El Alto es una colina que domina la ciudad por el lado occidental; en la cumbre había una gran casa pajiza que servía de fragua o herrería, y al lado un corral de cercos de piedra, sombreado por el espeso follaje de tres o cuatro cauchos. A la sombra de éstos, dentro del corral, nos apeamos, y aguardamos, sin ser vistos desde el camino, a que llegasen los adversarios. Algunos minutos después aparecieron éstos, subiendo cautelosamente por enmedio de altos matorrales que cubrían la falda de la colina.
Los dos pares de adversarios nos saludamos cortésmente, y en seguida Dussan (novel doctor en medicina que gozaba en Ambalema de la peor reputación posible, bien merecida, por cierto), llamó al comandante Rubio hacia una extremidad del corral donde la cerca daba contra un tupido bosque de árboles y espesos matorrales.
-¿Dónde le parece a usted bueno, señor comandante, que se verifique el duelo?
-Lo más lejos posible, y en sitio solitario a cubierto de la curiosidad:
-¿Y por qué no aquí mismo? Este corral, como usted ve, es espacioso, de terreno igual, y está solitario y bien sombreado.
-Pero está a la orilla misma de la ciudad y al lado de esa herrería. Al primer tiro tendríamosmuchos curiosos encima y habría que suspender la operación.
-¿A dónde iremos, pues?
-Propongo el llano del Tachuelo.
-¡Oh, está muy lejos! dijo Dussan.
-¡Bah! Unos veinte minutos de marcha; poca cosa, puesto que iremos a caballo.
-¿Conque... el llano del Tachuelo, dice usted?
-repuso Dussan en alta voz.
-¡Chit! No hay que gritar; pudieran oírnos.
-¿Quién? Por aquí no hay gente.
-¿Estamos, pues, convenidos?
-Sí; al llano del Tachuelo! -añadió Dussan, alzando otra vez la voz.
-¡Marchemos! -repuso el comandante.
Al punto los cuatro volvimos a montar. Cuando pasamos por delante de la herrería, sonaban los martillos a compás sobre el yunque, y el sol, amarillento y tibio, doraba con melancólicas tintas las copas y los troncos de los numerosos árboles y grupos de arrayanes que orillaban por ambos lados el camino. Había no sé qué de lúgubre en aquel acompasado martilleo de la fragua, y no sé qué de fúnebre en la iluminación que producía el sol poniente...
El comandante y yo íbamos adelante, al paso regular de nuestros caballos, y detrás, a corta distancia, Pinto y Dussan. A los veinte o veintidós minutos llegamos al llano del Tachuelo, y en breve, a indicación del comandante, nos internamos hacia la derecha, por una senda bien sombreada. Caminamos cosa de cien metros, y nos detuvimos en una especie de plazoleta como de cuarenta metros de longitud y treinta de anchura, rodeada por una circunferencia de árboles (hobos, guasímos, diomates y capotes) y un espeso muro de arrayanes y arbustos y cubierta de verde y fina grama o pasto teatino.
-Este sitio está como mandado hacer -dijo el comandante parando su caballo.
En efecto, no puede ser mejor -añadí, echando pie a tierra.
-¿Nos apeamos, pues? -preguntó Dussan.
-Está visto -respondió Rubio.
Todos arrendamos nuestros caballos a los árboles más cercanos, y el comandante puso en el suelo un bulto que llevaba debajo de su ruana; era un saco de bayeta que contenía las pistolas y los útiles para cargarlas.
Dussan se apresuró a desliar otro bulto que también llevaba, y dijo:
-He aquí las pistolas que he escogido.
Las examiné rápidamente y observé:
-Me parecen malas.
-¿Por qué malas? -preguntó Dussán.
-Son de corto alcance y mala calidad.
-En efecto -añadió el comandante observándolas-. Además, noto que están sucias.
-¡Cómo, sucias! -exclamó Dussan.
-Sí; tienen huellas de pólvora, y se conoce que han sido usadas muy recientemente.
-iOh, no, comandante! -replicó Dussan, mientras que Pinto volvía la cara a un lado como para evitar la mirada perspicaz de Rubio.
