una cuestión que apasionaba mucho los ánimos y tenía al gobierno intranquilo: era la cuestión llamada del "alza de derechos". Pretendían los artesanos (y los más vehementes en sus exigencias eran los de Bogotá) que se alzasen de tal modo los derechos sobre los artículos extranjeros de consumo llamados artefactos, tales como el calzado, las sillas de montar, los productos de herrería, las obras de sastrería, etc., que la industria nacional recibiese una protección eficaz, en términos de dar a la incapacidad fabril de nuestros artesanos los medios de luchar ventajosamente con la producción extranjera. Todos los jóvenes que habíamos estudiado la economía política, y muchos que pensaban guiados por el simple sentido común, éramos adversos al alza de derechos, y yo la combatía en El Sur-Americano, como medida injusta y perniciosa, en tanto cuanto la protección pudiera encarecer los consumos y volverse casi prohibitiva.

Un día hubo en la Democrática sesión extraordinaria convocada para resolver si se firmaba una petición al congreso en el sentido de exigir un alza fuerte de derechos. Concurrí a la sesión, encontré reunidos más de 300 miembros, y al punto comprendí que los artesanos estaban muy fuertemente apasionados y no entendían palabra del asunto. Pedí la palabra, subí a la tribuna y expuse con claridad los fenómenos de reciprocidad que enlazaban estrechamente la producción y el consumo de la riqueza. Hice ver que cada individuo era productor de una sola cosa y consumidor de muchísimas, y que en una y otra situación estaba sujeto a la ley inevitable de la competencia. Demostré que habiendo en el país muchos productos fabriles, tales como mantas, lienzos, ruanas y otros tejidos, sombreros de paja, cueros curtidos, licores, etc., etc., sería monstruosamente injusto que no se extendiese a todos los productores de estos artículos la protección que se exigía para los simples "artefactos" designados por los artesanos, es decir, artículos de zapatería, sastrería, talabartería, carpintería y herrería. Demostré, en fin, que al concederse a todos la protección, según la justicia en la igualdad, todos los artículos de consumo, favorecidos por la protección subirían necesariamente de precio; con lo que la vida vendría a ser artificialmente más cara para todos, y los artesanos que fuesen favorecidos en sus respectivas industrias perderían lo que en ellas ganaran, y algo o mucho más, a virtud del alza de precio de todo lo que tendrían que consumir.

¿Pero qué fuerza podían tener estos razonamientos económicos y de justicia, en el ánimo de unos artesanos que, si eran por lo general hombres de bien y patriotas, también eran casi todos muy ignorantes, sobre todo en asuntos de ciencia? En vez de agradecerme el interés que tomaba por el bien de los artesanos, casi todos se montaron en cólera al escuchar mis razones, y uno de ellos, -un maestro herrero, Miguel León, muy conocido por sus desatinadas peroratas sobre la "tiraniberia" y otras cosas de este jaez[1] - pidió a gritos que se me hiciese bajar de la tribuna.

-Aun no bajaré, -dije al interruptor-, porque no he concluido.

-Con lo dicho basta! -gritó otro-. Ya sabemos que usted está contra nosotros!

-Lejos de eso, estoy en favor de ustedes, puesto que combato un error pernicioso para todos y principalmente para los artesanos mismos.

-Nosotros entendemos las cosas de otro modo! Que baje el orador!

-¿No hay, pues, libertad de pensamiento y de palabra? -exclamé.

-Contra los enemigos sí: contra nosotros no!

-replicó un zapatero de campanillas[2].

-Que baje el orador!

-No he concluido!

-No importa! Abajo! Abajo!

-¿Por la fuerza?

-Si es necesario, a palos!

-No os molestáis, -repuse-. La causa de unos hombres que se conducen como ustedes, no merece que se le haga ningún sacrificio! Bajaré de la tribuna, pero será para no volver jamás a esta sociedad.

Me bajé, en efecto, atravesé el salón mirando a la asamblea democrática con supremo desdén, y nunca volví a ninguna de sus sesiones.

