NUEVAS TAREAS Y LUCHAS


 

Ambalema crecía en 1853 rápidamente, y su prosperidad, debida al cultivo del tabaco, era asombrosa. De todas partes iban a establecerse allí comerciantes, médicos y abogados, especuladores de todo linaje y artesanos y agricultores; en todas las calles se construían nuevas casas sólidas, espaciosas y casi a prueba de fuego; nuevas casas comerciales emprendían negocios y hacían circular grandes caudales; las tierras duplicaban, triplicaban y quintuplicaban rápidamente de valor, y las que habían permanecido incultas eran desmontadas y convertidas en terrenos de labor o en prados artificiales; los dos puertos de la ciudad sobre la margen izquierda del Magdalena estaban siempre cubiertos de embarcaciones (champanes, canoas y balsas) para el abasto de víveres y el tráfico mercantil, y el radio de las relaciones de Ambalema se extendía no solamente a Bogotá, Honda, Medellín, Barranquilla y muchas otras plazas de la república, sino también a los mercados de Inglaterra y Alemania.

Yo trabajaba en Ambalema de diversos modos: ejercía mi profesión de abogado con crédito y provecho, trabajaba en negocios de comercio y compras, aliños y exportaciones de tabaco y cueros, y administraba un terreno que me había vendido mi amigo Lezama, donde producían tabaco mis arrendatarios. Al propio tiempo continuaba yo mis trabajos de historia y literatura, y me ocupaba en la publicación de mis Apuntamientos.

La gran reforma hecha en la constitución nacional por el congreso radical de 1853, modificó profundamente las instituciones y ocasionó en toda la república un vasto movimiento electoral. Todas las provincias iban a tener sus legislaturas y gobierno propio y a darse sus instituciones político municipales; y por primera vez iban a funcionar en el país el sufragio universal directo y secreto, la libertad absoluta de la prensa, la separación del Estado y la Iglesia, y una extensa descentralización de rentas y gastos y de la autoridad en lo tocante a política, vías de comunicación, instrucción pública y sistema tributario. Así los partidos políticos se preparaban a sostener una gran lucha en el campo electoral, y entretanto la sostenían vigorosamente por la prensa.

Ocurrió entonces por la segunda vez un fenómeno político que después se ha repetido muchas veces entre nosotros. Así como en 1836 el partido liberal, sin contrapeso alguno, se dividió, y de la división surgió después el partido conservador, for­mado por la fracción liberal moderada, del propio modo en 1853, anonadado como estaba el partido conservador, el liberal -por exceso de fuerza y abuso de su preponderancia- se dividió entre libera­les y radicales o "draconianos", y "gólgotas", y la lucha se redujo a su competencia para elegir pre­sidente de la república. Los liberales adoptaron por candidato, como era lógico e inevitable, tal vez necesario, al general José María Obando, y los radicales al general Tomás Herrera, quien tuvo algún apoyo entre los conservadores.

Pero éstos, que estaban seguros de ser derrotados en la elección general, dejaron luchar entre sí a los partidos liberales, y se aplicaron de preferencia a procurarse algunos triunfos en la elección de senadores y representantes, de gobernadores de las provincias y de diputados a las legislaturas provinciales. Había en esta política verdadera habilidad, y el partido liberal, desmembrándose de un modo irremediable, iba a encargarse de facilitar a los conservadores el desquite de las derrotas sufridas desde 1848.

La lucha electoral fue sostenida por ambas partes con entusiasmo; pero éste, por desgracia, degeneró en espíritu de intriga y de fraude. Triste cosa es tener que reconocer que desde que comenzó a practicarse entre nosotros el sufragio universal, directo y secreto, los partidos políticos prostituye­ron la institución con numerosos fraudes. En la pro­vincia de Mariquita, y particularmente en el cantón de Ambalema, los conservadores dieron el ejemplo con fraudes de muchos miles de votos, ejecutados en Guayabal, Lérida, Ambalema y Venadillo, y los liberales trataron de imitarles en lo posible. Yo fui candidato de los liberales para senador de la provincia, y también para diputado por los cantones de Ibagué y Ambalema, y obtuve en las tres votaciones, con otros liberales, legítima y evidente mayoría; pero los tres mil votos falsos del miserable caserío de Guayabal nos defraudaron de la senaturía. Con todo, fui elegido diputado a la legislatura por el cantón de Ibagué. Ya en 1852 había sido elegido, por el distrito de Lérida, miembro de la asamblea electoral del cantón de Ambalema, y como tal, di una prueba de honradez política que fue debidamente apreciada por mis constituyentes sufragantes. Estos me dirigieron una carta en que me decían: "Hemos dado a usted nuestros sufragios, porque tenemos completa confianza en su carácter; pero le suplicamos que vote por el general Obando para presidente de la república, porque todos nosotros somos obandistas".

Yo era personalmente partidario de la candidatura del general Herrera; pero no titubeé un momento: voté en la asamblea, firmando mi voto, "por el general José María Obando, candidato de mis poderdantes"; y para todo lo demás voté por mis amigos políticos. Siempre he creído que así debe ser servido el pueblo en una república democrática, pues de otro modo se falta a la fidelidad debida a las mayorías legítimamente constituidas y no se representa verdaderamente a los que emiten el sufragio.

Hacia fines de 1853 me ocurrieron dos episodios muy curiosos y verdaderamente novelescos que bien merecen especial mención como rasgos característicos de nuestras costumbres. El uno fue mi intervención en un jurado criminal, institución que se había establecido desde 1851 en toda la república; el otro, un duelo a pistola, sostenido con un abogado que figuraba en Ambalema como jefe de los conservadores. Dedicaré un capítulo particular al segundo de estos episodios, persuadido como estoy que el lector lo hallará un tanto interesante.

