OPERACIONES Y BATALLAS
No referiré los detalles de la campaña, durante los días de organización y asedio que pasamos sucesivamente en Puerta grande, Terreros y Fucha, y me limitaré a referir algunos episodios personales de aquella ruda e inolvidable campaña en que todos cosechamos algunos laureles, yo talvez el que menos.
Yo no tenía idea de lo que era un batalla, en calidad de actor. La de Bosa me inició en los peligros del combate, pues aunque no todo mi escuadrón combatió materialmente, nos hallamos en medio de la humareda, prontos a todo, a doscientos metros del Puente de Bosa, donde el coronel Henao sostuvo lo más recio de la pelea. Hubo un momento terrible en que el general Espina se llegó a nuestro escuadrón, formando columna en la mitad del camino, y le dijo al comandante:
-¿Tiene usted en su escuadrón algún buen tirador de rifle?
-Ahí está el capitán Samper, -contestó Ramírez señalándome.
-¿Puede usted cedérmelo por unos minutos?
-¿Para qué, mi general?
-Hay entre la tropa de Melo, del otro lado del río, una compañía de tiradores, parapetada detrás de un vallado de céspedes, que nos hace mucho daño. Uno solo talvez de esos tiradores nos ha matado ya cosa de doce o trece hombres en un punto reducido, y necesitamos librarnos de tan certero enemigo.
-Capitán Samper, ¿quiere usted ir? -preguntó el comandante.
-Haré lo que usted me mande y la disciplina permita.
-Pues vaya usted y vuelva pronto.
Llegamos al pie de las tapias del puente, habiendo dejado yo mi caballo atrás en manos de un soldado de mi escuadrón que me acompañaba. El fuego allí era nutridísimo y terrible. Allí estaban peleando como soldados el viejo general Vélez y don José María Plata. Seguí por el pie de la trinchera que se había improvisado a la margen izquierda del río, y vi unos cuantos hombres tendidos en el suelo, muertos o heridos. Al punto observé de qué lado provenía el certero fuego que nos hacía tanto daño. Cogí a un soldado y le dije:
-Llénese usted de yerba y paja las espaldas y la cintura, entre la camisa y la blusa, y vaya sacando el cuerpo lentamente en la extremidad de la trinchera, de modo que le vean el bulto del cuerpo, pero que sólo asomen la blusa y la paja.
-¡Estoy listo! -dijo el soldado, acabando de aderezarse, en tanto que yo, con una bayoneta, perforaba los cespedones de la trinchera para poder observar por el agujero y apuntar luego con el rifle que me habían dado.
-¡Ahora! -grité.
El soldado sacó el bulto falso con precaución, y un instante después un balazo le atravesó la paja con que se había acolchonado.
-¡Bueno! -exclamé-. Ya sé dónde está mi hombre.
Ensanché el agujero, introduje el cañón del rifle, preparé y apunté, y en seguida dije al soldado:
-Vuelva a sacar el bulto.
Apenas lo hizo, cuando salió en la trinchera del enemigo, entre dos cespedones, la cabeza del tirador melista, y movió los brazos para tender su fusil y apuntar. No le di tiempo: hice fuego, y el hombre cayó para atrás, soltando el fusil... No perdimos allí ni un solo hombre más, y cumplida mi misión volví a incorporarme a mi compañía. Pero durante una semana no pude dormir en paz: despierto o en sueños, veía la cabeza del hombre a quien había matado... y sentía horror, bien que había cumplido con mi deber.