Otro asunto en que puse de manifiesto la independencia de mi espíritu. Tratábase de elegir el nuevo vicepresidente de la república para 1851, y yo adopté decididamente la candidatura del doctor Florentino González, uno de los más conspicuos representantes del neoliberalismo, enteramente civil, no de pasiones sino de principios. La prensa se dividió, así como las cámaras y la opinión pública, entre la candidatura del doctor González y la del señor José de Obaldía, candidato semioficial, orador elocuente, y patriota sincero desinteresado, excesivamente locuaz, escritor fácil y galano, pero poco profundo como político, hombre honrado y candoroso, y miembro del viejo partido liberal obandista. En una junta convocada para decidir sobre el escogimiento definitivo de candidato, nos jugaron una treta a los gonzalistas, por lo que perdimos la elección por un voto Por evitar la división del partido liberal hubimos de resignarnos a sostener en seguida la candidatura del señor de Obaldía, cuya elección fue luego popular. Creo que su influencia sobre la política fue, por debilidad de carácter, notablemente perniciosa entonces y después para el liberalismo doctrinario.

Yo sostenía la polémica por la prensa con excesivo ardor, lo que me proporcionó muchos disgustos y algunos lances muy serios. El más grave de todos los episodios fue un conflicto con el doctor Manuel María Madiedo. Yo había tenido amistad con él en Honda, hasta 1849; pero después él se había lanzado en el terreno de la oposición violenta, y nuestras relaciones se habían entibiado. En cierta ocasión relató él, en un artículo de El Día, un incidente tumultuoso ocurrido en Ambalema, e imputó equivocadamente actos violentos a varios de mis amigos de esa ciudad. Le contradije en El Sur-Americano, y él replicó injuriándome y llamándome Zurdo-americano. Siempre ha sido inclinado el doctor Madiedo, cuando ha querido herir con su pluma, a servirse de juegos de palabras por el estilo. A mi vez le injurié también, sin quedarme corto; pero mi adversario hizo entonces degenerar la polémica, de personal, en colectiva. Como yo era muy joven y nada se me podía enrostrar, ni aun aprovechando apariencias o ajenas calumnias, el doctor Madiedo, queriendo herirme en lo más vivo del alma y sin razón alguna (como algún tiempo después lo reconoció), atacó y ultrajó atrozmente a toda mi familia (padre, tíos y hermanos) por la prensa, firmando con un pseudónimo. Al punto le hice exigir retractación, o en su defecto, satisfacción por medio de las armas. Aceptó el duelo y nombró por testigo al comandante José María Rojas Pinzón. El mío fue Camacho Roldán. Como ninguno de los contendientes sabía manejar arma blanca, los testigos escogieron para el combate la pistola, señalando para éste la tarde del día siguiente. Madiedo llevaba evidentemente ventaja porque era buen tirador; yo jamás había tirado sino con escopeta, como cazador que había sido, en mis vacaciones, muy apasionado; pero alguna arma se había de escoger.

Pasé la noche preparando mi espíritu para una muerte posible, y escribiendo cartas para mi padre y Elvira y una especie de testamento íntimo. Al día siguiente me ejercité algo con unas pistolas excelentes de desafío que me prestó un amigo, y entre la una y las dos de la tarde fui a visitar a Elvira. Dos veces me dijo ella:

-¿Qué tiene usted hoy?

-¿Por qué esa pregunta? -le respondí,

-No sé qué cosa particular noto en la fisonomía de usted; paréceme como algo preocupado.

-De ningún modo, Elvira. Talvez lo que usted nota proviene de que voy a emprender una obra delicada, y naturalmente ...

-Tanto mejor.

La hora inusitada de mi visita influía también, como después me lo dijo Elvira, para causarle cierta vaga aprehensión.

