Inmediatamente tomé mi sombrero y mi bastón, y mientras que mi interlocutora se encaminaba hacia la plaza, me dirigí rápidamente hacia la casa de ella, situada en el barrio de Campoalegre. En breve llegué a la puerta, entré con precaución e hice llamar a la Pastora, haciendo que la otra se retirase. Cuando estuvimos solos dije:

-Necesito averiguar ciertos hechos que interesan a la autoridad.

-Mi señora está en la calle...

-No importa. Es con usted que necesito entenderme.

-Mande lo que guste el señor político[1].

-Haga usted la señal de la cruz, y jure decir verdad en lo que se le pregunte.

La mujer obedeció sin titubear, pero asustada, y yo la interrogué bruscamente sobre los hechos que su ama me acababa de revelar. Sorprendida por extremo, me lo confesó todo, confirmando la narración, y yo le recomendé que guardara un silencio absoluto por amor y consideración a su ama. Otro tanto hice en seguida con la otra criada, y saqué en limpio que esta sospechaba con fundamento lo que había pasado.

De la casa de Campoalegre me dirigí, atravesando casi toda la ciudad, a la cárcel. Hice que el alcalde llamara a N.N. al postigo interior, y hallándome a solas allí con el preso, le dije:

-¿Con que... todavía está usted preso?

-Sí, señor doctor; la causa sigue adelante -me contestó.

-¿En qué estado?

-Dentro de poco reunirán el jurado para juzgarme.

-¿Quién le ha defendido a usted?

-Nadie; solo mi conciencia y Dios,

-¿Es usted inocente?

-Absolutamente inocente de lo que me imputan.

-¿Por qué no se defiende usted?

-Porque no puedo.

-¿Y por qué no puede?

-Porque... ¡ah! señor doctor... porque no puedo ni debo defenderme.

-Yo sé el motivo.

-Nadie puede saberlo -me replicó sin titubear, pero dejando ver en su semblante una expresión como de inquietud.

-Yo sé dónde pasó usted la noche cuando se hizo el robo.

-Fuera de mi casa, es verdad.

-En casa de... Fulana.

-Doctor! doctor! No diga usted tal cosa, por Dios! Esa señora es mujer honrada, y yo no tengo ningunas relaciones con ella.

-Usted falta a la verdad por lealtad hacia Fulana. Ella acaba de confesármelo todo,

El buen hombre inclinó la frente y exclamó:

-Mujer generosa! Dios mío! ¿Y qué se propone ella con sus revelaciones?

-Salvarle a usted.

-¿Cómo?

-Persuadiéndome a que le defienda.

-Señor doctor: si para defenderme ha de ser necesario que yo revele ese secreto, prefiero ser condenado y deshonrado!

-Lo sé, y hace usted bien. Así procede un hombre de corazón! Yo haré cuanto pueda por salvarle a usted, sin que se descubra... el terrible secreto.

-Dios le pagará a usted su generosidad, señor doctor.

Pocos minutos después volvía a mi casa la mujer del misterio.

-¿Qué ha resuelto usted, señor doctor?

-Es imposible la defensa pública y directa; pero yo emplearé otros medios eficaces y haré cuanto pueda para salvar a N.N.

-Ah, señor! Bendita sea su buena voluntad!

-Pero es con una condición.

-Mande usted, señor doctor.

-Inmediatamente procurará usted inducir a su marido a mudar de domicilio, y usted jamás volverá a verse con N.

-Se lo juro a usted, y tal era precisamente mi propósito! No he caído por corrupción sino por debilidad; estimo a mi marido, deseo librarme de una situación peligrosa que él, por fortuna, ignora, y quiero expiar mis faltas con una vida retirada y virtuosa.