La batalla de Bosa pudo ser muy distinta de lo que fue: una victoria completa y decisiva, en lugar de un prolongado y sangriento rechazo del enemigo, que nos atacó bizarramente y al cabo huyó dejándonos dueños del campo y libre el camino de Bogotá, pero con no pocos muertos y muchos heridos en nuestro campamento. Según el plan combinado por el general López, de acuerdo con un consejo de generales y con la aprobación del general en jefe de los ejércitos, que lo era el general Herrán, nuestro ejército debía situarse así: en el ala izquierda, una columna comandada por el coronel Viana que ocuparía las casas de la hacienda de Olarte, excelente posición, para defender los puntos vadeables del río, impedir que nuestro centro fuese flanqueado, amenazar constantemente la derecha del enemigo, y, llegado el caso, atacarle por retaguardia. En nuestra derecha, la columna Tequendama, comandada por el coronel Arboleda, situada en Casa-blanca para formar el equivalente de la de Viana, y con orden de vadear el río, llegado el momento oportuno, y caer sobre la retaguardia enemiga. En el centro, a vanguardia, el batallón Salamina, situado en el Puente de Bosa, con orden de hacer una falsa defensa y ceder luego el punto para inducir al enemigo a lanzarse por el largo camellón hacia la Cruz de Terreros, entre dos filas de tapias, y a lo largo de estas tapias todos los cuerpos de inmediato combate del centro, con la reserva, principalmente de caballería, en la misma Cruz de Terreros.
Una de dos cosas tenía que suceder: o Melo nos atacaba en toda regla, empeñando batalla con el grueso de sus fuerzas, y éstas habrían sido destrozadas y cogidas a tres fuegos en el centro, obteniéndose de una vez una victoria decisiva, o se limitaba a tratar de tomarnos el puente de Bosa, podíamos flanquearle por Casa-blanca, pasar rápida mente por allí todas nuestras fuerzas, y en breve a través de campos enteramente abiertos, irnos sobre Bogotá y tomarlo, dejando a Melo sin base de operaciones, ni parque, ni recursos, en la sabana.
Pero Arboleda propuso otro plan distinto, más audaz y menos seguro, que le rechazaron, y disgustado por esto, no sólo no obré como debía, sin cooperar eficazmente por nuestra derecha, sino que indujo a Henao a desobedecer las órdenes que se le dieron. Con una expresión que podía tener dos sentidos: "Diga usted al general que el batallón Salamina no sabe retirarse" palié su desobediencia, y se la hizo perdonar con su heroísmo.
No quiso ceder una línea del Puente de Bosa, peleando sólo con 200 hombres contra más de 2.500, y entonces hubo que cambiar prontamente las operaciones, enviando batallón tras batallón a sostener al Salamina, acercando todos los cuerpos del centro y de la reserva al teatro del combate, moviendo varias compañías de caballería para amenazar a Melo por Olarte, y empleando nuestra artillería para desconcertar su Reserva, que estaba en Chamicera. Así la batalla duró cosa de siete horas, casi concentrada sobre el Puente, y al cabo el enemigo tocó retirada y nos dejó dueños del campo, con el camino libre, el de Soacha a Bogotá, para atacar la ciudad por el sur y el sudoeste.
Aquella noche mi escuadrón estuvo constantemente en guardia, en el centro de un potrero, a cosa de 400 metros de las tropas de Melo. Con frecuencia alcanzábamos a oir los ¡quién vive! de centinelas apostados sobre las tapias divisorias de los potreros, en las avanzadas que había cerca de las casas de Chamicera. Cada uno de nosotros, sentado en el suelo húmedo y entre charcas (pues el invierno era riguroso), tenía del diestro su caballo, pronto para lo que pudiera suceder. A eso de las diez de la noche sentí, como muchos compañeros, una sed devoradora, pues por todo alimento habíamos tomado, después del desayuno de las seis de la mañana, panela y aguardiente. Deje ni caballo al cuidado de un soldado y me fui por la profunda oscuridad del llano, en cuatro pies, buscando algún charco donde hubiera agua.
¡Qué agua podía hallar que no fuera inmunda! Todo era fango líquido en el cual no se podía beber de ningún modo. Me ocurrió entonces una idea feliz, que aconsejo a los que lleguen a encontrarse en caso igual: a falta de ruana, porque la había dejado con mi montura o de otra tela fuerte, saqué mi pañuelo de bolsillo, lo hice una bolsa y con la mano libre llené esta bolsa de barro líquido; torcí luego el pañuelo, y el agua fue pasando como por un filtro. La bebí así con delicia, y en breve, comunicado a otros el recurso de que me había valido, todos los del escuadrón aplacaron la sed, empleando como filtro unos las ruanas y otros hasta sus blusas. Recuerdo que Teodoro Valenzuela, al beber el agua de barro, de rodillas sobre la margen del pantano, decía: "En realidad, aunque aquí no haya cumbre sino un hoyo, esta es la fuente de Hipocrene". Y nos pusimos a improvisar versos.