Y, les interrumpí diciendo:
-¿Pueden ustedes afirmar, bajo su palabra de honor, que el doctor Pinto no ha disparado jamás estas pistolas?
Sorprendidos con la pregunta, los dos se miraron uno a otro rápidamente, y luego Dussan respondió:
-Sin duda...
-Doy mi palabra de honor... -añadió Pinto con imperturbable aplomo.
Ambos a das mentían como unos bellacos. Pinto se había estado ensayando todo el día con aquellas pistolas. No tuve sobre ello la menor duda, y sin embargo dije con desdén y frialdad:
-Está bien; que carguen, pues.
-El comandante y Dussan se arrodillaron sobre la grama y cargaron, en tanto que Pinto se sobaba las bigotes y yo permanecía inmóvil, con los brazos cruzados y mirando al cielo.
Es de notar que el comandante Rubio, a fuer de veterano en el manejo de las armas, tuvo la prcaución de limpiar lo mejor posible una de las pistolas antes de cargarla. A tiempo que se concluía la operación, me despojé de mí ruana de algodón, mi levita y chaleco, y dejándolos en el suelo tiré encima el látigo que llevaba para avivar el paso de mi cabalgadura. Pinto hubo de hacer lo propio, aunque con repugnancia, y en seguida se midió el campo.
Cuando yo iba a colocarme en el sitio que me correspondía, Dussan se me acercó, y presentándome la pistola que él mismo había cargado, me dijo:
-Doctor, aquí tiene usted su arma.
-¡Oh, no! -respondí desdeñosamente-. Usted no es mi testigo, y yo he traído el mío para que cargue la pistola que he de disparar.
-¡Es claro! -añadió el comandante, y me entregó el arma que había cargado con esmero.
Dussan hizo un gesto de despecho, y Pinto palideció. Un instante después todos cuatro estábamos en nuestros puestos. Pinto tenía la palidez del terror, y yo me sentía lleno de valor, serenidad y confianza.
Se dio la señal de ordenanza, y se oyó una sola detonación...
La bala despedida por mí le había traspasado a Pinto el ala del sombrero y héchole girar, dejándoselo casi colocado de través; Pinto estaba tembloroso y blanco como un papel, y su pistola no había dado fuego.
-Mí pistola ha negado -dijo con voz casi apagada.
-¡Es verdad! Pues que carguen las otras pistolas para tirar a doce pasos -añadí tranquilamente.
-¡Oh, eso no! -exclamó Dussan.
¡Cómo que no! -dijo el comandante.
-Solo debe tirar el doctor Pinto -insinuó Dussan-. puesto que su tiro ha fallado.
-La culpa es de usted que no sabe o... no quiso cargar bien.
Dussan se mordió los labios e insistió en su pretensión, contra la cual protestó el comandante.
-¡Vamos! -exclamé-. Que resuelva la cuestión mi adversario. ¿Querría usted tirar sobre mí a manosalva?
-Tal creo que es mi derecho...
-¡Pues tire usted, si tan tristemente comprende la hidalguía!
Y cruzando los brazos, colocado de perfil, miré de hito en hito y con supremo desprecio a mi enemigo.
En efecto, Dussan limpió la chimenea de la pistola de Pinto, le puso nuevo fulminante y se le entregó. Diose nueva señal para que apuntase y tirase Pinto sin riesgo alguno y... estalló el fulminante pero no salió el tiro.
-He ahí una bajeza inútil dije fríamente. Y añadí para mí-: Dios me protege; ¡ese miserable debe morir!
La rabia se pintaba en el semblante de Pinto, y el despecho en el de Dussan.
-¿Qué hacemos ahora? -preguntó éste.
-Botemos estas malas pistolas y carguemos las otras -dijo el comandante.
-Está bien.
-Bien que aquí no hay sino un hombre de honor que me escuche -añadí, extendiendo la mano-; declaro a fe de caballero que jamás he visto esas pistolas que ha traído el señor comandante.