A las cinco de la tarde nos hallábamos Madiedo y Rojas, Camacho y yo detrás de las altas paredes del Aserrío, cerca del riachuelo Fucha. Nos saludamos cortésmente, y los testigos midieron los diez y seis pasos convenidos y nos colocaron en nuestros puestos. A la tercera voz disparamos, sin tocarnos. Las pistolas tenían tal fuerza explosiva (eran unas grandes pistolas de caballería del coronel Briceño), que la mía se me escapó de la mano al disparar. Pedí que volvieran a cargarlas, y el doctor Madiedo, que siempre ha sido valeroso, apoyó mi petición. Yo ardía en resentimiento, y confieso que deseaba matarle. Pero los testigos declararon que no consentían en autorizar más el duelo; que lo hecho les parecía suficiente para satisfacer el honor, mayormente cuando el lance provenía de deslices de pluma ocasionados por el calor de una polémica deplorable, Yo declaré entonces que, como las ofensas del doctor Madiedo eran colectivas, si por el pronto yo consentía, como él, en que concluyera el asunto, esta determinación se los refería a mí solamente, y de, ningún modo a miembros de mi familia, cuyos derechos subsistían intactos. No hubo, pues, reconciliación sino tregua.

Al tornar yo a la ciudad, mi primer cuidado fue ir a tranquilizar y satisfacer a Elvira. Vióme en la mano derecha una ligerísima herida que me había sido causada por mi pistola al disparar, y me reconvino muy alarmada. Le referí lo que había pasado, y, llorando al pensar en el peligro que yo había corrido, me dijo, estrechándome una mano:

-Ah! Qué crueles son los hombres con sus cuestiones de honor! Pero.. en fin, cómo ha de ser! lloro, porque el corazón no puede menos que sufrir; mas reconozco que usted ha cumplido con su deber

-Crea usted -le dije-, que yo hubiera despreciado toda injuria personal; pero estaba de por medio el honor de mi padre y toda mi familia, y poco debía importarme la vida para defenderlo.

-Ha hecho usted muy bien. Y sin embargo... el duelo es cosa absurda!

-Así es; pero con este absurdo nos sucede a todos como a Galileo cuando infirmaba su teoría E  pur si muove!

Más adelante referiré en qué vino a parar el conflicto de familia con El doctor Madiedo, hombre notabilísimo pero incomprensible, y cuya carrera política y literaria ha sido una eminencia, a semejanza de la cima de un cerro de muy variados aspectos, de donde han corrido en todas direcciones torrentes de las más contradictorias sustancias para bajar a engrosar las más opuestas corrientes.

Otro episodio, y gravísimo por sus consecuencias:

Un tal Camilo Rodríguez liberal de muy mala ley, poco menos que un facineroso, había sido nombrado jefe del cuerpo de policía de Bogota y este nombramiento y la fea conducta de tal individuo fueron acremente censurados, por la prensa, por un señor Cárdenas, artista notable y conservador muy exaltado. Como estaban vigentes las leyes conservadoras que limitaban la libertad de imprenta,

-ampliada solamente por la entera tolerancia del gobierno-, Rodríguez acusó a Cárdenas, y el primer jurado declaró con lugar a formación de causa. Al reunirse el segundo jurado, el debate fue vehemente y borrascoso, y hubo en las barras violentas escenas verdaderamente tumultuarias. Al cabo, el jurado condenó a Cárdenas como calumniador, bien que luego quedó este libre de pena, y se alegó por la oposición que la barra liberal había hecho coacción al jurado.

Mientras que tales escenas ocurrían estaba yo en la universidad haciendo clase de Derecho penal, y cuando salía de San Bartolomé con mis alumnos concluía el conflicto en la casa consistorial. Cuál no sería mi sorpresa al saber al día siguiente que, en una queja elevada al gobernador de la provincia, con varonil energía y desafiando todo peligro, el señor José Eusebio Caro, -el ilustre escritor, el insigne poeta y moralista de encumbrado genio, que era uno de los redactores de la Civilización-, me denunciaba como a uno de los amotinados para violentar al jurado; y de nada menos me acusaba que de haber ejercido tal violencia a la cabeza de mis discípulos.

Caro era hombre característicamente honrado e incapaz de mentir ni calumniar a sabiendas; por lo que, evidentemente para mí, él había sido mal informado. Pero la acusación, por infundada que fuese, era muy grave, mayormente viniendo de pluma tan respetable y autorizada como la de Caro. El hecho que él me imputaba era un delito deshonroso y que tenía señalada pena corporal e infamante. Yo tenía que defenderme, y esta necesidad subió de punto cuando el acusador reprodujo su escrito en la Civilización.