Al día siguiente Melo había desaparecido con todas sus tropas, retirándose por el camellón de occidente para volver a Bogotá, encerrarse allí torpemente, como el avestruz que esconde la cabeza en un hoyo, y aguardar el ataque combinado de los ejércitos del sur y norte. Al punto se nos dio la orden de marchar para ir a tomar todo el terreno de las cercanías de Bogotá, comprendido entre el barrio de Santa Bárbara y el riachuelo Fucha; operación que fue bárbaramente ejecutada, pero sin dar un tiro ni sufrir cosa alguna nuestro ejército. Digo que fue bárbaramente ejecutada, porque, pudiendo haber pasado a través de los potreros hasta situarnos con seguridad en la línea del Fucha, y en seguida ir tomando posiciones ventajosas desde el Aserrío, arriba, hasta Tres-esquinas o más abajo, todo el ejército fue embocado a lo largo de todo el camino real, encerrado entre tapias como en una calle, con riesgo inminente de encontrar allí terribles y numerosas emboscadas y ser destrozado sin poder dañar al enemigo. Por fortuna, Melo estaba atolondrado o no entendía de dirigir ejércitos, sino sólo disciplinar soldados y pelear valerosamente cuerpo a cuerpo, y nada hizo para cerrarnos el paso. Cuando nos atacó en el arrabal de Las Cruces, el mismo día, ya estábamos sólidamente establecidos en nuestro extenso campamento.
El combate fue muy rudo aquel día en toda la línea del camino transversal entre la plazuela de Las Cruces y Tres-esquinas. El campo de batalla era un laberinto de potreritos, huertos y solares cercados de tapias y de vallados hondos o inversos (vulgo chambas) con innumerables árboles y muchas casas. No había punto alguno desde el cual pudiera dominarse el campo para dirigir la acción, y se peleaba a la aventura contra numerosas y fuertes emboscadas de la infantería de Melo. El general López se subió sobre una casa en Tres-esquinas, y allí, montado en el caballete, con su corneta de órdenes al lado, daba las suyas. Le silbaban las balas casi tocándole, y con noble impavidez y tranquilo heroísmo lo que procuraba era proteger con su cuerpo a su corneta, un negrito como de quince años... Aquel día el general López fue sublime.
Al cabo de cuatro horas de combate, dos movimientos de blanco hechos, uno por el general Rafael Mendoza por abajo de Ninguna-parte o los potreros de la Estanzuela, y otro ejecutado al oriente sobre las primeras colinas del cerro en dirección a Belén, obligaron al enemigo, temeroso de ser cortado, a retirarse y dejarnos dueños del campo y de casi todo el barrio de Santa Bárbara.
Un episodio hubo en que ocurrieron extrañas casualidades y circunstancias.
Entre los escuadrones de nuestra caballería figuraba uno, compuesto de llaneros de San Martín y comandado por el coronel Hipólito Gutiérrez y el comandante Francisco (o Raimundo) Cisneros, hombres de gran valor. Aquel escuadrón, venido del oriente poco antes de la batalla de Bosa, nos había llamado a todos la atención y ganado nuestras simpatías, por la originalidad de los tipos, el lenguaje y las costumbres de sus llaneros. En él estudié y de él tomé el tipo de José Nicolás, que luego hice figurar en mi comedia de costumbres nacionales intitulada Percances de un empleo.
Aquel escuadrón estaba situado a orillas del Fucha, aguardando órdenes como el mío, que se hallaba a muy corta distancia. Llegó un ayudante a toda priesa con la orden de que el escuadrón que primero pudiera ir fuese volando a Tres-esquinas. Los llaneros se echaron a brincos por todo el Fucha, que estaba crecido, porque había llovido horriblemente y llovía aún, para salir al camellón de Santa Catarina; en tanto que los del Guías partimos a todo galope por el llano, esperando llegar primero. Pero dimos con un ancho y profundo vallado lleno de agua, y al saltarlo muchos caímos dentro, saliendo al otro lado con gran dificultad. Esto nos hizo perder cuatro o cinco minutos, y cuando llegamos a Tres-esquinas, donde llovía aún más plomo que agua, ya Gutiérrez y Cisneros, por su desgracia y nuestra fortuna, nos habían ganado de mano.