Yo había vuelto a servir en el año de 1853, por condescendencia con el gobernador de la provincia y con muchos amigos, la jefatura política del cantón. Un día me separé del empleo, en uso de licencia por algunas semanas, obligado por la necesidad de atender a varios negocios privados que había descuidado por el servicio público.

Hacía ya como dos o tres días que me había separado de la jefatura, y trabajaba asiduamente en mi cuarto de estudio compulsando varios documentos, cuando se presentó en casa una mujer. Era una "señora de medio pelo" según la curiosa expresión popular, porque se hallaba, por su nacimiento, educación y posición social, en un término medio entre el "señorío, y "el pueblo"; mujer blanca y bien parecida, como de veintiséis a veintiocho años, casada y que gozaba en Ambalema de intachable reputación.

-¿Puede usted hacerme el favor de concederme una audiencia? -me preguntó al entrar.

-Sin duda; pero ahora mismo...

-¡Ah, señor! Perdone usted, pero el caso es urgente y necesito que sea al instante mismo.

-Señora -repuse- estoy ahora muy ocupado; pero disponga usted de mí.

-Vengo a confiar a usted un gran secreto y pedirle un favor muy importante.

-Muy bien -repuse.

-¿Está usted solo, señor doctor?

-Sí; puede usted decirme lo que tenga a bien

-respondí, no sin pensar: esto huele a novela o cosa misteriosa.

En efecto, la pobre señora palideció y dejó ver que hacía un supremo esfuerzo de voluntad y sacrificio al ir a buscarme. Un momento después me dijo, muy avergonzada:

-Señor, le tengo a usted por un caballero y hombre de corazón generoso...

-Doy a usted las gracias porque me hace justicia.

-Vengo a poner en manos de usted mi reputación y la honra de mi marido.

-Oh! Eso es muy grave...

-¿Conoce usted, señor doctor, a N. N.? (y nombró a un individuo de la misma clase intermedia que ella, muy conocido en la ciudad).

-¡Cómo no! Aun me ha desempeñado algunas comisiones en mis negocios, y le aprecio por su honradez y buen carácter. Así, tuve la mayor sorpresa al saber que le juzgaban por un grave delito, y encontrarle en la cárcel al hacer, como jefe político, las visitas semanales.

-Tiene usted razón de estar sorprendido, porque N.N. es inocente.

-Ah! Tanto mejor. No recuerdo qué hechos le incriminan...

-Le acusan, señor, de haberse robado unas joyas y alhajas, con efracción y en altas horas de la noche.

-¿Y quién es su defensor?

-Nadie: él no ha querido defenderse. Ha preferido dejarse juzgar y echar encima una horrible mancha, por no probar la coartada y... por lo mismo, su inocencia.

-¿Y por qué ha procedido así?

-Por no deshonrar a una mujer que tuvo la debilidad...de faltar gravemente a su deber.

-Ah! ¿Y esa desgraciada mujer?... -dije poniendo en la mirada una interrogación.

-Esa mujer, señor, quiere salvarle, y quiere expiar su falta pasando por la vergüenza de confesarla -me contestó la pobre señora agachando la cabeza, llena de rubor y con lágrimas en los ojos.

-Comprendo lo grave de la situación, y estimo en todo su valor el paso que usted da para salvar al acusado. ¿Pero qué pruebas se podrían producir en su defensa?

-La más concluyente es imposible, porque ni N.N. quiere defenderse deshonrándome, ni me es lícito causar la desgracia de mi marido y entregarle a ser el ludibrio de la sociedad.

-Ah! ¿Es decir...?

-Sí. La noche en que sucedió el robo, entre la una y las dos, la pasó N.N., desde las diez hasta las cinco de la mañana... en mi casa, estando ausente mi marido...

-Vamos! El caso es sumamente delicado. ¿Y quién y por qué ha podido incriminar a N.N.? -pregunté con vivo interés.

-Fulano. Este hombre quiso cortejarme y le desdeñé. Estaba rabioso de celos, espió los pasos de N.N., y por vengarse le fraguó una abominable trama. El y un paniaguado y cómplice suyo, que son los verdaderos culpados del robo, han declarado contra N.N. y hecho declarar también a una sirvienta de la señora robada.

-¡Oh! Qué abominación!

-Así es, señor doctor. Le juro a usted, por lo más sagrado, que he dicho la verdad; y Dios me castigue terriblemente si en algo falto a ella...

Todo en el gesto y el acento de aquella pobre mujer tenía la expresión inequívoca de la sinceridad, realzada con la nobleza del sacrificio que hacia para expiar su falta. Permanecí pensativo durante algunos momentos, pero ella interrumpió mi meditación diciendo:

-Ah! doctor... ¿No tendría usted la generosidad de encargarse de la defensa del desgraciado N.N.?

-Aguarde usted, señora -le contesté, obedeciendo a una súbita inspiración.

-¿Qué me dice usted?

-Dígame usted, señora: ¿ sus criados vieron a N.N. en casa de usted?

-Sí, señor -me contestó ruborizada.

-¿Cómo se llama la cocinera?

-Pastora.

-¿Y la otra criada?

-Mariana. Mi cocinera abrió y cerró la puerta; y... creo que la otra sospechaba algo.

-Bien. Retírese usted, por ahora -le dije-, sin regresar a su casa, y vuelva a verse conmigo dentro de dos horas.

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