Me puse a meditar en lo que haría y al día siguiente me fui al juzgado del circuito, con pretexto de informarme del estado en que se hallaban algunos de mis asuntos judiciales. Era juez un joven doctor Abadía, y su secretario don Martín Otero, socorrano, hombre muy inteligente y travieso que había sido mi secretario en la jefatura política. Con maña di lugar a que se hablara de jurados, y entonces, aparentando indiferencia, dije:

-Cosa curiosa! He sido uno de los promotores de la ley sobre jurados, y hasta ahora nunca me ha favorecido la suerte...

-Pues cuando usted quiera ser jurado, es muy fácil conseguirlo.

-¿Sin contar con la suerte?

-Bah! Es tan sencillo poner encima de todas las papeletas del sorteo la que contenga el nombre de usted...

-Pero así no hay verdadero sorteo.

-¿Y cree usted que no hay muchos por el mismo estilo?

-Es curiosa nuestra administración de justicia!

-Justamente dentro de dos o tres días habrá que hacer un sorteo.

-¿Para quién?

-Para N. N.

-¿Por qué delito le juzgan?

-Por robo nocturno con efracción.

-Diantre! Mal estreno tendría yo con un ladrón!

-Vamos! ¿Quiere usted ser sorteado?

-Pues no dejo de tener curiosidad de intervenir en algún jurado.

-Entonces... lo dicho.

-Bueno, don Martín; haga usted lo que guste. En efecto, la suerte me favoreció, según la diligencia de sorteo, y fuí miembro del jurado que debía fallar en la causa de N. N.

Reunióse el jurado, se leyó el proceso, y en seguida el juez preguntó si alguna de las partes tenía algo que producir. Como ambas a dos renunciaron a este derecho, yo pedí que se llamase de nuevo a los testigos que figuraban en la causa, y además a los sirvientes de la dueña de las joyas y alhajas robadas. Cuando todas estas personas estuvieron presentes exigí que permaneciesen en una pieza contigua para irlas interrogando una a una. Así se verificó, y sucesivamente les hice preguntas muy apremiantes sobre las personas, la pre-existencia y naturaleza de los objetos robados, el modo de la efracción, la hora de cada hecho, la razón del dicho de cada uno, los antecedentes del delito, y cuantas circunstancias podían esclarecer todos los hechos. El resultado de mí interrogatorio y de las respuestas de los declarantes fue un cúmu­lo de vacilaciones, de discordancias, de dudas y aun contradicciones que le dieron al asunto aspecto bastante diferente del que había tenido. Resultaba com­probado, además, que la conducta del reo había sido intachable hasta el día de ser procesado, así como durante su detención.

Al cabo interrogué al reo.

-¿Persiste usted en afirmar que no es responsable del delito por el cual se le juzga? -le dije.

-Sí, señor. Juro ante Dios que me ha de juzgar, que soy inocente.

-Pero usted habría podido probar su inocencia, si esta es positiva.

-No sé cómo, señor.

-Probando que usted no pudo estar en el lugar donde se cometió el delito.

-No estuve allí, ni en mi casa,

-¿En dónde estuvo usted mientras se cometía el delito?

-No puedo ni debo decirlo.

-Sin embargo, en ello estriba la defensa de usted.

-Entonces... prefiero ser condenado.

No habiendo otras preguntas qué hacer, el juez dio la palabra al agente del ministerio público, quien sostuvo la acusación, pero concluyó pidiendo se calificase en 2º grado la responsabilidad del acusadó.

-El acusado tiene la palabra -dijo el juez.

-Renuncio el derecho de defenderme -contestó el acusado.

-Ni admite usted un defensor?

-No, señor.

-Entonces el debate está terminado, y los señores jurados se servirán pasar a la sala de sus deliberaciones.

Nos quedamos a puerta cerrada, y me nombraron en seguida presidente del jurado. Invité a los cuatro conjurados a emitir concepto, y uno de ellos, hombre honradote, pero rudo y de pocos alcances, dijo:

-Es doloroso tener que condenar a un hombre que había sido hasta ahora honrado, trabajador y de buena conducta; pero todo me parece probado, y me inclino a que sigamos la opinión del fiscal.