-Vaya usted volando -le dijo el general Herrán a Gutiérrez-, a tomar la plazuela de Las Cruces, donde está un escuadrón enemigo. (Era el de Habacuc Franco, con quien Francisco E. Alvarez se batió cuerpo a cuerpo, recibiendo en la nuca un piquete de lanza).
-Iré, mi general, -dijo Gutiérrez-; pero ¿cómo podré pelear con enemigos invisibles que están detrás de las tapias?
-¡Ah! ¿Tiene usted miedo?- replicó el general.
- ¡No me dice usted dos veces, mi general!
-repuso el intrépido llanero-. ¡Pero ojalá se venga usted detrasito de mí!
Y partió como un rayo con su escuadrón, por todo el camellón cerrado que comunica directamente a Tres-esquinas con la plazuela de Las Cruces. Al pasar por delante de una tapia aspillerada, estalló detrás una descarga cerrada y cayeron muertos y heridos siete u ocho de los llaneros: entre los muertos Gutiérrez y Cisneros... ¡Tal suerte nos hubiera tocado a mis compañeros de escuadrón y a mí, sin los cinco minutos de demora que la casualidad nos había hecho sufrir!
Hacia las seis de la tarde, al llegar a la quinta de Fucha (sobre el camino del Aserrío) que nos designaron para cuartel, ocurrió un caso de grave insubordinación de un soldado de mi compañía, mozo díscolo y de mal carácter. Le reconvine, me faltó al respeto, y le castigué haciéndole arrestar por tres horas en un cuarto cualquiera de la casa. A las nueve le hice soltar para que montara guardia, y promovió conversación haciendo el papel de excusar su conducta. Estaba algo bebido, y le dije: "Basta por ahora; después dará usted explicaciones".
Pero el perverso mozo, casi ebrio, lo que había procurado con sus aparentes excusas era acercárseme mucho, y mientras hablaba, sacaba del bolsllo una navaja de barba y la abría: al volverle yo la espalda, se lanzó sobre mí a degollarme... Pero uno de mis compañeros había estado observando, por casualidad, los movimientos del perverso borracho, entró en sospecha, y cuando éste levantó el brazo, el otro le dio una sacudida por debajo, paró el golpe y le arrancó la navaja. Así me libré de ser tristemente degollado por un mal hombre, ebrio y furioso, y mi salvador fue el doctor Pedro Alejo Forero... Consigno aquí el hecho como un testimonio de indestructible gratitud, que me ha hecho querer y estimar siempre mucho a ese antiguo amigo.
Todavía después del combate de Las Cruces, y antes de la toma de Bogotá, tuvimos ocasión de vernos cara a cara con el enemigo. Frecuentemente nos veníamos muchos jóvenes, faltando más o menos a la disciplina, de la línea del campamento (ésta se extendía, por Santa Catarina y el riachuelo de Fucha, desde Tres-esquinas hasta la calle principal del barrio de Santa Bárbara, y allí conversábamos con muchas personas de la ciudad, buscábamos provisiones en las tiendas, recibíamos los regalos que nos llevaban las señoras, y casi todos los días provocábamos a los melistas, no sin que, de cuando en cuando, a manera de saludo, nos enviasen tiros de fusil desde el puente de San Agustín.
Un día que Melo salió con la mayor parte de sus fuerzas a situarse en el punto llamado Casas del Ejido, inmediatamente se concerté un ataque de nuestra parte que debía ser dirigido por el general París. Cuando ya todos los cuerpos escogidos habían tomado posiciones, y un batallón iba a caer casi por detrás de Melo para forzarle al combate, este general efectué a toda priesa su retirada hacia la ciudad. Ramírez, el comandante de mi escuadrón, que era un loco arrojadísimo, nos hizo cargar antes de tiempo, en batalla y al galope, sobre Melo, y éste, al vernos galopar así en la llanura, creyó que nuestro audaz movimiento era la señal de un ataque general y sintiéndose débil en campo raso emprendió precipitadamente la retirada, con lo que se frustró la batalla.