Los dos padrinos se arrodillaron a cargar mientras yo, con los brazos cruzados y la mirada ardiente, observaba los movimientos de Dussan. Entretanto Pinto miraba con disimulo hacia unos tupidos matorrales del vecino bosque.
Cuando estuvieron cargadas las pistolas y los testigos se hubieron incorporado, Dussan tomó a dirigirse a mí y decirme:
-Doctor, sírvase usted usar de esta pistola.
-¿Por qué?
-¡Ah! Usted lo ha visto: no soy muy diestro para cargar...
-Veo que lo es demasiado para cargar mal.
-Y como es justo, igualar las probabilidades...
-añadió Dussan con hipócrita modestia.
-¡Hola! ¿Conque para igualarnos debo yo tomar la pistola cargada por usted?
-Así lo creo.
-Está bien; démela usted.
Y al tomarla añadí:
-Comandante Rubio: va usted a ver que esta pistola ha sido mal cargada intencionalmente para trocarla por la otra: he observado atentamente la operación, y aseguro que la bala, mal calzada, caerá a corta distancia.
Dussan se inmutó; yo disparé al aire, y la bala cayó a tres pasos de distancia.
-¡Oh, oh, oh! -exclamó el comandante mirando a Dussan con asombro.
-Ya ve usted, comandante -dije al punto- que ese hombre es un miserable, tan villano como su ahijado. Las armas no se han hecho para combatir con esta canalla, y demasiado he descendido al bajar hasta ella. Yo sé cómo se la debe tratar, y ahora lo verá usted.
Y diciendo esto, recogí mi látigo que estaba en el suelo, y caí velozmente sobre Dussan. Díle cinco o seis latigazos de lo lindo, y como el tunante y novel galeno era ágil, se echó a correr para meterse entre el bosque. Cargué entonces sobre el ahijado, y logré administrarle también algunos latigazos y ponerle en vergonzosa fuga.
Entretanto, el comandante Rubio palmoteaba aplaudiendo, reía a carcajadas y gritaba:
-¡Bueno! ¡Muy bien, muy bien! ¡Eso es darles lo que se merecen!
En aquel instante, mientras que yo me entregaba a la terrible delicia de vapular al médico y al abogado sucesivamente, asomaban a la vera de la plazoleta por enmedio de los árboles, cuatro hombres a pie. Uno de estos hombres era uno de los jueces de la ciudad, hechura y ciego instrumento de Pinto; otros dos eran testigos de la devoción de Pinto y Dussan, y el cuarto, un zambo muy conocido en Ambalema, también caucano, que servía como asistente en casa de Pinto.
-¡Ah! ¿ Esto también? -exclamé al ver y reconocer a los cuatro hombres-. ¿Conque este duelo era un infame lazo, de modo que si yo hubiera sucumbido, muerto me quedaba, y al morir Pinto aquí no más me hubiera aprehendido el juez y comenzado el sumario?...
-¡Ese juez y sus testigos son dignos de nuestros adversarios! -observó el comandante-. Ahora comprendo -añadió-, por qué Dussan, en el corral del Alto, hablaba en alta voz, repitiendo el nombre de este sitio...
En efecto, cuando los dos testigos habían estado designando el lugar del combate, el juez y sus tres compañeros se hallaban agazapados tras del cerco de piedras y ocultos entre la maleza; oyeron lo que se decía, y al punto, por una senda de leñadores, se encaminaron hacia el llano del Tachuelo. Las dos detonaciones que después oyeron, les hablan guiado hacia el lugar del combate.
-~ Vamos! -dije al montar a caballo junto con el comandante-. Decididamente el duelo es una institución estúpida.
-Así lo creo, aunque soy militar. Compréndo la guerra, por salvaje y brutal que sea, pero el duelo entre dos hombres...
-Es peor que salvaje, es una torpeza. Porque si el hombre con quien uno se bate es un caballero, es mucha lástima matarle, siendo tan escasos en el mundo, como lo son, los hombres de honor; y si es un canalla, como esos a quienes acabo de vapular, no merecen sino el desprecio o el presidio.
-ha hablado usted claro y bien como la ordenanza -observó el comandante.