Inmediatamente dirigí una carta al señor Caro, que encomendé a Vicente Herrera, uno de mismas queridos amigos, en la cual le decía en sustancia:

"Señor, usted ha sido mal informado. Ni yo ni ninguno de mis discípulos hemos concurrido a la barra del jurado. Cuando ocurría el tumulto, yo estaba haciendo clase en San Bartolomé. Si mi palabra no bastare a usted, puedo comprobar mi afirmación con el dicho de todos mis discípulos (más de treinta) y de otras personas. Espero, por tanto, que usted, guiado por un sentimiento de equidad, se servirá declarar al señor gobernador, y en la Civilización, en obsequio de mi honor vulnerado, que usted ha sido mal informado en lo tocante a mí, y que reconoce mi inocencia".

Caro era entonces no solo un gran poeta y un gran escritor, sino un titán: era el abanderado y formidable vocero de la oposición. Seguramente creyó que su reputación y la de su periódico se amenguarían con la... no retractación, sino rectificación de un error involuntario: por lo que contestó a mi carta simplemente y de palabra: "Ni respondo ni retracto nada...".

Como la cuestión era para mí de honra, solicité reparación judicial para comprobar hasta la evidencia lo infundado del cargo, y presenté ante el juez mi denuncia contra la Civilización. Al mismo tiempo Joaquín Pablo Posada, injuriado por Caro en el mismo periódico, formuló otra denunciación por su parte. Reuniéronse los jurados de acusación y declararon con lugar a formación de cáusa, Caro no se dejó notificar los veredictos y se ocultó.

Entonces volví a suplicarle por conducto de José María Torres Caicedo, -mi amigo de colegio y adversario político entonces-, que consintiese en acceder a mi justa exigencia. Hícele decir que yo no le acusaba por perseguirle, sino por defender mi honor atacado; que yo no exigía una retractación humillante, sino una rectificación sencilla, perfectamente fundada y honrosa; y que al obtenerla, inmediatamente desistiría de mi queja. Caro, por desgracia, persistió en su negativa con sumo desdén; y, creyendo que se había organizado contra él una persecución sistemática, prefirió huir de Bogotá, encaminándose con sigilo y a marchas forzadas hacia Cúcuta, donde se embarcó para Maracaibo y los Estados Unidos del Norte[3]. Así se condenó al ostracismo aquel grande hombre, alejándose de su patria y familia.., para siempre! Cuando en 1855 regresaba al país, sucumbió en Santa Marta, sin haber alcanzado a ver la restauración de su causa ya triunfante. La inflexibilidad de su carácter fue causa indirecta de la temprana desaparición de aquel hombre de gran corazón y encumbradísimo pensamiento!

Mí conciencia nunca me ha acusado como a responsable en lo mínimo, siquiera indirectamente, de la muerte de Caro; pero sí he creído después que pude haber escogido otro medio para vindicarme, y que era muy impropio de un periodista el acusar por delito de imprenta a un adversario que era su cofrade en la prensa. Lo más natural hubiera sido levantar una información que destruyese completamente la equivocada afirmación de Caro, presentarla al gobernador, ante quien hube de rendir una declaración, motivada por la denuncia de mi eminente adversario, y publicarla, para la satisfacción de mi honra, por la prensa.

Pero me obcequé y apelé a un recurso que no cuadraba bien a un periodista partidario decidido de la absoluta libertad de la prensa; y nunca me he perdonado el haber contribuido así, sin que tal pudiera ser ni remotamente mi intención, al deplorable ostracismo de Caro. Acaso la pena que por esto he tenido siempre, ha contribuido bastante a infundirme grande afecto y estimación por los hijos del ilustre poeta y publicista de quien fui adversario político. Mí corazón, como por instinto, ha querido rescatar, queriendo y estimando mucho a los hijos, la ligereza cometida respecto del padre y con perjuicio para su familia.

 

[1]
 El, pobre hombre había oído hablar de la tirana Iberia de otros tiempos, y había formado un extraño sustantivo equivalente a tiranía en general.
 
[2]
 Esta expresión era gráfica del espíritu de partido de los liberales.
 
[3]
 Al instante de saber yo que Caro había salido de Bogotá, desistí de mi queja y quedó terminado el asunto.
 
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