-El empeño con que el reo se ha denegado a explicarse y defenderse -dijo otro de los jurados-, es la prueba moral de su culpabilidad.

Otro de aquellos guardó silencio, mostrando su conformidad con un gesto de aprobación.

El cuarto, que era un militar retirado, sujeto muy perspicaz y justiciero, dijo:

-Yo declaro que no las tengo todas conmigo. Sí yo hubiera de fallar conforme al expediente, votaría por la condenación; pero mi juicio ha comenzado a vacilar después de oír las declaraciones dadas en nuestra presencia. Creo que los testigos no están muy de acuerdo, y que en este asunto hay un misterio...

-Oigamos la opinión del señor presidente,

-observó el jurado que había guardado silencio. Invitado a exponer mi juicio, dije:

-Señores, antes de manifestar todo mi pensamiento, ruego a ustedes tengan la bondad de contestarme esta pregunta, con absoluta franqueza: ¿Sí en cualquier asunto asegurase yo a ustedes algo bajo mi palabra de honor, no teniendo ustedes pruebas irrefragables en contrario, me darían entero crédito?

-Sin duda! -contestaron en coro.

-Pues bien, señores: yo aseguro a fe de hombre de bien y por el honor de mi vida, que el acusado es inocente del crimen que se le imputa; y pido a ustedes que, confiando en mi palabra y en la seguridad que tengo de lo que afirmo, den todos un voto absolutorio.

Todos se quedaron asombrados y por algunos momentos guardaron silencio. Luego uno de los jurados dijo:

-Creo que interpreto con mi sentimiento el de mis compañeros, declarando que en un asunto privado no titubearíamos un momento en acceder a una exigencia fundada en la sola palabra del señor presidente. ¿ Pero qué podremos hacer contra las pruebas del proceso, que son concluyentes?

-¿Podría el señor doctor explicarnos el fundamento de su afirmación tan absoluta? -añadió otro.

-Puedo y no puedo. Voy a referir a ustedes lo que me ha sucedido; pero ocultaré todo nombre y toda circunstancia que hagan descubrir lo que debe permanecer secreto.

Entonces narré todo lo que había acontecido, e hice ver que yo había procedido secretamente como un juez. Prometí, además, poner luego de mi parte todo esfuerzo para que se descubriese a los verdaderos culpables; afirmé que en el proceso había por lo menos tres testigos perjuros; encomié la imponderable generosidad del acusado, y la abnegación de la mujer que había procurado salvarle; y pedí que, a más de contestar afirmativamente a la primera pregunta: "¿Se ha cometido el delito definido en el artículo,.. (tal) del Código Penal?", y negativamente a la segunda: "¿N. N. es responsable de esta infracción?" excitase el jurado al juez a iniciar nuevo sumario para averiguar quiénes eran los culpados, y si se había cometido además el delito de perjurio.

Es de creer que me expresé con alguna elocuencia y que todos mis compañeros de jurado eran hombres de corazón, porque al concluír yo mi exposición o alegato todos dijeron con entusiasmo:

"Votemos pues, por la absolución!,

Cuando se abrieron las puertas y notifiqué el veredicto del jurado, el juez y el fiscal se mostraron como asombrados, al propio tiempo que en la fisonomía del reo se pintó una expresión inefable de gratitud y satisfacción. Una hora después conferencié con el juez y le hice las indicaciones convenientes para iniciar el nuevo sumario. Antes de veinte días estuvo plenamente comprobado que los autores del robo (con la complicidad de la criada de la señora robada) eran precisamente los que habían figurado como testigos contra N. N. Y en tanto que por este lado se desenlazaba el drama conforme a la verdad y a la justicia, la esposa culpada que había salvado con sus revelaciones a su amante, se alejaba de Ambalema con su marido, cuya honra, por rara fortuna, había quedado intacta, a pesar de  muchas cavilaciones sobre el misterioso proceso.

[1]
 Nombre abreviado que daba el vulgo al jefe político.
 
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